En los tiempos que corren, donde la gramática del poder parece estar escrita exclusivamente por la lógica del mercado, la negación de los derechos culturales y un avance vertiginoso de la ultraderecha en nuestra región, el ejercicio de pensar se ha vuelto una actividad de alto riesgo. No es una exageración afirmar que la academia contemporánea libra una batalla por su propia supervivencia, asediada por un pragmatismo feroz que intenta reducir el conocimiento a una mercancía más.

Es en este escenario de crisis ontológica donde surge la necesidad de preguntarnos: ¿Para qué sirve la antropología hoy? ¿Es acaso un simple ejercicio de archivo o una herramienta viva de resistencia? Hace apenas un mes terminé de leer una obra que llegó a mis manos por recomendación de un maestro en la última asignatura de mi programa doctoral. La adquirí en una prestigiosa librería de la ciudad de Cali en Colombia el año pasado, desde entonces sus páginas no han dejado de interpelarme. Me refiero a la maravillosa obra Por una antropología indisciplinada de Luis Fernando de Jesús Reyes Escate.

Este libro no es un manual de métodos, como al principio de la lectura parece; es un manifiesto. En sus páginas, Reyes Escate nos invita a una ruptura necesaria: desde el abandonar la comodidad de la disciplina domesticada, hasta el abrazar una "indisciplina" que sea, ante todo, un compromiso ético con la vida y con las comunidades.

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¿Cómo puede una ciencia ser indisciplinada sin dejar de ser ciencia?

Esta es la gran pregunta que me ha surgido en la lectura del libro. La respuesta reside en la diferencia entre el rigor y el dogma y con esto creo que no me he ido muy alto en el pensamiento. Pero refiere el autor, que una antropología indisciplinada no renuncia al método, sino que lo despoja de su rigidez colonial y de su pretensión de neutralidad aséptica.

Ser indisciplinado, en el sentido que propone Reyes Escate, significa desplazar el centro del conocimiento desde la torre de marfil académica hacia el latido de la calle y la chacra, permitiendo que la ciencia se contamine de vida, de afectos y de urgencias colectivas. No se deja de hacer ciencia; por el contrario, se hace una ciencia más honesta y robusta, capaz de reconocer que el investigador no es un observador externo, sino un sujeto implicado ontológicamente en las luchas por la sobrevivencia y la dignidad de los pueblos. Ese debe ser el sentido del quehacer antropológico, sobre todo en estos tiempos.

El autor y su aporte

Luis Reyes Escate, antropólogo peruano cuya voz se siente cercana a la lírica del rap y a la profundidad de la chacra, nos entrega una obra que evoca lo que José María Arguedas, otro autor que me fascina, que definía como lo "provincial". No en el sentido peyorativo del aislamiento, sino en la capacidad de escribir desde las entrañas, desde el goce, el dolor y la urgencia de quien no solo estudia la realidad, sino que la padece y la celebra.

El aporte fundamental de Reyes Escate al campo antropológico radica en la desmitificación del "oficio académico remunerado a destajo". El autor nos propone una antropología que se nutre de los sueños, los recuerdos y las vivencias, rompiendo la falsa dicotomía entre el sujeto que conoce y el objeto conocido. La indisciplina aquí no es falta de rigor, sino un exceso de responsabilidad frente a la realidad. Es una invitación a (re)pensar la disciplina desde los diálogos que emergen en la calle, en la universidad y en los territorios colectivos.

Resistencia frente a la negación de derechos y el avance de la ultraderecha

La mirada de Reyes Escate cobra una relevancia aterradora cuando analizamos el panorama político actual. En toda Latinoamérica, asistimos a la instauración de programas de gobierno de ultraderecha alineados con la eliminación de avances sociales y la negación de la interseccionalidad como categoría de análisis y justicia. Estos regímenes no solo buscan el control económico a través de guerras y extractivismo, sino que ejecutan una ofensiva cultural contra los saberes y practicas originarias y los colectivos subalternizados.

La "antropología indisciplinada" se vincula con este tiempo como una tecnología de cuidado y una herramienta de combate. Frente a la homogeneización del pensamiento, Reyes Escate plantea una práctica que respete las temporalidades múltiples. En un mundo que nos obliga a vivir en un presente perpetuo y productivo, el autor nos devuelve la capacidad de soñar "otros mundos posibles" desde la memoria y la ilusión.

Como señala el autor en uno de sus capítulos más agudos, la disciplina tradicional muchas veces ha servido como la "mano blanda" del colonialismo. Por el contrario, la indisciplina antropológica que aquí se propone busca:

  1. La defensa de los saberes originarios: No como reliquias del pasado, sino como epistemologías vivas que ofrecen respuestas a la crisis climática y social.
  2. La interseccionalidad como praxis: Entender que la lucha por el territorio es también la lucha contra el racismo, el sexismo y la exclusión de clase.
  3. La sobrevivencia de la academia: Una academia que solo sobrevivirá si sale de sus muros y se ensucia las manos con el barro de la realidad social.

Reyes Escate sugiere que debemos ser capaces de pensar "incluso desde el patíbulo". Esta frase resuena con fuerza en un contexto donde el pensamiento crítico es perseguido o desfinanciado. La antropología indisciplinada es, por tanto, una forma de desobediencia civil intelectual, de resistencia, de interpelación, contrahegemónica y en ocasiones radical.

La Antropología como indisciplina, una reflexión ontológica

Desde una perspectiva ontológica, la obra nos obliga a cuestionar nuestro propio "ser" como investigadores. ¿Somos técnicos de la cultura o somos compañeros de camino de las comunidades? La indisciplina que plantea el libro es un llamado a la coherencia. No se puede hablar de derechos culturales en un papel mientras se ignora la lucha de los colectivos en el territorio, o si no nos atrevemos a cuestionar desde las reflexiones antropológicas los discursos de odios y las negaciones de derechos desde fraguada desde el mismo poder político, de las instituciones y sus representantes, de los medios de comunicación y de tantos poderes fácticos que se articulan con el mismo fin en estos tiempos.

La obra, publicada en su edición más reciente en Lima (2022), se estructura en capítulos que son, en sí mismos, cruces de caminos. Desde la reflexión sobre la educación superior hasta la mirada sobre lo cotidiano, Reyes Escate nos enseña que el antropólogo debe ser un "puente" indisciplinado, y nosotros creemos que el antropólogo siempre tiene que ver más allá de lo que otros ven para analizarlo de forma diferente.

El llamado al antropólogo de nuestro tiempo

El antropólogo de hoy no puede permitirse el lujo de la neutralidad. Estamos llamados a ejercer una antropología indisciplinada porque la disciplina, tal como nos fue heredada, ya no basta para dar cuenta de la complejidad de nuestras heridas y nuestras esperanzas y esto que suene poético sino de compromiso moral.

Ser un antropólogo indisciplinado hoy significa, por ejemplo, preferir la asamblea comunitaria antes que el congreso de élite; significa utilizar nuestras herramientas analíticas para desmontar los discursos de odio de la ultraderecha y para validar las prácticas de cuidado de las comunidades que el sistema etiqueta como "atrasadas". Significa, en definitiva, poner el cuerpo y el pensamiento al servicio de la vida.

Como concluye Reyes Escate, esta práctica nos impulsa a seguir soñando. Porque si nos quitan el derecho a soñar otros mundos, ya habrán ganado la guerra. La antropología indisciplinada es nuestra forma de decir que aquí estamos, que resistimos y que nuestra mirada, aunque nos quieran llevar al patíbulo, sigue siendo una mirada de amor, de futuro, de derechos, de apoyo y recogimientos.

Esta es la mirada de Reyes Escate y es la que nos identifica, pero sabemos que en la antropología sobre todo en el contexto dominicano, donde somos pocos y nos conocemos, hay de todo como en boticas. Hasta la próxima semana.

Referencias

Reyes Escate, L. (2022). Por una antropología indisciplinada. Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ediciones independientes.

Arguedas, J. M. (1975). Formación de una cultura nacional indoamericana. México: Siglo XXI Editores.

Fals Borda, O. (2015). Una sociología sentipensante para América Latina. Buenos Aires: CLACSO.

EN ESTA NOTA

Jonathan De Oleo Ramos

Antropólogo Social, Investigador, Gestor Cultural

MSc. Jonathan De Oleo Ramos: Antropólogo, docente-investigador y consultor en patrimonio cultural y políticas culturales. Doctorante en Humanidades y Patrimonio Cultural enfocado en la Investigación. Maestro en Gestión del Patrimonio Cultural, con especialización en antropología de la alimentación, estudios afrolatinoamericanos, derechos humanos y políticas culturales. Becario Mellon (DSI, City College of New York) 2024. Docente en FLACSO-RD y UNIBE. Miembro de la Sociedad Dominicana de Antropología; World Anthropological Union; Instituto Panamericano de Geografía e Historia; Federación Mundial de Estudios Culturales y Consejo Mundial de Académicos e Investigadores Universitarios. Autor de Antropología del Plátano y Cofradías Dominicanas del Espíritu. jonathan.deoleoramos@gmail.com

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