Dezső Kosztolányi es uno de los escritores más conocidos de la literatura húngara. Es de igual modo uno de los más extraordinarios. Su excepcional capacidad para ahondar en los pequeños detalles de la vida cotidiana moderna le mereció el reconocimiento de algunos de los grandes escritores del siglo XX, como Thomas Mann y Sándor Márai, que muy especialmente elogiaron el valor literario de su novela histórica Nerón, el poeta sangriento (1922). Márai también consideró que Anna la dulce (1926) era la mejor novela social húngara, precisamente porque abordaba el tema con una profundidad que no acentuaba lo social sino que atrapaba con lupa los entresijos secretos de la vida doméstica moderna y los matices en apariencia más triviales de la sociedad contemporánea. Asimismo, su novela Kornél Esti. Un héroe de su tiempo (1934) es clave por su admirable manejo de los temas del absurdo y lo banal, pero sobre todo por su destreza y hondura al momento de retratar los cafés literarios, las tabernas y el mundillo de los escritores frustrados y de talento; es un tema que desarrolló con maestría en la ya mencionada Nerón, el poeta sangriento, pero no desde la perspectiva del escritor de valía que se marchita ante un medio que le es hostil, sino desde la óptica del artista diletante que lo tiene todo a su favor salvo el don artístico.

Con la publicación de Nerón, el poeta sangriento en 1922, Kosztolányi se anticipó, desde el punto de vista de la creación de un tirano que funge como centro de sí mismo y eje de la sociedad que le rodea, a todos los célebres novelistas modernos que cultivaron la novela del dictador, como Valle-Inclán (Tirano Banderas, de 1926), Asturias (El señor Presidente, de 1946), Carpentier (El recurso del método, de 1974), Roa Bastos (Yo, el Supremo, de 1974), García Márquez (El otoño del patriarca, de 1975) o Vargas Llosa (La fiesta del Chivo, de 2000). Pero el Nerón de Kosztolányi sigue derroteros completamente diferentes a los dictadores de las referidas novelas, pues más que el poder político, lo mueve un irrefrenable deseo de ser un poeta genuino, célebre y admirado como tal. Este Nerón tiene como reverso a Kornél Esti y al narrador anónimo de Kornél Esti. Un héroe de su tiempo, cuyos personajes centrales constituyen las dos caras de una misma moneda. Ambos fusionados, incluso cada uno por separado, constituyen los opuestos al Nerón que se cree poeta, pues si éste es un farsante, Kornél Esti y su doble son auténticos artistas.

El Nerón de Kosztolányi no es el emperador histórico; es un personaje de ficción que se vale de la figura del dictador para presentarnos al artista diletante y mediocre. En Nerón, el poeta sangriento, el novelista nos muestra a un poetastro envidioso, implacable y sanguinario. Es hijo de Agripina, hijastro de Claudio, hermanastro de Británico, sobrino de Lépida, alumno de Séneca, esposo de Octavia y luego de Popea. Amigo y protector, además, de los versificadores Zódico y Fanio. Desde muy pequeño mostró gran interés por la poesía, pero Agripina lo destinó al trono de Roma, por encima de Británico, que era el verdadero sucesor de Claudio. Sin embargo, Nerón no envidia a su hermanastro por el poder, sino por el indudable don artístico que posee. Por eso protege y favorece a quienes en esencia son artísticamente sus iguales, como los farsantes Zódico y Fanio. Y por eso mismo odia y aborrece a quienes en el arte sabe superiores: a los verdaderos poetas del libro, como Británico, Lucano y Séneca.

Nerón era el Zódico y Fanio con Imperio, y Zódico y Fanio eran el Nerón sin Imperio. Eran, desde una perspectiva puramente literaria, tres auténticas almas gemelas. Del mismo modo que, a la inversa, lo eran Británico, Lucano y Séneca. De ahí que Kosztolányi haya presentado sin ambages la verdadera dualidad entre un poeta y un poetastro. Nerón, que como emperador todo lo tenía al alcance de sus manos, no podía escribir versos con valor poético. Recibía el falso aplauso de Zódico y Fanio, que todo lo envidiaban y lo criticaban, incluso mutuamente, y que eran inseparables porque temían estar en ausencia el uno del otro y dar pie a críticas venenosas por parte del compañero. Adulaban al tirano como los que más. Pero éste lloraba en secreto porque no recibía el aplauso de un poeta real como Séneca, o se angustiaba en demasía y rabiaba de envidia porque no era tan poeta como Británico, un joven esmirriado y epiléptico pero dotado para el arte.

Dezső Kosztolányi.

El emperador alcanzó un poder político desmedido, pero no podía ser poeta. No tenía las facultades artísticas, ni las podía comprar; por eso no asesina por ambición política, sino por envidia artística. El poder político lo persigue y abunda en su ser, pero el don artístico le huye y escasea en él. No quiere lo que le sobra en abundancia, sino lo que nunca ha tenido ni por asomo. Su nulidad poética lo nubla y lo lleva a asesinar a todos: mata a su hermanastro, a su madre, a su tía, a su esposa, a su instructor, a sus sirvientes, y termina quitándose la propia vida. Mata y destruye porque sufre al saber que no posee un genio poético auténtico. Carecía incluso de la indulgencia que es habitual en los poetas. Pero su mayor humillación no fue asesinar por envidia y resentimiento: fue recitar ante un público cínico y a veces confabulado con su asesora y amante Popea, una mujer cuya estupidez política era tan grande como la mediocridad poética de Nerón. El cacareado valor literario de sus versos no convencía ni siquiera a Popea, que se apenaba o se reía de él en silencio. Era el versificador que escribía para el aplauso comprado. Recitaba sus adefesios literarios ante el espejo y luego ante una multitud que lo aplaudía sin más. Se creía, y falsamente se le hizo creer una y otra vez, el mejor poeta del Imperio. Ningún elogio lo hacía tan feliz como el reconocimiento de las mediocridades que escribía y recitaba. Creó un escenario de competencia patológica donde exigía aplausos bajo amenaza e incluso celebraba concursos artísticos en los que él mismo concursaba, y los jurados, aun conscientes de su nulidad como artista, no tenían más alternativa que darlo como ganador.

El Nerón de Kosztolányi pone en evidencia que el poetastro, aun revestido del poder político más ilimitado, está completamente imposibilitado para ser poeta. Demuestra, además, que la mediocridad con poder absoluto es más peligrosa que la tiranía: el tirano quiere una ciudad y el diletante quiere que le aplaudan. Y cuando el aplauso no llega, el tirano con alma de diletante manipula la ciudad y asesina para que lo vean recitar; pero todo arte verdadero es, en esencia, incompatible con el diletantismo y, por tanto, un poeta está en las antípodas de un poetastro. Este Nerón nos recuerda a esos magnates que quieren publicar un poemario, a influencers que publican libros sin valor artístico y cuentan con numerosos seguidores, a funcionarios y gestores culturales erigidos efímeramente como figuras de primera fila en el oficialismo literario de un país, o a esos empresarios y médicos adinerados que andan por doquier publicando cursilerías disfrazadas de versos de amor. Pero más que eso, nos recuerda a todos esos artistas de hoy que lo tienen todo —talleres, becas, contactos, mentores, seguidores, dinero, tiempo, libros, salud, comodidad— salvo aquello que no se puede comprar: el verdadero talento artístico. Porque el poder se hereda, se compra, se roba o se impone. Pero el don artístico, como bien sabía Séneca ante su alumno fallido, no se compra. Con él se nace o se le cultiva con vocación.

José Agustín Grullón

Abogado y escritor

José Agustín Grullón Nació en La Vega, República Dominicana, pero reside en Santiago de los Caballeros desde hace más de una década. Es licenciado en Derecho por la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA) y agrimensor por la Universidad Abierta para Adultos (UAPA). Cursa además un postgrado en Legislación de Tierras. Ha cursado algunos diplomados sobre Derecho Inmobiliario, Bienes Raíces, Topografía y Derecho Sucesoral. Como escritor ha publicado el libro de cuentos Las ironías del destino (2010).

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