El recuerdo
La primera vez que Elsa tomó mi mano yo tenía doce años. Aquel gesto sencillo —enseñarme a suavizar la sombra en un papel— se convirtió en destino: entendí que no solo me enseñaba a dibujar, sino a mirar el país y la vida con ojos nuevos.
Séptimo grado en el Colegio La Salle.
Carboncillo en la yema de los dedos, un papel Fabriano extendido como un territorio virgen.
Ella nos mostraba cómo esfumar la sombra como quien enseña a respirar.
Pero no se quedaba ahí. Nos repetía que antes de manchar el papel había que mirar con paciencia, aprender a medir con los ojos. Que la proporción era respeto: la distancia entre la frente y la barbilla, la curva de un brazo, el tamaño de las manos en relación al cuerpo.
“El artista verdadero no traza lo que cree mirar, sino lo que se revela ante sus ojos atentos. Su tarea es ser testigo: dejar que la realidad hable a través de sus trazos, como si el lienzo fuera un secreto que solo la mirada honesta puede desvelar”, decía.
El dibujo no empezaba en el papel: nacía en la mirada. Una mirada que Elsa nos enseñaba a disciplinar y a volver humilde, para que la mano obedeciera lo que el ojo descubría.

Infancia y primeros trazos
Desde niña rayaba paredes. Su madre la reprendía, pero luego le preparó un espacio para que pintara; su padre la encaminó a Bellas Artes.
El director de la Escuela de Artes, Gilberto Hernández Ortega, al verla dijo que era muy joven: la edad mínima de ingreso eran 14 años y ella apenas había cumplido 12. Sin embargo, le hicieron una prueba y su examen de ingreso fue con la cabeza de David: un inicio precoz para una vocación que se volvería destino. Los demás jóvenes del salón la miraban con sorpresa; entre ellos estaba Iván Tobar, que ya tenía un año de estudios.
En la casa familiar todo respiraba cultura —piano, ballet, convivencia—, mientras el país hervía bajo la dictadura de Trujillo. Los colores de Elsa se hicieron dramáticos: negros como heridas, rojos como latidos sangrantes. Y aún más después de la Revolución de Abril de 1965, cuando perdió a dos hermanos que defendían la Constitución y la soberanía.
Aquella niña que rayaba paredes ya intuía que el arte no era un pasatiempo, sino la manera más pura de dejar huellas.
La maestra consagrada
Aquella niña precoz es hoy una de las grandes maestras de las artes visuales dominicanas, figura central de la Generación del 60, reconocida tanto por su prolífera producción como por su magisterio. Licenciada en Filosofía por la UASD, formada en la Escuela Nacional de Bellas Artes y en la Real Academia de San Fernando de Madrid, ha mantenido una obra de hondura expresionista, atravesada por el neorromanticismo y la constante presencia de la figura humana, sobre todo la femenina.
Su estilo ha oscilado entre la figuración y la abstracción, siempre marcado por un dramatismo intenso que dialoga con la música, la naturaleza y el amor. Y, sin embargo, más allá de los cambios de época o de técnica, hay algo irrepetible: la huella personalísima que hace que cualquier espectador, frente a uno de sus lienzos, reconozca al instante que está ante “un Elsa Núñez”. Esa síntesis de luz y desgarramiento, de lirismo y dolor, se convirtió en su firma invisible.
Ha representado al país en escenarios internacionales —como la Bienal de Venecia en 1999— y ha recibido los más altos galardones, incluido el Premio Nacional de Artes Plásticas en 2014. Hoy, a Elsa Núñez la Bienal Nacional le fue dedicada como gran maestra de la plástica dominicana, confirmando en vida lo que su obra ya había sembrado en la memoria colectiva.
Hoy su nombre resuena como un faro en la memoria cultural: la niña que lloró porque no la dejaban entrar a la escuela de arte se volvió la mujer que le dio voz a los gritos de un país. En sus lienzos, el dolor se hace canto, la sombra se convierte en luz y la mujer emerge como emblema de resistencia. Elsa Núñez es, más que una pintora, un testimonio vivo de lo que somos: la mano que ilumina el trazo con el que aún se escribe nuestra historia.
España y la luz
Una exposición en Santo Domingo abrió el camino: el marchante español Andrés Palau advirtió en sus lienzos una fuerza distinta, y no dudó en acercarse.
El apoyo incondicional de sus padres, unido al éxito de aquella primera muestra —donde todas sus obras encontraron dueño— le abrió el camino hacia España. Fue allí donde conoció a un joven que marcaría su destino: el actor y acuarelista Ángel Haché. Entre lienzos y escenarios nació una complicidad estética y afectiva que sería su compañero de vida y su gran cómplice creativo. Cuando Ángel la pintaba, solía repetir con ternura: “Elsa, siempre Elsa.”
En Madrid, sus figuras evocaban a El Greco, pero también surgió una nueva claridad: mujeres vestidas de blanco, soles encendidos, un respiro luminoso que contrastaba con los negros y rojos de la memoria dominicana.
El nacimiento de la obra
“Hay cuadros que son un parto feliz”, confiesa. Otros, dolorosos, como si la tela se resistiera a dejar salir lo que guarda dentro. Entonces hay que dejarlos reposar, volver más tarde, ir corrigiendo, hasta que la verdad del trazo se imponga. Porque la obsesión mata la obra.
Cada cuadro suyo es un alumbramiento. A veces jubilosamente claro, como si la tela respirara un aire nuevo; otras veces desgarrado, como un grito que se resiste a salir y deja cicatrices de pigmento en la superficie. Los negros son profundas heridas abiertas; los rojos, latidos de un país que sangra pero sigue vivo; los blancos, silencios que huelen a oración. En medio de esos contrastes, la figura femenina se levanta: alargada, dolida, pero firme como un árbol que resiste al huracán.
Aunque rehúye de repetir símbolos, siempre se reinventa: pasa de la figuración a la abstracción para no cansar al espectador ni quedarse en un mismo estilo. Y, sin embargo, tanto en la mujer que se alza sobre un fondo rojo como en los paisajes abstractos donde un sol diminuto resiste a la sombra, late el mismo pulso creador. Basta una mirada para saberlo: es un Elsa Núñez.
Lo sagrado y la naturaleza
Dios, dice, se le ha manifestado desde niña en su voluntad de pintar. Cuando el lienzo en blanco la deprime, lo enfrenta como si hablara con Él, agradeciéndole la belleza de la naturaleza que nos regaló.
“La naturaleza es mi refugio —expresa—, pero también mi dolor. El hombre es depredador de su hábitat, y eso me preocupa. Por eso la naturaleza está presente siempre en mis obras.”
Ese amor por la tierra es tan fuerte que siente impotencia ante la depredación. El calor que ahora vivimos —dice— es apenas el reflejo de lo que hemos hecho con la naturaleza. Por eso, en cada color suyo se esconde un grito contra la indiferencia, un llamado a defender la montaña antes que la mina, el río antes que el contrato, el aire antes que la deuda.
En sus lienzos, la naturaleza no es solo paisaje: es oración pintada, sacramento de colores.
El país iluminado
“Si tuviera que pintar nuestro país ahora, lo haría con un sol pequeño sobre un fondo morado oscuro, la tierra en su color… pero con la esperanza de un país iluminado.”
En esa imagen se encierra no solo su sensibilidad estética, sino también una lección de dignidad. No habla de un país idealizado, sino del nuestro: herido, muchas veces mal llevado por los que lo han gobernado y no la casa grande de todos los dominicanos.
Ese sol diminuto que Elsa coloca sobre el lienzo es al mismo tiempo un grito y una plegaria: que este país, tantas veces traicionado, aún merece la claridad.
La música como origen
Antes de pintar, siempre la música: Chopin, Beethoven. No hace bocetos: el lienzo en blanco recibe lo que dictan las notas cuando las escucha o cuando las interpreta en su piano.
Cada cuadro suyo es una partitura secreta: notas que se vuelven luz, silencios que se vuelven sombra.
Un arte que es conciencia
Hoy su obra es también denuncia: Gritos de las Rocas en el Vacío, Ríos en Extinción. La infancia junto al mar se convirtió en reclamo ecológico y memoria del agua perdida.
Pero junto a la denuncia hay también etapas vitales transformadas en color: la tristeza huele a dolor, la etapa romántica a primavera, y la felicidad se refleja en el sol, la luna y la naturaleza. El miedo no aparece, pero sí el dolor: la muerte del padre, de los hermanos, de la madre… pérdidas que marcaron el trazo.
Y, sin embargo, nunca dejó de orientar a otros con ternura. Sus alumnos —como Leonardo Fili, que le escribió con lágrimas de gratitud— la reconocen como maestra que les dio libertad y guía. Ella responde con humildad: “Yo solo los orientaba; ustedes nacieron con ese don.”
Hoy Elsa Núñez sigue tomando nuestras manos —las de un país entero— para enseñarnos a mirar distinto, a dibujar con el alma, a no renunciar a la claridad aunque duela el trazo.
Legado
Recuerdo aquel episodio que marcó su inicio: cuando le dijeron que era demasiado joven para ingresar a la escuela de artes y, entre lágrimas, soltó un grito que no se apagó. Ese grito de niña herida se convirtió con los años en un rugido sereno que hoy atraviesa sus lienzos: fuerza y rebeldía que no se conforman, voz que reclama su lugar en la historia.
Al entrevistarla y mientras escribo, siento que la misma mujer que en La Salle nos enseñaba a esfumar con carboncillo sigue guiando hoy a la nación entera. Entonces nos mostraba cómo la sombra podía volverse claridad; hoy, con cada trazo, nos invita a transformar la herida en belleza, el dolor en luz, la incertidumbre en esperanza.
Su legado palpita más allá de los muros que exhiben sus obras: vive en cada estudiante que aprendió a mirar con paciencia, en cada pintor que se atrevió a buscar su voz, en cada ciudadano que frente a sus lienzos siente que el arte es semilla de justicia, raíz de claridad, promesa de un mañana más luminoso y más humano.
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