La palabra hablada siempre ha estado ahí. Aunque de una u otra forma se ha tratado de acallarla, la voz termina imponiéndose. Los grandes oradores emocionan a los oyentes, pero su impacto suele diluirse con el tiempo. Sin embargo, la escritura ha pasado por procesos tortuosos en los que ha tenido que imponerse a limitaciones extremas para plasmar las ideas.
Si lo comparamos con los tiempos anteriores a la aparición de la imprenta, escribir es tan fácil como tomarse un vaso de agua. Hoy abundan papeles, computadoras, celulares, grabaciones que se transcriben a texto. Sin embargo, para llegar a este nivel de desarrollo se produjeron enfrentamientos por los materiales para poder dejar impresa la memoria histórica que hoy disfrutamos.

En Elinfinito en el junco, de Irene Vallejo, se va descubriendo el valor real de la historia plasmada en los libros. Hoy disfrutamos de ese legado y comprendemos cuánto costó preservarlo. La autora compacta en casi 600 páginas los caminos tortuosos del libro, la pasión que generaba la intelectualidad y la importancia que para aquella época —de varios siglos— tenían los científicos y escritores.
La historia se inicia con escrituras plasmadas en piedras, plantas, tablillas de arcilla resistentes al fuego, pero vulnerables a la humedad. ¿Cuántas tablas había que conservar para reunir 200 páginas de un libro hoy? Luego, el papiro fue un descubrimiento que revolucionó la manera de escribir.
El papiro, el petróleo de hoy

En la época del papiro, los conocimientos y los libros constituían un símbolo de prestigio que los reyes exhibían con orgullo. Alejandro Magno concibió la idea de una gran biblioteca; Ptolomeo I hizo realidad la Biblioteca de Alejandría y algunos de sus sucesores siguieron esa cultura.
Era difícil escribir un libro, pero conservarlo era más que una odisea.
Llegó una época en que el papiro equivalía al petróleo de nuestros días. Egipto tenía el monopolio, le ponía el precio que entendiera, y administraba a su antojo a quién enviarle el preciado material. Irene Vallejo cuenta en su libro que en el siglo II a. C. El rey Ptolomeo V se llenó de envidia al enterarse de que el rey Eumenes II había construido una biblioteca rival, en Pérgamo, que pertenecía a la actual Turquía.
Ptolomeo V, quien no estaba dispuesto a soportar competencia con la Biblioteca de Alejandría de la que era considerada parte de su estirpe, tomó varias medidas contra el rey Eumenes II:
- Encarceló a su propio bibliotecario por sospecha de traición a favor del rey Eumenes II.
- Atrajo a los intelectuales más destacados y los unió a otros grupos.
- Interrumpió el suministro de papiro al reino de Eumenes II.
Las crisis también generan oportunidades

Existe un viejo dicho según el cual de las crisis surgen las mejores ideas. «El embargo impulsó un gran avance que, además, inmortalizaría el nombre del enemigo». «En Pérgamo reaccionaron perfeccionando la antigua técnica oriental de escribir sobre cueros, una práctica cuyo uso hasta entonces había sido secundario y local» (pág. 99). A este producto, en honor a la ciudad, le llamaron pergamino.
El pergamino representó un avance decisivo en la historia del libro. No solo sustituyó al papiro en muchas regiones, sino que transformó la forma de producir y conservar los textos. Pero para eso hubo que sacrificar cada día una gran cantidad de animales como ovejas, becerros, cabras, entre otros, cuya piel, antes de ser secada, se tensaba en un batidor de madera. Este proceso lograba utilizar ambas caras, lo que no sucedía con el papiro.
Los libros, un sacrificio por la humanidad
Para que tengamos una idea, «un libro de ciento cincuenta páginas exigiría el sacrificio de entre diez y doce animales». Por tanto, los libros se transformaron en «cuerpos habitados por las palabras, pensamientos tatuados en la piel»
En la época antigua, solo los nobles y las órdenes religiosas podían tener libros; sin embargo, hoy los libros son propiedad de quien quiera tener un ejemplar.
La historia del libro que hoy conocemos se basa en grandes sacrificios. Primero, por los esfuerzos para obtener un material. Segundo, por convertir ese material en un soporte de escritura, y tercero, por los esfuerzos para conservarlo durante siglos.
El pergamino no solo preservó la memoria histórica; transformó la relación del ser humano con el conocimiento. Resulta paradójico que un material obtenido del sacrificio de animales haya servido para conservar las palabras, que, durante siglos, han predicado el amor, la compasión y la dignidad humana.
La historia demuestra que, a pesar del sacrificio de escribir un libro, valió la pena. Algo que coincide con estos tiempos modernos es que solo la vocación y la sangre que fluye, que enciende y mantiene viva la emoción, permiten que podamos seguir escribiendo.
Ojalá los libros continúen siendo, como escribió Borges, «la extensión de la memoria y la imaginación», y permanezcan como testigos de los tiempos a los que ya no alcanza el recuerdo humano.
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