Una lluvia de nieve ha caído sobre su pelo crespo. Se aproxima a la edad de los robustos que, conforme a Salmos 90:10, son los ochenta años. La gracia melodiosa de su voz está invicta. Él sube a la tarima, como lo hace desde hace cuatro décadas, y la multitud baila y delira ante sus canciones, aprendidas de memoria por varias generaciones. Su nombre de pila es Francisco Pache Torres, pero todos le conocemos como Ramón Torres. Por las letras de sus canciones —con figuras retóricas inusuales en la bachata y contadoras de historias— tiene un apodo cariñoso: El Poeta.

—A mí me pusieron ese apodo, pero yo creo que un poeta es algo muy grande, algo demasiado sublime, yo soy un bachatero nada más —me dijo hace quince años Ramón en su casa del municipio de Villa Hermosa, en La Romana. Un amigo me había dicho que él vivía por ahí y se podía visitarle. Su casa era modesta y él irradiaba un aura de sabiduría ascética, como los seres que han aprendido a vivir.

—¿Y por qué a usted no lo han tomado en cuenta en las premiaciones? —inquirí.

—Es que yo no he cantado para premios. Los premios son para otros cantantes. Yo solo he cantado para que la gente disfrute.

La memoria del legendario bachatero no habrá retenido esa fugaz conversación con un joven de diecinueve años que fue a conocerle y regalarle un libro de su autoría. El joven sí la guardó como un tesoro de anécdota. Nunca había conocido a una persona verdaderamente famosa.

Varios años después, cuando una muchedumbre de mujeres histéricas le lanzaba besos a Romeo Santos en la explanada del Estadio Francisco A. Micheli, yo estaba lo más lejos posible del escenario, tomándome una cerveza con una amiga que me convenció a última hora de ir al concierto gratuito, cuando oí que Romeo llamó al escenario a Ramón Torres. Cuando el Poeta cantó su célebre tema «Tus cartas llegan», el crepúsculo desaparecía y la brisita navideña coexistía con la algazara y el romo. El bachatero más internacional, Romeo, homenajeaba al bachatero del pueblo.

El Poeta de la bachata

Ramón Torres.

 Pocos datos biográficos de Ramón han salido de una zona de penumbra. En distintas páginas web se repite que nació en Higüey en 1949; que en 1987 fue despedido de la zona franca de Higüey y decidió mudarse a Santo Domingo e iniciar una nueva vida. En la capital la suerte le sonrió. Grabó la bachata «Las estrellas brillarán» con el sello Radio Guarachita, gracias al apoyo de su representante Radhamés Aracena. La canción fue un éxito y también lo fueron otras como «Tu segunda carta», «Contigo hasta el final», «Mi gran secreto», «Para qué sirven las palabras» y «Eres mía». La popularidad no necesariamente discurría paralela a la bonanza. La información que circula es que Ramón no recibía una remuneración justa por sus éxitos.

La canción «De Higüey a la capital», de corte autobiográfico, grabada en 1993, recoge la mudanza de El Poeta, en busca de oportunidades:

«En Santa Clara nací en Higüey, la tierra mía
allá donde nace el sol y llega primero el día
allá donde nace el sol y llega primero el día

Aunque siempre fui muy pobre siempre fui un tipo decente
voté cada cuatro años pa’ subir a un presidente
voté cada cuatro años pa’ subir a un presidente

Pero allá los campesinos no’ iba de mal en peor
tuve que irme pa’l pueblo huyendo a la situación
tuve que irme pa’l pueblo huyendo a la situación

Me acuerdo de aquellos tiempo’ que yo tuve que emigrar

y vine a pasar trabajo pa’cá para la capital

y vine a pasar trabajo pa’cá para la capital

Me acuerdo que en esos tiempos en la ignorancia vivía

mire usted que confundir guachimán con policía
mire usted que confundir guachimán con policía

Por sospecha un guachimán el primer día me hizo preso

y para que me soltara tuve que darle cien pesos
y para que me soltara tuve que darle cien pesos

Una noche por la Duarte orgulloso me sentía

habían más de mil mujeres que todas querían ser mía
habían más de mil mujeres que todas querían ser mía

Yo quería tener un espejo para mirarme la cara

pa’ ver si todavía tenía la que me puso mi mamá
pa’ ver si todavía tenía la que me puso mi mamá

O seria que estaban ciegas las mujeres higüeyanas

un macho que gusta tanto y dejaron que me marchara
un macho que gusta tanto y dejaron que me marchara

Sé que se van a reír pero eso a mí no me acuna

cuando la limosna es grande señores hasta el santo duda
cuando la limosna es grande señores hasta el santo duda

Como si fuera un mayimbe todas juntas me abrazaban

y cuando llegue al hotel que sorpresa me llevaba

el dinero que tenía en el bolsillo no estaba
el dinero que tenía en el bolsillo no estaba

y yo que tanto creía que era un macho que gustaba».

Como se aprecia, las letras de Ramón Torres no dejan de ser sencillas, pero resultan novedosas ante el prototípico discurso de desamor, el «amargue» de la bachata. En otras canciones, como «Tus cartas llegan», «Ya volvió», «La travesía», Ramón introduce una historia que matiza el contexto amoroso, sea un viaje en yola de la amada, una mujer que desde el extranjero enfría el tono de sus cartas o una que lo abandona al progresar económicamente y con descaro le presenta a su nuevo marido. Las más de cuatrocientas canciones de Ramón, diseminadas en catorce álbumes, sobresalen porque nunca sabemos qué nueva historia nos contará; no se limita al lamento monocorde que predomina en la bachata. Desde el punto de vista instrumental, se ha reconocido que introdujo el piano y el acordeón en la bachata, por lo que se le tiene como uno de los pioneros de la bachata moderna.

Hacia una memoria de intérpretes de la bachata 

Luis Segura (El Añoñaíto), cantante, músico y compositor dominicano.

En 2019 la UNESCO declaró la música y baile de la bachata dominicana en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Se trató de un curioso e importante hito para la cultura dominicana, pues la bachata es un género que floreció en la segunda mitad del siglo XX. Durante la mayor parte de la historia dominicana, nuestra identidad se ha vinculado, dentro y fuera del país, al merengue, que a su vez recibió esa distinción de la UNESCO en 2016.

Es harto conocido que la bachata se abrió paso desde el cabaret y la marginación, hasta los años noventa, cuando llega una generación de intérpretes que se mantienen vigentes y cosecharon fama internacional. Recientemente se cumplieron 35 años de la publicación del álbum Bachata Rosa, de Juan Luis Guerra, que ganó un Grammy y puso a la bachata, con su nombre, sus melodías y su baile, en la escena del prestigio mundial. El álbum de dúos Utopía, lanzado por Romeo Santos en 2019, un homenaje suyo a sus antecesores inmediatos, nos ofrece una lista interesante de los bachateros que, a finales del siglo pasado, allanaron el camino para las hazañas globales del grupo Aventura: Luis Vargas, Anthony Santos, Raulín Rodríguez, Frank Reyes, Joe Veras, Zacarías Ferreira y Elvis Martínez, El Chaval de la Bachata, Teodoro Reyes, Kiko Rodríguez y Monchy y Alexandra.

Romeo Santos.

Todos ellos, junto a Luis Miguel del Amargue —con quien Romeo grabó después—, el finado Yoskar Sarante, y luego de Aventura y Romeo, Prince Royce, lograron trascender las fronteras dominicanas y consolidar sus nombres en la conciencia colectiva. La bachata se ha establecido tanto que es habitual que artistas de otros géneros musicales graben ocasionalmente bachatas.

El club de los olvidados 

Ante este panorama halagador, uno creería que habría una valoración unánime de los bachateros que vienen desde antes de los noventa y que habría ya una sólida ponderación académica y unos pormenores historiográficos del género. No ha sido así. La explicación trasciende el género y va más allá de la música. La República Dominicana es un país de luces y también de exclusiones imperdonables. Es una patria que ha crecido, pero le ha costado trabajo deprenderse de las cadenas del clasismo. Ocurre en la literatura, con autores inconcebiblemente olvidados por su origen o por no haberse sumado a las capillas hegemónicas. Ocurre en el merengue, con figuras prácticamente borradas de la historia. Asimismo, la renuencia de los intelectuales a valorar la cultura popular ha jugado un rol importante en el citado destino. Es cierto que la explicación de las omisiones no viene siempre de la mala fe, la discriminación o la arrogancia intelectual. La precariedad de los estudios culturales en la República Dominicana obedece también a que el financiamiento para la investigación es prácticamente inexistente; está igualmente motivada porque nuestro pensamiento tiene una propensión hacia la oralidad: nuestras mayores figuras políticas, artísticas, mediáticas no suelen dejar por escrito sus memorias ni autorizan biografías en la mayoría de los casos. De manera que no se trata de dirigir el índice acusador hacia quienes tendrían una tarea de investigar y analizar la cultura dominicana en toda su extensión, sino que los mismos protagonistas no suelen ser conscientes de que el tiempo barrerá sus nombres si no queda constancia escrita de sus aportes. En el club de los olvidados, se puede mantener alguna vigencia mientras se respira y uno tiene palabra y movimiento. Al dejar el mundo, se cae en un olvido irremediable que viene con la timidez de la tumba. Desde Juan Sánchez Lamouth hasta Guandulito, desde Héctor J. Díaz hasta Los Kenton, desde Ramón Lacay Polanco hasta Sandy y Papo, de la cultura dominicana mana el dolor del olvido.

Eso en lo que atañe a la posteridad.

En cuanto a la validación del presente, están los premios. 

Ramón Torres merece el gran soberano 

El Gran Soberano para Ramón Torres

En la ceremonia de los Premios Soberano celebrada en la primavera de 2023, el mítico bachatero Luis Segura recibió el Gran Soberano 2021, la máxima distinción a una trayectoria. (La diferencia en los años se la debemos a la pandemia).

Este lauro a El Añoñaíto abrió una puerta a los bachateros viejos. Segura ha recibido en los últimos años muchos otros honores. Ese sendero debe ser también transitado por figuras de la bachata que aún están a nuestro lado. Además de nuestro héroe en este artículo, ahí están José Manuel Calderón, Teodoro Reyes, Leonardo Paniagua y Marino Castellanos.

Ramón Torres, «El poeta», es de esa estirpe clásica, de esos que empezaron a cantar cuando no había dinero ni gloria, como Marino Pérez, Juan Bautista, Ramón Cordero, Blas Durán, Eladio Romero Santos, Bolívar Peralta y Robin Cariño. Hoy la bachata es un símbolo luminoso de la República Dominicana. (Es también un impensado puente cultural entre la República Dominicana y Haití, con intérpretes como Félix Cumbé y Franklin Medina, «El Zorro Negro»).

Ramón ha jugado un rol destacado en el imparable auge de la bachata, ha estado en el corazón del pueblo y ha representado a toda una región, el Este. Es un hombre que conserva la humildad rural de sus orígenes. Escribe con gran originalidad, para las masas que adoran a este cantor de las penas del pueblo. Se mantiene activo a sus setenta y seis años y debe ser elevado en el entorno institucional a la categoría de leyenda que ya ocupa a nivel popular.

No lo he visto nunca en una premiación y estoy convencido de que merece el Gran Soberano. Al ganarlo él, se haría justicia a un inmortal de la bachata y de la cultura dominicana contemporánea.

Juan Hernández Inirio

Escritor, profesor y gestor cultural

Juan Hernández Inirio es escritor, profesor y gestor cultural. Nació en La Romana, República Dominicana, en 1991. Ex director provincial de Cultura de La Romana, fundador de la Feria del Libro de esa ciudad y de la Fundación Modesto Hernández (MODHERNA). Es Licenciado en Educación mención Letras, Magna Cum Laude, por la Universidad Dominicana O&M. Tiene un máster en Cultura Contemporánea: Literatura, Instituciones Artísticas y Comunicación Cultural por la Universidad Complutense de Madrid y la Fundación Ortega-Marañón. Ha publicado los libros Cantar de hojas muertas, Musa de un suicida, El oráculo ardiendo, La insurgencia de la metáfora. Treinta poetas de los años sesenta y El nieto postizo. Textos de su autoría han aparecido en periódicos, revistas y antologías latinoamericanas. Ha dictado conferencias en República Dominicana, España e Italia. Su trayectoria le ha merecido diversos galardones, entre los que se destacan ser declarado como ¨Hijo distinguido de La Romana¨ en 2017 por el ayuntamiento de esa ciudad y ser reconocido por la Academia Dominicana de la Lengua en 2019. jhernandezinirio@gmail.com

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