Federico García Lorca (1898-1936) es reconocido como una de las figuras más relevantes de la Generación del 27 y uno de los poetas más conocidos de España. Su corta pero intensa trayectoria literaria, interrumpida por su fusilamiento en 1936, refleja un sentimiento profundo y trágico al abordar la vida. El estudio de su obra, que abarca desde la tradición popular hasta el vanguardismo más radical, permite comprender el milagro de un poeta que logró conectar lo culto con el sentir más esencial del pueblo. En este ensayo busco explorar cómo la vida y el pensamiento de Lorca, influenciados por las dinámicas de la Generación del 27, incidieron en su producción poética, centrándome en el contraste entre los poemas Historietas del viento e Iglesia abandonada (Balada de la Gran Guerra).
Federico García Lorca nació en Granada el 5 de junio de 1898. Desde su infancia mostró un gran talento, estudiando Música, Derecho y Letras. Él mismo reconoció que gran parte de su creación se debía a la tierra de su origen, describiendo su relación con el campo como un “complejo agrario”.
Su formación intelectual dio un salto fundamental cuando se instaló en Madrid en 1919, en la Residencia de Estudiantes. Este fue un periodo de gran actividad, en el que se relacionó con figuras cruciales de la vanguardia, como Luis Buñuel y Salvador Dalí, formando parte de una de las puntas del triángulo surrealista. Lorca era un hombre de personalidad versátil: por un lado, jovial, simpático y dotado de habilidades sociales arrolladoras; por otro, experimentaba emociones oscuras, frustración ante el deseo de un cambio social y una profunda insatisfacción personal, especialmente en sus relaciones amorosas.
Un factor ineludible en su obra fue su condición de homosexual. En una época en la que se sentía marginal, Lorca se identificaba profundamente con los perseguidos, como el gitano y los judíos. Esta empatía hacia los oprimidos se convirtió en un eje central de su visión poética. La frustración y el amor “sin destino” y “doloroso” se manifestaron en obras tardías como los Sonetos del amor oscuro. A nivel político, Lorca se destacó como un artista comprometido, creyendo en la alegría como un deber y en la necesidad de transformar el mundo. Dirigió el grupo teatral “La Barraca”, llevando el teatro clásico a los pueblos como parte de la campaña educativa de la Segunda República española. Este compromiso y su cercanía a intelectuales progresistas lo convirtieron en un mártir trágico de la Guerra Civil española, siendo fusilado por fuerzas franquistas en 1936. Su vida, marcada por la dualidad entre el genio arrebatador y el hombre angustiado, alimentó una poética a la vez esperanzadora y fatalista. La obra lorquiana es representativa de la Generación del 27: sus poetas, y Lorca en particular, no solo exploraron nuevas formas, sino que también regresaron a la lírica tradicional —como el cancionero y el romance— para infundirlas de un espíritu moderno.
La vanguardia en Lorca se refleja en su capacidad para crear símbolos definidos. La luna, por ejemplo, es un símbolo complejo que representa la vida, la muerte, la fertilidad, la esterilidad, la belleza y la perfección. El agua estancada simboliza la muerte, mientras que la que fluye libremente es símbolo de pasión y sexualidad. Esta intensa simbología es una de las mayores contribuciones de Lorca al G27, permitiéndole trascender la descripción y adentrarse en los “arquetipos prehistóricos” y en la fuerza telúrica de la vida.
La pureza y el viento: análisis de Historietas del viento
El poema Historietas del viento, incluido en la obra Suites (comenzada en 1920 y publicada póstumamente), se sitúa en la órbita de su poesía temprana y su neopopularismo, explorando temas de la naturaleza y el tiempo. Este poema ejemplifica la recuperación de la lírica tradicional propia de la Generación del 27, aunque con un toque de originalidad e invención renovada.
La primera sección de Historietas del viento se centra en la personificación y el cromatismo del aire. El viento se describe cambiando de color: “El viento venía rojo por el collado encendido / y se ha puesto verde, verde por el río”. Esta evolución cromática culmina con el viento transformándose en “un arco iris tendido” sobre los sembrados, una imagen que vincula la fuerza natural con la belleza efímera. En la simbología lorquiana, el viento puede ser un agente viril o de deseo, pero aquí se presenta como una fuerza mágica y transformadora de la luz.
La sección II introduce una quietud angustiante: “Viento estancado”. El estancamiento, o la inmovilidad del aire, se acompaña de elementos temblorosos como “las algas temblorosas de los álamos” y el corazón del poeta. Este momento de calma tensa (“a las cinco de la tarde sin pájaros”) anticipa la idea de un destino fatal que a menudo subyace incluso en sus obras más tiernas.
La sutileza de la narración y la pureza se manifiestan plenamente en la sección IV, “Escuela”, un diálogo entre un Maestro y un Niño. La pregunta del Maestro, “¿Qué doncella se casa con el viento?”, introduce un elemento folclórico y mítico. La respuesta del Niño —“La doncella de todos los deseos”— eleva el matrimonio con el viento (símbolo de virilidad) a una metáfora de la aspiración universal. El viento le regala “remolinos de oro y mapas superpuestos”, y ella ofrece “su corazón abierto”. La ventana de la escuela, con una “cortina de luceros”, dota a este intercambio de una atmósfera mágica y trascendente, reflejando la pureza que, según los analistas, reconfortaba el espíritu creador de Lorca.
Análisis de Iglesia abandonada (Balada de la Gran Guerra)
Iglesia abandonada (Balada de la Gran Guerra) es un poema fundamental de la etapa vanguardista y surrealista de Lorca, perteneciente a Poeta en Nueva York. Esta obra, concebida en una metrópolis deshumanizada, utiliza el verso libre y una creatividad violenta y fragmentada para expresar la protesta y el dolor ante el mundo moderno y la guerra.
El poema aborda el tema de la muerte y la pérdida, una constante en la obra lorquiana. El hablante lírico se lamenta por la pérdida de su hijo, Juan: “Yo tenía un hijo que se llamaba Juan. Yo tenía un hijo. Se perdió por los arcos un viernes de todos los muertos”. El dolor del padre se expresa a través de acciones desesperadas y surrealistas, como golpear los ataúdes o sacar una “pata de gallina por detrás de la luna”. La figura de la niña/pez muerto bajo la ceniza del incensario enfatiza la idea de la esterilidad y de la muerte corrompiendo lo sagrado, donde la pureza infantil queda sepultada bajo la ceniza del rito.
El escenario es una iglesia, pero su sacralidad está rota. Las campanas no pueden ser tocadas porque “las frutas tenían gusanos”, y las cerillas apagadas devoran los trigos de la primavera. Lorca transforma la imaginería religiosa tradicional en un teatro de la agonía. Se presentan visiones atroces, como la “transparente cigüeña de alcohol” que desnuda las cabezas de los soldados moribundos. Incluso la misa se pervierte: el sacerdote levantará “la mula y el buey” para espantar a los “sapos nocturnos” que rondan el cáliz, rompiendo la imagen tradicional del ofertorio.
La balada se convierte en un grito contra la impotencia en un mundo violento. El padre imagina que, si su hijo hubiera sido fuerte (“un oso”), no temería el “siglo de los caimanes” ni vería “el mar amarrado a los árboles para ser fornicado y herido por el tropel de los regimientos”. Estas metáforas crudas y violentas, propias del surrealismo, reflejan la crítica de Lorca a una civilización que convierte al hombre en una pieza de un gran engranaje.
Al final, la locura se manifiesta en la figura del padre, que promete romper el timón en el centro de la misa, convocando una “locura de pingüinos y gaviotas” para que la gente recuerde su pérdida. La repetición desgarradora —“¡Un hijo! ¡Un hijo! ¡Un hijo que no era más que suyo. Porque era su hijo! ¡Su hijo! ¡Su hijo! ¡Su hijo!”— condensa la desesperación íntima, proyectándola sobre el paisaje del caos bélico y moderno. El poema se erige como una elegía de la soledad y el horror que Lorca experimentó al contemplar el sufrimiento deshumanizado.
En síntesis, Federico García Lorca fue un genio que encarnó la síntesis de la Generación del 27. Su vida, marcada por la conexión profunda con Granada y por la tragedia personal de la marginalidad, influyó directamente en su obra, dotándola de una voz universal para el dolor humano.
Historietas del viento, con su diálogo puro y su sutil simbolismo natural, representa la etapa neopopularista de Lorca, donde la tradición lírica y el canto popular se funden con una sensibilidad vanguardista. En cambio, Iglesia abandonada (Balada de la Gran Guerra), surgida de su etapa surrealista, es un testimonio de la angustia moderna, que utiliza la fragmentación y la violencia simbólica para denunciar la pérdida y la corrupción de la fe ante el horror de la guerra.
Ambos poemas revelan la dualidad constante en Lorca: la fascinación por la pureza elemental y la presencia inevitable del destino fatal. Si Historietas del viento es un eco de la dulzura y la pureza infantil, Iglesia abandonada es el grito lírico y vanguardista que condensa la tragedia de su tiempo, un grito que resuena con la sangre y el plomo que terminaron prematuramente con la vida del poeta.
Bibliografía
- García Lorca, Federico (2020). Federico García Lorca: Antología poética.
- García Lorca, Federico (1949). Poeta en Nueva York. Elejandría.
- Cortina, Óscar (19 de noviembre de 2023). Federico García Lorca al completo.
- Maestro, Jesús G. (20 de julio de 2017). Lorca, poeta expresionista, autor de una poesía más sensible que inteligente.
Damari Núñez es estudiante de la Licenciatura en Letras Puras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). damarialexa16@gmail.com
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