Durante siglos, describir la realidad constituyó una de las grandes empresas del conocimiento. La ciencia moderna convirtió la observación rigurosa en principio de investigación y permitió comprender fenómenos que permanecían ocultos para nuestra inteligencia. La lingüística, la física, la química, la biología y las demás ciencias básicas deben buena parte de su desarrollo a esa vocación descriptiva.
Empero, la inteligencia artificial introduce una circunstancia que ya no podemos soslayar. Las máquinas procesan millones de datos, reconocen regularidades y producen determinadas descripciones con una velocidad y una precisión que superan a la media humana. La pregunta resulta inevitable: ¿qué sentido conserva una ciencia cuando su función se limita, grosso modo, a describir aquello que una máquina puede describir con mayor eficacia?
No propongo abandonar la descripción. Estricto sensu, planteo que ninguna ciencia puede prescindir de ella. Mi preocupación se refiere a otra cosa; a la posibilidad de que describir se convierta en finalidad y no en punto de partida del conocimiento.
La lingüística moderna ofrece un ejemplo revelador. Ferdinand de Saussure estableció bases fundamentales para estudiar la lengua como sistema. Posteriormente, Mijaíl Bajtín amplió la mirada hacia la dimensión dialógica del lenguaje y Roman Jakobson mostró la complejidad funcional de la comunicación. El desarrollo de estas perspectivas permite comprender que el lenguaje desborda cualquier clasificación puramente estructural.
Mi propuesta cosmolingüística participa de esa preocupación. En Cosmolingüística: discurso, ideología y cine (2022, Isla Negra, Puerto Rico) sostengo que "la cosmolingüística debe ser vista como la ciencia del lenguaje que tiene como misión el estudio de "universos comunicativos”. Esta concepción desplaza la mirada desde la lengua aislada hacia la multiplicidad de formas mediante las cuales construimos significados.
Una máquina puede describir una guerra. Otra puede calcular sus consecuencias. Un sistema puede clasificar millones de testimonios. Pero corresponde al ser humano decidir qué significa el sufrimiento que esos datos representan y qué debe hacerse para evitar que se repita.
Una máquina puede analizar millones de enunciados y descubrir patrones sintácticos o léxicos. Puede comparar discursos y reconocer regularidades con una eficacia extraordinaria. El desafío humano consiste en interpretar qué significan esos discursos para quienes los producen y para quienes los reciben. El lenguaje no solo comunica información. También construye memoria, identidad, pensamiento, sensibilidad y relaciones de poder.
Por eso la lingüística tiene una responsabilidad que trasciende la descripción. Puede contribuir a mejorar la educación, fortalecer la comprensión lectora, desarrollar el pensamiento crítico, estudiar la discriminación lingüística, preservar lenguas amenazadas y favorecer una cultura de diálogo, etcétera.
El Caribe constituye un escenario privilegiado para comprender esta responsabilidad. Nuestra historia lingüística está vinculada con la colonización, la esclavitud, las migraciones y la diversidad cultural. En Haití, las relaciones entre el francés y el criollo haitiano no pueden comprenderse plenamente mediante una descripción gramatical. Detrás de esas lenguas existen historia, educación, desigualdad, identidad y poder. Una lingüística que describiera tales sistemas sin preguntarse por las condiciones de sus hablantes produciría conocimiento, pero dejaría incompleta su responsabilidad social.
La literatura profundiza todavía más esta cuestión. Aimé Césaire convirtió la palabra poética en memoria histórica y afirmación de dignidad frente al colonialismo (Cuaderno de un retorno al país natal, 1956, Présence Africaine, Francia). Su poesía demuestra que el lenguaje puede convertirse en conciencia histórica y política sin dejar de ser creación estética. Derek Walcott, por su parte, reconstruyó en Omeros la experiencia antillana desde una poesía capaz de dialogar con la tradición clásica y con la memoria de la esclavitud y el colonialismo (Omeros, 1990, Farrar, Straus and Giroux, Estados Unidos).
La literatura, por consiguiente, no constituye un simple ornamento cultural. Una estadística puede indicar cuántas personas han sido desplazadas por una guerra; una novela, un poema o un testimonio pueden aproximarnos al significado humano del desarraigo. La literatura transforma la experiencia en memoria y permite comprender dimensiones de la existencia que los datos, por sí solos, no consiguen expresar.
Algo semejante ocurre ante las guerras de Oriente Medio, el conflicto entre Rusia y Ucrania y las crisis humanitarias de Haití, Yemen y Somalia. Podemos contabilizar víctimas, registrar desplazamientos y analizar discursos. Todo ello resulta necesario. Pero las ciencias humanas tienen que preguntarse también cómo se construye la imagen del enemigo, cómo se legitima la violencia y cómo las sociedades conservan la memoria de sus heridas.
Hannah Arendt mostró, mediante el análisis del mal y de la responsabilidad individual, la importancia de pensar las consecuencias de nuestras acciones (Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal, 1963, Viking Press, Estados Unidos). Paulo Freire vinculó la educación con la capacidad de leer críticamente la realidad (Pedagogía del oprimido, 1970, Herder and Herder, Estados Unidos).
Las ciencias humanas tienen mucho que aportar en ese terreno. La historia conserva la memoria; la filosofía desarrolla el pensamiento crítico; la antropología permite comprender la diversidad cultural; la sociología examina las estructuras de exclusión; la literatura cultiva la sensibilidad; la educación forma ciudadanos capaces de interpretar y transformar la realidad, etcétera.
El problema, por lo tanto, no consiste en abandonar las ciencias básicas ni en convertirlas forzosamente en ciencias aplicadas. Muchas aplicaciones decisivas surgieron de investigaciones cuyo beneficio práctico no podía preverse. La libertad de investigar continúa siendo indispensable. Lo que defiendo es una concepción del conocimiento que no pierda de vista su responsabilidad frente a la vida.
La inteligencia artificial no debería provocar que las ciencias humanas abandonen su identidad. Debería obligarlas a profundizarla. Si las máquinas describen mejor, nosotros tenemos que interpretar mejor. Si pueden procesar más información, nosotros debemos formular preguntas más importantes. Si pueden reconocer patrones, corresponde al ser humano decidir qué significan y para qué deben servir.
La verdadera vulnerabilidad de las ciencias descriptivas no está, pues, en la inteligencia artificial. Está en perder de vista el sentido humano del conocimiento.
Una máquina puede describir una guerra. Otra puede calcular sus consecuencias. Un sistema puede clasificar millones de testimonios. Pero corresponde al ser humano decidir qué significa el sufrimiento que esos datos representan y qué debe hacerse para evitar que se repita.
Si las máquinas pueden describir mejor que nosotros, quizá ha llegado el momento de que nosotros aprendamos a comprender mejor; porque el verdadero sentido de las ciencias humanas no debería consistir solamente en decirnos cómo es el mundo, sino en ayudarnos a decidir qué mundo merece ser construido
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