«El que almuerza con la soberbia, cena con la vergüenza» — Gabriel García Márquez
Rita Díaz Blanco, escritora de fino pincel, nos presenta en su nuevo libro ‘’Teatrillo del León, el Pulgón y la Garza’’ una trama fascinante, acompañada por ilustraciones de Lázaro Piñol. Esta obra nos asombra por su escenario: una fábula singular en la que los niños no solo se divertirán, sino que también aprenderán de manera transversal expresión corporal, lectura y comprensión lectora, y, sobre todo, valores sociales. Cada escena despierta expectativas.
El libro constituye un material didáctico idóneo para integrarse al currículo de cualquier centro educativo. A través de él se puede promover la apreciación del arte, el trabajo en equipo, la comunicación afectiva, el manejo de la frustración y el liderazgo. Con este texto, Rita Díaz acerca la cultura, la literatura y el arte al público lector infantil y juvenil, fomentando la inventiva, la curiosidad y, especialmente, el pensamiento crítico.
Desde la psicología, la fábula representa un conflicto de personalidades, de mecanismos de defensa y de regulación emocional. Cada personaje encarna procesos mentales reconocibles en la vida cotidiana. El león exhibe una autoestima basada en la grandiosidad y no en la seguridad interna: necesita ser temido y admirado para sostener su identidad. Esto es característico de un yo frágil que se protege mediante la exageración de sus cualidades. Psicológicamente, reacciona con hipersensibilidad a la crítica, ira desproporcionada ante comentarios menores y una necesidad constante de validación externa.
Amanecía la selva en oro vestida,
un sol redondo peinaba la vida.
Las hojas cantaban con luz temprana
y el aire olía a promesa y mañana.
Entre verdes silencios reinaba el león,
melena orgullosa, paso de campeón.
No sabía el rey de rugido y poder
que un pulgón pequeño lo iba a estremecer.
Porque no siempre el día más claro advierte
que la grandeza también conoce la suerte.

La observación del pulgón activa una herida narcisista: el león no se siente cuestionado como animal, sino como símbolo de poder. El duelo surge como mecanismo defensivo para restaurar su autoimagen; cuando la identidad depende de la admiración, cualquier crítica se vive como un ataque.
El pulgón representa una personalidad con alta inteligencia emocional. Aunque inicia con burla, pronto comprende el impacto de sus palabras y modifica su estrategia. No entra en confrontación directa: lee al otro.
«Compañeros, no se preocupen que los frutos de la prudencia hacen gran diferencia cuando al actuar se introducen. Un plan tengo para este León, una lección le daremos por estar de fanfarrón».
Psicológicamente, muestra autocontrol, capacidad de anticipar consecuencias y flexibilidad cognitiva. El pulgón no niega la realidad, pero elige cómo actuar frente a ella. Utiliza la astucia no como manipulación destructiva, sino como adaptación ante una figura dominante.
La garza cumple la función del yo observador o de la conciencia reflexiva. Intenta introducir pausa, perspectiva y diálogo. En términos psicológicos, representa la capacidad de mentalizar: comprender los estados mentales propios y ajenos. Su fracaso inicial señala un fenómeno común: cuando la activación emocional es alta, la razón queda inhibida. El león no puede escuchar porque está dominado por la ira y la necesidad de reafirmación.
El duelo es un claro ejemplo de acting out: una descarga conductual de un conflicto emocional no elaborado. El león transforma su malestar interno en acción impulsiva, evitando la reflexión. En contraste, el pulgón no actúa desde el impulso, sino desde la planificación. La diferencia entre ambos no es moral, sino psicológica: uno está desbordado por la emoción; el otro la contiene.

La caída en el charco simboliza el encuentro con el límite del yo. El león experimenta vergüenza, una emoción fundamental para un desarrollo psicológico sano cuando conduce a la reflexión y no al colapso. Este momento permite la reestructuración de la autoimagen, el reconocimiento de errores y la apertura al aprendizaje. El gesto final del pulgón facilita una reparación: no humilla ni castiga, evitando así reforzar defensas narcisistas. Desde una lectura psicológica, este acto permite que el león integre la experiencia sin quedar fijado al trauma.
La fábula enseña que la fuerza sin regulación emocional conduce al autosabotaje; que la verdadera fortaleza psicológica reside en la flexibilidad, no en la rigidez; que el conflicto no resuelto se actúa y el conflicto comprendido se transforma. No pierde quien cae, sino quien no aprende al caer.
La fábula funciona como una metáfora extendida de la condición humana: cada elemento no es solo un animal, sino una fuerza interna, una situación vital o una actitud ante el mundo. Metafóricamente, el león representa aquello que en nosotros se cree estable, fuerte e incuestionable: el rol, el estatus, el poder, la imagen social, incluso las certezas personales. La melena simboliza la construcción externa del yo, aquello que mostramos para ser reconocidos. El león no es el ser, sino la apariencia del ser; por eso la crítica al olor no ataca su cuerpo, sino la máscara. Cuando la apariencia es amenazada, surge la violencia.
El pulgón es la metáfora de lo pequeño pero perturbador: la duda, la crítica, la conciencia, la realidad que incomoda. Representa una verdad menor pero real, una observación persistente, el detalle que desmonta la ilusión. El pulgón no derriba al león: lo obliga a mirarse. Su poder no reside en la fuerza, sino en la persistencia.

La melena es el ego narrativo: el relato que construimos sobre quiénes somos. Cuando está ‘’sucia’’, la metáfora señala una identidad descuidada, no por falta de poder, sino por falta de autoconciencia. Rascarse hasta herirse simboliza el intento desesperado de defender la imagen sin revisar su fundamento. El duelo es la metáfora del conflicto inútil contra lo que es: en lugar de integrar la observación del pulgón, el león decide pelear contra el síntoma y no contra la causa. Esto refleja una conducta humana común: luchar contra quien señala el problema en vez de resolverlo.
El charco es la caída al límite, al suelo de la experiencia. No es castigo, es revelación. El agua simboliza limpieza, verdad y retorno a lo esencial. Metafóricamente, solo cuando el león cae deja de sostener la ilusión de altura. El perdón del pulgón simboliza la integración de la experiencia: no hay destrucción del león, hay transformación. La metáfora sugiere que la verdad no busca eliminar al ego, sino despojarlo de su exceso. La grandeza no cae por la fuerza del enemigo, sino por la resistencia a aceptar lo pequeño que la cuestiona.
El texto nos dice que no todo lo que incomoda viene a destruirnos: algunas cosas llegan para limpiarnos. Esta fábula articula una reflexión clásica sobre el poder, el orgullo y la verdadera naturaleza de la fuerza, recurriendo a una estructura simbólica en la que cada personaje encarna una postura ética y existencial.

El León representa el poder basado en la superioridad física y el reconocimiento externo. Su identidad depende de la mirada ajena: ser temido, admirado y obedecido. Filosóficamente, es un ejemplo de lo que Platón llamaría un alma gobernada por la parte irascible: reacciona, se exalta y se ofende con facilidad. Su error no es ser fuerte, sino creer que la fuerza lo legitima todo. Confunde poder con razón y autoridad con verdad. Cuando el pulgón cuestiona su higiene, no hiere su cuerpo, sino su imagen; y es esa herida simbólica la que desencadena la violencia. El león no busca justicia: busca restaurar su orgullo herido.
«Calle ya, gran pillo, y vayámonos al duelo. No haga otro batiburrillo de retahílas sin vuelo».
Qué graciosa melena, señor majestad
dijo el pulgón con falsa bondad.
La palabra fue aguja, la risa veneno,
y el orgullo del rey ardió sin freno.
El león rugió con voz de corona,
confundiendo respeto con fuerza que impone.
Pero la burla, ligera y pequeña,
entró en su pecho como astilla que quema.
No hiere la garra, ni el colmillo fiero:
hiere una frase dicha con desprecio sincero.
El pulgón, pequeño y aparentemente insignificante, encarna la mētis griega: una inteligencia astuta, flexible y estratégica. No compite en el terreno de la fuerza porque comprende que hacerlo sería absurdo. Su victoria no es física, sino epistemológica: conoce al león mejor de lo que el león se conoce a sí mismo. Entiende que el punto débil del poderoso no es su cuerpo, sino su vanidad; por eso no lo enfrenta con violencia, sino con ironía. Filosóficamente, su conducta se acerca a la prudencia aristotélica (phronesis): actuar de acuerdo con las circunstancias y no con los impulsos. Su gesto final; perdonar y recomendar el baño muestra que la astucia, cuando es auténtica, no necesita humillar para afirmarse.
La garza cumple el papel del logos: la palabra que busca ordenar el conflicto antes de que se vuelva destructivo. Representa la razón ética y la posibilidad de resolver el enfrentamiento mediante comprensión y autocontrol. Sin embargo, su fracaso inicial revela una verdad incómoda: la razón no persuade a quien ya ha decidido sentirse ofendido. Cuando la experiencia (la caída del león) sustituye al orgullo, la palabra de la garza adquiere sentido. La fábula sugiere que algunos aprendizajes no entran por el razonamiento, sino por la vivencia del límite.
El duelo no es un acto de justicia, sino una escenificación del ego. El león lo propone no para reparar la ofensa, sino para reafirmar su imagen de invencible. Desde una lectura filosófica, el duelo es la teatralización del poder vacío: mucho ruido y poca verdad.
La derrota del león demuestra que la violencia no solo es moralmente cuestionable, sino también ineficaz frente a la inteligencia adaptativa. La conclusión articula una enseñanza cercana al estoicismo y a la sabiduría práctica: la fuerza sin dominio interior termina volviéndose contra quien la ejerce. La verdadera grandeza no reside en imponerse, sino en reconocer los propios límites. El león no deja de ser fuerte; lo que transforma es su relación con esa fuerza. Aprende que el poder sin reflexión degenera en ridiculez, que la soberbia convierte al rey en esclavo de sí mismo y que incluso el más pequeño puede convertirse en maestro cuando actúa con inteligencia. No vence quien golpea con mayor dureza, sino quien comprende mejor la situación. La fuerza impresiona; la astucia transforma.
Rugió el león desafiando al temor,
uno a uno cayó ante su clamor.
Colores que huyen, colas que se cierran,
patas que corren, silencios que tiemblan.
Mas el pulgón, pequeño universo,
guardó la prudencia como su verso.
Saltó a la barba, picó sin piedad,
y el rey cayó preso de su vanidad.
Entre rasguños, charco y dolor,
aprendió el rugido a escuchar al pudor.
Este texto se inscribe claramente en la tradición de la fábula clásica, donde los animales hablan no para imitar al ser humano, sino para desnudarlo. La selva no es solo un escenario: es un microcosmos moral, un espacio simbólico donde el poder, la palabra y la astucia se confrontan. Desde el inicio, la repetición «era un día espléndido, era un día luminoso» construye un ritmo casi infantil, cercano a la oralidad, que contrasta con la tensión posterior. La luz inicial no es inocente: ilumina el orgullo del león, ese sol que hace brillar su melena, símbolo evidente del ego, la vanidad y la autoridad incuestionada.
El león representa la fuerza sin reflexión. Su melena es más que pelo: es estatus, poder heredado, imagen que exige respeto incluso cuando descuida su esencia. No escucha; se ofende. No dialoga; ruge. Su lenguaje está cargado de afirmaciones absolutas: «todos me temen», «soy el rey», «nadie me gana». Poéticamente, su voz es grandilocuente, pero vacía: ruidosa, reiterativa, carente de profundidad.
Frente a él aparece el pulgón, figura diminuta que encarna la palabra incómoda, “la verdad que pica”. Su pequeñez refuerza el contraste: no necesita fuerza física, porque posee ironía, lenguaje y astucia. El pulgón no agrede primero; nombra lo que huele, lo que el león se niega a ver. En términos poéticos, es la conciencia mínima que desnuda al gigante.
El duelo no es solo corporal, sino simbólico: fuerza frente a inteligencia, orgullo frente a prudencia, ruido frente a estrategia. La intervención de la garza funciona como la voz de la sabiduría mediadora, casi filosófica. No impone: aconseja. Sin embargo, su palabra no es escuchada, y en ese punto el relato deja en evidencia algo esencial:
«Creo que hasta ahora solo ha habido un malentendido.
No vayan a enfrascarse en una guerra sin sentido.
La ofensa que ha recibido, perdone el señor león;
si olvida lo sufrido, usted sería el campeón».
El agua lavó melena y razón,
y en el reflejo se vio el león.
No menos rey por haber cedido,
sí más sabio por haber aprendido.
La garza habló con voz serena:
no siempre gana quien más golpea.
La astucia avanza donde la fuerza cae,
y el orgullo, descuidado, siempre se traiciona.
Desde aquel día el rey comprendió
que quien escucha y es cauto, gobierna mejor.
Cuando el orgullo gobierna, la razón queda muda. Ese es el momento culminante del relato. El pulgón saltando a la melena resulta profundamente poético: el lugar del poder se convierte en el punto débil. Aquello que el león exhibía con soberbia es precisamente lo que posibilita su derrota. La imagen del león rascándose desesperadamente y cayendo al charco simboliza la caída del ego, una purificación forzada. El agua no castiga: enseña. Lava la barba, pero también la arrogancia.
Por eso el final no es cruel: el pulgón perdona. La astucia no humilla; educa. La moraleja no se impone de manera explícita, sino que emerge con naturalidad: frente a la fuerza, la astucia prevalece. Pero más profundamente aún, la verdadera grandeza reside en saber escuchar, cuidar lo propio y actuar con cautela.
Este libro nos recuerda que el tamaño no define la verdad, que una palabra pequeña puede vencer al rugido y que el poder sin conciencia termina cayendo bajo su propio peso. Es una fábula sencilla en su forma, pero rica en símbolos: una lección vestida de selva, humor y picadura.
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