A veces la historia se escribe con la tinta visible de las actas, los cómputos y los discursos oficiales.

Pero, en países donde la política es un animal que cambia de piel sin dejar de ser el mismo, la verdad suele esconderse en un segundo nivel: en lo que se dijo en voz baja, en lo que se evitó decir a tiempo, en lo que se decidió por miedo a una chispa, o por confianza en una promesa.

Así ocurre con las elecciones del 16 de mayo de 1990 en la República Dominicana, ese episodio convertido, con los años, en leyenda de fraude, en mito de robo, y en bandera emocional. Sin embargo, la verdad completa -la verdad más profunda- no está en la consigna repetida, sino en el conjunto de hechos, documentos y vivencias que, puestos uno junto al otro, dibujan un cuadro distinto: hubo irregularidades, sí, pero no necesariamente hubo un fraude determinante; hubo división opositora, y esa división fue decisiva; hubo una puerta abierta en Washington desde 1989; y hubo, en la noche misma de las elecciones, una decisión abortada que cambió el modo en que el país entendió su propia derrota.

Durante años se afirmó, casi como artículo de fe, que el resultado de 1990 se decidió por un fraude colosal. Esa frase, pronunciada en el fragor de una tarde de incertidumbre, se convirtió en sentencia histórica.

Pero en 1990 ocurrió algo que la memoria colectiva suele omitir: existió un grupo de observadores internacionales encabezado por el expresidente de los Estados Unidos Jimmy Carter, y ese grupo produjo un informe amplio, técnico, minucioso, de una extensión y densidad que lo acercan a la forma de un libro.

La conclusión del informe, firmado por Carter, fue contundente en un punto esencial: el conjunto de irregularidades observadas -y eran numerosas, y algunas preocupantes- no alcanzaba, según su evaluación, un volumen de votos capaz de alterar el resultado final.

En otras palabras, para Carter y su equipo, las irregularidades no determinaban el vencedor. Ese documento, publicado por la Fundación Carter y disponible en internet, existe como prueba escrita de que la leyenda del fraude total no coincide necesariamente con el dictamen de una observación internacional de alto nivel.

Leonel, Bengoa y Camilo Lluberes

Pocos días después de las elecciones, otro hecho, menos recordado, pero aún más revelador, ocurrió lejos del ruido dominicano: viajó a Plains, Georgia, una comisión encabezada por el diputado Vicente Bengoa, del Partido de la Liberación Dominicana. En esa delegación estuvieron también el diputado Julio Sterling, igualmente del PLD, y un diputado del Partido Revolucionario Dominicano, Camilo Lluberes, figura muy cercana al doctor José Francisco Peña Gómez. La presencia de Lluberes, además, tenía un peso social y político particular por sus vínculos familiares: era hermano de Alma Lluberes, esposa de don Gianni Vicini; y Alma y Gianni fueron padres de Juan Vicini y Felipe Vicini Lluberes, hoy figuras principales de esa familia en la República Dominicana.

No era, pues, un grupo improvisado: era una comisión política con credenciales y con un propósito claro: hablar con Carter, confrontar evidencias, explorar el juicio del observador que había visto y firmado.

Al regresar al país, tiempo después, Vicente Bengoa relató públicamente los pormenores de ese encuentro en el programa Hoy Mismo, por Color Visión, entrevistado por el doctor Julio Hazim. Y lo que Bengoa contó, en esencia, coincidía con el espíritu del informe: Carter les habría dicho que aquello que llevaban como prueba no constituía, en sus criterios, un fraude determinante. Les habría señalado que situaciones semejantes ocurrían en los Estados Unidos, incluso en Georgia, y que no por ello se invalida una elección.

Esa afirmación, pronunciada por Carter en una conversación directa y luego reproducida en televisión dominicana, debió haber introducido matices en el relato público. Pero en política los matices suelen morir; sobreviven los símbolos. Y el símbolo de 1990 terminó siendo el fraude, aunque el expediente escrito y la conversación relatada apuntaran a una conclusión menos absoluta.

La explicación de fondo, en realidad, era aritmética y política a la vez: en 1990 la oposición al doctor Joaquín Balaguer llegó dividida. Veinte años antes, en 1970, Juan Bosch, José Francisco Peña Gómez y Jacobo Majluta militaban en un mismo partido, el Partido Revolucionario Dominicano, que constituía entonces la gran oposición. Dos décadas después, cada uno encarnaba una parte distinta de aquella herencia opositora, pero separados por estructuras, liderazgos y heridas: Peña Gómez por el PRD, Majluta por el Partido Revolucionario Independiente y Bosch por el Partido de la Liberación Dominicana.

En un sistema sin segunda vuelta, donde ganaba quien obtuviera una pluralidad, esa división era fatal. Ninguno de los tres podía alcanzar, por sí solo, una mayoría nacional, y la suma de los tres -si hubiera existido un mecanismo de balotaje- probablemente habría derrotado al balaguerismo.

Pero el país todavía no tenía ese correctivo institucional. La fragmentación, más que un fraude decisivo, explica la derrota: Balaguer no necesitó ser mayoría; le bastó ser el primero en un escenario donde los adversarios se anulaban mutuamente.

1989: Bosch va al State Department

Aun así, hay un elemento indispensable para comprender el clima mental de Bosch y del PLD en 1990: el antecedente de 1963 y 1965. Bosch había sido derrocado por un golpe de Estado y, luego, el país fue invadido en 1965. Ese doble golpe -interno y externo- dejó en Bosch una desilusión profunda con el sistema democrático y, sobre todo, con la relación entre la democracia dominicana y el poder real de Washington.

Por eso, lo ocurrido en 1989 adquiere un significado histórico: un año antes de las elecciones, Bosch viajó a Washington acompañado por el doctor Leonel Fernández y por el doctor Euclides Gutiérrez Félix. Allí se reunieron con Bernard Aronson, encargado de asuntos latinoamericanos del Departamento de Estado durante el gobierno de George H. W. Bush, es decir, un gobierno republicano.

Según lo que Bosch  dijo después y según lo que también expresó Euclides Gutiérrez Félix, Aronson les prometió que si el PLD ganaba las elecciones de 1990, el gobierno de los Estados Unidos aceptaría el triunfo y colaboraría con un gobierno de Juan Bosch.

Esa promesa era mucho más que una cortesía diplomática. Para Bosch era un punto de inflexión psicológico e histórico: significaba que, por primera vez desde 1963, un triunfo suyo no sería tratado como anomalía peligrosa sino como realidad legítima.

Significaba, además, que el PLD podía competir sin la sombra permanente del veto externo. En un país que había visto cómo las victorias se desmoronan por fuerzas invisibles, aquella garantía era una forma de tranquilidad. Y esa tranquilidad, como veremos, tuvo un efecto inesperado: llevó a algunos a confiar demasiado en que la institucionalidad -y el reconocimiento internacional- bastarían para resolver cualquier tensión interna del proceso electoral.

La noche del 16 de mayo de 1990

Llegamos así a la noche del 16 de mayo de 1990. Los primeros cómputos de la Junta Central Electoral, y luego el segundo y el tercer boletín, contaban apenas una porción mínima del total. Sin embargo, en esos boletines iniciales Juan Bosch aparecía con una ventaja corta: dos mil, tres mil, cuatro mil, seis mil votos. Era una ventaja pequeña, pero simbólica. En la calle, en la conversación popular, en el ambiente emocional de una jornada que había movilizado esperanzas, se instalaba la sensación de triunfo. Y al mismo tiempo circulaban rumores: conjeturas, advertencias, la palabra dominicana que resume el miedo a la trampa: chanchullo.

El país, acostumbrado a sospechar, sospechaba. En ese contexto, yo -con el olfato de quien conoce la política como se conoce la lluvia, por el olor del aire antes de caer- le propuse una propuesta como táctica directa al profesor Juan Bosch.

La propuesta era sencilla y, a la vez, decisiva: hacer esa misma noche, alrededor de las diez, una rueda de prensa en la casa de Bosch, en la calle Paseo de los Locutores. La idea tenía un propósito político legítimo: si todo indicaba victoria por el ambiente y por los primeros datos, Bosch podía decirlo públicamente e invitar al pueblo a celebrar en las calles desde temprano al día siguiente.

La razón no era la euforia vacía, sino la prevención: si existía la posibilidad de un chanchullo, la movilización ciudadana pacífica -la calle celebrando- era un modo de blindar el resultado frente a maniobras tardías. Bosch escuchó la propuesta y la aprobó con una frase que con mucha nitidez: "Excelente idea, Víctor". Y añadió una instrucción inmediata: "Llámame a Leonel para darle las instrucciones".

Eso sucedió alrededor de las 8:00 de la noche después de una reunión del Comité Politico del PLD.

Leonel Fernández no estaba dentro de la reunión del Comité Político, pero sí se encontraba como yo en una de las salas en la residencia donde se reunía la dirigencia, la casa amplia de Dámaso García -el pelotero de las Águilas Cibaeñas- en la calle Bacuí, en una zona residencial cercana al parque Mirador Sur.

Llamé a Leonel. Bosch, delante de mi, le dio las instrucciones: "Leonel, vamos a hacer una rueda de prensa, convoca a los periodistas". En ese instante, la decisión estaba tomada. El candidato presidencial, fundador del partido y líder histórico, había ordenado convocar a la prensa. La rueda de prensa era, en ese momento, un hecho.

Pocos minutos después, Bosch me dijo: "Vámonos, Víctor". Salimos en el vehículo de Bosch: nos sentamos atrás, yo a la izquierda, adelante el chofer y a su lado un escolta. En el camino, Bosch decidió hacer una parada en la casa de Natasha Sánchez, a quien visitaba con frecuencia y a quien trataba con afecto familiar, como a una hija, por ser hija de uno de sus principales amigos de infancia.

Allí había mucha gente reunida, entusiasmada, aplaudiendo la llegada del profesor. Bosch saludó, respiró el ánimo de sus seguidores, pero al poco rato insistió: "Vámonos, Víctor, para la casa". La escena tiene el ritmo de una noche electoral dominicana: alegría contenida, confianza, y al mismo tiempo la urgencia de hablar a tiempo.

Cuando llegamos a la casa de Paseo de los Locutores, Bosch se dispuso a prepararse para la rueda de prensa. Me dijo que iba a cambiarse de ropa. Pasaron diez, quince, veinte minutos. Y entonces ocurrió el giro inesperado: llegaron de improviso Vicente Bengoa, Max Puig y Nelsida Malmolejos. Entraron en la sala y comenzaron a vociferar, alto, en un tono de recriminación. La pregunta era agresiva, casi acusatoria: "¿Y quién convocó a esa rueda de prensa? El Comité Político no la ha autorizado. Eso no se puede hacer".

Invocaron a Felucho Jiménez, representante del PLD ante la Junta Central Electoral, como argumento de autoridad. Era un veto interno, presentado como disciplina organizativa, pero ejecutado con la fuerza de quien sabe que, si hace suficiente ruido, detiene el movimiento.

La bulla fue tan grande que Bosch salió de su habitación y preguntó qué pasaba. Le explicaron -o le impusieron- el criterio: la rueda de prensa no estaba autorizada.

Y, con ese acto, con los años, se ha demostrado que hubo una concesión innecesaria, Bosch aceptó la arenga. Aceptó que no se hiciera la rueda de prensa la misma noche del 16 de mayo de 1990. Allí se impuso el criterio de esos dirigentes, pese a que Bosch, como líder y candidato, podía tomar esa decisión sin pedir permiso a nadie.

Pero el hecho es que cedió. Y con ese acto se apagó una posibilidad: la posibilidad de fijar la narrativa de victoria antes de que el cómputo completo cambiara el paisaje.

Pasamos la noche en el entorno inmediato de la casa, en el Social Club contiguo, donde se había instalado una oficina de apoyo y de prensa para dar informaciones. Era el centro operativo.

Había allí en el Social Club un antecedente reciente: el domingo anterior se había realizado una rueda de prensa con periodistas internacionales, y al final de aquella jornada apareció María Elvira Salazar para intentar una entrevista privada con Bosch, entrevista que no se produjo por un incidente entre ambos. Ese detalle, aparentemente lateral, muestra el nivel de atención internacional y la sensibilidad de Bosch ante el trato mediático. La noche electoral, pues, no era solo dominicana; estaba atravesada por miradas externas.

El 17 de mayo

Al mediodía del 17 de mayo, el panorama ya se veía distinto. Los cómputos de la Junta Central Electoral más avanzados mostraban a Joaquín Balaguer por encima de Juan Bosch, de Jacobo Majluta y de José Francisco Peña Gómez. La curva se había invertido. Y entonces, en la tarde, alrededor de las cuatro o cinco, Bosch realizó una rueda de prensa -ya no la noche anterior, cuando la narrativa era otra, sino después, cuando la realidad del cómputo había cambiado- y pronunció la frase que marcaría la memoria nacional: "fraude colosal".

Esa declaración, hecha cuando ya se sentía la derrota, fue comprendida por muchos como denuncia y como consuelo, como defensa del honor y como explicación de lo inexplicable. Pero mirando con distancia el conjunto de hechos, ahí está la secuencia dolorosa: la rueda de prensa preventiva se canceló la noche anterior por presión interna y la rueda de prensa tardía del jueves 17, ya con Balaguer arriba, abrió el camino del mito.

Años después, con el tiempo necesario para enfriar las pasiones y ordenar los hilos, tengo una hipótesis política sobre aquella cancelación: pienso que Leonel Fernández pudo haber sido quien llamó a esos tres dirigentes para impedir la rueda de prensa. No lo afirmo como acusación definitiva, sino como inferencia razonable a partir de un contexto: Leonel había estado en Washington en 1989, había oído -junto a Bosch y Euclides- la garantía de Bernard Aronson de que si el PLD ganaba Estados Unidos reconocería el triunfo.

En esa lógica, cualquier movilización callejera masiva temprano al día siguiente a las elecciones, aun celebratoria, podía verse como un riesgo: podía producir desorden, provocar incidentes, generar interpretaciones negativas, y complicar el clima internacional de reconocimiento.

En la cabeza de un estratega joven, preocupado por la legitimidad y por la imagen, pudo imponerse la idea de evitar todo lo que oliera a presión callejera. Si esa fue la motivación, no sería traición; sería prudencia. Pero la prudencia, en noches históricas, tiene costos.

El costo fue que el PLD perdió una oportunidad de fijar, en el instante de la ventaja inicial y del ambiente favorable, una narrativa pública de victoria. Sin esa narrativa, el país quedó a merced de la lentitud del cómputo y de la ansiedad nacional. Cuando la tendencia cambió, la emoción colectiva ya no era de triunfo sino de sospecha. Y allí la palabra "fraude" encontró terreno fértil, aunque el informe Carter y la conversación en Plains sugirieran que las irregularidades no bastaban para cambiar el resultado.

En el fondo, la frase "fraude colosal" funcionó como una explicación política inmediata para una derrota que, técnicamente, podía explicarse por la división opositora y por el sistema sin segunda vuelta.

Esa división opositora no solo determinó el resultado. También reordenó el futuro. Porque la historia posterior muestra que el beneficiario político mayor de lo sucedido en 1990 no fue Joaquín Balaguer. Balaguer ganó, sí, y gobernó; pero el país entró en una etapa en la que la legitimidad electoral se volvió un problema y en la que las reglas del juego terminaron siendo reformadas.

Leonel fue el beneficiado de 1990

El gran beneficiario, desde el punto de vista estratégico, fue Leonel Fernández. La crisis de 1990 aceleró una comprensión: con un sistema de pluralidad y oposición fragmentada, no bastaba con la moral, ni con el prestigio, ni con la razón histórica; hacía falta construir mayorías reales, alianzas, viabilidad interna y externa.

Leonel, formado en la cercanía de Bosch, pero también en la lectura de los códigos internacionales, encarnó esa nueva etapa. La depuración posterior del PLD en los años 1991 y 1992 eliminó a potenciales competidores. El mismo candidato vicepresidencial del PLD de 1990, José Francisco Hernández, abandonó el partito y fue candidato vicepresidencial de Jacobo Majluta en 1994. Leonel en 1994 ocupó el puesto de candidato a vicepresidente con Bosch en 1994.

Visto así, 1990 aparece como un año bisagra. Por un lado, deja al descubierto el límite del liderazgo histórico cuando el entorno institucional no ofrece segunda vuelta y cuando la oposición se fractura en tres. Por otro, revela el nacimiento de una política distinta dentro del PLD: una política que mira la aritmética electoral y la geopolítica al mismo tiempo. En esa doble mirada se entiende el camino hacia 1996. Si en 1990 la oposición democrática llegó dividida y pagó el precio, en 1996 se construyó una mayoría de otro tipo, con alianzas y con una estrategia que supo leer el tiempo.

Pero como ironía de la historia, el Balaguer acusado de “fraudulento” en 1990 es quien, junto a Bosch, proclama vencedor y apoya a Leonel para que sea presidente en 1996.

En ese sentido, lo ocurrido en la sala de Paseo de los Locutores -el ruido que detuvo una rueda de prensa- no fue un episodio menor: fue una escena donde se cruzaron, de manera concreta, la vieja ética política del líder y la nueva lógica estratégica del poder.

Lo más importante, sin embargo, es rescatar la verdad completa sin simplificaciones. Sí hubo irregularidades y sí existía en el ambiente dominicano un conocimiento popular del chanchullo como posibilidad. Sí hubo una denuncia posterior de fraude colosal.

El Informe Carter

Pero también existió un informe Carter que relativizó el impacto de esas irregularidades. Y existió una conversación directa con Carter, narrada por Vicente Bengoa, que reforzó esa relativización. Y, sobre todo, existió una realidad estructural: la dispersión del voto opositor entre Bosch, Peña Gómez y Majluta en un sistema sin balotaje.

Cuando se juntan todos esos elementos, el resultado de 1990 se entiende mejor: no como un relato único, sino como un entramado de psicología histórica, reglas electorales, división política, presión interna, percepciones internacionales y decisiones tomadas -o no tomadas- en el momento exacto en que un país se asoma a su destino.

En ese entramado, el viaje de 1989 a Washington queda como un antecedente luminoso y, a la vez, irónico. Bosch, marcado por 1963 y 1965, necesitaba saber si su triunfo sería aceptado. La promesa de Aronson era una especie de reparación tardía. Esa reparación pudo haber generado confianza en que el camino institucional bastaría. Pero la política dominicana, en noches de cómputo lento, se mueve también por percepción.

A veces, una rueda de prensa un 16 de mayo a las nueve o diez de la noche no cambia los votos, pero cambia el aire; y el aire, en política, es parte del resultado. Al final, la historia dejó su lección: el poder no se define solo en los papeles, sino en el instante preciso en que se decide hablar o callar. Allí estábamos cuando Bosch iba a hablar. Y lo hicieron callar, por razones internas, hasta que fue tarde.

Comprender y conocer la historia

Este relato no busca condenar ni absolver; busca comprender. Porque la República Dominicana, para avanzar, necesita saber qué ocurrió de verdad, sin máscaras útiles. Necesita reconocer que 1990 fue también el fruto de una división que venía de lejos; que la ausencia de segunda vuelta fue decisiva; que la observación internacional no avaló un fraude aritméticamente determinante; y que dentro del propio PLD se libró, en horas críticas, una batalla entre la intuición política del líder y la disciplina -o el cálculo- de sus cuadros.

Necesitamos, finalmente, aceptar que la historia tiene ironías: el acontecimiento que parecía una derrota definitiva para el proyecto de Bosch terminó preparando el terreno para el ascenso del PLD al poder con Leonel Fernández, no como accidente, sino como resultado de una reconfiguración estratégica acelerada por aquel mayo tenso de 1990.

Víctor Grimaldi

Víctor Manuel Grimaldi Céspedes (Santo Domingo, 22 de diciembre de 1949) periodista, historiador, político y diplomático dominicano.

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