La llegada de Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) a México marca uno de los momentos más fecundos de la historia intelectual latinoamericana del siglo XX. No se trató simplemente del desplazamiento de un intelectual caribeño hacia un nuevo territorio, sino del encuentro entre una vocación continental y un espacio cultural que, en plena transformación posrevolucionaria, ofrecía condiciones propicias para la reflexión, la pedagogía y la construcción de un pensamiento hispanoamericano moderno. México fue para Henríquez Ureña un laboratorio intelectual, pero también un lugar de afectos, de alianzas y de amistades decisivas, entre las cuales destaca de manera singular la que sostuvo con Alfonso (1889-1959). Reyes.

Henríquez Ureña llegó a México por primera vez en 1906, siendo aún muy joven, y regresó en distintos momentos de su vida. Desde ese temprano contacto, el país se convirtió para él en un punto de referencia intelectual y vital. México le ofrecía algo que difícilmente podía encontrar en otros espacios: una tradición cultural sólida, una lengua viva en permanente elaboración y un campo intelectual abierto al diálogo entre América y Europa. En ese contexto, Pedro no solo enseñó y escribió, sino que pensó América desde América, con una conciencia histórica y lingüística que lo convertiría en uno de los grandes humanistas del continente.

La relación con Alfonso Reyes se inicia en ese marco de intercambio intelectual y se profundiza con el paso de los años hasta convertirse en una de las amistades más significativas del pensamiento hispanoamericano. Reyes, mexicano universal, diplomático, ensayista y lector voraz, encontró en Henríquez Ureña a un interlocutor riguroso, exigente y profundamente afín en su concepción de la literatura como forma de conocimiento y responsabilidad ética. Ambos compartían una idea del humanismo no como erudición estéril, sino como ejercicio crítico, diálogo de tradiciones y servicio cultural.

Esta amistad no fue meramente personal, sino estructural para la configuración de una red intelectual que atravesó fronteras. Reyes y Henríquez Ureña se leyeron, se comentaron, se corrigieron y se acompañaron mutuamente en sus trayectorias. México fue el espacio donde esa relación adquirió densidad cotidiana: aulas, conferencias, tertulias, proyectos editoriales y conversaciones interminables formaron parte de un mismo impulso civilizatorio. En Henríquez Ureña, Reyes encontraba una mirada continental que ampliaba su horizonte; en Reyes, Pedro hallaba una inteligencia literaria capaz de convertir la reflexión en forma y estilo.

La correspondencia entre ambos —publicada  posteriormente, en tres tomos,  por la Universidad Pedro Henríquez Ureña, editada por el escritor  y profesor dominicano Juan Jacobo de Lara (1909- 1989)— constituye un documento fundamental para comprender no solo su amistad, sino el modo en que se construía el pensamiento intelectual en América Latina durante la primera mitad del siglo XX. Las cartas no son simples intercambios afectivos ni noticias circunstanciales: son verdaderos ensayos en germen, espacios de discusión sobre lengua, literatura, política cultural y destino histórico de Hispanoamérica. En ellas se manifiesta una ética del trabajo intelectual basada en la disciplina, la lectura atenta y la conciencia de pertenecer a una tradición en formación.

En este entramado de viajes, correspondencias y proyectos compartidos, la figura de Pedro Henríquez Ureña se afirma como la de un intelectual que comprendió tempranamente que la cultura latinoamericana debía pensarse desde redes y no desde individualidades aisladas. Su paso por México no solo fortaleció su obra crítica y pedagógica, sino que le permitió inscribirse en un diálogo vivo con tradiciones diversas, articulando una visión continental de la lengua y la literatura. La amistad con Alfonso Reyes fue, en ese sentido, una alianza intelectual estratégica: juntos imaginaron una América capaz de dialogar de tú a tú con Europa sin perder su especificidad histórica ni su riqueza expresiva.

La relación entre Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes se articula desde el reconocimiento explícito de Reyes hacia Henríquez Ureña como su maestro intelectual. No se trata de una tutela rígida, sino de una formación ejercida a través del diálogo, la exigencia crítica y el ejemplo moral. Henríquez Ureña orienta a Reyes en la disciplina del estudio, en la claridad del pensamiento y en una concepción del humanismo fundada en la responsabilidad cultural y la conciencia histórica de América. Reyes asume ese magisterio con gratitud activa, transformándolo en impulso creador y en fidelidad a un ideal de rigor y mesura. La amistad que los une no anula la jerarquía formativa, sino que la vuelve fecunda: el discípulo dialoga, crece y se afirma sin romper el lazo. En ese intercambio se modela una ética intelectual que marcará decisivamente la obra y la actitud pública de Reyes.

Para Henríquez Ureña, México fue también el lugar donde su vocación pedagógica alcanzó una dimensión mayor. Su trabajo en la educación, su reflexión sobre el español de América y su defensa de una cultura literaria fundada en la claridad, el rigor y la ética encuentran en México un terreno fértil. La amistad con Reyes reforzó esa vocación: ambos entendían la educación como una forma de intervención histórica, como una manera de modelar ciudadanos críticos y conscientes de su herencia cultural.

La relación entre Henríquez Ureña y Reyes no estuvo exenta de diferencias ni de matices, pero precisamente en esa diversidad residía su riqueza. Mientras Reyes tendía a una prosa más ensayística y literaria, Henríquez Ureña se inclinaba hacia una crítica más sistemática y filológica. Sin embargo, lejos de separarlos, esas diferencias fortalecieron el diálogo y ampliaron el campo de reflexión. El epistolario da cuenta de esa complementariedad, de ese respeto mutuo fundado en la admiración intelectual.

En última instancia, la llegada de Pedro Henríquez Ureña a México y su amistad con Alfonso Reyes representan mucho más que un episodio biográfico. Constituyen un momento clave en la construcción de un pensamiento latinoamericano consciente de sí mismo, capaz de dialogar con el mundo sin renunciar a su especificidad. El epistolario, publicado en tomos sucesivos, no es un simple archivo del pasado, sino una lección viva sobre la importancia del diálogo, la amistad intelectual y el trabajo sostenido en favor de la cultura.

A ello se suma el hecho de que la relación entre Henríquez Ureña y Reyes permitió consolidar una noción de tradición literaria entendida no como un repertorio cerrado, sino como un campo en permanente revisión. Ambos asumieron la crítica como una práctica histórica, atenta a los desplazamientos del lenguaje y a las condiciones sociales de producción cultural. En sus intercambios se advierte una preocupación constante por el rigor conceptual, por la claridad expresiva y por la formación de lectores capaces de ejercer un juicio autónomo. México, en ese marco, operó como un espacio de convergencia donde se cruzaban proyectos educativos, editoriales y diplomáticos, haciendo posible una circulación efectiva de ideas. La vigencia de ese diálogo radica precisamente en su capacidad para pensar la cultura como responsabilidad pública y como tarea colectiva. Leer hoy a Henríquez Ureña y a Reyes, y releer su correspondencia, implica reconocer que el pensamiento latinoamericano se ha construido siempre en conversación, en desacuerdo fecundo y en una amistad intelectual que supo convertir la palabra en proyecto histórico.

El epistolario, revela esa conciencia de proceso y de construcción. Cada carta es testimonio de una ética del trabajo intelectual fundada en la constancia, la lectura rigurosa y la responsabilidad cultural. Leídas hoy, esas páginas no solo iluminan un momento histórico, sino que interpelan el presente, recordándonos que el pensamiento no se improvisa y que la amistad intelectual puede ser una de las formas más altas de creación colectiva. Así, la experiencia mexicana de Henríquez Ureña, atravesada por el diálogo con Alfonso Reyes, permanece como un modelo de compromiso crítico y de humanismo activo para la cultura latinoamericana contemporánea.

Plinio Chahín

Escritor

Poeta, crítico y ensayista dominicano. Profesor universitario. Ha publicado los siguientes libros: Pensar las formas; Fantasmas de otros; Sin remedio; Narración de un cuerpo; Ragazza incógnita;Ojos de penitente; Pasión en el oficio de escribir; Cabaret místico; ¿Literatura sin lenguaje? Escritos sobre el silencio y otros textos, Premio Nacional de Ensayo 2005; Hechizos de la hybris, Premio de Poesía Casa de Teatro del año 1998; Oficios de un celebrante; Solemnidades de la muerte; Consumación de la carne; Salvo el insomnio; Canción del olvido; entre otros.

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