Hace muchos años me acompaña una pregunta de Thomas Hardy: “Después del amor, ¿qué?” Aparece en su poema He Abjures Love, donde la respuesta tiene la melancolía de quien contempla el final de una experiencia humana y encuentra, detrás de ella, apenas unas horas vacías antes de que caiga el telón.

Siempre he preferido otra respuesta… después del amor, la cultura.

No hablo del amor romántico, tampoco de esa palabra tantas veces desgastada por el sentimentalismo hasta hacerle perder sustancia. Pienso en algo bastante más pragmático: reconocer en el otro una dignidad semejante a la nuestra y actuar en consecuencia. Desde esa perspectiva, pocas manifestaciones del amor colectivo me parecen tan concretas como ofrecer a todos acceso al conocimiento, al libro, a la música, a las artes, a la memoria y a cuanto ensancha la experiencia humana.

Hace unos días, algunos intercambios entre personas queridas en las redes sociales trajeron nuevamente a mi atención una afirmación de Pedro Henríquez Ureña: “El ideal de justicia está antes que el ideal de cultura: es superior el hombre apasionado de justicia al que solo aspira a su propia perfección intelectual”.

La frase me produjo cierta incomodidad; no porque desconozca la dimensión ética del pensamiento de Henríquez Ureña, sino precisamente por lo contrario. Resulta difícil aceptar, sin detenerse, una aparente subordinación de la cultura a la justicia proveniente de un hombre que hizo de la educación, el conocimiento y la cultura instrumentos esenciales para la emancipación de nuestros pueblos.

Tengo en mi biblioteca sus Obras completas, adquiridas hace algún tiempo de manos de la educadora, escritora, filósofa, intelectual y amiga Duleidys Rodríguez. Regresé a ellas, no con el propósito de desmentir al maestro ni de corregir a quienes reproducen una frase que efectivamente le pertenece, sino para intentar algo quizás más necesario: devolver esas palabras al pensamiento del cual proceden. Porque las citas tienen una extraña capacidad para sobrevivir a sus contextos. A veces sobreviven demasiado bien.

La afirmación aparece en Patria de la justicia, texto que difícilmente puede comprenderse fuera de aquella utopía americana que ocupó buena parte del pensamiento de Henríquez Ureña. Su aspiración no terminaba en la independencia política de nuestros pueblos. Reclamaba una América capaz de alcanzar formas superiores de libertad y justicia, pero también de construir una expresión cultural propia. Justicia y cultura no parecen allí destinos enfrentados, sino partes de una misma empresa. Conviene, entonces, regresar a las palabras exactas. Henríquez Ureña no dice que el hombre apasionado por la justicia sea superior al hombre culto. Dice que es superior a aquel que “solo aspira a su propia perfección intelectual”.

Ese “solo” cambia mucho. El adversario no parece ser la cultura, sino el conocimiento que termina en quien lo posee. La erudición convertida en satisfacción privada. El privilegio de contemplar el mundo desde la altura del saber sin preguntarse por quienes permanecen abajo. Entendido así, puedo acompañar a Henríquez Ureña mucho más lejos de lo que inicialmente pensé.

Permanece en mí, sin embargo, cierta resistencia a colocar un ideal antes que el otro. Una de las formas más nobles de justicia a las que puede aspirar un pueblo consiste precisamente en garantizar que la cultura deje de depender del lugar donde se nace, del apellido que se lleva o de la capacidad económica de los padres. Un niño que crece entre libros parte con una ventaja que no suele aparecer en las estadísticas sobre pobreza. También quien puede escuchar música, aprender otra lengua, visitar un museo, asistir al teatro, descubrir la pintura o encontrarse tempranamente con una idea capaz de contradecir cuanto hasta entonces le habían enseñado. Frente a él puede existir otro niño alimentado, vestido y escolarizado, pero a quien nadie ha mostrado que todo aquel universo también le pertenece.

Entre ambos existe una desigualdad. La pobreza puede medirse también por aquello que nunca tuvimos oportunidad de conocer. Por eso una biblioteca pública no constituye un adorno de la ciudad. Una escuela que enseña algo más que las destrezas indispensables para incorporarse al mercado laboral no representa un lujo. Tampoco lo son una orquesta que llega a un barrio, un teatro accesible a quien no puede pagar una entrada o un museo cuyas puertas reciben al niño que jamás imaginó que aquellas paredes guardaban algo que también era suyo.

Todo eso es cultura; pero también es justicia… para mí, igualmente es amor.

Después de regresar a las páginas de Pedro Henríquez Ureña, mi discrepancia con él resulta bastante menor que cuando encontré nuevamente aquella frase circulando en las redes. Entiendo mejor lo que combatía. No era la cultura, sino su apropiación individual, el perfeccionamiento intelectual que no reconoce responsabilidad alguna hacia los demás.

Todavía me cuesta, sin embargo, aceptar ese “antes”. No porque considere la cultura superior a la justicia, lo que apenas invertiría el problema, sino porque no consigo establecer una frontera precisa entre ambas. Allí donde el conocimiento permanece reservado a unos pocos existe injusticia. Allí donde una sociedad abre las puertas de la cultura a quienes históricamente permanecieron fuera de ellas comienza a reparar algo más profundo que una carencia educativa.

También por eso me resisto a leer a Pedro Henríquez Ureña desde una oposición rígida entre cultura y justicia. Había nacido en un hogar donde la educación era ya una forma de intervención pública. Salomé Ureña, discípula de Eugenio María de Hostos, abrió caminos para la educación de las mujeres; Hostos convirtió la enseñanza en proyecto de ciudadanía. Francisco Henríquez y Carvajal, Max, Camila, aquel universo familiar e intelectual estaba atravesado por una convicción que difícilmente pudo resultarle ajena: educar era también transformar la sociedad.

En un hombre formado dentro de esa tradición, la cultura difícilmente podía ser un lujo reservado a unos cuantos. Era una responsabilidad; vuelvo entonces a la pregunta de Hardy: Después del amor, ¿qué?

Después del amor viene la decisión de no reservar para uno mismo aquello que puede hacer más plena la vida de los demás. Viene la educación, el libro, la música, el arte, la memoria, el pensamiento. Viene la obligación de abrir esas puertas.

Después del amor viene la cultura y cuando esa cultura alcanza a todos, se transforma en justicia.

Ramón A. Lantigua

Abogado

Abogado, docente y especialista en mercados regulados. Egresado de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña; Postgrado en Derecho Procesal Civil, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y Maestría en Derecho de la Universidad de Tulane, en la ciudad de Nueva Orleans.

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