En las dos entregas anteriores he intentado seguir el recorrido de determinadas expresiones que nacen en los márgenes de una sociedad y que, con el tiempo, pueden terminar penetrando espacios que originalmente les estaban cerrados. Primero me interesó el fenómeno general: la manera en que grupos colocados en situaciones de marginalidad económica, social o cultural construyen sus propios códigos, lenguajes, músicas, formas de reconocimiento y mecanismos de pertenencia. Después me detuve en un caso dominicano concreto, el fenómeno Alofoke, porque pocas experiencias recientes permiten observar con tanta claridad ese tránsito desde una expresión surgida en determinados códigos populares hasta la construcción de una marca, una empresa y un considerable poder comunicacional.

Pero ahora aparece otra cosa. Santiago Matías ha comenzado a desplazarse hacia un territorio completamente distinto: la política. Y ese tránsito obliga a cambiar también las preguntas. Ya no estamos hablando solamente de cultura, comunicación, mercado, redes sociales o entretenimiento. Estamos entrando en un espacio donde la popularidad tiene que convertirse en votos, la audiencia en adhesión política y la influencia comunicacional en capacidad para intervenir sobre las decisiones del Estado.

La tesis de esta tercera entrega es sencilla, pero conviene formularla con precisión: una audiencia digital no es una estructura electoral, y ninguna de las dos equivale automáticamente a influencia política. La audiencia produce atención; la estructura electoral organiza votos; la influencia política aparece cuando una persona o un movimiento consigue transformar parte de esa atención y de esos votos en capacidad efectiva para alterar decisiones, alianzas o resultados. Confundir esas tres dimensiones conduce tanto a sobreestimar como a subestimar el fenómeno Alofoke.

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Gráfico creado por el autor de este ensayo, Carlos Sánchez.

Una de las confusiones más frecuentes de nuestro tiempo consiste precisamente en creer que millones de seguidores en las redes sociales constituyen automáticamente millones de votos. No es así. El poder comunicacional permite colocar temas, provocar conversaciones, movilizar emociones, construir una audiencia y establecer una relación directa con enormes cantidades de personas. Eso representa poder y sería absurdo negarlo. Pero un seguidor no es necesariamente un simpatizante político; un simpatizante no es necesariamente un votante; y alguien dispuesto a votar por una figura determinada tampoco está necesariamente dispuesto a votar por otra persona porque aquella se lo pida.

Entre una cosa y la siguiente hay distancias que solamente la realidad puede medir. Por eso debemos separar desde el principio tres dimensiones. La primera es la audiencia digital: el conjunto de personas que consume, comparte, comenta o sigue los contenidos de una figura. La segunda es la estructura electoral: la organización territorial y operativa capaz de convertir una preferencia en votos efectivos y de defender esos votos el día de las elecciones. La tercera es la influencia política: la capacidad de incidir sobre las decisiones de los electores, de los partidos, de los candidatos o de las instituciones.

“Una audiencia digital no es una estructura electoral, y ninguna de las dos equivale automáticamente a influencia política.”

Alofoke posee indiscutiblemente la primera. Ha construido durante años una capacidad extraordinaria para producir y concentrar atención. La segunda es mucho más compleja. Una organización política nacional necesita dirección, estructuras provinciales y municipales, dirigentes sectoriales, candidaturas, activistas, delegados electorales, mecanismos de movilización, presencia en las circunscripciones y una maquinaria capaz no solamente de conseguir votos, sino también de defenderlos el día de las elecciones. Y la tercera no se desprende automáticamente de ninguna de las dos anteriores: requiere demostrar que la audiencia puede movilizarse, que la organización puede operar y que ambas pueden traducirse en decisiones políticas concretas.

La diferencia es fundamental porque las redes sociales han modificado la velocidad con la cual una persona puede hacerse conocida, pero no han eliminado el territorio. Un mensaje puede llegar en segundos a un millón de teléfonos. Construir una organización que funcione en provincias, municipios, distritos municipales, barrios y sectores sociales es otra cosa. Hace falta gente, dirección, disciplina, recursos, coordinación y, sobre todo, tiempo.

Una audiencia es una comunidad de atención. Una estructura electoral es una comunidad organizada para votar. La influencia política es la capacidad de convertir una en otra, aunque sea parcialmente, o de utilizar la primera para afectar a quienes controlan la segunda. Esa conversión nunca es automática. Exige liderazgo, propuesta, organización, credibilidad y una relación suficientemente sólida con los ciudadanos como para que estos acepten trasladar su simpatía mediática al terreno electoral.

Ese es uno de los grandes obstáculos que encuentro cuando se plantea la posibilidad de una candidatura presidencial de Santiago Matías para 2028. No se trata de negar su popularidad ni de burlarse de sus aspiraciones. Tampoco sería serio afirmar que algo es absolutamente imposible en política, donde tantas veces ocurren acontecimientos que pocos habían previsto. Pero entre tener una audiencia considerable y construir en menos de dos años una estructura política nacional capaz de competir exitosamente por la Presidencia existe una distancia enorme.

La audiencia puede ser el punto de partida de un proyecto político. No es, por sí sola, el proyecto político. República Dominicana tiene, además, una particularidad que diferencia su realidad de la de otros países latinoamericanos donde figuras ajenas a los partidos tradicionales han conseguido irrumpir rápidamente y conquistar el poder. Nuestro sistema de partidos ha mostrado una notable capacidad de supervivencia, adaptación y continuidad electoral. Eso no significa que los partidos dominicanos sean instituciones ejemplares. Arrastran clientelismo, personalismo, déficits de democracia interna, desgaste y una creciente desconfianza de sectores ciudadanos. Pero una cosa es señalar esas debilidades y otra concluir que el sistema está a punto de desaparecer. No lo está.

Desde la transición democrática iniciada después de la caída de la dictadura, y particularmente desde 1978, la República Dominicana ha atravesado crisis económicas, conflictos políticos, transformaciones sociales profundas, desaparición de los grandes liderazgos históricos, alternancias en el gobierno y hasta la desaparición o reducción de organizaciones que parecían indispensables. Sin embargo, el sistema de competencia partidaria ha sobrevivido. Unos partidos disminuyen, otros aparecen, algunos se dividen y otros ocupan el espacio dejado por los anteriores, pero la política dominicana continúa organizándose fundamentalmente alrededor de estructuras partidarias con presencia territorial. Ese dato importa mucho cuando hablamos de un outsider.

En otros lugares de América Latina las crisis económicas y de representación contribuyeron al derrumbe o profunda reconfiguración de sistemas partidarios completos. En República Dominicana ha ocurrido algo diferente: incluso cuando determinados partidos han sufrido crisis severas, el sistema ha mostrado capacidad para reorganizarse y continuar canalizando la competencia por el poder. Eso no garantiza que vaya a suceder eternamente, pero obliga a ser prudentes antes de anunciar su desplazamiento por una figura surgida de las redes sociales. Una audiencia digital puede desafiar el monopolio tradicional de los partidos sobre la conversación pública. No necesariamente puede reemplazar su monopolio sobre la organización electoral. Hay, además, otro problema que me parece todavía más importante que la estructura: la propuesta.

Hasta ahora la entrada de Santiago Matías en el terreno político se ha apoyado en buena medida en una crítica a los políticos tradicionales, a los partidos y a una forma de hacer política que considera agotada. Esa crítica puede encontrar receptividad. Existe cansancio, existe desconfianza y existen razones legítimas para cuestionar muchas prácticas del sistema político dominicano. Pero volvemos entonces a una cuestión que planteé desde la primera entrega de este ensayo: una cosa es saber contra qué estamos y otra muy distinta saber qué queremos construir en su lugar. Criticar a los partidos no constituye un programa de gobierno.

Decir que quienes han gobernado han cometido errores tampoco nos dice cómo gobernaría quien pretende sustituirlos. Llegado determinado momento habrá que responder preguntas mucho menos atractivas para un video viral, pero indispensables para dirigir un Estado. ¿Cuál es la visión económica? ¿Qué política educativa? ¿Qué reforma institucional? ¿Qué hacer con la seguridad ciudadana, la salud, la vivienda, la energía, la cultura, la producción agrícola, el empleo, la deuda pública y las relaciones internacionales? ¿Qué Estado se quiere construir y mediante qué instrumentos? Ahí reaparece aquello que llamé en la primera parte el monopolio de la esperanza.

Alofoke y el poder: de la audiencia a la influencia política

La indignación puede abrir una puerta política, pero difícilmente basta para atravesarla. Los movimientos que consiguen construir mayorías no solamente convencen a la gente de que algo funciona mal; consiguen que una cantidad suficiente de ciudadanos crea que ellos saben qué hacer después. No basta con capitalizar la indignación. En algún momento hay que convertirla en esperanza.

Y para aspirar a la Presidencia existe todavía otra frontera que Santiago Matías tendría que atravesar: la de su propia audiencia.

Alofoke ha construido una relación particularmente intensa con determinados sectores sociales y generacionales. Eso tiene un enorme valor comunicacional, pero las elecciones nacionales no se ganan únicamente dentro del universo cultural propio. Para construir una mayoría habría que convencer también a personas que nunca han visto uno de sus programas, que no escuchan dembow, que pertenecen a otras generaciones, que viven en zonas rurales, que forman parte de sectores profesionales, empresariales, religiosos o comunitarios diferentes y, en algunos casos, que rechazan precisamente algunos de los códigos culturales asociados a la marca Alofoke. Una audiencia puede ser enorme y seguir siendo menor que un país.

También puede ser intensa sin ser homogénea. Quienes siguen a Alofoke pueden compartir interés, identificación cultural o rechazo a los políticos tradicionales sin compartir una ideología, un programa de gobierno o una preferencia electoral. La audiencia puede estar unida por el consumo de contenidos y dividida frente a la política. Esa diferencia vuelve todavía más difícil calcular cuántos seguidores podrían convertirse en votantes y cuántos aceptarían seguir una orientación electoral determinada.

Hasta aquí podría parecer que mi conclusión es que Alofoke carece de importancia política. Sería exactamente el error contrario. Que yo no vea en las condiciones actuales una ruta razonablemente viable para que Santiago Matías construya por sí solo, de aquí a mayo de 2028, una organización suficientemente sólida para conquistar la Presidencia no significa que deba despreciarse la fuerza política potencial de su poder comunicacional. Son dos afirmaciones perfectamente compatibles.Y quizás ahí se encuentre la parte más interesante de todo este fenómeno.

Santiago Matías llega a la política desde el mundo empresarial y de la comunicación. Es un hombre de negocios y ha demostrado ser exitoso en ese terreno. Supo identificar una audiencia que otros no estaban viendo, construir alrededor de ella una marca y convertir atención en valor económico. Señalarlo no significa elogiarlo ni descalificarlo; significa reconocer una característica necesaria para comprenderlo. La pregunta es qué ocurre cuando alguien que ha aprendido a convertir atención en valor económico descubre que esa misma atención puede adquirir también valor político.

Aquí debemos caminar con cuidado.

No sabemos cuántos votos representa Alofoke. Una encuesta puede atribuirle hoy un porcentaje y otra mañana una cifra distinta. Ambas serían fotografías de un momento, no certificados de propiedad sobre un electorado. No sabemos tampoco cuántos des quienes expresan simpatía por él mantendrían esa posición hasta mayo de 2028, cuántos acudirían efectivamente a votar ni cuántos estarían dispuestos a acompañarlo si en algún momento decidiera respaldar a otra candidatura. Por eso sería irresponsable comenzar a repartir porcentajes que todavía no existen. Podría ser uno, dos, cuatro o cualquier otra cifra. No lo sabemos, y fingir que lo sabemos sería convertir el análisis político en una bola de cristal. Pero la imposibilidad de determinar hoy el tamaño de esa eventual fuerza electoral no significa que debamos negar su posible existencia.

Alofoke y el poder: de la audiencia a la influencia política

Hay que distinguir nuevamente los escalones: audiencia, adhesión, intención de voto, voto efectivo y voto transferible. Cada uno es menor y más difícil de conseguir que el anterior. Una persona puede seguir diariamente a Alofoke sin tener intención alguna de votar por él. Otra puede estar dispuesta a votar por él, pero no por el candidato que eventualmente él apoye. Los seguidores no son propiedad de nadie y los electores no pueden transferirse como acciones de una compañía.

La audiencia digital mide atención. La estructura electoral mide capacidad de organización. La influencia política se mide por los efectos que una figura consigue producir fuera de su propio espacio comunicacional. Esa es la secuencia que debemos observar, y cada paso requiere una prueba distinta.

Santiago Matías puede negociar su apoyo. Puede establecer una alianza. Puede respaldar públicamente una candidatura. Puede poner su capacidad comunicacional al servicio de una determinada opción. Lo que no puede hacer es garantizar que cada ciudadano que lo sigue obedecerá esa orientación. Pero tampoco hace falta que todos lo hagan para que el fenómeno adquiera importancia.

En una elección competitiva, una fracción relativamente pequeña del electorado puede resultar decisiva. Si llegado determinado momento Alofoke consiguiera demostrar que una parte de su audiencia no solamente lo escucha, sino que desarrolla una identificación política con él y que alguna proporción de ese grupo está dispuesta a acompañar determinadas orientaciones electorales, entonces estaríamos hablando de un capital político real. Insuficiente quizás para ganar la Presidencia, pero no necesariamente insuficiente para influir en quién la gana. Y ahí cambia la pregunta.

Quizás la pregunta equivocada sea si Alofoke puede ser presidente. La pregunta políticamente más interesante podría ser cuánto puede llegar a influir sin serlo.

No utilizo aquí la palabra “influir” en un sentido económico ni estoy sugiriendo una compraventa de apoyos políticos. Hablo de valor en términos de correlación de fuerzas. Un dirigente puede carecer de votos suficientes para ganar y, sin embargo, disponer de los necesarios para convertirse en aliado importante de alguien que sí puede hacerlo. Esa lógica es tan antigua como la política y no nació con las redes sociales.

En el caso de Santiago Matías aparece, sin embargo, una característica particular. Su fuerza eventual no procedería inicialmente de una organización política tradicional, sino de una relación comunicacional construida durante años con una audiencia. Eso hace que su posible capacidad de transferencia sea mucho más difícil de calcular. El militante de un partido puede obedecer una alianza decidida por su organización; el seguidor de una personalidad digital mantiene una relación mucho más individual con ella y puede acompañarla hasta cierto punto y abandonarla justamente cuando aquella toma una decisión política que no comparte. Por eso no sabemos cuánto de Alofoke es transferible. Y probablemente él tampoco pueda saberlo todavía.

Solo la experiencia política irá revelando dónde termina la audiencia y dónde comienza un electorado. Pero si ese electorado llega a existir en una magnitud apreciable, los partidos que realmente estén en condiciones de disputar la Presidencia tendrán razones para observarlo. No porque Alofoke vaya necesariamente a sustituirlos, sino porque podría convertirse en un actor externo con capacidad de incidir sobre una competencia que continúa organizada fundamentalmente por ellos.

Aquí su condición empresarial vuelve a resultar relevante, pero debemos evitar una conclusión fácil. Que Santiago Matías haya demostrado habilidad para los negocios no significa que vaya a convertir la política simplemente en otro negocio. No tenemos base para afirmarlo. Lo que sí podemos preguntarnos es si la capacidad de negociación, lectura de oportunidades y construcción de alianzas que ha mostrado en su trayectoria empresarial podría trasladarse también al escenario político.

Alofoke y el poder: de la audiencia a la influencia política

Si eso ocurriera, podría aparecer una situación paradójica: un outsider sin estructura suficiente para conquistar el poder por sí mismo podría adquirir suficiente influencia para negociar con quienes sí poseen esa estructura.

¿Con quién?

No lo sabemos.

Y no tiene sentido especularlo ahora. Dependerá de la evolución de su propio proyecto, de la situación de los partidos, de las candidaturas que finalmente compitan, de las encuestas, de los intereses en juego y, sobre todo, de la cantidad real de influencia electoral que Santiago Matías pueda demostrar que posee. Porque en política también hay una diferencia entre parecer que se tiene fuerza y demostrarla.

Los grandes partidos dominicanos, por tanto, cometerían un error si reaccionaran ante Alofoke desde cualquiera de dos extremos. El primero sería el miedo exagerado: imaginar que una gran audiencia digital significa que el sistema de partidos está a punto de ser barrido por un outsider. No encuentro razones suficientes para sostener semejante conclusión. El segundo sería el desprecio: creer que, porque resulta extremadamente difícil que pueda construir en tan poco tiempo una estructura presidencial competitiva, su incursión política carece de importancia. Ambas posiciones pueden equivocarse.

Alofoke no necesita estar en condiciones de ganar unas elecciones para convertirse en alguien a quien quienes sí pueden ganarlas tengan que mirar. Pero tampoco basta con que tenga una audiencia enorme para que esa influencia exista. Tendrá que demostrar que puede convertir atención en adhesión, adhesión en movilización y movilización en decisiones electorales.

Y quizás esa sea la dimensión política más novedosa del fenómeno que he intentado seguir a lo largo de estas tres entregas.

Comenzamos en los márgenes. Hablamos de grupos que construyen sus códigos porque no se reconocen completamente en los códigos dominantes; de jóvenes que escribían sus nombres sobre los trenes de Nueva York para hacerse visibles; de músicas nacidas lejos de las academias; del hip-hop, del dembow, de lenguajes que primero escandalizan y después terminan incorporados al mercado. Vimos cómo el sistema puede absorber expresiones surgidas fuera de él y cómo algunos individuos consiguen atravesar fronteras sociales que permanecen cerradas para muchos de quienes proceden de sus mismos espacios. Después apareció Alofoke.

Una expresión del habla popular terminó convertida en nombre. El nombre se convirtió en marca. La marca en empresa. La empresa produjo audiencia y la audiencia produjo poder comunicacional.

Ahora comienza otro experimento.

¿Puede esa audiencia convertirse en adhesión política? ¿Puede la adhesión organizarse en una estructura electoral? ¿Puede esa estructura producir votos efectivos? ¿Y puede una cantidad suficiente de esos votos convertirse en influencia sobre los partidos, los candidatos y las decisiones del Estado? No tenemos todavía las respuestas. Y precisamente por eso sería un error escribirlas antes de que la realidad las produzca.

Lo que sí podemos afirmar es que una audiencia digital no es una estructura electoral y que una estructura electoral no es todavía influencia política. La audiencia puede abrir la puerta de la conversación pública. La estructura puede permitir el acceso a la competencia electoral. La influencia aparece solamente cuando ese acceso modifica, de manera comprobable, la conducta de los electores o las decisiones de quienes disputan el poder. Ese es el recorrido que Santiago Matías tendría que completar.

El margen produjo una expresión. La expresión conquistó visibilidad. La visibilidad encontró mercado. El mercado produjo poder comunicacional y ese poder ahora intenta averiguar cuánto puede valer políticamente. Pero el paso decisivo todavía no está demostrado: falta saber si la atención puede convertirse en organización y si la organización puede convertirse en influencia.

Tal vez Santiago Matías descubra que existe una frontera que la audiencia no puede atravesar. Tal vez consiga cruzarla parcialmente. Tal vez su mayor influencia política no consista nunca en conquistar la Presidencia, sino en adquirir capacidad para incidir sobre quienes realmente estén en condiciones de disputarla. El tiempo responderá esas preguntas.

Por ahora, la conclusión debe ser más precisa que una simple paradoja. Llegar al centro no significa necesariamente conquistar el poder. Tener una audiencia no significa tener una estructura electoral. Y tener una estructura electoral tampoco significa, por sí solo, ejercer influencia política. Pero si Alofoke consigue demostrar que puede transformar una parte de su audiencia en votos organizados y esos votos en capacidad de negociación, entonces habrá cruzado la frontera decisiva: ya no sería solamente una figura popular de las redes, sino un actor político con influencia real.

Carlos Sánchez

Escritor

Carlos Sánchez es escritor.

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