Hay noches que uno sabe, desde que cruza las puertas del teatro, que van a dejar marca. El sábado 18 de abril entré a la Sala Carlos Piantini del Teatro Nacional Eduardo Brito con esa certeza extraña que solo da el arte cuando se anuncia a sí mismo antes de comenzar. El ambiente era distinto. La gente llegaba con algo más que expectativa: llegaba con ganas de ser movida. Y vaya si lo fue.
La XVII Gala Benéfica Estrellas de la Danza Mundial cumplió diecisiete años haciendo exactamente eso: demostrar que la danza no es decoración cultural, sino un acto político, humano y transformador. Bajo la producción de Monika Despradel y la dirección artística de Paul Seaquist, el escenario del Eduardo Brito se convirtió en un mapa del mundo trazado con el cuerpo.
El peso de lo que se baila
Antes de que cayera el telón por primera vez, ya había pasado algo que no estaba en el programa oficial y que, sin embargo, fue el momento más poderoso de la noche.
Sobre ese mismo escenario que en minutos recibiría a estrellas internacionales, se presentaron niños, niñas y adolescentes con parálisis cerebral. Estaban ahí, en el escenario, con una dignidad que iluminaba— y hablaron. Dieron sus testimonios. Sus familias, al lado, con esa mezcla de orgullo y cansancio que solo conocen quienes cuidan sin descanso, también tomaron la palabra.
Confieso que no pude tomar notas en ese momento. Guardé el bolígrafo.
La Fundación Nido Para Ángeles, beneficiaria de esta gala, lleva años haciendo lo que el Estado dominicano hace a medias: acompañar, terapiar, incluir, dignificar la vida de estos niños y sus familias. Cada entrada vendida esa noche fue un acto concreto de solidaridad. Cada aplauso, una promesa. Y en ese contexto, toda la danza que vino después adquirió un peso diferente. Bailar para ellos no era un gesto simbólico. Era una responsabilidad.
Y hay que nombrar a Sebastián, el ángel silencioso que impulsa a Monika Despradel, que está detrás de cada edición de esta gala con la constancia de quien cree, de verdad, que el arte salva. Gracias, Sebastián.
Estados Unidos: cuando La La Land llegó al Caribe
La Limón Dance Company presentó una propuesta que nadie esperaba y todos agradecieron. Lauren Townley y Joey Columbus me llevaron (quizás por el vestuario o por que el día antes vi mi acostumbrado capítulo de Persuasión) al amor furtivo de La La Land (2016)—sí, la ganadora del Oscar— y lo depositaron en el escenario del Eduardo Brito con una delicadeza que quitaba el aire.
La técnica Limón, que debutaba por primera vez en esta gala, tiene esa particularidad de hacer que el peso del cuerpo sea visible, casi audible. Townley y Columbus no bailaron sobre la música: bailaron dentro de ella. Hubo un momento, cerca del final de su pieza, en que la sala entera pareció suspendida. Nadie se movió. Solo miramos.
Es lo que hace el gran arte: nos paraliza para liberarnos.
Canadá: técnica que se convierte en emoción
Les Grands Ballets Canadiens llegaron con Anya Nesvytaylo y Roddy Doble, y se ganaron los vitores más largos de la primera mitad de la noche. El ballet clásico, cuando está ejecutado a ese nivel, tiene la capacidad de parecer fácil. Y eso es lo más difícil de lograr.
Nesvytaylo tiene una presencia escénica que trasciende la técnica. Uno no la mira y piensa en pasos o posiciones: uno la mira y siente. Doble, a su lado, fue el contrapeso perfecto: sólido, preciso, generoso. Una pareja que no compite sino que se completa.
El público respondió con la misma generosidad que recibió.
España: una mujer sola en el escenario del mundo
Estela Alonso fue, quizás, la apuesta más arriesgada de la noche. Y la más valiente.
Sola en el escenario, sin pareja, sin compañía, Alonso construyó en pocos minutos el retrato completo de una mujer: apasionada, deprimida, empoderada, sola pero con rumbo. La bolera española tiene esa capacidad de narrar sin palabras lo que las palabras no alcanzan, y Alonso la usó con una inteligencia emocional que pocas veces se ve.
Hubo algo en su actuación que encontró respaldo de manera particular en una sala llena de mujeres dominicanas, incluyendo a la comunicadora Zoila Luna. Ese momento en que el cuerpo deja de pedir permiso y simplemente es. Ese instante en que la soledad deja de ser derrota y se convierte en territorio propio.
La ovación que recibió fue, también, un reconocimiento de algo más personal.
Cuba: Otro Lado Compañía y el aliento que se contiene
Thays Suárez y Otro Lado Compañía llegaron desde La Habana cargando lo que siempre carga el arte cubano: la resistencia hecha cuerpo. Cuando tomaron el escenario, la sala entera contuvo el aliento. No es una metáfora: fue literal.
Su propuesta contemporánea fue de un vuelo técnico y conceptual que colocó a la agrupación cubana en el mismo plano que cualquier compañía de larga tradición internacional. Thays Suárez, que ha dicho que en Cuba "la danza es nuestra manera de resistencia", lo demostró esa noche con cada movimiento. Hay algo en la danza cubana que tiene urgencia. Que no puede esperar. Que necesita decirse ahora, con este cuerpo, en este escenario.
Ella, junto a Leonardo de Río y Daunis Noblet, creó un solo cuerpo, una sola entidad. Sujetada por la conciencia, pues no hay gravedad posible que los sustente a los tres. Se sumó el solo de Suárez y luego la contienda de Leonardo y Daunis, esta con soplos de rumba y guaracha.
La ovación que siguió fue larga. Merecida. Y con emociones que derribaron la idea del bloqueo que empobrece, pues todo lo visto fue más que perfecto.
República Dominicana: Salomé sube al escenario del mundo
El Ballet Nacional Dominicano fue, para mí, el momento más sorprendente de la noche. No porque no confiara en esta vibrante compañía —confío— sino porque la magnitud de lo que presentaron superó cualquier expectativa previa.
"Salomé: Alma de Patria", bajo la dirección de Pablo Pérez, fue una declaración de principios. Me emocioné al ver a las señoritas de su instituto, las seis reales (Leonor M. Feltz, Mercedes Laura Aguiar, Luisa Ozema Pellerano, Ana Josefa Puello, Altagracia Henríquez Perdomo y Catalina Pou) y las ficticias, bien representadas por la Compañía, como explicando, y a si fue, que junto a ellas tenemos a nuestras madres y hermanas espirituales que marcaron cómo inicia el camino de la mujer por sus derechos.
Al elevar a Salomé Ureña al escenario mundial se logra lo señalado Paul Seaquist desde su perspectiva internacional, la República Dominicana no es ya un destino cultural en el mapa de la danza mundial: es un actor con voz propia, capaz de dialogar en igualdad de condiciones con compañías de larga tradición. Esa noche, el Ballet Nacional lo demostró sin necesidad de que nadie lo dijera.
Luego, Salma González, en rol protagónico, nos llevó a dialogar con el Quijote, con la identidad génesis de la danza. Fue un giro audaz que en manos menos seguras podría haber resultado confuso.
Reiteramos, que una compañía dominicana comparta cartel con Les Grands Ballets Canadiens y la Limón Dance Company, y salga airosa, no es un detalle menor. Es el resultado de años de trabajo serio, de una escena nacional que crece con o sin reflectores.
De pie, sin que nadie lo pidiera
El telón cayó entre aplausos prolongados y emoción genuina. El público, que llenó la Sala Carlos Piantini, se puso de pie sin que nadie lo convocara. Fue el reconocimiento unánime a una producción que, en su decimoséptima edición, sigue demostrando que la danza tiene el poder de mover conciencias tanto como cuerpos.
Bailarines de Canadá, España, Cuba, Estados Unidos y República Dominicana compartieron ese escenario en una despedida a la altura de todo lo que la noche prometió desde su inicio. Y detrás de bambalinas, la Fundación Nido Para Ángeles fue la gran protagonista: cada entrada vendida, cada aplauso, se tradujo en apoyo concreto para los niños y familias que acompaña.
Salí del Teatro Nacional pensando en esos niños, niñas y adolescentes que hablaron antes de que comenzara el espectáculo. En sus voces. En sus familias. En lo que significa que una sala llena de gente los escuche, los aplauda, les diga con el cuerpo: aquí estamos, los vemos.
La XVII Gala Benéfica Estrellas de la Danza Mundial dejó la vara alta para el 2027. Ya lo veremos, de la mano de Monika Despradel, Paul Seaquist, y ese ángel llamado Sebastián que hace posible lo que parece imposible
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