En la Sala Augusta de la Suprema Corte de Justicia, el aire suele ser denso, cargado de la historia de las leyes y el peso de las togas. Este miércoles, la audiencia solemne del 7 de enero de 2026 por el Día del Poder Judicial no prometía ser diferente. A las 9:00 de la mañana en punto, la formalidad se instaló con la entonación de las 12 estrofas del himno nacional, marcando el inicio de un ritual anual caracterizado por la rigidez y el ceremonial.

Sin embargo, a las 9:07 de la mañana, el guion sufrió una improvisación inesperada.

El presidente de la Suprema Corte de Justicia, Luis Henry Molina, se encontraba en la fase de los saludos protocolares. A su derecha, el presidente de la República, Luis Abinader, mantenía la compostura propia de su investidura. Molina, pausando el discurso institucional, decidió dedicar unas palabras a su esposa, Paola Roa, agradeciéndole públicamente por su "apoyo sereno y firme" durante su tiempo de servicio.

Fue un momento emotivo que requería contacto visual. El magistrado bajó la mirada desde el estrado, buscando los ojos de su esposa en las primeras filas, pero se encontró con un obstáculo: la figura del doctor Rodolfo Valentín, director de la Defensa Pública, quien involuntariamente bloqueaba la línea de visión entre la pareja.

Lejos de ignorar el inconveniente o mantener la rigidez del protocolo, Molina optó por la espontaneidad. Desde su lugar, y con el micrófono abierto, le pidió amablemente al doctor Valentín que "se corriera un poco" para poder ver a Paola.

La petición, tan doméstica y genuina en medio de tanta solemnidad, actuó como una válvula de escape. Por unos breves segundos, la Sala Augusta dejó de ser un tribunal para convertirse en un espacio humano. Una risa colectiva recorrió el salón, contagiando incluso al presidente Abinader, quien no pudo evitar compartir la sonrisa ante la ocurrencia.

Entre la risa solemne y la protesta del salami: los contrastes del Día del Poder Judicial

El doctor Valentín se movió, la conexión visual se logró y el protocolo retomó su curso, pero esos segundos a las 9:07 quedaron registrados como el momento en que la humanidad se impuso, brevemente, a la majestad de la justicia.

Discurso, selfies y la realidad de la calle

Pasado el interludio humano, la solemnidad volvió a cerrar filas. El discurso central del magistrado Molina se extendió por unos 24 minutos, un repaso denso por las luces de su gestión y las metas pendientes en el horizonte judicial. En la audiencia, la marea de togas negras coronadas por birretes con pompones morados escuchaba. Aunque no todos con la misma intensidad.

A medida que avanzaban los minutos y las cifras, la atención de algunos se dispersaba. En las filas posteriores, el brillo tenue de las pantallas de los teléfonos comenzó a competir con la iluminación de la sala. Hubo dedos deslizándose furtivamente sobre el cristal y, en un alarde de modernidad que desafiaba al entorno histórico, más de uno aprovechó el ángulo para capturar un selfie con el estrado de fondo, documentando su "yo estuve ahí" en la era digital.

Al concluir el acto, comenzó el lento vaciado de la Sala Augusta. Los asistentes abandonaron el aire solemne del séptimo piso, descendiendo en ascensores y escaleras hacia la realidad de la planta baja.

Y allí, justo en la entrada al nivel de la calle, antes de las 10 de la mañana, el contraste esperaba con la crudeza de un golpe de realidad.

Mientras arriba se hablaba de metas institucionales, abajo, el Colegio de Abogados de República Dominicana montaba su propio tribunal al aire libre. La escena era un choque visual impactante: hombres y mujeres, algunos aún de traje o con la toga a medio quitar, sostenían pancartas que gritaban en rojo y negro: "Sin recursos no hay justicia" y "Cese el robo del dinero de la justicia".

Entre la risa solemne y la protesta del salami: los contrastes del Día del Poder Judicial

Pero el mensaje más potente no estaba escrito. Estaba sostenido en alto por manos firmes en medio del piquete: un pollo con sus plumas, una barra de salami entera y un racimo de plátanos verdes. Eran los símbolos del "con qué se come eso", una representación visceral de la canasta básica y la economía de la calle, usadas como metáfora de una justicia que, según los manifestantes, se queda en discursos de altura mientras pasa hambre en el llano.

Así terminó el Día del Poder Judicial: con una sonrisa en el séptimo piso y un reclamo con sabor a salami en la puerta de entrada de la Suprema Corte de Justicia.

Julio Solano

Periodista y poeta

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