Temeroso de repetir lo que muchos más versados que yo en asuntos pedagógicos ya han dicho, me he dado a la tarea de pedirle a mi Bertolt Brecht (1898-1956) imaginario que diga algo más ocurrente acerca de lo que pienso sobre la educación dominicana como un todo.
A la usanza de La ópera de los tres centavos (Die Dreigroschenoper, 1928) y de Madre Coraje y sus hijos (Mutter Courage und ihre Kinder 1939), el monólogo imaginario inicia así:
Me hablo a mí mismo
porque así se piensa mejor.
Me contradigo
porque los sistemas también lo hacen.
Miro un aula
Oigo a un docente
y luego miro un informe oficial.
No coinciden.
Digo:
a los árboles se les conoce por los frutos.
No por las intenciones del jardinero.
No por el precio del abono.
No por el tamaño y número de ministerios.
Digo:
los frutos están medidos.
Tienen nombre.
Se llaman PISA.
Lectura insuficiente.
Matemáticas insuficientes.
Ciencias insuficientes.
Insuficientes
no como accidente,
sino como patrón.
Me digo:
nadie cae al último lugar por sorpresa.
Se llega con disciplina,
con torpeza.
Ahora me respondo
como estudiante.
Aprendí a repetir.
Aprendí a aprobar.
No aprendí a comprender.
No me lo enseñaron.
Me evaluaron
para saber si obedecía el contenido,
no si podía usarlo.
Salí del sistema
con un certificado.
Y entré al mundo
con desventaja.
Luego me hablo
como maestro.
Me pidieron resultados
sin formación suficiente.
Me pidieron milagros
con materiales escasos.
Me supervisaron papeles.
No aprendizaje,
Ni clases.
Me culparon
por fallas
que nacen antes de mí
y continúan después.
Ahora me hablo
como profesor universitario.
Me dijeron:
forme capital humano
para el desarrollo.
Pero me dieron estudiantes
a tiempo parcial:
hijos ilustres de una sociedad ignara.
Sin amor por el conocimiento,
la cultura,
la pesquiza,
la innovación.
Sin base sólida,
y currículos desconectados
de la economía contemporánea.
Con tiempo fragmentado:
trabaja todo el día.
Docencia apenas nocturna.
La investigación
siempre en veremos.
Propicio títulos.
No siempre competencias.
Nunca valores.
Nada de innovaciones,
Poco civismo.
Todo, entonces,
sin inquietudes del intelecto.
Y entonces me hablo
como decisor.
Veo los datos.
Los entiendo.
Los relativizo.
Digo:
ordenemos primero la casa.
Fusionemos.
Organicemos.
Digo:
la calidad vendrá después.
Reflexiono:
después
es una palabra cómoda.
Todo lo justifica.
No exige aula
No exige laboratorios.
No exige pedagogos.
No exige conflicto.
Ni siquiera estudiantes,
ni respaldo familiar.
Me detengo.
Vuelvo a mí
como mero observador,
agobiado.
Un país no compite
con organigramas.
No innova
con estudiantes
que ni suman,
ni critican.
No produce valor
con graduados
que memorizan
pero no resuelven.
No razonan.
No valoran.
No les interesa generar lo inexistente
de lo existente.
Poca superación,
compasión,
fraternidad,
empeño,
desempeño.
Concluyo:
El capital humano
no se decreta.
Se forma.
Si no se forma,
la economía cobra
con baja productividad,
dependencia,
servilismo,
y trabajos que no crean futuro
ni independencia.
Lo recuerdo con vergüenza ajena:
PISA.
Lo veo todo con claridad:
Nada que esperar de ciegos,
conduciendo ciegos.
El árbol no está enfermo.
Lo cultivan así.
Cambiar el nombre del jardinero
no cambia el fruto.
Cambiar la cerca
no mejora la cosecha.
Los frutos son los del árbol con esas raíces.
Si no cambia el pedagogo y su aula,
todo lo demás
es administración del retraso.
Ruptura tras ruptura,
sin acuerdos
ni recuerdos que respetar.
Concluyo:
¡Pobre sociedad!
De ánimo
entretenida.
De bolsillos
empobrecida.
Guardo silencio, por fin.
No porque no haya nada más que decir
o cambia.
Quien decide
ya entendió
o decidió no hacerlo.
Solo los mangos
están a ras de suelo.
Y concluyo,
A merced de la soledad de varios siglos.
Sin Juan Pablo,
Sin Eugenio,
Sin Salomé ni Ercilia,
Sin don Pedro.
Alejados todos
en vida,
de nosotros mismos.
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