Hay obras que reconstruyen una época y otras que consiguen hacer que esa época vuelva a respirar sobre el escenario. Mansión Herminia, de César Sánchez Beras, pertenece a estas últimas.

Llegué a la Sala José de Jesús Ravelo del Teatro Nacional Eduardo Brito el sábado 12 de septiembre con ciertas reservas. El elenco estaba integrado fundamentalmente por jóvenes actores, muchos de ellos recién egresados de la Escuela de Arte Dramático de Bellas Artes, ante el desafío de asumir una obra exigente en una de las principales salas del país.

Mis reservas desaparecieron muy pronto.

Desde los primeros minutos, el elenco establece una comunicación directa con el público. Los intérpretes actúan, cantan, participan en coros, se desplazan por el espacio y dialogan con una escenografía dinámica. La integración de actuación, música, canto y movimiento produce momentos que incluso remiten a una suerte de zarzuela contemporánea.

Pero la música no está allí como simple adorno. En varios momentos se convierte en la voz interior de los personajes y expresa aquello que el diálogo no consigue decir: el deseo, la explotación, el abandono, la nostalgia y las heridas acumuladas por el paso del tiempo.

El cabaret como espejo de una época

Mansión Herminia: cuando la memoria se convierte en teatro

César Sánchez Beras toma como punto de partida el universo de la antigua Mansión Herminia, vinculada a una determinada época de la vida nocturna dominicana, para construir algo que trasciende el costumbrismo.

El cabaret funciona como un microcosmos social donde conviven mujeres, administradores, clientes, personajes cercanos al poder y seres humanos intentando sobrevivir dentro de un mundo regido por sus propias reglas.

Desde allí, la dramaturgia aborda temas como el poder, la desigualdad, el deseo, la vulnerabilidad, la explotación y la supervivencia.

Dentro de ese universo aparece El Poeta, interpretado por Emilio Fernández, un joven liberal perseguido políticamente y enfrentado al orden establecido. Su presencia introduce la dimensión política de la obra y funciona como detonador del conflicto.

Es, a mi juicio, uno de los mayores aciertos dramatúrgicos. Y permite además una lectura íntima: resulta inevitable preguntarse cuánto de César Sánchez Beras hay en ese personaje, no necesariamente como autorretrato, sino como posible proyección de su relación con la palabra, la libertad y el pensamiento frente al poder.

Orestes Amador: dirección y conocimiento del actor

Mansión Herminia: cuando la memoria se convierte en teatro

La dirección de Orestes Amador merece reconocimiento. La puesta en escena es ágil, dinámica y mantiene un buen ritmo, articulando actuación, música, movimiento, objetos y espacio escénico.

Hay además una circunstancia que favorece notablemente el resultado: Amador conoce a buena parte de estos jóvenes intérpretes por su labor docente en la Escuela de Arte Dramático de Bellas Artes. Ese conocimiento de sus capacidades parece haberse convertido en una ventaja creativa.

Más que imponer una fórmula, el director parece reconocer las posibilidades de cada actor y conducirlas hacia las necesidades de la puesta. El resultado es una dirección que organiza el espectáculo, pero que también parece acompañar el nacimiento de una nueva generación de intérpretes.

Un elenco joven que responde

Mansión Herminia: cuando la memoria se convierte en teatro

Uno de los mayores aciertos de la función fue precisamente comprobar que la juventud no tiene por qué ser sinónimo de inexperiencia.

Lissette Jiménez, como La Dueña, ofrece una actuación sólida y de autoridad escénica. Gabo Alcántara, como el Coronel Aquiles, se muestra sobrio y convincente. Emilio Fernández, como El Poeta, aporta sensibilidad e intensidad. Alexis Luciano, como El Proxeneta, desarrolla una interpretación enérgica y temperamental. Leah Mendoza, como la nueva muchacha que debuta, sorprende por su frescura y naturalidad, mientras Evan Gabrielo, como El Mozo, aporta espontaneidad y precisión.

Todos enfrentan una propuesta que exige no solamente capacidad actoral, sino dominio del canto, los coros, el movimiento y la relación con el espacio.

Génesis González: una Herminia para recordar

Mansión Herminia: cuando la memoria se convierte en teatro

La función del 12 de septiembre tuvo como Herminia a Génesis González, y su actuación fue, sencillamente, excelente.

Génesis no se limitó a interpretar al personaje: lo habitó. Su presencia escénica, sensibilidad y capacidad histriónica establecieron una comunicación directa con el espectador.

Hay actuaciones correctas y hay actuaciones que dejan una impresión. La de Génesis pertenece a estas últimas.

Me permito, por ello, una expresión que nace tanto del crítico como del espectador: éxitos para el futuro de Génesis González.

En otras funciones, Herminia es interpretada por Erika Martínez y Michele Cruz. Mi valoración corresponde exclusivamente a la función del 12 de septiembre, en la que Genesis dejó una huella particularmente poderosa.

Un público que respondió

La Sala José de Jesús Ravelo estuvo completamente llena. Desde los primeros momentos se produjo una particular empatía entre el público y los personajes. Las escenas fueron acompañadas en varias ocasiones por aplausos espontáneos y, al finalizar, todo el público se puso de pie para tributar una merecida ovación al elenco y al equipo de la puesta.

Más allá de cualquier valoración crítica, esa respuesta constituye uno de los signos más claros de que Mansión Herminia consiguió establecer un diálogo verdadero con sus espectadores.

In memoriam: Stuart Ortiz

Stuart Ortiz desarrolló una sólida carrera en el teatro, el cine y la televisión dominicana.

Esta función tuvo también una presencia ausente.

Stuart Ortiz, fallecido apenas 70 días antes, estaba destinado a interpretar al Coronel Aquiles, personaje que finalmente asumió Gabo Alcántara.

Su partida, cercana al estreno, proyecta inevitablemente sobre la puesta en escena una dimensión de homenaje y memoria. Su ausencia estuvo presente, de alguna manera, durante la función.

Una obra que merece ser vista

Mansión Herminia no es solamente la recuperación escénica de un espacio asociado a una época de la vida nocturna dominicana. Es una mirada sobre seres humanos atrapados en las circunstancias de su tiempo.

César Sánchez Beras construye un universo donde el poder, la persecución política, el deseo, la explotación, las mujeres y la memoria terminan encontrándose en un mismo territorio dramático.

Oreste Amador convierte ese material en una puesta dinámica, musical y profundamente teatral, sostenida por un grupo de jóvenes intérpretes que responde con talento y disciplina.

Y aquí está quizás mi conclusión personal.

Llegué a la Sala Ravelo preguntándome si estos jóvenes estarían a la altura del desafío.

Salí convencido de que el desafío había estado a la altura de ellos.

Mansión Herminia consigue que el viejo cabaret vuelva a respirar, que sus personajes vuelvan a caminar sobre el escenario y que sus heridas encuentren una voz.

Y cuando cae el telón y el público se pone de pie, queda una certeza:

el teatro ha cumplido su cometido.

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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