4.- Los escritores del período post-restaurador
Cuando se refiere a los cultivadores de la poesía del período posterior a la Restauración de la República Dominicana, Henríquez Ureña expresa que había pocos poetas, entre los cuales destaca a Encarnación Echavarría y Del Monte, Josefa Antonia Perdomo y Heredia, José Francisco Pichardo, Manuel de Jesús Peña y Reinoso y Manuel Rodríguez Objío, de quien dice “cuya mejor canción es un Acto de fe religiosa escrito antes de ser fusilado.”[2] Esto ocurrió en el año 1871 a manos del entonces presidente Buenaventura Báez, en el marco de la denominada Guerra de los seis años, de 1868 a 1874, cuando se luchaba contra su pretensión de anexar la República Dominicana a los Estados Unidos de América, como parte del acuerdo que había suscrito con el presidente norteamericano Ulises Grant.
Henríquez Ureña sostiene que, a partir de 1870, surge una nueva generación intelectual, de la cual se convirtieron en líderes los poetas José Joaquín Pérez y Salomé Ureña de Henríquez, cuando afirmaba: “la naciente crítica, junto con la opinión pública, reconoció que la poesía dominicana nunca había alcanzado tan altas notas como las que ahora daban José Joaquín Pérez y Salomé Ureña.”[3] Para darle mayor solidez a este aserto, de forma que no pareciese inclinado en favor de su madre, recurre a los juicios críticos del gran polígrafo y crítico español Don Marcelino Menéndez y Pelayo, quien expresó:
Para encontrar verdadera poesía en Santo Domingo hay que llegar a D. José Joaquín Pérez y a Doña Salomé Ureña de Henríquez: al autor del Junco verde y de El voto de Anacaona y de la abundantísima y florida Quisqueyana, en quien verdaderamente empiezan las Fantasías indígenas, interpoladas con Ecos del destierro y con las efusiones de La vuelta al hogar; y a la egregia poetisa, que sostiene con firmeza en sus brazos femeniles la lira de Quintana y de Gallego, arrancando de ella robustos sones en loor a la patria y de la civilización, que no excluyen más suaves tonos para cantar deliciosamente La llegada del invierno o vaticinar sobre la cuna de su hijo primogénito”. Para a renglón seguido afirmar: “Si el uno cantó la tradición indígena y el sentimiento nativo, la otra personificó los anhelos de evolución, de paz y de cultura.[4]”

Sin lugar a dudas, José Joaquín Pérez con su obra Fantasías Indígenas con todo el elenco de versos dedicados a los primeros pobladores de Haití o Quisqueya y sus diferentes formas de vida, expresiones artísticas, culturales y religiosas, entre los que destacan Igi Aya Bongé, El Junco Verde, Guarionex, Toella, La tumba del cacique, El voto de Anacaona, La ciba de Altabeira, Guacanagarí en las ruinas del Marién, Vaganiona, El último cacique, Areito de las vírgenes de Marién, El adiós de Anacaona, Vanahí, la hija de Yareyal, Areitos, Flor de Palma o La fugitiva de Borinquen, así como sus inigualables poesías Ecos del Destierro, La Vuelta al Hogar, Quisqueyana, La Industria agrícola y Bolívar, entre otras, constituyen piezas de oro de la poética dominicana del siglo XIX.
La poética escrutadora del pasado, del presente y del porvenir de la patria encuentra en Salomé Ureña su mejor intérprete, por cuanto es la voz que acaricia con la lira más tierna y quejumbrosa. Al mismo tiempo, la que blande la espada de su defensa con la firmeza más delirante que alguien pueda imaginar. Pero, sobre todo, es la mujer capaz de romper con todos los prejuicios del sistema patriarcal vigente, para erigirse en portaestandarte de la educación femenina, aunque sin perder en ningún momento el sentido de la maternidad que llena de mimos candorosos y de altruismo literario y cultural a sus pequeñas criaturas. Sus poesías Ruinas, La Llegada del Invierno, El ave y el nido, A la Patria, A mi Patria, La gloria del progreso, La fe en el porvenir, A Quisqueya, A la Música, Mi ofrenda a la Patria, Melancolía, En el nacimiento de mi primogénito, Mi Pedro, En horas de angustia, Quejas, Luz, Sombras, En defensa de la sociedad, El Cantar de mis cantares, Sueños, Impresiones, La transfiguración, Sueños y Anacaona, entre otras, constituyen perlas, esmeraldas y zafiros que trazaron el camino refulgente de la poesía dominicana decimonónica.
Henríquez Ureña coloca como parte de esta generación de escritores al político, geógrafo y escritor Casimiro Nemesio de Moya; al médico Juan Francisco Alfonseca, primer médico dominicano graduado en París, Francia, después de la Independencia Nacional; a Federico Henríquez y Carvajal, maestro, orador, historiador, periodista, político, literato, gran difusor de la cultura y del civismo, a quien Eugenio María de Hostos tomó como aliado principal de su revolución educativa en la República Dominicana, en cuyas manos José Martí y Máximo Gómez pusieron el Manifiesto de Montecristi en 1895 y con quien el patriota puertorriqueño Pedro Albizu Campos cultivó lazos de amistad indelebles, como parte de su visión antillanista; Francisco Gregorio Billini, escritor, político, presidente de la República Dominicana entre 1884 y 1885 y autor de la novela regional Engracia y Antoñita (1892), así como los escritores y poetas José Francisco Pellerano, Juan Isidro Ortea, Francisco Ortea, Apolinar Tejera, Eliseo Grullón y Rafael Abreu Licairac, quienes se destacaron en diferentes áreas de las letras.
Otro grupo importante que sucedió a la anterior generación, estaba integrado por Emilio Prud´homme, educador consagrado, poeta y autor de las letras del Himno Nacional Dominicano, donde se resume la esencia de las luchas y anhelos del pueblo dominicano por configurarse como nación libre y soberana, al tiempo de haber sido uno de los pilares en la puesta en práctica del ideal hostosiano de una escuela laica y universal; José Dubeau, poeta y educador, que colaboró ampliamente con el proyecto normalista de Eugenio María de Hostos; César Nicolás Penson, erudito en cuestiones de lengua y literatura de España y América, narrador de las tradiciones dominicanas en textos extraordinarios como Cosas añejas (1891) y La víspera del combate (1896); Francisco Henríquez y Carvajal, político, maestro, colaborador entusiasta del proyecto hostosiano, Doctor en Medicina de la Facultad de París, cuyos trabajos están referidos en las obras de reputados maestros franceses como George Dieulafoy, al tiempo que fue presidente de la República, tras la renuncia de Juan Isidro Jimenes y en medio de la primera ocupación militar norteamericana; José Lamarche, Doctor en Derecho de la Facultad de París, hombre de una extensa cultura filosófica y literaria, escritor extraño y a veces profundo; Enrique Henríquez, abogado y poeta brillante; Federico García Godoy, de quien dice Henríquez Ureña:
En la historia de nuestras orientaciones filosóficas, García Godoy merecerá siempre recuerdo agradecido: fue -desde 1907- uno de los que mejor ayudaron a cavar la fosa de nuestro reseco positivismo y comenzaron a difundir las ideas del siglo XX. Sus artículos sobre Comte (1908) son magistrales: tal vez sus mejores páginas de crítico. Pero su mayor preocupación fue la patriótica: ella se sobrepuso a todas, y acabó por apoderarse de sus energías de escritor. Ella le inspiró su trilogía: Rufinito, Guanuma, Alma Dominicana, narraciones históricas, con pasajes de invención novelesca, con extensos estudios de vida social. Con el tiempo, García Godoy llegó a ser uno de los directores morales del país, necesitado de fe en sus crisis tremendas, fue el centro que irradiaba fervor, confianza, ánimo de perseverar en una lucha donde las únicas armas de Santo Domingo, frente al invasor ganoso de absorberlo todo, son el espíritu y la palabra…La última obra importante de García Godoy fue su libro sobre la situación de Santo Domingo ante la inexplicable, injustificable invasión norteamericana. Los jefes militares de los Estados Unidos, responsables de crímenes inhumanos en Santo Domingo, recogieron la edición y quemaron el libro[5].
Estos destacados escritores, patriotas, educadores, narradores, políticos, médicos, críticos literarios, historiadores y filósofos fueron plumas que, con sus prosas y su acendrada defensa del ideal nacional y la democracia, llenaron de gloria, patriotismo y civismo a la República Dominicana en las últimas décadas del siglo XIX y en las primeras décadas del siglo XX.
La cuarta generación de escritores de la República Dominicana, Henríquez Ureña expresó que la encabezaba Gastón Fernando Deligne (1861-1918), de quien llegó a decir en 1908 que, con su estilo, creó “su propio género, único en América: el poema psicológico.”[6] Varias décadas después Henríquez Ureña describe a Deligne de esta forma:
El más original de los poetas dominicanos, espíritu lleno de preocupaciones filosóficas y psicológicas, dueño de formas nuevas y propias, con expresión muchas veces aguda y eficaz. Desde temprano reveló sus tendencias filosóficas en composiciones como Valle de lágrimas. Para él, como para Browning, todo es problema; la estructura de sus mejores poemas es la de un proceso espiritual que se bosqueja con brevedad, se desenvuelve con amplitud, culmina con golpe resonante y se cierra, según la ocasión, rápida o lentamente, en síntesis, de intención filosófica. El procedimiento comienza en historia de almas de mujer: Angustias (1885), Soledad (1887), Confidencias de cristina (1892) y después de aplica a casos muy varios: el chatria que en el choque con la vida aprende a despreciarla y se acoge al nirvana, Aniquilamiento (1895); la poetisa que se consagra al bien de la patria y mantiene ´de una generación los ojos fijos en el gran ideal´ (Muerta,1897); el tirano que después de hacerse dueño ´de todo y de todos´ tropieza con la venganza popular (Ololoi, 1899); Joven Capitalino, que ve a la humanidad perder sus antiguas y luego sus nuevas creencias, y para consolarla le lleva el Pegaso y la Quimera (Entremés Olímpico, 1907); singular entre todas, la historia de la choza abandonada y en ruinas que las plantas silvestres del trópico asaltan y convierten en tupida masa de flores (En el botado, 1897). Además, con sus versos sobre tema político (Ololoi, Del patíbulo), se convirtió en poeta nacional de nuevo tipo; ni poeta heroico, ni poeta civil, sino poeta que medita sobre los problemas de la patria.[7]
Deligne es, a nuestro juicio, el más subjetivo de los poetas dominicanos y americanos de todos los tiempos. Esta subjetividad se pone de manifiesto, no en la inconcreción de los temas que aborda en su poética, sino en la capacidad casi psiquiátrica con que expone los estados internos de sus personajes –que no siempre son personas-, la que se deriva de su concepción estética de que en el arte solo existe y siempre ha existido “la individualidad”.
Deligne ha pintado –en contrastes claroscuros y en las mezclas más sutiles de distintos colores- los más hermosos cuadros del espíritu, rector de todas sus producciones poéticas, aún las de marcado contenido político, histórico, patriótico y tradicionalista. Esos cuadros -producto de las diestras manos del poeta-, le han valido a Deligne calificaciones como las del distinguido crítico y polígrafo español Marcelino Menéndez y Pelayo, de ser “el más notable de los ingenios de la actual generación”, hacia el año 1910, y de ser “digno de regir los coros en las solemnidades de la victoria, o mejor acaso, de discurrir sobre la belleza junto a la margen del Iliso”, por parte de Henríquez Ureña.
Por eso no es aventurado afirmar que Gastón Fernando Deligne es el más selecto pintor de los estados internos del espíritu, ya que traza con maestría sin igual los estados psicológicos, filosóficos y psiquiátricos de sus personajes y su entorno. Eso lo vemos en poesías suyas como Angustias, Confidencias de Cristina, ¡Ololoi!, En el botado, Bayajá, Aniquilamiento, Soledad, Galaripsos, Romances de la Hispaniola y otras.
Los personajes que discurren por la poética deligniana son individuos con traumas psíquicos desgarradores, tales como postración, angustias, frustración, desesperación y otros estados del alma, a los que el psiquiatra poeta aplica con audacia inigualable el método del psicoanálisis, con el cual trae a la conciencia sus sentimientos reprimidos u oscuros. Ahora bien, los personajes delignianos exponen de una manera singular -filosófica- esos sentimientos reprimidos u oscuros; hasta tal punto, que quien lee su poética no tiene más remedio que reconocer que se encuentra ante un filósofo, maestro de la palabra, que pinta con una belleza, hondura y abstracción incomparables los estados internos del espíritu de estos sujetos.
El mundo exterior aparece en la poética deligniana como una circunstancia o un símbolo, producto de la exigencia de la subjetividad, para pervivir en un plano que no se revele como fatalmente suprahumano. Esto quiere decir que, en la poética deligniana, lo subjetivo subyace como algo absoluto, que pica en el mundo objetivo, lo salpica, y se extiende incontrovertiblemente por los túneles laberínticos de la “fecunda cárcel del cerebro”[8].
Otros poetas de esa generación referidos por Henríquez Ureña son: Arturo Pellerano Castro (1865-1916), de quien dice “muchas veces brillante, como en Americana (1896), o agudo en breves notas como ´¿Qué se ha muerto el avaro…?´ y ´No quiera penetrar nunca en su alma´, o pintoresco en sus Criollas (1907)”[9], en las que recoge con donaire y dulzura la esencia de la dominicanidad, expresados en la galantería que emplean los hombres del campo al enamorar a las preciosas mulatas dominicanas; a la esposa de éste, Isabel Amechazurra, la define “de expresión acendrada”[10]; de Bartolomé Olegario Pérez, expresa que es “poeta intenso y grandemente expresivo”[11]; de Andrejulio Aybar manifiesta que es “delicado y fino (además de sus versos en castellano ha escrito muchos en francés).”[12]
Cuando se refiere al celebrado poeta Fabio Fiallo, Henríquez Ureña (2015) destaca que es “muy conocido en América por sus claros y límpidos versos de amor, con dejos de Heine y de Bécquer”[13], quien fue, además, un patriota firme en la defensa de la nacionalidad dominicana frente a la primera ocupación militar norteamericana, hasta el punto de ser recluido en la Torre del Homenaje, tras ser declarado culpable y condenado a cinco años de trabajo forzado y al pago de cinco mil pesos de multa, por haber publicado un artículo en el periódico Listín Diario antes de haberlo sometido a la Comisión de Censura del gobierno militar interventor. Las obras más destacadas de Fabio Fiallo fueron: Primavera sentimental (1902), Cuentos frágiles (1908), Cantaba el ruiseñor (1910), Canciones de la tarde (1920), Plan de acción del pueblo dominicano (1922), Canto a la bandera (1924), Canción de una vida (1926), La manzana de Mefisto (1934), El balcón de la psiquis (1935), Poema de la niña que está en el cielo (1935) y Mis mejores versos (1938).
Entre los prosistas de esa generación menciona a Rafael Alfredo Deligne (1863-1902), hermano de Gastón Fernando Deligne, al que definió como “ensayista y crítico de estilo muy suyo (fue también poeta de imaginación y sensibilidad en composiciones como Ella, Nupcias, Insolación, Por las barcas)”[14]; a Américo Lugo, al que calificó de “gran estilista, personal y tradicional a la vez, escritor político de juicio audaz, investigador diligente y sagaz intérprete del pasado colonial”[15]; Tulio Manuel Cestero, del que dijo es “novelista de estilo rico en cualidades imaginativas, penetrante observador de las costumbres criolla y de la política tropical en Ciudad romántica (1911) y La sangre (1913)”[16]; Virginia Elena Ortea, a la que señaló como “escritora de estilo claro y terso, muy femenino, libre de afectación como de trivialidad, en cuya obra sobresalen una página de finas cadencias, En la tumba del poeta (1896) y un cuento perfecto en su tipo mitológico-humorístico, Los diamantes (1898)”[17]; así como José Ramón López, al que definió como “novelador y cuentista regional del norte de la isla (Nisia, 1898; Cuentos Puertoplateños, 1904).”[18]
Estos escritores tuvieron un influjo determinante en la vida política, literaria y filosófica de la República Dominicana, ya que sus obras siguen siendo referencias obligadas para analizar el desenvolvimiento histórico y las características del ser dominicano, a veces con un sesgo biologicista y racista, pero siempre con un gran sentido de engrandecimiento y preservación de la nacionalidad dominicana.
Américo Lugo fue uno de los más destacados escritores de esta generación, quien enfocó sus escritos en los ámbitos de la poesía, el ensayo, la política y la historia, siendo sus principales obras: Heliotropo (Poesía 1903), Camafeos (Cuento 1919), Ensayos dramáticos (Teatro 1906), A punto largo, (1901), Bibliografía (1906), La cuarta conferencia internacional americana (1912), El plan de validación Hughes-Peynado (1922), El nacionalismo dominicano (1923), Declaración de principios del Partido Nacionalista (1925), Baltazar López de Castro y la despoblación del norte de la isla La Española (1947), Antología (1949), Los restos de Colón (1950) y Edad Media de la isla La Española. Historia de Santo Domingo después de 1556 y 1608 (1952), entre otras.
De igual modo, otro importante escritor de esa generación fue José Ramón López, a quien se le atribuye ser el creador de la corriente pesimista en la República Dominicana por sus obras: La alimentación y las razas (1896) y La paz en la República Dominicana. Contribución al estudio de la sociología nacional (1915). Publicó, además: La República Dominicana, Santo Domingo (1906), Geografía de la América y en particular de la República Dominicana (1915), Censo y catastro en la común de Santo Domingo (1919) y Manual de agricultura (1920), así como miles de artículos en diferentes periódicos y revistas del país y del exterior.
5.- Las últimas generaciones de escritores dominicanos
Al referirse a las últimas generaciones de poetas y prosistas de la primera mitad del siglo XX, que tuvo la ocasión de conocer directa o indirectamente, sostiene:
En las tres generaciones que pertenecen al presente siglo, la literatura se multiplica, y los nombres de los escritores son muchedumbres. A falta de una ordenación que nadie ha intentado hasta ahora, recordaré unos pocos nombres: como poetas, Juan Bautista Lamarche (n, 1893), Ricardo Pérez Alfonseca (n. 1892), Tomás Hernández Franco (n. 1904), el pulcro Virgilio Díaz Ordóñez (n. 1895), el original Domingo Moreno Jiménez (n. 1894), jefe del movimiento denominado postumista, y de los más jóvenes, pero de obra ya significativa en la poesía de América, Manuel del Cabral (n. 1907) y Héctor Incháustegui Cabral (n. 1912), de canto fuerte y desnudo; en la prosa el folklorista Ramón Emilio Jiménez (n. 1886), el polígrafo Max Henríquez Ureña (n. 1885), cuyos Episodios dominicanos (desde 1938) trazan en forma novelesca la historia del país desde la ´independencia efímera´ de Núñez de Cáceres, el novelista y cuentista Juan Bosch (n. 1909), dueño de secretos de la tierra nativa, el historiador Emilio Rodríguez Demorizi (n. en 1908).[19]
Estas fueron las últimas generaciones de escritores que Pedro Henríquez Ureña refirió en sus escritos, ya que la muerte le tomó por sorpresa en 1946. Entre los mencionados están: Tomás Hernández Franco, quien se destacó por su poema Yelidá y Virgilio Díaz Ordoñez, mejor conocido en el ámbito literario como Ligio Vizardi, quien publicó: Los nocturnos del olvido (1925), La sombra iluminada (1923), Figuras de barro (1930), El más antiguo y grave problema antillano (1938), Poemario (1947), Archipiélago (1947), Rubaiyat de Omar Kahayyam (traducción en verso, 1952), Política exterior dominicana (1955) y Jerónimo (1969); el poeta Domingo Moreno Jimenes, fundador del movimiento literario Postumismo publicó las siguientes obras: Promesa (1916), Vuelos y duelos (1916), Psalmos (1921); El diario de la aldea (1925), Mi vieja se muere (1939), Canto a la ceiba de Colón (1925), Decrecer (1927), Días sin lumbre (1931), Palabras sin tiempo (1932), Poema de la Hija Reintegrada (1934), Sentir es la norma (1939), Advenimiento (1941), Poemario de la cumbre y el mar (1942), Evangelio americano (1942), Cuatro (que se yo) estambres (1942), Exalté el ideal y sufrí ante la vida (1944), Tres pasos en la sombra (1946), Burbujas en el vaso de una vida breve (1948) y Del gemido de la fragua: obra poética (1975).
Otro escritor de esas generaciones que brilló con luz propia en el firmamento poético dominicano fue Manuel del Cabral, a quien se le atribuye ser uno de los creadores de la poesía negroide en el Caribe, junto al cubano Nicolás Guillén y al puertorriqueño Luis Palé Matos. Sus obras de mayor trascendencia, tanto poéticas como narrativas, son las siguientes: Color de Agua (1932), 12 Poemas Negros (1935), Biografía de Un Silencio (1940), Trópico Negro (1941), Sangre Mayor (1942), Compadre Mon (1943), Chinchina Busca el Tiempo (1945), De Este Lado del Mar (1948), Antología Tierra (1930–1949) (1949), Los Huéspedes Secretos (1951), Segunda Antología Tierra (1930–1951) (1951), 20 Cuentos (1951), Sexo y Alma (1956), Dos Cantos Continentales y Unos Temas (1956), Antología Clave (1930–1956) (1957), Pedrada Planetaria (1958), Historia de Mi Voz (1964), La Isla Ofendida (1965), Los Relámpagos Lentos (1966), Los Antitiempos (1967), Égloga del 2000 (1970), El Escupido (1970), Sexo No Solitario (1970), El Presidente Negro (1973), Poemas de Amor y Sexo (1974), Cuentos (1976), Obra Poética Completa (1976), 10 Poetas Dominicanos, 3 Poetas Vivos y 7 Desenterrados (1980), Cuentos Cortos Con Pantalones Largos (1981), Cédula del Mar (1982), Antología Tres (1987), La Espada Metafísica (1990), Antología Poética (1998) y Antología de Cuentos (1998).
Otro poeta de estas generaciones con una interesante obra poética y ensayos de crítica literaria lo es Héctor Incháustegui Cabral, cuyos textos más destacados son: Canto triste a la Patria bien amada, Preocupación del vivir, Invitación a los de arriba, De vida temporal (1944), Muerte de "El Edén" (1951), El pozo muerto (1960), Historia dominicana: 1844-1953 (1955) -escrita en colaboración con Joaquín Marino-, Diario de la guerra y los dioses ametrallados (1967), De literatura dominicana del siglo XX (1968) y Escritores y artistas dominicanos (1978).
En el ámbito de la prosa, se destacó el folklorista Ramón Emilio Jiménez, con las obras: Boda de ruiseñores, El encuentro del perro, El poder sonoro, Naturaleza y Hombre, El patriotismo y la escuela, La Patria en la Canción, Del lenguaje dominicano, Espigas sueltas, Savia dominicana y Al amor del Bohío.
En el campo de la literatura en todas sus manifestaciones, sobresale el polígrafo Max Henríquez Ureña, hermano de Pedro Henríquez Ureña, con las obras: Ánforas (1914), La combinación diplomática (1916), Rodó y Rubén Darío (1918), El ocaso del dogmatismo literario (1919), Los Yanquis en Santo Domingo (1919), Tablas cronológicas de la literatura cubana (1929), Fosforescencias (1930), El retorno de los galeones (bocetos hispánicos) (1930), Panorama de la República Dominicana (1935), Les influences Francaises sur la poésie Hipano-Americaine (1938), El Continente de la Esperanza (1939), La independencia efímera (1938), La conspiración de los Alcarrizos (1941), Poetas cubanos de expresión francesa (1941), El Arzobispo Valera (1944), Panorama histórico de la literatura dominicana. (1945), Cuentos insulares: cuadros de la vida cubana (1947), Pedro Henríquez Ureña: antología (1950), El ideal de los trinitarios (1951), Episodios dominicanos (1951), Garra de luz (1958), Breve historia del modernismo (1960), De Rimbaud a Pasternak y Quasimodo: ensayos sobre las literaturas contemporáneas (1960) y Panorama histórico de la literatura cubana (1963), entre otras.
Una de la figura más destacada y brillante de la narrativa, el ensayo, la historia, la antropología, la sociología y la política dominicana de todos los tiempos, fue el profesor Juan Bosch, quien, con una formación autodidacta enciclopédica, escribió sobre una diversidad de temas y géneros, con una originalidad y creatividad increíbles que fue recogida en 50 tomos por la Comisión Permanente de Efemérides Patrias,[20] al tiempo de fundar los dos partidos políticos que mayor influencia han tenido en la historia política contemporánea de la República Dominicana: el Partido Revolucionario Dominicano (PRD), a través del cual fue presidente de la República en el año 1963, y el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), el cual durante varios años asumió el boschismo como su filosofía política, pero una vez llegó al poder renegó de sus enseñanzas éticas, cívicas y patrióticas.
Otro escritor prolífico lo fue Emilio Rodríguez Demorizi, quien sobresalió por sus obras de investigación histórica y por la edición de documentos u obras pretéritas que no estaban al alcance del pueblo dominicano y de gran parte de sus investigadores, que les han servido a varias generaciones de historiadores y cientistas sociales como fuente inestimables para la reescritura e interpretación de la historia dominicana.[21]
Otro gran intelectual referido por Henríquez Ureña en sus últimos escritos sobre la República Dominicana fue el médico psiquiatra y cientista social Juan Isidro Jimenes-Grullón, con quien tuvo ocasión de compartir en el año 1932. Henríquez Ureña lo denomina “el simbolista J. I. Jimenes-Grullón, autor de poemas refinados en prosa (Aguas de remanso).”[22]
Jimenes-Grullón combatió la dictadura de Trujillo y estuvo durante mucho tiempo en el exilio, siendo el primer dominicano en escribir un libro de historia con una orientación marxista, mientras vivió en Cuba: República Dominicana, análisis de su pasado y su presente (1940), con prólogo de Juan Bosch. También escribió: Luchemos por nuestra América: ideas y doctrinas políticas contemporáneas, Una Gestapo en América: (vida, tortura, agonía y muerte de presos políticos, bajo la tiranía de Trujillo), La filosofía de José Martí, Seis poetas cubanos: ensayos apologéticos, La República Dominicana: una ficción, Biología dialéctica, Sociología Política Dominicana (1844-1966), en tres tomos, América Latina y la Revolución Socialista, Pedro Henríquez Ureña: Realidad y Mito, Nuestra falsa izquierda, El Mito de los Padres de la Patria y La ideología revolucionaria de Juan Pablo Duarte, entre otros.
De igual manera, Henríquez Ureña reseñó la trascendente labor folklórica realizada por su prima Flérida de Nolasco, quien escribió, entre otras obras, publicó: Cultura musical (1927), De música española y otros temas (1939), La poesía folklórica en Santo Domingo (1946), Existencia y vicisitudes del Colegio Gorjón (1947), Vibraciones en el tiempo (1948), Días de la Colonia (1952), Grandes momentos de la Historia de la Música (1957), Santo Domingo en el folklore universal (1957), Santa Teresa de Jesús a través de sus obras (1959), Pedro Henríquez Ureña, síntesis de su pensamiento (1966); Luminarias en Vela (1972) y Mi testimonio (1975).
Ahora bien, Pedro Henríquez Ureña no se refirió a la labor literaria, histórica ni lingüística de intelectuales que ya habían ganado una gran fama y habían publicado importantes obras literarias, filosóficas, históricas, poéticas y ensayísticas, como: Andrés Avelino, Pedro Mir, Manuel Arturo Peña Batlle, Sócrates Nolasco, Manuel de Jesús Troncoso de la Concha y el doctor Joaquín Balaguer.
A propósito, este último escritor, presidente de la República Dominicana en varias ocasiones, colaborador muy cercano del dictador Rafael Leónidas Trujillo y que gobernó con manos de hierro a la República Dominicana por espacio de veintidós años, el doctor Joaquín Balaguer, en su obra Historia de la Literatura Dominicana hace una ponderación crítica muy elevada en torno a la producción intelectual de Henríquez Ureña, en los siguientes términos:
Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), es el único dominicano que ha poseído una cultura humanística de primera categoría. Después de haberse iniciado como poeta de escasa inspiración, se dedicó a la crítica literaria, campo en que dejó páginas magistrales como las del estudio de Juan Pérez de Alarcón y las del ensayo sobre el maestro Hernán Pérez de Oliva. Su ciencia fue, sobre todo, filológica y literaria, y su cultura se redujo, preferentemente, al teatro universal y a los clásicos ingleses y castellanos. Llegó en la prosa al grado máximo de perfección, a la sencillez absoluta, e hizo gala, en las obras de plenitud, de cierta sequedad calculada. Tanto podó el árbol de la retórica, que su estilo, despojado de toda fronda inútil, de todo adorno innecesario, resulta a veces pobre o esquemático. Hay páginas suyas que se reducen casi a un índice de materias o a una simple enumeración: hasta tal punto llevó su antipatía al énfasis y su repugnancia a la amplificación ociosa. Las pocas veces que abandonó el campo de la filosofía o el de la crítica literaria para escribir alguna obra de imaginación, como el breve cuento que titula ‘La sombra’, mantuvo la sequedad característica de la prosa utilizada en sus libros de erudición, desprovista de todo aliento poético, y en los cuales el vigor y la gracia del lenguaje resultan exclusivamente del desarrollo ordenado de las ideas. Para alcanzar un estilo así, es menester pasar por un proceso parecido al del diamante cuya pureza exige una cristalización milenaria.[23]
Como se ha podido observar, la perspectiva del doctor Balaguer en torno a Pedro Henríquez Ureña es totalmente contradictoria, desconsiderada y, en múltiples ocasiones, se expresa en su mayor nivel el cinismo intelectual. Por un lado, sostiene que es el único dominicano que se ha apropiado de una cultura humanística de primera categoría, destacando que sus páginas magistrales pertenecen a la esfera de la crítica literaria. Pero de inmediato expresa que su ciencia se enfoca esencialmente en la filología y la literatura, que su cultura intelectual se reduce al teatro universal y al estudio de los clásicos ingleses y castellanos.
Con esa afirmación, el doctor Balaguer pretendió opacar la amplia formación humanística anteriormente referida por él y que, en los hechos, tenía Henríquez Ureña en áreas del conocimiento tan importantes como la filosofía, la historia, la música, la pintura, el antiguo Oriente, Grecia, Roma, el medioevo, la modernidad y la edad contemporánea. De igual manera, Balaguer pretendió ocultar su elevado conocimiento de la historia de la cultura hispanoamericana y norteamericana, de las cuales bebió insaciablemente y dejó su impronta en su profusa labor educativa e intelectual en las aulas, en las conferencias magistrales, en sus libros, ensayos y artículos periodísticos de incalculable valor humanístico.
En otra parte de su comentario, Balaguer quiso dar la impresión de que elogiaba a Henríquez Ureña al afirmar que, en el ámbito de la prosa, alcanzó el grado máximo de perfección al asumir un estilo caracterizado por su sencillez absoluta. No obstante, al mismo tiempo, busca desmeritarlo y descalificarlo ante la posteridad como un personaje que hizo gala, en sus obras de madurez, de una cierta “sequedad calculada”. Esto se pone de manifiesto cuando sostiene: “tanto podó el árbol de la retórica, que su estilo, despojado de toda fronda inútil, de todo adorno innecesario, resulta a veces pobre o esquemático”. Este punto de vista de Balaguer es totalmente incierto, ya que Henríquez Ureña aspiró de forma permanente a la perfección del espíritu, para lo cual estructuró con gran dominio, gracia y rigor estilístico una prosa sencilla y fácil de interpretar, sin perder nunca la profundidad, la belleza y el sentido lógico de sus reflexiones.
Balaguer es injusto ante el humanista Henríquez Ureña, personaje clave de la cultura dominicana e hispanoamericana, cuando señala que hay “páginas suyas que se reducen casi a un índice de materias o a una simple enumeración”, crítica que intenta justificar en la supuesta antipatía de este a la afectación del lenguaje y al tedio de la amplificación innecesaria de las palabras. Al mismo tiempo pretendió inhabilitarlo en el ámbito de la creación literaria, cuando expresó que en las pocas ocasiones en que dejó el campo de la filosofía o el de la crítica literaria para dar a luz una obra de imaginación, fuese poesía, cuento o teatro, “mantuvo la sequedad característica de la prosa utilizada en sus libros de erudición, desprovista de todo aliento poético”, al tiempo que limitaba el vigor y la gracia de su lenguaje exclusivamente al desarrollo ordenado de las ideas.
Entre las obras de ficción de Henríquez Ureña mejor ponderadas por los críticos literarios están “El nacimiento de Dionisos”, su única obra de teatro con sabor a tragedia griega, y los “Cuentos de la Nana Lupe”, que cumplen una función didáctica, al ser creados con fines de lectura para sus dos hijas: Sonia y Natacha. Como puede ocurrir con cualquier autor, y Pedro Henríquez Ureña no es la excepción, en el conjunto de su obra se podrían apreciar textos de juventud e incluso algunos de madurez que probablemente no satisfagan las expectativas de todos sus lectores y críticos. Ahora bien, de ahí a descalificar rotundamente su obra de imaginación literaria, hay un gran trecho, lo cual no se debe tolerar ni callar.
El cinismo del doctor Joaquín Balaguer se eleva a la máxima potencia cuando, tras lanzar una andanada de críticas infundadas contra la producción intelectual de Henríquez Ureña, plantea que, para alcanzar un estilo como el suyo, “es menester pasar por un proceso parecido al del diamante cuya pureza exige una cristalización milenaria.”[24]
De esa manera, Balaguer quiso concluir su juicio crítico de la misma manera laudatoria con que lo había iniciado, tratando de mostrarse equilibrado en la ponderación de la obra crítica, literaria y filosófica de Henríquez Ureña. Esta actitud del “cortesano de la Era de Trujillo” contra Henríquez Ureña, tal como él mismo se autodefinió en sus Memorias, podría estar fundada en el hecho de que Henríquez Ureña nunca ponderó su obra poética, narrativa, histórica ni lingüística en los ensayos literarios que escribió[25], muy a pesar de que se conocieron durante su estadía en el país, cuando asumió como Superintendente General de Educación en 1931.
Queda sumamente claro que en esta investigación solo se han esbozado de forma muy sucinta las ideas centrales de las obras del gran intelectual de Hispanoamérica, Pedro Henríquez Ureña, relativas a la filosofía e historia de la cultura hispanoamericana, donde queda sumamente explícito el interés permanente que siempre mantuvo en torno a todo aquello que sucedía en la República Dominicana en el ámbito de las manifestaciones de la cultura y la literatura, desde sus primeras expresiones en 1492 hasta el año 1946, fecha en que ocurrió su trágico deceso en un tren mientras se dirigía a impartir sus clases a la Universidad de la Plata, Argentina.
Los aportes de Pedro Henríquez Ureña a la definición de una filosofía y una historia de la cultura hispanoamericana auténtica, original, orientada a la búsqueda de la perfección espiritual y a creación de un sentido identitario propio en medio de la situación de incertidumbre en que coexistía la humanidad durante las primeras cuatro décadas del siglo XX, con dos guerras mundiales y luchas de las grandes potencias por el control de la América Hispana, son más que evidentes en la producción intelectual de este dominicano de trascendencia hispanoamericanista y universal.
[1] Balaguer, Joaquín. Historia de la Literatura Dominicana. Santo Domingo: Editora Corripio, 1997, p. 253.
[2] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 2:1899-1910, Vol. I. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo, Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2013, p. 167.
[3] Ibidem, p. 168.
[4] Ibidem, pp. 168-169.
[5] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 8:1921-1928, Vol. II. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2015, pp. 125-126. Se refiere a la obra El Derrumbe, impresa en 1917, en los primeros meses de la ocupación militar de los Estados Unidos a la República Dominicana entre 1916 y 1924, la cual fue confiscada y su edición totalmente quemada. Durante muchos años se pensó que no habían quedado ejemplares de la obra, hasta que apareció uno en la biblioteca del historiador Vetilio Alfau Durán y la Universidad Autónoma de Santo Domingo lo reeditó en 1975 con prólogo del escritor Juan Bosch.
[6] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 2:1899-1910, Vol. I. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo, Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2013, p. 199.
[7] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 14:1941-1946, Vol. II. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2015, p. 81.
[8] Deligne, Gastón Fernando. “Confidencias de Cristina”, Obra Completa, Tomo 2: Galaripsos y prosas. Santo Domingo: Biblioteca Clásicos Dominicanos de la Fundación Corripio, 1996, p. 84.
[9] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 14:1941-1946, Vol. II. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2015, p. 81.
[10] Ibidem.
[11] Henríquez Ureña, Pedro. Selección de Ensayos de Pedro Henríquez Ureña. (Kary Alba Rocha Arias, Compiladora). Santo Domingo: Archivo General de la Nación, 2023, p. 65.
[12] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 14:1941-1946, Vol. II. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2015, p. 82.
[13] Ibidem.
[14] Ibidem.
[15] Ibidem.
[16] Ibidem.
[17] Ibidem.
[18] Ibidem.
[19] Ibidem, p. 83.
[20] Las obras más destacadas de Juan Bosch en los diferentes géneros son: Cuentos: La Mujer (1933), Camino Real (1933), La Bella Alma de Don Damián (1939), Dos Pesos de Agua (1941), Luis Pie (1942), Maravilla (1946), En Un Bohío (1947), Callejón Pontón (1948), La Muchacha de La Guaira (1955), Cuentos de Navidad (1956), Cuentos Escritos en el Exilio (1962), Más Cuentos Escritos en el Exilio (1962), Cuentos Escritos Antes del Exilio, Cuentos (1983), Cuentos Selectos (1992), La Nochebuena de Encarnación Mendoza, La Verdad, Los Amos y La Mancha indeleble; Novelas: La Mañosa (1936) y El Oro y la Paz (1975); Ensayos: Indios, Apuntes Históricos y Leyendas (1935), Mujeres en la Vida de Hostos (1938), Hostos, el Sembrador (1939), Judas Iscariote, el Calumniado (1955), Póker de Espanto en el Caribe (1955), Cuba, la Isla Fascinante (1955), Apuntes Sobre el Arte de Escribir Cuentos (1958), Trujillo: Causa de Una Tiranía Sin Ejemplo (1959), Simón Bolívar, Biografía Para Escolares (1960), Apuntes Para Una Interpretación de la Historia Costarricense (1962), David, Biografía de un Rey (1963), Bolívar y la Guerra Social (1964), Crisis de la Democracia de América en la República Dominicana (1964), El Pentagonismo, Sustituto del Imperialismo (1966), Dictadura Con Respaldo Popular (1969), De Cristóbal Colón a Fidel Castro (1969), Breve historia de la oligarquía (1970), Composición Social Dominicana (1970), El Caribe: Frontera Imperial (1970), Tres Conferencias Sobre el Feudalismo (1971), La Revolución Haitiana (1971), De México a Kampuchea (1975), Guerrilleros y Crisis Eléctrica (1975), De la Concordia a la Corrupción (1976), EL Napoleón de las Guerrillas (1976), Viaje a los Antípodas (1978), La Revolución de Abril (1980), Juan Vicente Gómez: Camino del Poder (1982), La Guerra de la Restauración (1982), Las Clases Sociales en República Dominicana (1982), Perfil Político de Pedro Santana (1982), El Partido: Concepción, Organización y Desarrollo (1983), Capitalismo, Democracia y Liberación Nacional (1983), La Pequeña Burguesía en la Historia de la República Dominicana (1985), La fortuna de Trujillo (1985), El Capitalismo Tardío en la República Dominicana (1986), Máximo Gómez: De Monte Cristi a la Gloria, Tres Años de Guerra en Cuba (1987), El Estado: Sus Orígenes y Desarrollo (1987), Textos Culturales y Literarios (1988) y Las Dictaduras Dominicanas (1988), entre otras.
[21] Entre las obras más destacadas de Emilio Rodríguez Demorizi se encuentran: Cartas de Máximo Gómez (1936), Poesía Popular Dominicana (1938), Juan Isidro Pérez, el ilustre loco (Discurso de Ingreso a la Academia Dominicana de la Historia, 1938), Discursos de Bobadilla (1938), El Cantor del Niágara (1939), Luperón y Hostos (1939), Hostos en Santo Domingo (1939), Camino de Hostos (1939), El Padre Billini y Eugenio María de Hostos (1941), Escritos de Luperón (1941), Apuntes de viaje por los Estados Unidos (1941), Colón en La Española. Itinerario y Bibliografía (1942), El Acta de la separación Dominicana y el Acta de Independencia de los Estado Unidos de América (1943), El Romancero Dominicano (1943), Vicisitudes de La Lengua Española en Santo Domingo (Discurso de Ingreso en la Academia Dominicana de la Lengua, 1944), La Imprenta y los primeros periódicos de Santo Domingo (1944), Maceo en Santo Domingo (1945), La Isabela, primera ciudad del nuevo mundo (1945), Fábulas Dominicanas (1946), Invasiones haitianas de 1801, 1805 y 1822 (1955), Relaciones dominico-españolas (1844-1859) (1955), Antecedentes de la Anexión a España (1955), Guerra Dominico-Haitiana (1957), Diarios de la Guerra Dominico-Española de 1863-1865 (1963), Actos y Doctrina del Gobierno de la Restauración (1963), Homenaje a Mella (1964), Papeles de Buenaventura Báez (1968), Santana y los Poetas de su Tiempo (1969), Necrología del Padre de la Patria, Santo Domingo (1976), En Torno a Duarte (1976), Acerca de Francisco del Rosario Sánchez (1976), La Constitución de San Cristóbal 1844-1854 (1980), Papeles de Pedro F. Bonó (1980), Documentos para la Historia de la República Dominicana, Tomos I, II, III y IV (1981), Papeles del General Santana (1982), Papeles de Monseñor de Meriño (1983), Correspondencia del Cónsul de Francia en Santo Domingo Tomo I (1844-1846) y Tomo II (1846-1850), (1996), entre otras.
[22] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 14:1941-1946, Vol. II. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2015, p. 22.
[23] Balaguer, Joaquín. Historia de la Literatura Dominicana. Santo Domingo: Editora Corripio, 1997, p. 253.
[24] Balaguer, Joaquín. Historia de la Literatura Dominicana. Santo Domingo: Editora Corripio, 1997, p. 253.
[25] Salmos paganos (1922); Claro de Luna (1922); Tebaida lírica (1924); Métrica castellana (1930); Heredia: verbo de la libertad (1939); Azul en los charcos (1941); La realidad dominicana (1941); El tratado Trujillo-Hull y la liberación financiera de la República Dominicana (1941); La política internacional de Trujillo (1941); Guía emocional de la ciudad romántica (1944); Letras dominicanas (1944); Palabras con acentos rítmicos (1946); Palabras con dos acentos rítmicos (1946).
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