La etnobotánica es una disciplina de la antropología que trata de contribuir con el conocimiento de las plantas que tienen los humanos en su manejo y uso. Se centra en abrazar con fidelidad a la botánica, la etnoecología, la farmacología, la biología y etnología, a fin de explorar las percepciones que tienen las distintas poblaciones humanas sobre su conocimiento local o científico de las plantas, ya en su estado salvaje o cultivado en huertos o centro de investigación.

Los/as etnobotánicos/as debido a que tratan temas complejos sobre las plantas necesitan tener conocimientos con una amplia gama de disciplinas académicas. Es una disciplina que trabaja en conjunto con diferentes científicos que no solo proveen ayuda, sino que se integran en un campo interdisciplinar que les permite trabajar en equipo para poder abordar la complejidad de los objetivos de la etnobotánica.

El trabajo de campo es amplio y de carácter interdisciplinar, ya que implica recoger muestras, conversar con la gente, observar sobre el encuentro íntimo de la gente con los bosques, selvas, huertos, entre otras más. También tiene por objetivo desarrollar proyectos de conservación cultural y conservación biológica, así como entender la complejidad de las relaciones entre los humanos y las plantas, aunque esto último es más vinculante con la etnoecología.

La etnobotánica se sostiene en una ética de protección para salvaguardar las especies en peligro y disponer de los medios para que las sustancias activas de las plantas que serán utilizadas en medicina o en otros usos, ya estéticos, religiosos y alimenticios sean amparados por una ciencia no colonial.

Los espacios boscosos, los hongos, animales y otras especies que se abrigan y forman parte de eso que llamamos naturaleza, proporcionan a la humanidad alimentos, vestidos, medicina, belleza y paisajes, etc. Los ojos humanos no colonizados son presencias montadas en un escenario de múltiples realidades que vamos conociendo, a través de la ciencia y de las comunidades locales vinculantes.

Los humanos contemplamos, tocamos y usamos las plantas. La naturaleza es concreta y virtual por eso la pienso y la siento como arte. Es virtual por ese sentido de lo que es un espejo, es decir me somete a un espacio de reflexión, a mirar y no sólo como objeto, también como estética.

La etnobotánica observa, toca, conoce e interroga. Yo la siento desde una emocionalidad y le doy el toque de situar en diferentes figuras, situaciones y acciones que me interesan conocer con la línea de admiración poética y de concreción objetivada, bajo la dirección de modelos metódicos que me llevan a una dirección entelequial para continuar con las interrogantes que eternizan el quehacer científico.

El huerto o el bosque es un laboratorio de lo real y es a la vez la fiesta esperada que ofrece posibilidades para echar las fábulas, los relatos, las historias que serán escuchadas, bajo la orientación metódicas de los paradigmas de conocimientos disciplinar que abraza la etnobotánica.

La escucha y la observación es la corriente dominante de esta disciplina, por eso trata por todo los medios de romper con la tendencia que distancia el conocimiento activo de las comunidades y de sus significantes y representaciones que son valoradas, porque la diversidad de los sueños y las nociones culturales,  son un acento que indican la presencia de los contenidos de una conciencia real que deben ser interpretadas por la etnobotánica, pero desde la mismas comunidades para enriquecer nuestros laboratorios, conciencia, y abrirnos, para visibilizar en el marco académico,  todo lo que en último término, siempre es inconcluso.

Por eso me apego a Durero cuando denomina sus figuras góticas en el sentido de lo que no termina, a decir de ese arte de lo inacabado o esos sentidos que vagan en los marcos de la intuición y tratamos de profundizar y objetivar en nuestro laboratorio social o clínico.

La etnobotánica va en la búsqueda de esa terapéutica, medicina o sustancias activas que deseamos para unir los fragmentos que nos permitan llenar el Pulitzer de lo que hoy se  hace llamar ciencia.

La etnobotánica observa los bosques y permanece en escucha de la gente, porque son ellas las que van enseñando sus experiencias y saberes.  El correlato colonial cree tener en las manos la verdad, mientras que en el lago de las delicias vagan los fragmentos que en esta época no pueden figurar, porque todavía, lo que no conocemos, está arropado en la intuición del mundo, la cual no se entiende, ni se le da importancia.

En la boca de las mujeres y hombres medicinas encontramos conocimientos de los sedimentos de esas cosas que se materializan, en la fábrica del mundo que se llama clorofila.

En un pliego de fantasías de la naturaleza, la etnobotánica intenta aferrarse a la materialidad empírica para pisar los suelos de la ciencia.

Ese apego a la superficie y sobre todo, a lo reflexivo en el marco de la academia, hace exaltar el curso de lo real, aunque en los diferentes tiempos estamos a la escucha de ese otro, que siente y piensan que tienen un lenguaje especial con las plantas, ya que son susceptibles de entablar diálogos con la naturaleza, porque ellas cuentan los secretos que son deseados por los etnobotánicos.

Con esas historias  y las muestras en el morral, montamos a la espalda, las especies botánicas como representantes materiales de las plantas parlanchinas. Llevamos a los laboratorios esos especímenes, afín de probar, si en verdad, hay sustancias que curan o sirven para el mundo material en que nos movemos.

La etnobotánica es un lenguaje que intenta mediante el conocimiento de los otros conocer el diálogo del otro (comunidades). La etnobotánica  habla en el lenguaje de una ciencia. Ese lenguaje se verifica, a través de pruebas empíricas y sólo, por medio de lo empírico, se validan los relatos de las poblaciones locales.

En la mayoría de los casos, las plantas que nos ofrecen son pruebas irrefutables de conocimientos que han salvado vidas, pero que objetivamos y nos olvidamos  de esos diálogos indígenas con el bosque, para decirnos que es un horizontes no verificable en términos de diálogo, pero que tal vez se corresponde a ensayo y error de ese grupo cultural que se enfrenta: a las enfermedades y la incertidumbre de la vida.

En pocas palabras despellejamos esos fragmentos de su origen, para situarlo en un espacio de fenómenos fantasiosos, los cuales situamos en el plano intuitivo de la humanidad, y se lo dejamos a los estudios religiosos o a la antropología simbólica, sin mucho aprecio a esos seres humanos que nos regalaron esos saberes. No son todos lo que se pintan en este retrato, pero es la tradición.

La etnobotánica no colonial aprecia y reconoce no solo el conocimiento de los pueblos, también investiga las formas humanas de contactos con la naturaleza en un marco de conceptos que intentan dar explicaciones significativas de lo que estudiamos.

Yo me apego todavía al dualismo kantiano que testifica que “no se conoce el absoluto de lo posible real objetivo”, por la naturaleza de lo intuitivo, ya que la posibilidad de la experiencia cognoscible pertenece a la razón moral y a la potencialidad infinita de la libertad ética.

En palabras sencillas, lo que otros llaman comunicación con los espíritus de la naturaleza es un fenómeno que se corresponde con la realidad de los sensible y lo inteligible, el mundo de lo exterior y de lo interior todavía no es claramente comprensible. Kan utiliza el concepto de noúmeno, a “la cosa en sí”, a la realidad última incognoscible,  a lo que va más allá de nuestra experiencia sensible (fenómeno), las cuales están limitadas por el espacio y el tiempo.

Existen límites en la razón humana, ya que podemos tener conceptos de cosas como Dios, pero es incognoscible teóricamente. Las experiencias comunicacionales con las plantas y otras especies de los bosques entra en ese espacio que rompen la razón y se queda en la imaginación y todo lo que conocemos como el horizonte de lo que no podemos franquear, ya que pertenece, a aquello que dice Hegel de que “todo lo posible se encuentra ya configurado en lo real”, no es mágico.

A tal razón, si las plantas hablan a los hombres y mujeres medicinas en los bosques, es porque existe un posible real que todavía no conocemos, eso está en potencia. Eso todavía, no es visible empíricamente. No obstante, para  Hegel esto es  una manifestación y esencia real en el seno de la labor de la transformación y algún día, podrá entrar en el mundo de la razón. Existen límites para la razón, pero la potencia de lo real, encontrará camino para conocer, lo que es fenómeno y lo que es el noúmeno y eso lo reconoce en Kant.

La etnobotánica se mete en ese agujero complicado para valorar el material colectado, así como las interpretaciones y percepciones locales en su justa dimensión de no rechazarlas, más bien, reflexiona y pide ayuda a la lingüística, la fenomenología y los asertivos aportes de la ciencia cognitiva para la búsqueda de evidencia y dejar a la posteridad, lo que hoy en nuestros niveles de conocimiento de lo real, se queda en el noúmeno.

La ciencia tiene límites al acercarnos a dichos conocimientos que todavía están en un momento de potencia, según la teoría hegeliana.  En general está claro para nosotros que dichos saberes comunales, no pueden explicarse hasta que podamos encontrar la forma de verlos, a través de la razón y de la verificación empírica. La ciencia necesita tecnología, un tiempo y espacio dentro del marco de la realidad de la historia.

Fátima Portorreal

Antropóloga

Antropóloga. Activista por los derechos civiles. Defensora de las mujeres y los hombres que trabajan la tierra. Instagram: fatimaportlir

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