“La preservación del fuego sagrado de la libertad y el destino del

modelo republicano… dependen del experimento que se ha puesto en

las manos de la gente de los EEUU” George Washington

A finales del 2001, me encontraba en uno de los tantos eventos sobre el ataque del 11 de septiembre y el rol de los Estados Unidos en el mundo a los que asistí en la Escuela Kennedy de Gobierno de Harvard. Yo acababa de llegar al país en agosto de ese año y el 11 de septiembre fue el primer día en que asistí formalmente a la escuela para iniciar la Maestría en Políticas Públicas de la que me graduaría dos años más tarde. Como se imaginarán, fue un día muy traumático para todo el mundo especialmente porque se consideraba a la Universidad de Harvard como uno de los posibles blancos del ataque por el simbolismo que tiene como primer centro académico de los EEUU.

El rector de entonces, Larry Summers, decidió dejar a cada decano o decana que tomara la decisión de si mantener abierta o cerrar sus respectivas escuelas. Algunas escuelas cerraron, pero nuestro decano, el experto en relaciones internacionales Joseph Nye, decidió mantener la Kennedy abierta y eso nos permitió vivir un proceso de catarsis colectiva en el que docentes, estudiantes y el personal estuvimos llorando y apoyándonos mutuamente por varias horas. Sin embargo, ya a las 12 del mediodía las autoridades habían armado un panel con las y los docentes expertos en el Medio Oriente y en la política exterior estadounidense. Esa claridad en su misión como escuela de políticas públicas y la sapiencia y apertura con que ese grupo de personas expertas analizó el ataque me impresionó tanto que sigue siendo uno de mis recuerdos indelebles de mi llegada a los EEUU.

La actividad que les comento fue unos meses después y fue también para estudiantes, docentes y el personal de la Kennedy. Durante la sesión de preguntas y respuestas, una de las asistentes, una mujer blanca estadounidense sentada en el fondo del salón, preguntó con una combinación de tristeza y de rabia: “¿pero por qué nos odian?” Como les comenté en una columna anterior, quienes éramos estudiantes y docentes internacionales nos volteamos casi como por un resorte al mismo tiempo para verla. Ese instante se convirtió en otro de mis recuerdos indelebles sobre EEUU porque fue el primer momento en que entendí que la gran mayoría del pueblo estadounidense desconoce la historia de injerencia y la mayor parte de las invasiones hechas por su país alrededor del mundo. El contraste entre esos dos recuerdos es lo que me llevó a compartirles esta columna a propósito de los 250 años de la independencia de EEUU a principios de este mes.

La independencia de EEUU de Inglaterra tuvo lugar el 4 de julio del 1776. Ese día fue cuando el Congreso de las 13 colonias británicas originales en lo que es hoy la costa Este del país adoptó formalmente su famosa Declaración de Independencia. Desde entonces, los EEUU se han asumido y representan para gran parte del mundo un modelo fascinante de democracia republicana que ha servido de inspiración para muchas personas y movimientos incluyendo los miles de soldados y oficiales franceses, irlandeses, prusianos, de lo que hoy es Haití y de otras naciones que apoyaron su lucha por la independencia.

Desde entonces, EEUU ha navegado una trayectoria fascinante convirtiéndose en un símbolo de los ideales democráticos, la innovación constante y la modernidad. Sin embargo, como sabemos muy bien en América Latina y el Caribe, su transformación paulatina en nueva potencia mundial desde finales del siglo XIX estuvo basada en invadir y controlar otros países siguiendo el mismo patrón que tanto habían criticado sus fundadores a Inglaterra como gran potencia europea de la época. En esta columna abordo tres de las lecciones que creo que podemos aprender de este país que es ya mi segundo hogar y que reflejan esa contradicción constante entre su vocación democrática y su vocación autoritaria y de imperio.

Lección 1: Las instituciones fuertes son esenciales para la democracia 

Los Estados Unidos se han convertido en un referente internacional del ideal democrático en gran medida por su énfasis en la importancia de las instituciones. Aunque su origen se remonta al derecho inglés como recordaba el rey Carlos a Trump en su visita oficial hace unos meses, EEUU es el país que más ha popularizado el famoso concepto de los “checks and balances”. O sea, el sistema de frenos y contrapesos que tanto recalcaron sus fundadores para garantizar la supervivencia del frágil experimento democrático que iniciaban.

Como sabemos en los países que han sido invadidos por EEUU, ese ideal democrático y de fortaleza de las instituciones no es algo que el país necesariamente aplica a otras naciones. Pero recordemos que sí lo empezó a hacer después de la Guerra Fría cuando la política exterior estadounidense se movió al modelo del “poder suave” o de influencia cultural (por cierto, un concepto desarrollado por Joseph Nye). En República Dominicana, la cooperación estadounidense estuvo basada por muchos años en este modelo de apoyo al fortalecimiento institucional y democrático a través de USAID. El Proyecto de Iniciativas Democráticas de USAID de los años ‘90, dirigido por la historiadora Mu-Kieng Sang Ben y basado en la PUCMM, fue un ejemplo importantísimo de este cambio de rumbo.

Lamentablemente, el segundo mandato de Trump también ha mostrado lo frágiles que pueden ser las instituciones hasta en EEUU cuando los principales actores políticos no están comprometidos con esos ideales democráticos. Muchas y muchos analistas nos equivocamos porque durante su primer mandato pensábamos que la fortaleza de las instituciones estadounidenses las hacía inmunes a las tendencias autoritarias de Trump. Como han visto en las noticias, estas tendencias autoritarias se han visto reflejadas en la forma en que ha cambiado la relación de EEUU con el resto del mundo (por ejemplo, destruyendo la AID). Pero también se evidencia en sus intentos de controlar a todos los grupos con los que no está de acuerdo volviendo a las estrategias represivas utilizadas contra los movimientos sociales, la prensa y otros grupos que no se veían en el país desde la época del fundador del FBI J. Edgar Hoover y el senador anti-comunista Joseph McCarthy.

Lección 2: La diversidad es una fortaleza

 Una lección que la extrema derecha nunca ha entendido y que actualmente pretende borrar con Trump y el sector más fundamentalista del Partido Republicano a la cabeza es la de que la diversidad siempre ha sido una de las grandes fortalezas de EEUU. Esos intentos de borrar la diversidad del famoso “melting pot” o crisol de culturas que es parte de la identidad estadounidense empezaron mucho antes de que Trump volviera al poder. Pero se han acelerado durante su segundo mandato penalizando a las instituciones académicas y empresas con iniciativas de diversidad (llamada DEI, las siglas en inglés de Diversidad, Equidad e Inclusión), literalmente borrando la historia de las mujeres y de los grupos raciales minoritarios de los portales y las instituciones del gobierno federal, entre muchas otras iniciativas.

Sin embargo, una parte importante de los movimientos sociales y del liderazgo político de EEUU sigue entendiendo la diversidad como uno de los pilares del país. Esta idea es una constante en los discursos y las acciones de estos grupos, particularmente en defensa de sus vecinos y vecinas inmigrantes como hemos visto en varias ciudades. Incluso, esta es una de las razones del éxito reciente de las candidaturas del socialismo democrático como vimos con la elección de Zohran Mamdani y de la candidata de origen dominicano Darializa Ávila Chevalier en Nueva York. Como les comentaba en columnas anteriores, esta facción del Partido Demócrata ha sabido apelar a esa identidad multicultural del pueblo estadounidense y presentar propuestas concretas de solución a sus problemas cotidianos. Por eso también el manifiesto político que fue el concierto del medio tiempo del Super Bowl de Bad Bunny resonó con tanta gente.

 Lección 3: La importancia de controlar las ideas y el relato oficial

Otra lección importante que podemos aprender de la historia de los Estados Unidos es que es un caso extremo de lo que el pensador y político italiano Antonio Gramsci denominaba hegemonía cultural. O sea, el fenómeno en el que líderes o grupos de la élite construyen ideas y narrativas para imponer su forma de ver el mundo para que la asuma la mayoría de la gente, incluso cuando está en contra de sus intereses. Aunque la lucha por la hegemonía se da en todas partes, las élites políticas, económicas y sociales de EEUU son insuperables en lo que se refiere a entender y utilizar la fuerza del relato.

Por ejemplo, en EEUU, las élites han borrado parte importante de la historia de los grupos y movimientos que más han luchado por las libertades que la mayoría de la población disfruta hoy: los sindicatos, los partidos y grupos anarquistas, socialistas y comunistas, los movimientos feministas y de mujeres y otros grupos. La muestra más visible de ello es el hecho de que dos días conmemorativos que son referencia obligada en gran parte del mundo, el Día Internacional de la Mujer y el Día Internacional del Trabajo, no se conmemoran en EEUU a pesar de que tanto el movimiento obrero como el movimiento de mujeres estadounidenses fueron parte de la historia de ambos días.

Otro ejemplo es cómo el gobierno estadounidense ha logrado borrar la historia de genocidio, abusos y engaños con la que subyugó a las naciones indígenas para no hablar de la historia de la esclavitud y la historia de represión y explotación de las minorías raciales: desde la afroamericana hasta la china, desde la latina hasta la japonesa. A nivel internacional, uno de los ejemplos más interesantes es cómo funciona la industria de Hollywood. Desde mi segunda casa, la ciudad de Los Ángeles, Hollywood reinventa la historia oficial de Estados Unidos de manera constante. Convierte hasta derrotas contundentes y visibles como la guerra de Vietnam en historias en las que se vende el heroísmo y la excepcionalidad estadounidense como hemos visto con las películas de Rambo y muchas otras.

En estos momentos, Estados Unidos se debate nuevamente entre su vocación democrática y su vocación autoritaria y de imperio. Y las próximas elecciones de medio término en noviembre nos darán nuevas lecciones para aprender de su trayectoria. Me parece que Trump perderá terreno y avanzarán las propuestas más progresistas, pero solo sabremos los resultados en ese momento. Ya veremos.

Esther Hernández-Medina

Doctora en sociología

Es una académica, experta en políticas públicas, activista y artista feminista apasionada por buscar alternativas para garantizar el ejercicio de los derechos de las mujeres y de los grupos marginados de todo tipo en la construcción de políticas públicas y sociedades más inclusivas. Es Doctora en Sociología de la Universidad de Brown, egresada de la Maestría en Políticas Públicas de la Universidad de Harvard y egresada de la Licenciatura en Economía (Summa Cum Laude) y de la Maestría en Género y Desarrollo del INTEC universidad donde también fue seleccionada como parte del Programa de Estudiantes Sobresalientes (PIES). Su interés en poner las instituciones y políticas públicas al servicio de la ciudadanía, la llevó a colaborar en procesos innovadores como el Diálogo Nacional, la II Consulta del Poder Judicial y el Programa de Igualdad de Oportunidades para las Mujeres (PIOM) en la década de los ’90 y principios de la siguiente década. Años después la llevaría a los Estados Unidos a estudiar la participación ciudadana en políticas urbanas en la República Dominicana, México y Brasil y a continuar investigando la participación de las mujeres y otros grupos excluidos en la economía y la política dominicana y latinoamericana.

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