La tierra no tiene prisa

Hay lugares donde uno aprende cosas que ningún libro puede enseñar.

En el campo he aprendido, entre otras cosas, que la tierra no tiene prisa.

Uno siembra una semilla y tiene que esperar. Puede preparar el terreno, regar, cuidar, quitar la maleza y proteger la planta, pero hay algo que no está bajo nuestro control: el momento en que la vida comienza a manifestarse.

La tierra tiene su propio tiempo.

Quizás por eso, cuando estoy allí, comprendo mejor que la vida no siempre responde a nuestras urgencias. Nosotros queremos resultados inmediatos, respuestas rápidas, soluciones para todo. La naturaleza, en cambio, parece decirnos que hay procesos que necesitan tiempo.

Una semilla no se convierte en árbol porque se lo pidamos.

Y nosotros tampoco nos convertimos en lo que estamos llamados a ser de un día para otro.

He aprendido a mirar ese proceso con otra sensibilidad. No necesito atribuir cada fenómeno de la naturaleza a una explicación extraordinaria. La ciencia tiene mucho que decirnos sobre cómo funciona la vida, y agradezco profundamente ese conocimiento.

Pero explicar cómo ocurre algo no necesariamente elimina el asombro de que ocurra.

Para mí, ahí comienza también una dimensión de la fe.

La ciencia puede ayudarme a comprender el proceso. La fe me lleva a preguntarme por el sentido, por el misterio, por aquello que sigue siendo mayor que nuestra capacidad de explicarlo.

Cuando miro una planta crecer, escucho la lluvia caer o contemplo un amanecer, no siento que tenga que escoger entre la razón y Dios. Puedo aceptar la explicación científica y, al mismo tiempo, experimentar gratitud ante aquello que considero un regalo de la creación.

Es una forma distinta de mirar.

La ciencia puede ayudarme a comprender el proceso. La fe me lleva a preguntarme por el sentido, por el misterio, por aquello que sigue siendo mayor que nuestra capacidad de explicarlo. Imagen creada por IA.

El Dios del silencio

También lo he descubierto en el silencio.

No en un silencio vacío, sino en ese silencio que está lleno de sonidos: el viento entre los árboles, los pájaros, la lluvia, los insectos, el movimiento de las hojas.

Hay momentos en que uno deja de hablar y comienza a escuchar.

Y quizás escuchar sea una de las formas más profundas de la oración.

En esos momentos no siempre tengo algo que pedir. A veces solamente estoy allí.

Miro el cielo, las montañas, la inmensidad de la noche, y siento mi pequeñez. Pero esa pequeñez no me hace sentir insignificante. Me hace sentir parte de algo que me supera.

Quizás la humildad comienza cuando comprendemos que no somos el centro de todo.

Las estrellas pueden recordarnos nuestra pequeñez y, al mismo tiempo, despertar nuestra gratitud por estar vivos.

Eso también lo he aprendido con los años.

La fe también sabe de dudas

Imagen creada por IA.

No quiero presentar mi experiencia como un camino sin dudas.

Las tengo.

Hay preguntas para las que no encuentro respuesta. La muerte a destiempo de personas que amamos. Las enfermedades crónicas degenerativas. El sufrimiento que parece no tener explicación. Las injusticias que permanecen. Las despedidas para las que nunca estamos preparados.

Hay momentos en que uno pregunta: ¿Por qué?

Y algunas veces no llega ninguna respuesta.

Con el tiempo he comprendido que tener dudas no necesariamente significa haber perdido la fe.

Quizás significa que la fe también está viva.

Una fe que nunca pregunta puede ser simplemente una idea repetida. La fe que conozco es otra cosa: una confianza que, incluso en medio de la incertidumbre, decide continuar caminando.

No entiendo todo lo que ocurre. No pretendo entenderlo.

Pero he aprendido que no comprender no es necesariamente lo mismo que dejar de confiar.

Para mí, creer no ha significado tener todas las respuestas. Ha significado seguir caminando aun cuando algunas respuestas tardan en llegar.

Y en ese caminar he descubierto algo que antes no comprendía con tanta claridad: la fe no elimina el misterio; nos enseña a vivir dentro de él.

También está en los tiempos difíciles

También he aprendido a reconocer a Dios en los momentos difíciles.

No todo en la vida ha sido celebración, encuentros felices o puertas que se abren. He atravesado momentos de preocupación, incertidumbre y espera. Algunos pertenecen al pasado; otros los estoy viviendo todavía.

Y quizás sea precisamente en esos momentos cuando mi fe adquiere mayor sentido.

Cuando las respuestas no llegan y la espera comienza a desesperarnos, uno quisiera resolverlo todo inmediatamente. Yo también lo he sentido. Pero con los años he aprendido que incluso en esos tiempos Dios puede estar enseñándonos a confiar, a fortalecernos y a comprender que no todo ocurre cuando nosotros queremos.

Hay momentos en que lo único que podemos hacer es esperar, sin abandonar la esperanza y haciendo nuestra parte.

He aprendido que el tiempo de Dios no siempre coincide con nuestro tiempo.

Por eso, aun en medio de las dificultades que pueda estar viviendo hoy, trato de no preguntarme solamente por qué ocurre lo que ocurre, sino también qué puedo aprender mientras atravieso ese momento.

No siempre encuentro la respuesta. Pero sí siento que Dios no deja de estar presente porque la vida se vuelva difícil. A veces, incluso, es cuando más cerca lo percibo.

No porque desaparezcan los problemas, sino porque encuentro dentro de mí una fuerza nueva para enfrentarlos, una paciencia que antes no tenía y una confianza que me invita a esperar.

Quizás la fe también consiste en hacer lo que está en nuestras manos y dejar en manos de Dios aquello que ya no podemos controlar.

Y decir, aun en medio de la incertidumbre: que se haga tu voluntad y no solamente la mía.

Dios también llega en forma de amigo

De izquierda a derecha: Danilo Ginebra, Yanela Hernández, Don Freddy Ginebra, el destacado actor y bailarín Rafael Morla, el talentoso bailarín Erick Roque y Karina Nobles, en un emotivo momento de júbilo y celebración en los camerinos tras la función.
Fotografía: Mika Pasco.

Con los años he aprendido que Dios también puede llegar en forma de amigo.

A veces uno escribe algo que todavía está buscando su forma definitiva y lo comparte con alguien cercano. Y entonces llega una respuesta sencilla que puede convertirse en un estímulo para continuar.

Después de leer uno de mis escritos, una amiga me respondió:

“Me ha gustado mucho…

Es una invitación a trabajar…

Excelente, Danilo. ¡Enhorabuena!”

Fueron pocas palabras, pero las recibí como una invitación a seguir trabajando, a profundizar y a no abandonar aquello que todavía estaba naciendo.

También eso es amistad: leer, escuchar, alentar y reconocer una posibilidad cuando apenas comienza a tomar forma.

Por eso agradezco a mis amigas y amigos que llaman, que abrazan, que escuchan, que leen, que hacen observaciones sinceras y que, en el momento preciso, nos dicen: Sigue adelante.

Quizás nunca sepamos cuánto puede significar una palabra de aliento.

Y quizás, en ocasiones, esa sea precisamente una de las formas más sencillas en que Dios se hace presente en nuestro camino.

Lo que antes llamaba suerte

Cuando uno mira hacia atrás, descubre que la vida está llena de momentos que en su momento parecían aislados.

Una persona que apareció en el momento preciso.

Una puerta que se abrió.

Otra que se cerró.

Una oportunidad inesperada.

Un accidente del que salimos.

Una conversación que nos cambió.

Una palabra que llegó cuando más la necesitábamos.

Durante mucho tiempo llamé a muchas de esas cosas simplemente suerte o casualidad.

Hoy las miro de otra manera.

No puedo afirmar que todo acontecimiento favorable haya sido una intervención directa de Dios. Sería pretender conocer aquello que no puedo conocer.

Pero sí puedo decir que, al mirar mi historia, algunos acontecimientos adquieren un significado diferente.

Lo que antes parecía casualidad hoy puedo recibirlo como gracia.

Y la gracia, para mí, no siempre tiene que ser algo extraordinario.

Puede ser simplemente estar vivo.

Despertar.

Tener todavía algo que decir.

Encontrar a alguien que nos escucha.

Poder escribir.

Tener fuerzas para comenzar nuevamente después de una caída.

Sentir que, a pesar de los años, todavía hay proyectos, preguntas y caminos por recorrer.

Quizás la gracia sea precisamente eso: recibir como regalo aquello que muchas veces damos por sentado.

Lo que la vida me ha enseñado

Impresionante salida del Sol en el malecón de Santo Domingo. Fotografía de Gustavo Olivo Peña.

He leído libros que me han ayudado a pensar mi fe. He conocido personas cuyas palabras dejaron huellas en mi manera de mirar el mundo.

Pero la vida ha sido mi verdadera escuela.

Porque hay cosas que uno entiende intelectualmente y otras que solamente comprende cuando las vive.

Con los años he aprendido que Dios no siempre aparece donde esperamos encontrarlo.

Puede estar en una iglesia, pero también fuera de ella.

Puede estar en una oración pronunciada de rodillas, pero también en el silencio de una persona que nos acompaña.

Puede estar en una palabra de la Biblia, pero también en una palabra sencilla de un amigo.

Puede estar en un momento de profunda alegría y también en la capacidad de seguir adelante después de una pérdida.

Para quienes creemos en Jesucristo, hay además una certeza que ocupa un lugar central: Dios no es solamente una idea sobre el universo. Se revela en una persona, en Jesús, y en una manera de entender la vida desde el amor, el perdón, la compasión y la esperanza.

No siempre he sabido vivir plenamente esos valores.

Pero sigo aprendiendo.

Y quizás esa sea también una forma de fe: reconocer que todavía estamos en construcción.

Todavía estoy aquí

Imagen creada por IA sobre las ideas y reflexiones del articulista.

Hay una frase que ha adquirido para mí un significado especial:

Todavía estoy aquí.

No la digo desde la arrogancia de quien cree haber vencido a la muerte.

La digo desde la gratitud de quien sabe que la vida es frágil.

Todavía estoy aquí para escribir.

Para crear.

Para amar.

Para abrazar.

Para equivocarme y volver a comenzar.

Para compartir con mi familia.

Para conversar con los amigos.

Para contemplar la tierra.

Para seguir preguntándome por Dios.

Y quizás, sobre todo, para agradecer.

Porque después de tantos años he llegado a comprender que la vida no tiene que ser perfecta para ser un regalo.

Mi historia tampoco lo ha sido.

Ha tenido luces y sombras, aciertos y errores, pérdidas y encuentros, momentos de incertidumbre y momentos de profunda alegría.

Pero es mi historia.

Y cuando la miro desde el presente, descubro algo que antes no veía con tanta claridad: en muchos de sus momentos estaba ocurriendo algo que yo todavía no sabía reconocer.

Tal vez por eso hoy no intento demostrar a nadie que Dios existe.

No tengo esa pretensión.

Solo puedo decir lo que he vivido.

He sentido su presencia en la fragilidad de mi vida, en la belleza de la naturaleza, en el silencio, en el arte, en la amistad, en la familia, en algunas puertas que se abrieron cuando no las esperaba y en esa misteriosa fuerza que muchas veces me ha permitido continuar.

No sé cuánto tiempo me queda.

Pero sí sé cómo quiero vivir el tiempo que tengo.

Quiero seguir sembrando.

Seguir creando.

Seguir escribiendo.

Seguir amando.

Seguir preguntando.

Y cuando llegue el momento de entregar nuevamente mi vida, quisiera poder hacerlo con serenidad, como quien devuelve un regalo que nunca le perteneció completamente.

No sé si he aprendido a conocer a Dios.

Quizás sea más justo decir que he aprendido, poco a poco, a reconocer algunas de sus huellas.

Y mientras pueda caminar, seguiré buscándolas.

Porque ahora entiendo que quizás la fe no consiste solamente en llegar a un destino.

También consiste en aprender a reconocer la presencia de Dios mientras caminamos.

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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