“Hay patrones que no destruyen: borran. A veces, ser una misma implica aceptar la ruptura.” (Elsa Báez, "La erosión aprendida") 

La obra narrativa de la joven dominicana, nacida en Santo Domingo, Elsa Báez —particularmente su relato breve "La erosión aprendida"— se inscribe en una estética del despojamiento emocional, donde el lenguaje no busca embellecer la experiencia sino desnudarla hasta su estructura más cruda y esencial. Desde sus primeras páginas, el texto establece una poética del desgaste progresivo en la que el daño no irrumpe como una catástrofe visible, sino como un proceso lento, casi imperceptible, que se naturaliza en la cotidianidad. Como se afirma desde el umbral del libro: “Hay vínculos que no hieren de inmediato. Educan. Enseñan a esperar. A comprender antes de preguntar. A callar antes de incomodar”, (pág. 11). Este planteamiento inicial no solo define el tono de la obra, sino que introduce una categoría fundamental: la del daño como aprendizaje. 

Este enfoque sitúa a la autora dentro de una línea contemporánea de escritura introspectiva que privilegia los procesos internos por encima de la acción externa, logrando así una narrativa donde lo verdaderamente significativo ocurre en la conciencia, en los silencios y en las pequeñas concesiones del sujeto. Elsa Báez construye una voz que observa sin concesiones, sin sentimentalismo, con una lucidez que no busca agradar, sino incomodar y revelar. Su escritura no dramatiza el sufrimiento: lo examina, lo descompone y lo vuelve inteligible. 

Uno de los mayores aciertos de la obra radica en su conceptualización del daño como una forma de aprendizaje afectivo que se interioriza lentamente hasta convertirse en norma. No se trata de un evento aislado ni de una experiencia excepcional, sino de una pedagogía emocional que reorganiza la manera en que el sujeto se vincula con el mundo. Cuando la autora afirma que: “La erosión no ocurre de golpe. Ocurre mientras todo parece funcionar”, (pág. 11), está señalando con precisión la naturaleza insidiosa del desgaste: su capacidad de operar sin ser detectado, de instalarse en la aparente normalidad y de consolidarse como estructura invisible de la experiencia. 

El personaje de Rosa Iris encarna esta lógica con una densidad psicológica notable, evitando los esquemas simplistas de víctima o heroína. Su construcción responde más bien a la de una conciencia en proceso de adaptación, de ajuste constante frente a una realidad que la desborda pero que, al mismo tiempo, ha aprendido a sostener. Su tragedia no radica en el abandono ni en el conflicto visible, sino en la interiorización de una estructura afectiva que la lleva a normalizar lo que la erosiona. En este sentido, el relato evita el melodrama y apuesta por una representación más inquietante: la de una mujer que participa activamente en su propio desgaste, no por debilidad, sino porque ha sido formada para ello. Como se explicita en la obra: “Aprendió que amar era aguantar, que quedarse era una forma de protección”, (pág. 54). 

El lenguaje de Báez se caracteriza por una precisión casi quirúrgica que elimina todo exceso retórico y refuerza el tono contenido de la obra. Cada frase parece cuidadosamente medida para evitar la saturación emocional y producir, en cambio, un efecto de acumulación silenciosa. No hay estallidos ni declaraciones enfáticas; hay desplazamientos mínimos que van configurando una transformación profunda del sujeto. Cuando se afirma que: “el cuerpo aprende a ocupar menos espacio”, (pág. 11), no solo se describe una conducta, sino que se enuncia una mutación ontológica: el cuerpo deja de ser un territorio libre y se convierte en un espacio regulado, disciplinado por la experiencia. 

En este punto, la obra establece un diálogo implícito con corrientes contemporáneas que conciben el cuerpo como archivo de la experiencia. Báez no teoriza de manera explícita, pero su narrativa evidencia con claridad cómo el cuerpo registra aquello que la conciencia aún no logra procesar o nombrar. El cansancio persistente, el insomnio, la tensión o la pérdida del apetito no aparecen como síntomas aislados, sino como manifestaciones de una subjetividad erosionada. El cuerpo no es un efecto del daño: es su evidencia más precisa. 

Elsa Báez.

La construcción del tiempo narrativo refuerza esta lógica. La obra rompe con la linealidad tradicional para instalarse en una temporalidad suspendida, repetitiva, donde los días no avanzan sino que se acumulan. La afirmación: “El día no la reclama. Ella tampoco reclama al día”, (pág. 17), sintetiza con gran eficacia esta lógica de la inercia, donde la vida deja de ser un proceso de transformación para convertirse en una permanencia sin dirección. Del mismo modo, la espera se transforma en estructura: “La espera dejó de ser una circunstancia y empezó a organizar el día”, (pág. 35). 

La memoria, lejos de ofrecer consuelo, se convierte en un espacio de exposición. “El recuerdo ya no abriga. Expone”, (pág. 63). Con esta afirmación, la autora desmonta la idea tradicional del pasado como refugio y propone, en su lugar, una memoria que obliga a confrontar la verdad. Comprender no alivia: desarma. Y en ese desarme se produce una de las tensiones más poderosas del relato. 

La dimensión familiar introduce una lectura estructural del daño. “La casa no gritaba. La casa enseñaba”, (pág. 54). Esta formulación permite entender que la erosión no comienza en la relación amorosa, sino en una pedagogía previa del silencio, la contención y la adaptación. Rosa Iris ha sido formada para no incomodar, para no exigir, para desaparecer cuando es necesario. El vínculo amoroso no inaugura el daño: lo continúa. El entorno social, lejos de ofrecer una salida, refuerza esta estructura mediante la simplificación de la experiencia. La mirada externa traduce el dolor en términos de error o exageración, produciendo una segunda forma de violencia: la invalidación. Rosa Iris comienza entonces a dudar de sí misma, intensificando su proceso de erosión. 

Uno de los momentos más reveladores del relato es el encuentro final con el otro, donde se evidencia la asimetría afectiva. “No fue un malentendido… fue falta de voluntad”, (pág. 71). Esta afirmación desmantela cualquier ilusión narrativa. No hay confusión: hay diferencia radical en la forma de habitar el vínculo. El cuerpo adquiere entonces un protagonismo definitivo. “El cuerpo no acusaba. Informaba”, (pág. 94). Esta idea desplaza la lectura moral del sufrimiento y la sitúa en un plano de reconocimiento. El cuerpo no juzga: revela. Más adelante, la obra introduce una clave fundamental: “El cuerpo había tomado una decisión que la mente no había anunciado”, (pág. 105). El aprendizaje ya no es racional, sino corporal. 

En conjunto, "La erosión aprendida" se presenta como una obra de gran densidad psicológica, ética y estética, que propone una mirada radical sobre las relaciones afectivas contemporáneas. No es una historia de amor fallido, sino una indagación profunda sobre la formación del sujeto en contextos de desgaste. La grandeza del texto radica en su capacidad para desmontar sin estridencias, para revelar sin imponer. No hay discursos moralizantes ni soluciones fáciles; hay una mirada rigurosa que privilegia la verdad por encima del consuelo. En este sentido, la obra también introduce una ruptura fundamental: comprender no equivale a sanar. 

En su tramo final, el relato sugiere una transformación sin épica, sin dramatismo, sostenida en desplazamientos mínimos. “No todo movimiento conduce a una pérdida”, (pág. 104). Esta afirmación introduce una posibilidad distinta: no la redención, sino la reconfiguración del sujeto. Desde una perspectiva más amplia, la obra dialoga con problemáticas contemporáneas sobre la subjetividad, el género y las formas invisibles de violencia emocional. Su valor trasciende lo literario para instalarse también en el campo crítico. 

Concluyo exhortando a mis lectores y al público en general, amante de la buena literatura —aquella que despierta la imaginación y convoca el pensamiento crítico ante las extrañezas de la existencia humana y sus arcanos—, a acercarse a los textos de la autora en cuestión. Leerlos con atención, con fruición y con una disposición genuinamente reflexiva. Así permitirá adentrarse en una experiencia estética que no solo interpela, sino que también deja una huella persistente en la conciencia. En sus páginas, el lector encontrará situaciones profundamente humanas, complejas y reveladoras, que iluminan zonas sensibles de la conducta y del vínculo, inscritas en la cotidianidad de un aquí y un ahora siempre cambiantes. 

En ese sentido, la obra de Elsa Báez no solo se ofrece como un ejercicio literario de notable calidad, sino como un espacio de cuestionamiento sobre aquello que, muchas veces, hemos aprendido a naturalizar sin advertir sus implicaciones más hondas. Su escritura convoca, incomoda y transforma, al tiempo que abre posibilidades de lectura que trascienden lo meramente narrativo para instalarse en el terreno de la conciencia crítica. 

En síntesis, la obra constituye una profunda reflexión sobre la identidad, la dignidad y la resiliencia femenina, mostrando que el verdadero aprendizaje no radica en evitar el dolor, sino en reconocerlo, comprenderlo y transformarlo en conciencia para no volver a traicionarse a sí misma. 

¡Enhorabuena, Elsa Báez! Tuyo es el pulso de una voz lúcida y necesaria, así como el camino que, sin duda, seguirá expandiéndose en el porvenir de este fascinante universo del quehacer literario.

Pedro Ovalles

Escritor y gestor cultural

Pedro Ovalles (Moca, 1957). Escritor, educador y gestor cultural. Cuenta con más de cuarenta años de trayectoria en la docencia y la literatura. Licenciado en Educación, Mención Letras, por la UFHEC —donde fue Decano de la Facultad de Letras— y con Maestría y Posgrado en Gestión de Centros Educativos por la PUCMM, ha publicado trece poemarios y varios ensayos, y sus textos figuran en numerosas antologías nacionales y extranjeras. Ha recibido reconocimientos de instituciones como la Academia Dominicana de la Lengua, el Ayuntamiento de Moca, el Ministerio de Cultura, entre otras. Es coordinador del taller literario Triple Llama de Moca.

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