En la primera parte de este ensayo vimos los márgenes no solamente como lugares de exclusión, sino también como territorios de creación. Allí donde la cultura oficial suele encontrar desorden, vulgaridad o amenaza, muchas veces están naciendo otros lenguajes, nuevas estéticas y maneras diferentes de interpretar la realidad.

Pasó con el jazz, con el grafiti, con el hippismo, con los movimientos de resistencia racial y, más recientemente, con muchas expresiones de la música urbana. Lo que hoy ocupa museos, universidades y grandes escenarios no siempre fue recibido con los brazos abiertos. Primero tuvo que vivir en la calle, en pequeños clubes, en las paredes de los barrios y entre personas a quienes rara vez se les permitía hablar desde el centro. Pero el margen no se queda siempre en el mismo sitio. Algunas de sus expresiones desaparecen; otras sobreviven durante años en los lugares donde nacieron. Unas pocas consiguen atravesar la frontera que las separaba de la cultura dominante. Al lograrlo, comienzan a disputar visibilidad, reconocimiento y mercado. Es entonces cuando surge una pregunta inevitable: ¿qué ocurre cuando el margen llega al centro?

Giambattista Vico (1668-1744), filósofo italiano que estudió la relación entre el lenguaje, la cultura y la sabiduría de los pueblos.

La expresión inglesa “fuck it”, frecuente en el habla callejera estadounidense, sobre todo entre jóvenes y en determinados ambientes urbanos, puede significar varias cosas. Depende del momento, del tono y hasta del gesto que la acompaña. Puede expresar indiferencia, hartazgo, desafío ante las normas o la decisión de hacer algo sin pensar demasiado en las consecuencias.

También puede aparecer como una frase de ruptura o de despecho. En 2004, el cantante estadounidense Eamon convirtió “Fuck It (I Don’t Want You Back)” en un éxito internacional. La canción ayudó a popularizar la expresión fuera de los ambientes donde ya circulaba, aunque su significado no se agota en una canción ni puede atribuirse a ella. “Fuck it” pertenece a una historia más amplia del habla popular estadounidense.

Las palabras, cuando viajan de una comunidad a otra, casi nunca llegan intactas. Pasan por el oído antes de llegar a la escritura. Pierden sonidos, adquieren otros y comienzan a responder a una realidad distinta de aquella en la cual nacieron.

Durante mis años en Nueva York escuché cómo “fuck it” se convertía, en el oído y el habla de algunos dominicanos, en “fóquet”. Luego perdió la consonante final y quedó reducida a “foque”. No lo conozco porque lo haya leído en un tratado de lingüística. Lo escuché en la calle, en la conversación cotidiana de una comunidad que mezclaba el español y el inglés sin pedirle permiso a ninguno de los dos idiomas.

Eamon, cantante estadounidense cuya canción “Fuck It (I Don’t Want You Back)” difundió internacionalmente en 2004 una expresión ya conocida en Estados Unidos y que los dominicanos habían comenzado a españolizar en el habla popular.

El proceso no se detuvo ahí. El dominicano incorporó aquella palabra a una expresión más amplia: “Vamos a hacerlo a lo foque”. Hacer algo “a lo foque” era hacerlo sin frenos ni miramientos, por encima de las reglas, las convenciones y, a veces, hasta de la moral y de la ley. Era actuar como a uno le diera la gana, sin preocuparse demasiado por lo que pudiera ocurrir después. Con el uso, las tres palabras fueron juntándose y “a lo foque” terminó convertido en “Alofoke”.

No quiero presentar esta explicación como una etimología académica e indiscutible. Estoy relatando una ruta oral y cultural que conocí en los ambientes dominicanos de Nueva York: “fuck it”, “fóquet”, “foque”, “a lo foque” y finalmente “Alofoke”. Algún lingüista podrá estudiar con mayor profundidad cada momento de esa transformación. Yo hablo de lo que escuché y de la forma en que vi circular la expresión. Así trabaja el lenguaje popular. La gente escucha una palabra extranjera, la acomoda a su oído y termina dándole un sentido propio. El idioma no pertenece exclusivamente a quienes pronunciaron primero una palabra. También pertenece a quienes la recogen, la cambian y la ponen a vivir de otra manera.

Quienes hemos pasado por la experiencia migratoria conocemos bien ese fenómeno. El emigrante no transporta solamente su ropa, sus costumbres y sus recuerdos. También carga palabras. Las lleva consigo, las mezcla con otras y, en ocasiones, las devuelve a su país transformadas, con pedazos de los dos mundos entre los cuales ha vivido. Mientras pensaba en todo esto recordé las clases de Estética que recibí del gran poeta dominicano Pedro Mir, autor de Hay un país en el mundo. Al hablarnos de Giambattista Vico y de La ciencia nueva, Pedro nos decía —cito de memoria— que la sabiduría de la humanidad podía encontrarse en los mercados de Florencia. No puedo asegurar que aquellas fueran las palabras textuales de Vico, pero la enseñanza quedó grabada en mí: para conocer verdaderamente un idioma no basta con acudir a las academias; también hay que escuchar a la gente en los lugares donde transcurre la vida.

¿Qué podía encontrarse en aquellos mercados? El pregón de los vendedores, el regateo de los compradores, palabras inventadas en el momento y expresiones que iban pasando de boca en boca. Allí la lengua no permanecía inmóvil ni esperaba que un académico le concediera permiso para existir. Estaba viva.

Muchas expresiones idiomáticas nacen precisamente en el slang, en la jerga, en el lenguaje informal de la calle. Con el tiempo, algunas se incorporan al habla cotidiana y terminan llegando, ya desempolvadas y limpias de aquello que ciertos sectores consideran el sucio de su procedencia, a las páginas de los diccionarios, aunque no pierden del todo su historia.

Hay expresiones que no pueden traducirse palabra por palabra porque su verdadero significado no se encuentra en cada término por separado. Está en el uso que una comunidad les ha dado y en las circunstancias que les dieron origen. Una persona puede traducir correctamente todas las palabras y, aun así, no comprender lo que la frase quiere decir.

Las academias estudian, organizan y registran los idiomas. Esa labor tiene un valor que no debe despreciarse. Pero son los pueblos quienes mantienen vivo el lenguaje. Antes de entrar en un diccionario, una palabra puede pasar años viviendo en una esquina, una barbería, el vagón de un tren, una cancha, una discoteca o una conversación entre jóvenes. Muchas veces, el lenguaje llega primero a la vida y después a los libros.

Representación del antiguo mercado de Florencia, escenario donde la vida cotidiana, el intercambio popular y el lenguaje se encontraban en permanente movimiento.

“Alofoke” fue, antes que una marca o el nombre de una plataforma, una expresión del habla callejera dominicana. Después se convirtió en nombre, y ese nombre terminó identificando a Santiago Matías. Él comprendió algo que los medios tradicionales tardaron demasiado en reconocer: alrededor de la música urbana no había solamente un ritmo. Había una comunidad que necesitaba verse, escucharse y reconocerse en sus propios códigos.

Lo que andaba disperso encontró una plataforma. Aquello que muchos consideraban ruido comenzó a producir audiencia. Y lo que parecía una manifestación pasajera demostró que podía generar identidad, consumo y permanencia. Alofoke dejó de ser solamente una palabra. Se convirtió en una marca y luego en una empresa con una plataforma comunicacional que los medios tradicionales ya no podían ignorar. Una expresión nacida en los bordes del lenguaje migratorio había terminado en el centro de la conversación pública dominicana sin llegar hasta allí pidiendo permiso.

Durante mucho tiempo, para que una expresión popular obtuviera reconocimiento, tenía que ser aceptada por instituciones ajenas a ella. Una emisora decidía qué música podía escucharse; un canal escogía quién aparecía en pantalla; un periódico determinaba qué acontecimiento merecía atención, y las élites culturales fijaban cuáles manifestaciones podían considerarse arte o cultura. Ellos cuidaban la puerta y decidían quién podía atravesarla.

Las plataformas digitales cambiaron esa relación. Ahora una comunidad puede producir sus contenidos, crear sus propios medios de circulación y reunir una audiencia sin esperar que alguien venga desde el centro a descubrirla. Puede narrarse a sí misma, levantar sus figuras y establecer sus propias formas de reconocimiento.

Esto no significa que todo cuanto surge de los márgenes tenga el mismo valor artístico o actúe con igual responsabilidad social. Tampoco que debamos aceptar sin cuestionamientos cualquier cosa que alcance popularidad. Ser rechazado por el centro no convierte automáticamente a nadie en dueño de la verdad. Y pertenecer al centro tampoco garantiza lucidez, sensibilidad ni buen gusto.

Pedro Mir.

La crítica sigue siendo necesaria, pero primero hay que comprender el fenómeno. El desprecio no ayuda a entender nada. Cuando las élites se conforman con despreciar aquello que desconocen, suelen descubrir demasiado tarde que la sociedad cambió de lugar mientras ellas continuaban hablando entre sí. Alofoke comprendió los códigos, las aspiraciones, las frustraciones y las formas de entretenimiento de un sector tratado durante años como público secundario. Detrás del dembow, la conversación callejera y ciertas maneras irreverentes de presentarse, reconoció una audiencia numerosa. Esa audiencia no necesitaba solamente música. También buscaba protagonistas con quienes identificarse y un escenario donde su manera de hablar no fuera corregida antes de ser escuchada.

Cuando el margen llega al centro, también cambia la forma de alcanzar reconocimiento. Un artista ya no necesita obligatoriamente ser consagrado por un crítico o admitido por un medio tradicional. Puede adquirir notoriedad mediante millones de reproducciones, comentarios y seguidores. Eso no demuestra por sí solo la calidad de una obra, pero sí demuestra que las antiguas instituciones han perdido el monopolio de la aprobación pública y que el poder ha comenzado a moverse.

Llegar al centro trae también sus contradicciones. Mientras una expresión permanece marginada puede presentarse como rebelde, desafiante y contraria al sistema. Cuando conquista audiencia, publicidad, relaciones empresariales y poder económico, comienza a formar parte de ese mismo sistema. La rebeldía empieza a venderse, y el lenguaje nacido para romper un orden puede terminar levantando otro a su alrededor. No digo esto como una condena. Ha ocurrido con muchos movimientos culturales. El jazz salió de los márgenes y entró en las grandes salas. El grafiti pasó de ser perseguido en las paredes a venderse en galerías. La música urbana dejó los espacios donde nació y hoy ocupa escenarios internacionales, campañas publicitarias y grandes plataformas empresariales. El centro sabe absorber aquello que en algún momento le resultó incómodo, pero con Alofoke ocurrió algo más: no fue solamente absorbido por el centro, sino que construyó el suyo y obligó a los demás a reconocerlo.

Una expresión nacida de la mezcla lingüística de la migración llegó a convertirse en identidad, marca, empresa y espacio de influencia en la comunicación dominicana. Ha sido un recorrido enorme: el margen ya no está tocando la puerta, sino que ha entrado. Ahora falta saber qué hará con el poder que encontró allí.

Continuará…

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LA CULTURA DE LOS MÁRGENES (y III)

Alofoke y el poder: de la audiencia a la influencia política.

 En la tercera parte analizaremos si ese poder comunicacional puede convertirse en poder político y si una audiencia digital puede transformarse en una estructura electoral.

Carlos Sánchez

Escritor

Carlos Sánchez es escritor.

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