I: Breve reseña histórica de Irán

De quien se está hablando es de los reductos del más grande imperio del antiguo oriente. En esta apostilla, basada en una publicación realizada por BBC Mundo, en fecha 29 de junio del 2025, la que sostiene que, a mediados del siglo VI a. C., los persas eran una desconocida tribu de las montañas de la región de Persis, en el suroeste de la meseta iraní. Este término o nombre refiere, en griego, derivado del persa pars, es el nombre antiguo del área aproximada de la moderna Fars —es una de las 31 provincias de Irán. Su capital es la ciudad de Shiraz. La provincia de Fars tiene una superficie de 122 400 km² y está ubicada en el suroeste de Irán (…); como ven, era la patria de los persas, una tierra de cuencas fluviales y mesetas que se extendía desde los montes Zagros —cadena montañosa más larga de Irak y de Irán, que se extiende a lo largo de 1500 kilómetros desde el Kurdistán iraquí en el noroeste de Irán hasta el estrecho de Ormuz en el golfo Pérsico—.

En el año 550 a. C., Ciro el Grande estableció el Imperio persa, considerado como la primera superpotencia de la historia. Su imperio —desaparecido por las conquistas de Alejandro Magno— fue sucedido por las dinastías parta y sasánida. Integrante de la dinastía persa que derrotó durante su segundo periodo de esplendor, Irán estuvo en constante conflicto con el Imperio romano, particularmente sobre el control de Armenia y Mesopotamia. La era clásica iraní terminó en el año 651, con la conquista musulmana de Persia (ibídem). Este imperio fue restaurado en 1501 por la dinastía safávida, que impuso el chiismo como única religión. Desde entonces, Irán destaca por ser la única nación en la que esta rama del islam funciona como religión oficial. Sucesivas dinastías gobernaron Irán hasta la Revolución de 1979, en la que fue destronado Muhammad Pehlevi, último sah —rey de Persia o de Irán—. La actual República Islámica de Irán nació el 1 de abril del mismo año (…); es decir, la monarquía de los ayatolás, al momento del inicio de la guerra, tenía 57 años de instalada. Pero el ayatolá Ali Jameneí estaba instalado desde 1989, es decir, como segundo jefe supremo, llevaba 37 años bajo un régimen teocrático gobernando a Irán.

Comprendiendo a Donald Trump en la guerra de Irán: una acción de pivote

El ayatolá Jameneí padre. Mojtaba Jameneí resultó herido en el mismo ataque aéreo conjunto de Estados Unidos e Israel en el que murió su padre, Ali Jameneí. El líder supremo de Irán, Mojtaba Jameneí, se encuentra "inconsciente e incapacitado" mientras recibe tratamiento médico en la ciudad de Qom, según The New York Times.

II: Un vistazo a la decisión de Donald Trump

Lo primero que debo decir, antes del abordaje situacional, es que Estados Unidos, aunque con sus antecedentes de relaciones sistémicas con la región, en realidad esta guerra no era necesaria ni estaba en sus planes, y prácticamente no era de él. Esto en el entendido de que EE. UU. ya tenía —en apariencia— más de lo que necesitaba con el petróleo de Venezuela en lo inmediato, aparte de que resultaría tentadora la idea de atacar a Irán, en el sentido de que se le brindaba una oportunidad de cortarle el cordón umbilical a China —que se estaba sirviendo con la cuchara grande, imponiendo su moneda, el yuan, como nueva moneda mundial— de las relaciones bilaterales con este país. Lo cual se ha demostrado: este país asiático ha inyectado logística a Irán para responder como lo ha hecho con una resistencia campal a las escaladas, en este caso, de Israel y EE. UU.

Al respecto, son muchos los analistas de la geopolítica, tales como Tim Marshall y Robert D. Kaplan, que entienden que esta acción chocó de frente con el programa denominado "Plan Nacional de Estrategia de Seguridad" (National Security Strategy de 2025), el cual propone una orientación basada en el no intervencionismo relativo, la reducción del involucramiento en conflictos prolongados y el uso restringido de la fuerza como instrumento de disuasión. (The White House, 2025). (https://academica.org/osvaldo-gutierrez-sanchez). La fuente indica que, según dicha estrategia, la línea era más diplomática que intervencionista; o sea, apuntaba más a una estrategia de orden internacional, unida para evitar enfrentamientos directos entre grandes potencias mediante la disuasión, el control estratégico y la negociación directa entre líderes.

En correspondencia con lo dicho anteriormente, cabe preguntar entonces: ¿por qué Trump se mete realmente en esta escalada? Para explicarlo a mi modo y estilo, acuño la frase del profesor Juan Bosch: "en política hay cosas que se ven y otras que no se ven, y las que no se ven resultan más peligrosas —importantes— que las que se ven". Y yo agrego, para fortalecer este criterio, que particularmente entiendo como razón que, en asunto de aliados en zonas tan especiales como Medio Oriente, las jugadas de las fichas en el ajedrez geopolítico se te imponen y muchas veces, en contra de voluntades. Sin embargo, a decir de la fuente ya citada en un ejercicio analítico titulado "Contradicción estratégica en la política exterior de Estados Unidos: el caso de Irán (2025-2026)", citando a Deutsche Welle y El País, 2026, se plantea que, en este sentido, la aparente contradicción entre doctrina y acción no puede interpretarse únicamente como una inconsistencia política.

Y agrega que, por el contrario, requiere ser analizada a la luz de los condicionamientos sistémicos propios del sistema internacional. Dicha contradicción responde, según ellos, a condicionamientos sistémicos que obligan a Estados Unidos a actuar conforme a la lógica del poder y el equilibrio regional, más allá de su discurso normativo. En este marco, en el presente priman —o ya primaron— actos estratégicos para no perder la confianza de los aliados; en el caso de la especie, Israel ya había trazado la coordenada de que atacaría a Irán por asuntos pendientes de invasiones pasadas entre uno y otro.

Pero en el entendido de que existen lagunas situacionales respecto de las razones que tuvo Trump para integrarse en los planes de Israel para la acción conjunta, contrariando las realidades geográficas, políticas e históricas de la hoy llamada Irán —posiblemente, sin conocer el terreno—, asumió su participación en la escalada sobre el análisis del proceso decisorio que condujo a la guerra contra Irán en el 2026. El mismo permite identificar el rol de Israel no solo como aliado estratégico de Estados Unidos, sino como un actor catalizador clave en la activación del conflicto. Lejos de limitarse a una participación operativa, la evidencia sugiere que Israel desempeñó un papel central en la construcción del escenario estratégico, la definición de objetivos y la aceleración de la toma de decisiones en Washington, particularmente a partir de las gestiones directas del primer ministro Benjamín Netanyahu ante la Casa Blanca. En primer lugar, la iniciativa israelí se manifiesta en el plano diplomático-estratégico. La reunión del 11 de febrero en la Sala de Crisis de la Casa Blanca constituye un punto de inflexión, donde el primer ministro Benjamín Netanyahu, acompañado por el director del Mossad y altos mandos militares, presentó un plan integral de ataque contra Irán. Este plan no solo incluía objetivos militares concretos —como la destrucción del programa de misiles—, sino también escenarios de mayor alcance, como el debilitamiento estructural del régimen y un eventual cambio de gobierno. Y lo más esencial: la motivación en la presentación israelí incluyó evaluaciones optimistas sobre la viabilidad de una victoria rápida, la debilidad del régimen iraní y la improbabilidad de una escalada regional significativa (ibídem).

En este sentido, la misma fuente acota que ese alto nivel de optimismo de parte de Israel fue posteriormente cuestionado por la comunidad de inteligencia estadounidense, que consideró algunos de los supuestos —particularmente los vinculados al cambio de régimen— como poco realistas o directamente "ridículos", mientras que Israel tendía a maximizar las oportunidades y minimizar los riesgos para incentivar la intervención. En esta propia dinámica de análisis y ponderación, los organismos estadounidenses adoptaban una postura más cautelosa, centrada en las consecuencias de segundo y tercer orden. Cabe entender que el rol de Israel debe considerarse en términos de alineamiento estratégico de liderazgos. Entonces, aquí primó lo más vinculante. Precisamente, una convergencia significativa entre las percepciones de amenaza de Netanyahu y las del presidente Donald Trump, particularmente en lo relativo a Irán como enemigo estructural y al rechazo a su desarrollo nuclear. Esta coincidencia ideológica y estratégica facilitó la receptividad del presidente estadounidense frente a las propuestas israelíes, reduciendo los costos políticos de la decisión.

A tal concepción, Israel estructuró una lógica preventiva que consistió, entre otros puntos, en que los riesgos de la inacción serían mayores que los de la acción, punto que resultó muy efectivo en el contexto de la administración Trump, donde la toma de decisiones tendía a privilegiar acciones decisivas y de corto plazo, incluso frente a escenarios de alta incertidumbre. Cabe agregar que Israel actuó como un factor de presión estructural sobre la decisión estadounidense, dejando entrever la posibilidad de avanzar unilateralmente en una operación contra Irán, lo cual generó un dilema estratégico para Estados Unidos, orientado en la preocupación de mantenerse al margen y perder capacidad de control sobre el conflicto, o involucrarse activamente para moldear su desarrollo. En este sentido, la frase expuesta en las deliberaciones —según la cual, si Israel iba a actuar de todos modos, Estados Unidos debía hacerlo también— refleja una lógica de arrastre (entrapment) —emboscada— típica de las alianzas asimétricas o, en su significado llano: irregular, dispar, etc.

Cuestión esta que propicia analizar que, aunque Trump estaba ceñido a su Plan Estratégico de Seguridad (2025), hace entendible que, aunque hubiera una contradicción con dicho plan, la decisión de intervenir no se explica únicamente por intereses propios, sino también por la necesidad de sostener la credibilidad del sistema de alianzas y evitar costos geopolíticos derivados de la inacción. A lo que el análisis agrega que Israel no solo influyó en la decisión inicial, sino también en la configuración de los objetivos de la guerra. Mientras que dentro de la administración estadounidense existían posturas divergentes —desde intervenciones limitadas hasta el rechazo total a la guerra—, la propuesta israelí contribuyó a instalar un horizonte de acción más ambicioso, centrado en la neutralización estructural de Irán como actor regional. En fin, primó un conjunto de axiomas estratégicos basado en cuatro líneas puntuales que dieron confianza a Donald Trump para la escalada (ibídem).

Por tal razón, los analistas de la geopolítica ya referidos establecieron que la contradicción entre los principios de no intervencionismo y la acción militar efectiva no respondió únicamente a decisiones autónomas de Estados Unidos, sino a condicionamientos estructurales del sistema internacional, entre los cuales el rol de los aliados estratégicos —en este caso, Israel, según sus postulados— ocupa un lugar determinante, según establece la fuente citando a Swan y Haberman (2026).

III: La emboscada vs. la acción

A mi juicio, y se ha visto claro en los zigzagueos de Trump, ha primado el síndrome del arrepentimiento. Me baso en que el presidente de EE. UU. habría sentido dos impactos de conciencia. En primer lugar, podría ser que actuaba un poco en estado de ilegitimidad, en razón de las posiciones de su entorno de la sala de manejo de crisis. Y en segundo lugar, sería la posible escalada mundial que la decisión acarrearía a nivel global, naturalmente, sin menoscabo de que, en su calidad de imperio, no podía darse el lujo de amagar y no dar, ya que sería granjearse el irrespeto de las otras potencias y hasta de la propia América Latina. Y no dudo en afirmar que Irán, con todo el despliegue de misiles, empoderamiento, posicionamiento fundamentalista y todos los posibles aliados del entorno —Hezbolá, el Líbano, el movimiento hutí en Yemen y la Yihad Islámica Palestina en la franja de Gaza y algunas milicias de Irak, conocida como al-Hashd al-Shaabi— jamás hubiera podido resistir una acción al rojo vivo de EE. UU. y mucho menos junto a Israel.

Y agrego que, según marchan los acontecimientos, empezó como el gato y el ratón: el gato se lo come retozando, pero retardando la muerte mientras juega. Y digo esto porque Trump, cuando mató al ayatolá Ali Jameneí —acontecido el 28 de febrero de 2026, cuando los ejércitos de Estados Unidos e Israel bombardearon la residencia como parte de una serie de ataques con misiles en los alrededores de Teherán—, a seguida tira su bandera blanca de negociaciones, lo que a mi juicio ha sido interpretado erróneamente como vacilación, miedo o derrota. Y ninguna de las tres. Lo sustento en que, una vez fracasó el diálogo en Pakistán el 12 de abril del 2026, como giro estratégico y tipo ultimátum, EE. UU. asume sin siquiera una resistencia de consideración el bloqueo del estrecho de Ormuz, que representa la vena aorta para yugular a China —que, junto a Asia, recibe por esa vía marítima el 90 % del petróleo principalmente—, nación esta que ocupaba su mayor atención por el avance de este territorio, que significa un escollo, una amenaza y un peligro para la hegemonía lacerada de Estados Unidos, quien, si se duerme, pierde el control en el ajedrez geopolítico.

IV: El cambio de actitud de Irán

Según se aprecia, este país está muy lacerado, y se nota en que el día que Estados Unidos anunció su "furia final", Irán apostó un cordón humano en sitios estratégicos; a mi juicio, una señal de clemencia. Por lo que, según mi particular apreciación, poco le queda de su orgullo fundamentalista y de dictadura teocrática. Y paso a pensar que los puntos de negociación presentados en la mesa de discusión son un indicador de que está jugando la carta temeraria como especie de orgullo —para mí, falso— de que aún puede derrotar la alianza Israel-Estados Unidos, lo que en el fondo no es más que una estrategia, como se usa en la mesa de juego de las cartas: con una simple decisión temeraria del jugador más aguerrido, en apariencia tenía un full de ases, pero simplemente lo que tenía era un full de reyes; pero ese blofeo provocó la clásica expresión: "me quedo". Ahora, y esto lo agrego como el principal soporte de la estrategia de Trump: debo iniciar bocetando este plan; primero, matando el liderazgo mesiánico; segundo, desmembrando la estructura militar y de mandos medios, con lo cual generaría una crisis moral y de guerra al pueblo, que lo hizo entrar en pánico.

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Elementos alegóricos al ajedrez geopolítico. Ambos evitando un jaque al rey.

Otro elemento que se pudiera considerar una buena hipótesis es que al principio se trataba de ver cuál pudiera haber sido la reacción de Medio Oriente y Europa, fundamentalmente China, Japón y Rusia. Pero también, cuál hubiera sido la reacción de pivote —es decir, de impacto— en los aliados, que, aun hubieran querido, han resultado ser unos aliados de la diplomacia más que integrarse activamente en la conflagración. Pero también, cuidando un genocidio que pintara a Trump como un monstruo, como lo etiquetan sus adversarios. Sin embargo, según se aprecia, la monstruosa estructura militar en el bloqueo del estrecho de Ormuz resulta una radiografía del poder que tiene EE. UU.-Israel para haberlo destruido y, como dice Trump, "sacarlo de la faz de la tierra". Lo que pasa es que el exterminio, al tiempo que destruye al enemigo, entierra y etiqueta por siempre la moral del vencedor.

A tal criterio, se puede apreciar que, aun con el estrecho asumido y bloqueado, Trump todavía presenta la idea de sentarse en la mesa de negociación, con lo cual EE. UU. se pone clean y logra su propósito de control hegemónico sin necesidad de tirar un tiro más, los cuales ya no hacen falta, porque enseñó su garra. Lo que sí: con un poco de pivote, aunque no eran sus planes según su plan estratégico ya mencionado, actualmente, como van las cosas, apunta al logro final de que Irán se tendrá que conformar mayoritariamente con las propuestas de EE. UU. para negociar el cese al fuego por un prolongado tiempo. Y sencillamente, los puntos en desacuerdo en las propuestas de ambos se orientan, básicamente, a garantías para EE. UU. e Israel: no seguir el plan nuclear y desechar la idea de que el estrecho de Ormuz sería un punto de peaje bajo control de Irán para el tránsito del petróleo por esa vía, y mucho menos en moneda diferente al dólar.

Ahora, y ya sería una insistencia nuestra: si Trump no se une a Israel y acepta la escalada, no estaría en el umbral de fortalecer su hegemonía, la cual está muy debilitada y mucho más con la pérdida del petrodólar, que ya viene siendo amenazado muy constantemente para que el pase no sea bajo la moneda norteamericana. Lo que sería, sencillamente, el principio del fin del Imperio. Y que conste que el caso Irak, sobre las armas nucleares, quedó demostrado que era una consigna de guerra. Pero Irán, según su negativa a ceder y desistir de estas pretensiones por lo menos en tiempo largo, es enorme indicio de que su propósito es disponer de armas nucleares, a lo que Trump e Israel le corren como el diablo a la cruz —con lógica—, por la propia naturaleza de la dictadura de Irán, su estado teocrático y fundamentalista, lo que pondría a Medio Oriente en una bomba de tiempo y un total golpe para sacar a Estados Unidos de ese ajedrez geopolítico.

José Lino Martínez Reyes

Abogado

Politólogo, abogado, docente en asuntos políticos y electoral. Y Magister en Estudios Políticos y Electoral.

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