En un artículo previo nos preguntábamos para qué país estamos formando científicos. En este texto damos un paso más y analizamos qué país puede realmente construir la ciencia en la República Dominicana.

En estructuras económicas como las de la mayoría de los países de nuestra región, la transformación de capacidades científicas en capacidades productivas requiere la participación activa del sector privado y políticas públicas que la fomenten.

Puede parecer obvio, pero es necesario asumir que una industrialización tecnológica real exige mucho más que fortalecer la Física y la Química. Este es un prerrequisito indispensable, pero no suficiente. Para transformar una estructura productiva como la dominicana y construir un ecosistema científico-industrial moderno, competitivo y orientado a sectores estratégicos, se necesitan una industria y una agricultura capaces de utilizar conocimiento avanzado, absorber investigadores y demandar innovación constante. De lo contrario, los científicos que no encuentren oportunidades profesionales adecuadas terminarán emigrando.

Conviene insistir en un punto que subrayo desde hace más de treinta años: la fuga de cerebros no es un problema individual, sino una pérdida directa de la inversión pública realizada desde la educación preuniversitaria hasta la superior, incluyendo becas, laboratorios y proyectos de investigación. En la práctica, equivale a donar al primer mundo un capital humano valioso. Estos costos no son abstractos: son cuantificables y ascienden a millones de dólares por cada profesional altamente formado que emigra. Por ello, la discusión sobre la retención de talento debe situarse al mismo nivel que la del financiamiento de la ciencia y de la ciencia aplicada.

Los países que hoy lideran industrias de alta tecnología —desde Corea del Sur hasta Brasil en ámbitos específicos— no alcanzaron sus logros financiando únicamente ciencia básica, sino articulándola con industrias prioritarias y con infraestructuras científicas funcionales a ellas: farmacéutica, biotecnológica, electrónica, agroindustria de alto valor, materiales avanzados y energía. La República Dominicana necesita dar ese salto y, para ello, requiere políticas científicas integradas de manera coherente con las políticas económicas.

Lamentablemente, aunque las industrias prioritarias cuentan con cierto consenso social, el reconocimiento del papel estratégico de las grandes infraestructuras científicas suele estar ausente del debate nacional.

Los países que lideran sectores industriales de alto contenido tecnológico cuentan con laboratorios nacionales, centros de supercómputo, fuentes de luz sincrotrón, laboratorios de metrología avanzada, centros de inteligencia artificial y redes de investigación altamente equipadas. Estas infraestructuras no son extravagancias: constituyen la base que permite producir fármacos modernos, competir en energías limpias, desarrollar semiconductores o innovar en biotecnología. Los países pequeños, si actúan de manera regional, pueden lograrlas. La región del SICA —con una población comparable a la de un país europeo medio— tiene la escala necesaria para proyectos compartidos.

Proyectos como los que he propuesto en el pasado, junto con Núñez-Sellés y Fabrice Piazza —un Centro de Materiales—, o los que estoy proponiendo actualmente, como una fuente de luz, serían pasos concretos y factibles, aunque es claro que requieren enmarcarse en grandes programas regionales.

En este contexto, la República Dominicana no puede quedar al margen de los avances en inteligencia artificial, computación cuántica y tecnologías digitales emergentes. El mundo está entrando en una fase en la que la productividad, la seguridad, la educación superior, la manufactura y la investigación dependen de infraestructuras informáticas de alto nivel. Formar estudiantes únicamente en programación básica es insuficiente. Se necesita capacidad nacional para integrar la IA en los procesos productivos, desarrollar modelos propios, formar especialistas y establecer alianzas internacionales que permitan participar en el salto tecnológico global. No hacerlo implica quedar relegados.

El país cuenta con oportunidades claras: biotecnología marina, investigación del sargazo, valorización de la biodiversidad, energías limpias, digitalización acelerada de servicios y manufacturas, semiconductores y recursos naturales estratégicos como las tierras raras. Aprovecharlas requiere articular ciencia, talento e industria en un proceso capaz de generar empleo científico, patentes, inversión y una diversificación económica que vaya más allá del comercio informal, el turismo y las remesas.

Esto nos conduce al desafío más crítico: la retención del talento científico. Superarlo exige políticas públicas concretas: carreras investigativas estables, salarios competitivos, programas de retorno, condiciones para la creación de empresas tecnológicas y una mayor presencia del Estado como comprador inicial de innovación.

El sistema científico construido con esfuerzo —gracias al MESCyT y a FONDOCYT— ofrece una base sólida. Sin embargo, las decisiones que se tomen en los próximos años determinarán si esa base se convierte en desarrollo productivo o si se desperdicia. Reconocer la importancia de las ciencias básicas es correcto y necesario, pero insuficiente si la meta es el país de la segunda mitad del siglo XXI. La pregunta central sigue siendo: ¿qué país queremos construir a partir de la ciencia?

La República Dominicana se encuentra hoy en un punto de inflexión. Lo urgente es avanzar hacia un modelo económico y social en el que la investigación no sea un lujo académico, sino un componente estructural de un país del siglo XXI. Fortalecer las ciencias básicas —en particular la Física y la Química— es sembrar las bases de un desarrollo científico soberano, inclusivo y transformador; la cuestión es cómo hacerlo y en qué etapas del sistema educativo.

Y aquí se cierra el ciclo con el artículo anterior: las ciencias básicas son fundamentales y requieren un apoyo incondicional. Sin embargo, el proceso de formación científica comienza antes, en los colegios —en todos, también en los periféricos—. El talento puede estar oculto en cualquier lugar; lo esencial es contar con los instrumentos para descubrirlo. Invertir en ciencia desde la educación escolar es invertir en la industria del futuro, pero también es imprescindible garantizar que ese talento pueda desarrollarse plenamente en su propio país.

Solo articulando educación, ciencia, industria e infraestructura tecnológica será posible traducir estas capacidades en un futuro de innovación y desarrollo sostenible para la República Dominicana.

Este es, en definitiva, el verdadero desafío que plantea el proceso de unificación del Ministerio de Educación con el de Educación Superior, Ciencia y Tecnología: un reto complejo y multidimensional que no es solo administrativo, sino profundamente metaeducativo, y que involucra equidad social, equilibrio territorial, políticas económicas de largo plazo y una visión integrada del desarrollo nacional basada en el conocimiento.

Galileo Violini

Físico

Galileo Violini Maestría en Física de la Universidad de Roma (hoy Universidad La Sapienza). Ex profesor de Métodos Matemáticos de la Física en las Universidades de Roma y Calabria y en la Universidad de los Andes, Bogotá. Cofundador y Director emérito del Centro Internacional de Física de Bogotá. Premio John Wheatley y Premio Joseph A. Burton Forum Award de la American Physical Society (APS), Premio Spirit of Abdus Salam del Centro Internacional de Física Teórica "Abdus Salam". Reconocimiento Salvadoreño Destacado del Gobierno de El Salvador. Miembro Honorario de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Miembro de la Academia Mundial de Arte y Ciencia. Fellow de la Sociedad Americana de Física. Miembro de la Carrera del Investigador Dominicano. Ex Director de un programa de la Unión Europea para la Facultad de Ciencias de la Universidad de El Salvador. Ex Representante de la UNESCO en la República Islámica de Irán y Director de la Oficina de Teherán. Doctor Honoris Causa de la Universidad Ricardo Palma de Lima, Consultor de los Gobiernos de Guatemala y República Dominicana, de la UNESCO, CSUCA, ICTP y otros organismos nacionales e internacionales. Autor de unas 400 publicaciones, en Política Científica, Física, Enseñanza de las Ciencias, Epidemiología, Historia de la Ciencia. Copresidente del Comité Ejecutivo de la Iniciativa Lamistad (Fuente de Luz del Gran Caribe) para establecer un segundo Sincrotrón Latinoamericano en la región. Ha promovido la participación de Irán en el CERN, los doctorados regionales del CSUCA en Física y Matemáticas, la cooperación interregional entre América Latina y África, y, como miembro del Foro de Física Internacional Physics del APS, la colaboración entre el APS y América Latina. Ha organizado más de doscientos eventos científicos, en su mayoría en el CIF.

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