Amigo lector:
El pasado alto el fuego entre Estados Unidos e Irán fue recibido con fuertes críticas en sectores políticos y mediáticos estadounidenses. Aunque informes señalan que la infraestructura militar iraní quedó severamente afectada, algunos analistas insistieron en que el resultado constituía un fracaso. Esa visión se apoya en una definición maximalista de «victoria», centrada en la idea de un cambio de régimen, algo que no formó parte de los objetivos declarados de la operación militar originalmente preconcebida.
Es difícil evitar la impresión de que muchos de los críticos de Trump esperaban que el alto el fuego fracasara porque socavaría su narrativa de que estábamos atrapados en un atolladero del que no podíamos escapar, que estaba destrozando a las fuerzas de la derecha del movimiento «Make America Great Again» y arruinando la economía estadounidense.
A los seguidores del síndrome de odio a Trump les resulta sumamente molesto que el ejército estadounidense pueda haber completado la misión en el plazo de seis semanas que el presidente Trump estableció al inicio del conflicto.
Irán siempre ha tenido la capacidad de cerrar el Estrecho de Ormuz. Se abstuvo por dos razones. Primero, porque consideraba que la amenaza de cerrar el estrecho constituía un valioso elemento disuasorio contra ataques militares. El mes pasado, descubrió que había sobreestimado dicho valor disuasorio.
¿Por qué la amenaza de cierre resultó menos efectiva de lo que pensaba?
En parte, porque Estados Unidos podría no haberla considerado creíble. Pero también porque Estados Unidos y el mundo entero dependen mucho menos del petróleo del Golfo Pérsico que antes, en gran medida gracias a la expansión de la producción estadounidense. (Drill, baby, drill, again).
Tal y como lo expuse en entregas anteriores, en la geopolítica contemporánea, el concepto latino quid pro quo, que significa «dar algo para obtener otra cosa», ha dejado de ser una expresión jurídica o diplomática para convertirse en la gramática fundamental del poder global.
No se trata de favores ni concesiones aisladas, sino de un sistema estructural de intercambios donde cada actor cede influencia, acceso, recursos o legitimidad a cambio de ventajas que no puede conseguir por sí solo.
Hoy, ese sistema está tensionado por tres polos que interactúan, compiten y negocian simultáneamente: Occidente, Oriente Medio y el Lejano Oriente. Cada uno opera con reglas distintas, pero todos participan del mismo juego, al amparo de reglas no muy equitativas.
En resumen, amigo lector: el mundo no se divide entre buenos y malos, sino entre intereses que negocian su supervivencia. El quid pro quo no es cinismo; es la gramática del poder. Y en esa gramática, los países pequeños que entienden las reglas pueden escribir su propio futuro.
2- WASHINGTON Y LA REAPERTURA DE ORMUZ: UN LOGRO ESTRATÉGICO CON IMPACTO GLOBAL.
La reciente reapertura del Estrecho de Ormuz, tras semanas de tensión y riesgo de escalada, representa uno de los movimientos diplomáticos más relevantes del escenario internacional contemporáneo. No se trata solo de un corredor marítimo: es el punto por donde transita una parte esencial del petróleo y gas que alimenta la economía mundial. Su cierre, incluso parcial, genera turbulencias financieras, incertidumbre militar y presiones políticas de alto voltaje.
La capacidad de Washington para facilitar su reapertura —combinando presión, negociación y coordinación regional— ha producido beneficios tangibles para múltiples actores, cada uno con motivaciones distintas. Este episodio revela cómo, incluso en un mundo fragmentado, ciertos equilibrios siguen siendo indispensables para evitar crisis mayores.
Cómo beneficia a Occidente
a) Para las economías occidentales, la reapertura de Ormuz significa estabilidad en un sistema energético que todavía depende del Golfo Pérsico. Aunque Europa ha diversificado sus fuentes tras las tensiones con Rusia, sigue necesitando previsibilidad en los precios del crudo y del gas. La apertura del estrecho reduce la volatilidad, frena la especulación y evita que los costos energéticos se conviertan en un freno al crecimiento.
b) Además, la seguridad de las rutas marítimas es un pilar del comercio global. La reapertura refuerza la vigencia del derecho internacional del mar y evita que la OTAN y sus aliados se vean arrastrados a un conflicto que podría extenderse más allá de la región.
c) Finalmente, Occidente recupera margen diplomático: con el estrecho abierto, Europa puede retomar conversaciones con Irán en temas nucleares, humanitarios y de seguridad regional, sin la presión inmediata de una crisis energética.
Cómo beneficia a los Estados Unidos
a) Para Washington, este logro tiene un valor estratégico significativo. En primer lugar, protege la estabilidad del mercado energético global, algo crucial para una economía que, aunque exportadora neta de energía, sigue vinculada a los precios internacionales.
b) En segundo lugar, reafirma su liderazgo naval. La capacidad de garantizar la libertad de navegación es uno de los pilares del poder estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial. La reapertura de Ormuz demuestra que ese rol sigue vigente.
c) También fortalece su credibilidad diplomática: lograr un resultado sin recurrir a una escalada militar prolongada envía un mensaje claro sobre su capacidad de combinar fuerza, negociación y alianzas regionales.
Cómo beneficia a Irán
a) Aunque pueda parecer contradictorio, Irán también obtiene beneficios importantes. La reapertura del estrecho le permite incrementar sus exportaciones de crudo y gas, incluso bajo sanciones, mediante mecanismos indirectos y descuentos.
b) Además, la negociación reconoce de manera tácita su rol como actor indispensable en la seguridad del Golfo. Teherán evita una confrontación militar que habría sido costosa en lo económico y en lo político, especialmente en un contexto interno complejo.
c) La cooperación en Ormuz también abre la puerta a acuerdos limitados en temas humanitarios, financieros o de intercambio técnico, sin que Irán tenga que renunciar a su narrativa de resistencia.
Elementos clave de la reciente y exitosa negociación
El acuerdo que permitió la reapertura no fue producto de una sola decisión, sino de una arquitectura diplomática cuidadosamente construida. Entre los elementos decisivos destacan:
a) Garantías verificables de seguridad marítima, incluyendo patrullaje coordinado, monitoreo satelital y protocolos de inspección.
b) Reconocimiento del rol iraní en la gestión del estrecho, sin cuestionar su soberanía.
c) Compromisos de no escalamiento, tanto en operaciones militares como en acciones cibernéticas.
d) Incentivos económicos indirectos, que no implican necesariamente levantamiento de sanciones, pero sí flexibilidades operativas.
e) Participación de actores del Golfo, que facilitaron canales de comunicación y ofrecieron garantías financieras y políticas.
Cada parte obtuvo algo esencial sin ceder en lo que considera existencial. Ese equilibrio explica el éxito. Un verdadero quid pro quo.
Requisitos para mantener este logro en el tiempo
La apertura de Ormuz no es un evento aislado: es un equilibrio frágil que requiere mantenimiento constante. Para sostenerlo, se necesitan:
a) Mecanismos permanentes de verificación que reduzcan el riesgo de incidentes.
b) Canales diplomáticos abiertos entre Washington y Teherán para evitar malentendidos.
c) Incentivos económicos sostenidos que hagan rentable la estabilidad para Irán.
d) Gestión de actores regionales —milicias, rivales y aliados— que podrían sabotear el acuerdo.
e) Una presencia naval equilibrada, suficiente para disuadir, pero no para provocar.
La estabilidad de Ormuz dependerá de la capacidad de todos los actores para mantener este delicado balance.
Implicaciones para la República Dominicana y el Caribe
Para economías importadoras de energía como la República Dominicana, la reapertura de Ormuz significa alivio inmediato en los mercados internacionales. Menos volatilidad implica precios más predecibles, menor presión sobre el presupuesto público y un entorno más favorable para la planificación económica.
En un Caribe altamente vulnerable a choques externos, la estabilidad del estrecho es más que un asunto geopolítico: es un factor que influye en la inflación, en la competitividad y en la capacidad de los gobiernos para sostener políticas sociales y fiscales.
Ormuz, aunque lejano, tiene un impacto directo en la vida cotidiana de nuestras economías. Su reapertura recuerda que, en un mundo interdependiente, la diplomacia global sigue siendo un componente esencial de la estabilidad local.
Como podrá apreciar, amigo lector, el «chacumbelismo económico» no funciona en los escenarios geopolíticos de hoy día.
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