Agradecimientos al presentar mis Memorias
Gracias, espero que la última palabra que pronuncie al dormir para siempre sea esta: gracias, muchas gracias, a Dios y a la vida.
Gracias a todas y todos los que me acompañan en este acto, encabezado por el magnífico Rector de esta mi casa de estudios, Editrudis Beltrán Crisóstomo, en la que disfruté impartiendo docencia durante dos décadas, tratando de enseñar los fundamentos del periodismo. Y a la vicerrectora de extensión, Rosalía Sosa, que tanto se empeñó en esta actividad, junto a mi Julio Michelén Wiscovitch y su empresa Check List.
Gracias al gran amigo que ha sido el presidente Luis Abinader, capaz de escucharme y apreciarme tanto en las múltiples coincidencias, como en algunos desacuerdos, antes y después de alcanzar la presidencia de la nación; una de sus virtudes ha sido saber escuchar y disentir, sin creerse por encima de todos y de todo.
Agradecimiento muy especial a don Pepín Corripio, quien durante 34 años me permitió en sus medios un ejercicio libre de la comunicación, con un respeto modelo universal, y por las sabidurías que conmigo compartió. Lo siento presente, porque hasta hace dos horas estaba llamándome y tratando de asistir, ya sobre los 90 años. También a su apreciada familia.
Gracias al dilecto Francisco Álvarez Valdez, por su generosa presentación de mis Memorias, al querido compañero Fausto Rosario por sus acuciosos comentarios, y a la entrañable compañera Margarita Cordero, quien tuvo la gentileza de aportar el prólogo. Gracias a mi nieta María Pia Miró Quesada Michelén, que diseñó la portada, al excelente diagramador Ricardo Romero, y a la Editora Corripio, en la persona de su gerente Juan Carlos Camino.
Imposible no expresar públicamente la gratitud a mis padres, muy en especial a esa madre abnegada y exigente que fue doña Juana Santana Castillo, quien a costa del divorcio sacó a sus cuatro hijos del batey y superando penalidades y limitaciones les llevó a la educación superior. Mi padre, Juan Díaz Hernández, se fue a los 72 años y mamá nos duró hasta los 98 para satisfacción de hijos y nietos.
Gracias infinitas a mi esposa Ada Wiscovitch cuya compañía y estímulo han sido vitales, a mis hijos, hijas y nietos, a mis hermanos y hermanas, cuyos afectos me han sostenido por tanto tiempo.
Eterno agradecimiento a las compañeras y compañeros que hicieron camino conmigo en los medios de comunicación, en las aulas universitarias, en organizaciones sociales que, como Participación Ciudadana, han sido aportes luminosos a la sociedad dominicana. Eterna gratitud a los inolvidables compañeros y compañeras de las luchas gremiales donde empeñamos girones del alma, en especial durante aquellos años de violenta represión, cuando al mantener, relativamente, la libertad de información y opinión, impedimos que el país cayera de nuevo en la dictadura.
Tendría que invocar a tanta gente para agradecerle, que resulta imposible seguir enumerando, pero no puedo dejar atrás a mi primera compañera de vida, Isis Duarte, y a uno que acaba de marcharse al infinito, el padre José Luis Sáez, quien tras recibir la invitación para este acto, aunque ya estaba en silla de ruedas, le preguntó a la querida colega Angela Peña si lo podría traer.
Aquí está entre nosotros como símbolo de las fuerzas espirituales que me nutrieron desde las auroras iniciales. Con Sáez compartí infinidad de sueños, en nuestra vida familiar, en la universidad, en los periódicos El Sol y El Nuevo Diario. Con él y Fausto Rosario compartíamos la devoción por el poeta León Felipe, a quien tuve la suerte de escuchar leyendo sus poemas una fría mañana dominical en el Bosque de Chapultepec, en mis años de estudiante en México, por allá por 1966. Cuando ya con 82 años decía: “yo no he sido bueno/ quisiera haber sido mejor, estoy hecho de un barro que no está bien cocido todavía”.
Aprendí aquel día que nunca se termina de cocer nuestra existencia, hasta el hálito final. “Que no hagan callos las cosas ni en el alma ni en el cuerpo/ sensibles a todo viento y bajo todos los cielos, poeta nunca cantemos la vida de un mismo pueblo/ ni la flor de un solo huerto”, cita de León Felipe que inscribíamos entre los lemas del diario El Sol.
Me explayo en la poesía del poeta del llanto y peregrino del exilio, León Felipe, guardado en vida para siempre en México, donde se refugió al final de la guerra civil española para morir en 1968, dos semanas antes de la terrible noche de Tlatelolco, porque a él le tomé prestado el título de las memorias que hoy presentamos:
“Voy con las riendas tensas/ y refrenando el vuelo/ pues lo que importa/ no es llegar solo y de prisa/ sino con todos y a tiempo”. Y cuando junto a Quiterio Cedeño, convencimos al gran Hamlet Hermann de que escribiera una columna en El Sol, yo mismo le puse el título: voy con las riendas tensas.
Con Fausto Rosario también tuve el regocijo de acudir a depositar una flor en la tumba de otro de los grandes poetas de nuestra lengua, Antonio Machado, en Colliure, Francia, cerca de la frontera con España.
Los que me hagan el favor de leer estas memorias, podrán comprobar que he vivido con las riendas tensas, en una época en que vi troncharse tan temprano la vida de muchos compañeros de la impetuosa generación de los sesenta que quiso transformar el mundo, aquí, en México, Estados Unidos, en España, Alemania, Francia, Checoslovaquia… Verán en mi relato que la muerte de uno de esos muchachos veinteañeros, Amín Abel Hasbún, fue factor determinante de que yo pudiera escapar a la saña criminal cuando todavía rondaba los 25 años, 7 meses después de que me volaran el automóvil.
En mi relato queda obvio que quedé compromisario de mártires y héroes, que nací para la libertad, y que he sido un ser humano libre, en el sentido más profundo de la palabra. Que fui erigiendo peldaño a peldaño la colina en que proclamaría una comunicación social libre, al servicio de la sociedad.
También dejo patente que he recibido mucho más de lo que he podido dar. Repasando calendarios no registro a los que pude haber ofendido, aunque sí a los que decepcioné, a quienes hubiese querido reencontrar para pedirles compasiva comprensión.
La miseria de los cañaverales, donde nací y consumí parte de la niñez, me dejó profundas huellas y desafíos que sellarían mi vida y mi sentimiento de solidaridad humana con trazos indelebles. Todavía hoy hay que transitar por carriles de tierra, que parte del año son lodazales, para llegar a Doña Ana, uno de los bateyes más aislados y atrasados, lejos de las carreteras, con pleno horizonte de cañaverales.
No me clasifico como intelectual, sino como un activista social, que consumió gran parte de su tiempo aunando sueños y voluntades sociales por un mundo mejor. En alguna medida he sido un rebelde con causa que perdió los miedos que me atraparon hasta la adolescencia para asumir los riesgos del compromiso social.
Siempre me he definido como un cristiano comprometido con el mandato de amar al prójimo como a sí mismo, identificando al prójimo en el próximo, en los más desvalidos, necesitados y necesitadas de alimento, salud, ternura y solidaridad.
Temprano descubrí que el cristianismo no era darse golpes de pecho ni elevar alabanzas en los templos, sino entrelazar abrazos y tirar de las carretas de la fraternidad, convencido de que “no todo el que dice Señor, Señor entrará en el reino de los cielos”, como plantea el Evangelio de Mateo. Me alejé de jerarcas eclesiásticos triunfalistas cuyo desempeño evade el mandato del humilde profeta de Galilea.
Dejé de militar en una institución que en pleno siglo 21 mantiene la discriminación de las mujeres y hasta le niega el derecho a utilizar los métodos desarrollados por la ciencia para concebir cuando lo crean conveniente, y que promueve la resignación de los pobres en esta vida, en aras del cielo prometido, mientras se regodean en las mesas de la abundancia.
Con todo, nunca he dejado de admirar a tantos que en nombre de Dios o de su hijo Jesús, renuncian a las comodidades en aras del cuidado espiritual y del bien común. Por suerte, la gran mayoría de los sacerdotes, pastores y religiosas con los que he tenido relación están inscritos en lo que considero el verdadero reino de Dios.
A ellos también les debo gratitud, han iluminado mi existencia y me han ofrecido apoyo a lo largo de mi duro batallar. Verán que cuando hube de ocultarme, hallé refugio en la casa de Los Prados de los misioneros del Sagrado Corazón, cuyos oficiantes, como el inolvidable padre Emiliano Tardif, me cuidaban y aconsejaban.
En cuanto a la existencia o no del Dios creador y superior, hace décadas me tiene sin cuidado. Si existe ese ser de infinita sabiduría y generosidad, he vivido y estoy en armonía con El; lo que no puedo digerir es la aseveración dogmática de que Dios rige un mundo tan desigual y violento, con una historia humana de tiranías, guerras sangrientas, genocidios que aniquilan pueblos y civilizaciones, y con una distribución tan horrible de las riquezas.
Mi espiritualidad nunca ha estado al garete, y ahora en camino a lo desconocido mantengo la fuerza que me llevó al seminario en 1961, pretendiendo ser sacerdote, todavía siento éxtasis ante la música sacra o la lectura de Teresa de Jesús, la monja mística de Avila cuyo museo tuve la suerte de visitar.
Me pasé gran parte de la vida entre los políticos y en la política, pero a decir verdad nunca tuve un partido. Sostuve relación con lideres de todos los signos ideológicos, pero especialmente con los que de alguna forma planteaban reformas. Algunos me tildaban de comunistas, aunque me avergüenzo de que ni siquiera leí El Capital de Carlos Marx. Por mi formación cristiana estuve muy cerca del socialcristianismo o democracia cristiana de los años sesenta y setenta, aunque cultivé amistades con comunistas y socialistas, cuyas vidas y derechos siempre defendí. Comúnmente me dieron por perredeísta, por mi relación tan cercana con Juan Bosch y Peña Gómez, y luego con Antonio Guzmán, Jorge Blanco, Hipólito Mejía y Luis Abinader, pero nunca relegué ante ellos ni nadie mi independencia, como podrán comprobar en estas Memorias.
En las coyunturas electorales, mi profesado pragmatismo y anti balaguerismo me llevó a preferirlos, pero mantuve reservas por la autenticidad de muchos de sus más cercanos colaboradores, a quienes veía como cazadores de fortunas. Me abstuve en las seudo elecciones de 1970 y 1974, pero también en las de 1986, decepcionado porque los gobiernos del PRD habían quedado mucho más cortos de lo esperado y porque el desguace entre ellos era indecoroso. Participé en varios intentos de conformación de un frente electoral progresista, que el sectarismo y la corta visión de muchos de los izquierdistas hizo añicos.
Preferí el activismo en varias instituciones sociales, el gremialismo y el periodismo, desde donde hice política sin deberes partidistas ni sectarismos, sin entregar la cabeza en una bandeja, ni tener que reservarme opiniones para no ofender a los más poderosos.
Con frecuencia he comprobado la frustración de compañeros de los afanes libertarios de los sesenta, porque la sociedad dominicana aún se aferra a graves rémoras, pero creo que, aunque algunos se quedaron sentados al borde del camino y otros transitaron en dirección opuesta, en general hemos sido una generación de luchadores por un mundo mejor y atesoramos las energías invertidas como el legado más sublime.
Soy un convencido de que los seres humanos somos apenas un soplo en la infinita levedad del tiempo y en la inmensidad del espacio universal y que los sueños de transformaciones en aras de la fraternidad y la justicia viajan con excesiva lentitud. Pero lo importante es no detenerse para no quedar petrificado, como la mujer de Lot, por mirar hacia atrás. Con León Gieco, “solo le pido a Dios que el dolor, la guerra, lo injusto y el futuro no me sean indiferentes, que la reseca muerte no me encuentre vacío y solo sin haber hecho lo suficiente”
Aterrizado en la octava década me siento invadido por tiempos y frustraciones, insatisfecho, pero orgulloso de lo que he podido ser. Confieso que me espantan los retrocesos que registra la sociedad universal de estos días echando por la borda las construcciones de valores, instituciones y organismos del último siglo. Me viene a la memoria un poema que nos entregara una tarde de 1960, Demóstenes Cotes Morales, hermano de mi querido compañero de recitales en la secundaria Ismael Cotes Morales, como contribución a nuestro amplio repertorio de poetas dominicanos, e iberoamericanos: “hoy me habitan distancias y caminos/ hoy mi alma está desarropada y yo parezco una raíz/ hoy mi alma está como el teclado de un órgano viejo/ que llora la armonía perdida y dilatada/ en las hojas que caen/ y se disputa el barrendero con el viento”.
A lo largo de las 644 páginas de estas Memorias podrán comprobar mi satisfacción por haber pasado la vida acurrucando sueños de justicia, igualdad y fraternidad, utópico para algunos, pero siempre en movimiento, entonando himnos de paz, descorriendo auroras, construyendo castillos institucionales, abonando ríos de solidaridad, cultivando jardines para encuentros y reencuentros y apegado al compromiso de la comunicación, que no es otro que hacer común las cosas, los sueños, las luchas reivindicativas de todos los seres humanos, en especial de los excluidos y excluidas.
Me siento orgulloso del tiempo que dediqué a la lucha por la organización de los periodistas, por su profesionalización y superación, para tratar de asegurar el contenido ético del oficio.
Podrán ver que descubrí mi senda profesional cuando me tocó dirigir el periódico Diálogo, de los jóvenes católicos tras la invasión de Estados Unidos en 1965, en medio de la desolación, la ignominia y la guerra, con la ayuda y aliento de aquel sobresaliente nuncio papal Emanuele Clarizio..
Detallo mi satisfacción por el ejercicio del periodismo durante los afanes por preservar la libertad de prensa en los años duros de la represión y me adentro en los grandes capítulos en que participé, desde la transición democrática de 1978 hasta la lucha contra la corrupción y el fortalecimiento de la institucionalidad democrática en los últimos años. Abordo causas y circunstancias de los asesinatos de los compañeros Gregorio García Castro y Orlando Martínez.
Me marcho satisfecho de haber tenido el privilegio de recorrer gran parte del mundo, desde Canadá hasta Ushuaia, la ciudad más al sur del mundo, y desde Islandia y Rusia, hasta las islas griegas, pasando por toda Europa. También varias regiones de China y Japón, aunque en Africa me he quedado corto, apenas con Egipto, Marruecos y Kenia.
He reflexionado en los más diversos templos y monumentos, como la Basílica de San Pedro, Machu Picchu o La Alhambra de Granada, convencido de que los profetas como los pueblos tienen multiplicidad de lenguas y signos, con culturas universales que merecen respeto y meditación.
Aquí voy, agradecido porque la vida me ha sido espléndida, y porque sin tener que renunciar a los principios y valores, he podido, junto a Adita, obtener para mi y los míos un poco más de la necesario para pasarla bien.
La mirada se torna un tanto borrosa y los mareítos en los 2,240 metros de altitud de la capital mexicana son los primeros acordes de la marcha inexorable, que sirven para mostrarnos cuan indelebles y efímeros somos, por más que muchos se sientan insustituibles, eternos y por encima de todos y de todo.
Entrego estas Memorias a la puerta del retiro definitivo después de 69 años de trabajo. Me iré cantando con Atahualpa Yupanqui: “Y así seguimos andando/ curtidos de soledad/ nos perdemos por el mundo/ nos volvemos a encontrar/ y así nos reconocemos/ por el lejano mirar/ por la copla que mordemos/ semilla de inmensidad/ y en nosotros nuestros muertos/pa que nadie/quede atrás/ Yo tengo tantos hermanos/que no los puedo contar/ y una hermana muy hermosa/que se llama libertad”.
Santo Domingo, 18 de mayo del 2026
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