En una reflexión con una buena amiga psicoanalista  llamada Claribel Díaz, iniciamos varios diálogos sobre lo que es el pensar en la imaginación como acto humano y sobre las fantasías. Lo miramos como un espacio que se comparte con otras especies, por lo menos, la imaginación.

Hablamos  por montones sobre esas particularidades que reconocimos como una de las instancias más conmovedoras de nuestra soledad en este vasto universo de lo real y de lo simbólico.

La imaginación es ver con los ojos del alma o de la mente, pero todo se lleva a cabo en la propia cabeza, de una manera tal que no puede ser oído ni ser visto. Este es un buen refugio para el desarrollo de los torrentes de versos, canciones y formas que nos permiten construir un mundo que más tarde y siempre que se pueda se convertirá en un texto escritural.

Yo lo pienso tan simple como lo dice  Gustavo Cerati: un “bucear en silencio” y le agrego a dicha frase,  un argumento fenomenológico, porque no es tan simple pensar que la imaginación es solo mirar un mundo en nuestro interior, es definir instancia o espacios en dónde la ley se debilita, porque podemos volar, sin que la trama de la represión debilite el deseo.

En la historia de la filosofía, la condición de posibilidad para concretar la imaginación es siempre un juego de poder entre la fuerza del inconsciente que está ahí afuera en el cuerpo biológico y social. Yo siempre pienso en mi cartón animado preferido: el "Gallo Claudio" y todos los imaginarios infantiles del  gallinero donde el gallo se aventajaba con sus narrativas de personajes tontos, para hacer que el perro  de la granja se adormeciera con sus inventivas, de tal manera que permitiera sacar sus gallinas y escaparse, a su antojo de la granja. Ese espacio de dominación le pertenecía a un perro violento que era guiado por su amo humano.

En la granja estaba ese tonto gallo gordo y bribón y fuera de la televisión, en el mundo real, en mi país, estaba ese gallo fascista que dominaba el mundo sociopolítico en mi niñez. Claudio es subversivo y parlanchín. Pero por lo menos, trataba siempre de romper las reglas de la granja, así como yo me escapaba en mi imaginario con Claudio de las barbaridades de la dictadura.

La niñez es esa expresión que muestra una verdad tutelada en la materialidad.  Fue un período en el que no me interesaba estar ahí afuera, soñaba e imaginaba una exterioridad donde el proyecto fascista de la dictadura del momento no siguiera abrazando los espacios y edificios públicos. Imaginaba una vida sensata llena de colores y cometas.

De ningún modo, adopté el sentido interno y externo de lo moral para explicarme la vida, mis imaginarios me pertenecen y por tanto era libre. Pero, los relatos de mi imaginación se convirtieron en vacilaciones, dudas y juicios cuando el cuerpo comenzó a demandar las narrativas de besos y la dictadura no cesaba de manar la sangre  de tantos.

Esos seres hoy están presentes en la memoria. No tienen miedo a volar o decir lo que sienten. Ya no son apresados y pertenecen a la historia de los valientes que recordamos en la escritura.  Estas memorias no son imaginarias, ellas pertenecen a esos tramos de historias que describen los excrementos de una sociedad jerarquizada y que todavía sigue apostando y sosteniendo que las élites son inocentes de sus tramas de violencia.

El grupo que gobernaba ejecutó muertes y persecuciones, pero  también se atiborraron de pastillas, para calmar sus culpas y ansiedades hipócritas,  mientras iban enriqueciendo con el sudor del pueblo y más por el fetichismo de sus mercados y los delirios de poder sobre los otros.

La imaginación  es muda, se vuelve verde y forestada  con los muchachos  jugando túramelo,  sin los soportes de móviles que los dejan sin movimientos, ni peleas callejeras. La inocencia de las hormigas en el puro deambular por los rincones de la imaginación  es una utilidad reflexiva para que el alma respire. Esa era mi imaginación en los barrios pobres de Santo Domingo.

Muchos pasajes de soles terminan en tragedias por los desvanes destructores de las pulsiones de muerte y se convierten  en memorias de odios que se quedarán permanentes, como dice una vieja bachata: “ódiame que no estaré fuera de tu vida jamás”. Reflexiones populares que el psicoanálisis inmortalizó como lo que llamó: la fantasía de destrucción que se complica con la trama fantasmática, aquellas  que ocultan un horror, pero que al mismo tiempo, dan un camino de luz bajo los síntomas, de lo que se reprime profundamente.

Muy bien, lo dibujó y analizó el analista, como el deseo alucinatorio de poder y querer poseer ese objeto deseado que es capaz de llenar los huecos abiertos del alma, por eso que hace llamar Freud, como la estructura simbólica.

La imaginación no es fantasía, porque en la primavera el helado cremoso de coco se puede saborear, pero la fantasía me informa otra cosa, me hace preguntar: ¿cómo sé que esa o ese sujeto, u objeto llamado helado de coco es el que encaja en la fórmula de la falta? Es la pregunta que René Descartes y la psicología no pudieron construir, ya que se quedaron en la conciencia y en el ego.

La fantasía, a veces, se trata de un factor que despoja al sujeto, a un mundo siniestro y horrendo, pues le quita la dignidad y la libertad. En fin, imaginar no puede ser fantasía, porque esta última tiene que ver con la relación que tenemos con el Otro. La pregunta analítica es: ¿qué quieres persiguiendo y arremetiendo un día tras otro, a ese sujeto que no forma parte de tu mundo, ni que opera en tu misma sintonía?

La respuesta analítica es simple en una operación de canallas, en un mundo lleno de  materialidad desbordante, se busca de manera deliberada e inconsciente lo que deseo.

Por tales motivos, el secreto es el  Otro. Para Freud, no era solamente saborear el helado  o seguir al sujeto deseante, era algo más. Es  lo que llamó el goce que produce el  espectáculo.  Lo que sientes cuando estás junto al otro, cuando no puedes abandonar "tus causas justicieras" que forman parte de tus fantasías que mueven tus síntomas patológicos. Es esa, la causa oculta, la de estar junto al otro, aunque sea, a través de las lentes de otro sujeto, las murmuraciones, los delirios de monstruos tipo Frankenstein. Es una necesidad que añora, te da placer,  para llenar esos huecos del alma. Por eso no abandona, mejor odia. En la persecución disfruta, no se te escapa, así puedes verlas, saber qué ella o él están haciendo, cómo se mueve y sentirla en proximidad.

Es otro, es el  estar intersubjetivo que satisface el objeto de muchos para complacerte, cuando tú solo te desvelas con esa identidad de la travesía del fantasma. Por tal razón esas cosas de negros te han fascinado, sin orientarnos al equívoco, porque no te quedas, solo en el síntoma. Te envuelve en el síntoma, como los regalos de Navidad con sus lazos de colores.  Tú necesitas esa intervención permanente y odiar y dar soporte financiero, a esa demanda de leche, como fiel secreto, bajo el digno deseo de bajarte a sus pies  y suplicar volver al pezón.

Fátima Portorreal

Antropóloga

Antropóloga. Activista por los derechos civiles. Defensora de las mujeres y los hombres que trabajan la tierra. Instagram: fatimaportlir

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