Este año inicia con hechos trascendentes en la región latinoamericana, que han generado consecuencias políticas, económicas, sociales y psicológicas. Me acercaré al lado psicológico, para lo cual volveré a los aportes del brillante científico y pensador Daniel Kahneman y a su libro Pensar rápido, pensar despacio, tantas veces citado, basado en principios obtenidos a partir de observaciones, vivencias y experimentos que han tenido un profundo impacto en la economía, la medicina y en la política.

Recordemos aquel postulado de Kahneman según el cual la mayoría de la gente cree que “lo que uno ve es todo lo que hay”; o sea, que el cerebro —o la mente— trabaja con la información disponible, no con la que está ausente.  Y de este postulado se derivan otros que él llama sesgos, fallos o errores de juicio humano. Uno muy significativo consiste en que el cerebro prefiere y acepta más rápidamente relatos o historias cortas, coherentes, simples y sin contradicciones, aunque los datos sean erróneos, en lugar de explicaciones completas o verdaderas. Es decir, al cerebro le incomoda reconocer que no lo sabe todo y le teme a la incertidumbre porque lo obliga a pensar.

Este poderoso mecanismo ayuda a entender cómo juzgamos a las personas, cómo decidimos y la manera en que evaluamos los hechos históricos relevantes, al punto de sentir que ya lo entendimos todo. La sensación de comprensión resulta, para muchas personas, más importante que la comprensión real, porque genera la ilusión de dominio de la situación. Y esa ilusión refuerza la confianza e impide analizar con mayor profundidad. Sin embargo, los hechos históricos están condicionados por posiciones ideológicas o conveniencias personales y son siempre más complejos de lo que admiten los sectarismos, fanatismos, maniqueísmos o creencias en que todo es bueno o malo. Cuando la verdad se acerca a espacios intermedios, los acontecimientos suelen requerir años para el correcto balance. Este podría ser el caso de lo ocurrido en Venezuela a principios de este mes.

Pondré un ejemplo. El 26 de noviembre de 1960, el periódico La Nación, vocero del dictador Trujillo, reprodujo el artículo titulado “Tres madres de familia y un conductor de vehículo mueren en fatal accidente”, con el subtítulo “El conductor desconocía la vía por donde marchaba”. Ese relato fue aceptado por la generalidad de los dominicanos, pero jamás fue creído por familiares y allegados a las hermanas Mirabal, y tampoco por quienes conocían los asesinatos cometidos por el régimen y sentían temor ante nuevos hechos sangrientos.

La diferencia entre la versión oficial y la crueldad del hecho mismo provocó incertidumbre acerca de las circunstancias en que ocurrió. Lo que influyó y envalentonó a varios héroes del 30 de mayo que aceleraron el ajusticiamiento del tirano a los seis meses de aquel monstruoso asesinato. Dos años después, apresados los autores materiales del horrible crimen y juzgados en un largo proceso que abarcó treinta y cinco audiencias televisadas, confesaron su participación y revelaron detalles significativos. Entonces, la gente cambió de opinión. “¡No hubo tal accidente!”, a pesar de toda la propaganda y presiones del régimen.

Descanso eterno a las almas de los caídos en la acción militar en Venezuela, una nación digna de mejor suerte.

¡Que viva la presidente Delcy Rodríguez!

¡Éxitos en su misión!

¡Que viva nuestra patria libre y soberana!

William Galván

Profesor de psicología y antropología de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Investigador académico y consultor de empresas.

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