“Lo único más poderoso que el odio es el amor”. Letrero en el espectáculo del Super Bowl de Bad Bunny

El primer año de la segunda gestión de Donald Trump en el cargo más poderoso del mundo ha marcado un antes y un después. No porque sus ideas y políticas sean nuevas sino por la forma acelerada en que las ha implementado y porque el contexto de Estados Unidos y del mundo actual son muy distintos a los que vivíamos en el 2016. Como decía el año pasado uno de sus canchanchanes, el líder autoritario de Hungría Viktor Orbán, la extrema derecha ha salido de los márgenes del sistema político para colocarse en el “mainstream” o cultura dominante. Trump es un síntoma de un mundo en el que se vuelven a utilizar las lógicas de la exclusión y la dominación propias del fascismo que se impuso a principios del siglo pasado.

Trump es un líder atractivo para personas de diferentes grupos por diferentes razones. Es atractivo para las élites económicas que quieren seguir controlando la política estadounidense y global, para los hombres que todavía rechazan la igualdad con las mujeres, para las personas blancas y heterosexuales que no ven a los demás grupos como sus iguales y para los grupos y pueblos de clase trabajadora que se vieron empobrecidos con la globalización. Con el avance de líderes como Trump, para usar las palabras de mi colega Rosario Espinal, “la democracia languidece” tanto en los países como el nuestro donde no hemos logrado garantizar un mínimo de calidad de vida a las grandes mayorías como en los países de altos ingresos donde la desigualdad pone también en duda su utilidad.

En esta columna empiezo a examinar el primer año de la segunda gestión de Trump y les propongo algunas lecciones que creo que podemos aprender de este periodo. Para mi sorpresa, el espectáculo del medio tiempo del Super Bowl de Bad Bunny incluyó varios ejemplos de estas lecciones. Y sé que para mucha gente de mi generación y generaciones anteriores, resulta difícil entender la fama de esta superestrella puertorriqueña. Por ejemplo, varias de sus canciones son demasiado explícitas para mi gusto y parecen recurrir a las ideas negativas sobre las mujeres que tanto abundan en la música urbana. (Aunque, para ser justa, también abundan en otros géneros que nos encantan como los tantos merengues que idealizan el supuesto “amor” entre un hombre adulto y una niña o adolescente).

Pero desde hace unos años varias de mis amigas artistas y académicas me han ayudado a apreciar la evolución que ha ido dando Bad Bunny y que se evidencia en su último disco “Debí tirar más fotos”, en su canción contra el acoso “Yo perreo sola” y en las decisiones que ha tomado a medida que su fama ha ido en ascenso. De hecho, a mí me parece que el artista está viviendo una transformación similar a la que vivieron sus compatriotas de Calle 13 quienes en su momento pasaron de los temas estereotipados de la música urbana a canciones cada vez más críticas como “Latinoamérica” (seleccionada por la revista Rolling Stone como la No. 1 de las 100 canciones en español más influyentes en lo que va del siglo XXI).

Lección 1: Los derechos no se regalan, se ganan (y se pierden)

El primer año de la segunda administración Trump fue un recordatorio constante sobre lo frágiles que son los derechos ya ganados y la necesidad de continuar luchando para defenderlos. Grupos que en su conjunto constituyen la gran mayoría de la población mundial (las mujeres, las personas de color, la clase trabajadora, las personas LGTBQ, las personas migrantes y muchos otros) hemos retrocedido en términos del respeto a nuestros derechos. El Proyecto 2025 que la hiper-conservadora Heritage Foundation creó para Trump y que ha implementado desde su primer día de vuelta a la Casa Blanca ya anunciaba la intención de echar para atrás los derechos ganados por cada uno de estos grupos. Y Trump solo se ve a sí mismo y a quienes se le parecen (hombre blancos, ricos y heterosexuales) como los constantes ganadores en un juego de suma cero en el que todos los demás grupos deben perder.

A pesar de eso, muchas personas de estos colectivos creyeron que estos cambios no les afectarían. Pero los derechos siempre están conectados entre sí. Por ejemplo, la persecución violenta de migrantes fácilmente degenera en violencia contra todas las personas que “parecen” migrantes sin importar cuál sea su situación legal como ha descubierto sorprendida hasta la comunidad cubana que históricamente había sido una excepción. Léase, esta violencia se usa contra todas las personas que parecen latinas en EEUU (o en nuestro país, todas las personas negras por “parecer haitianas”). Y ahora estas maniobras violentas y asesinatos tienen lugar hasta con personas que son ciudadanas de EEUU incluyendo personas blancas que defienden a las y los inmigrantes. Bad Bunny no solo criticó a ICE en la entrega de los Grammy sino que meses antes había decidido no hacer conciertos en Estados Unidos para evitar que agentes de ICE acosaran y secuestraran a sus fans. Y su espectáculo del domingo pasado mostró en imágenes lo que había dicho en los Grammy: “no somos salvajes, somos seres humanos”. Y eso nos lleva a la lección siguiente.

Lección 2: El campo de batalla de hoy son los símbolos y la comunicación

Líderes de la extrema derecha como Trump, Orbán, Milei, Bukele y muchos otros aprovechan los sentimientos de resentimiento y nostalgia de quienes les siguen ofreciéndoles chivos expiatorios que culpar por su situación, especialmente las personas migrantes, las personas de color, las mujeres y las personas LGTBQ. No es casualidad que estos líderes denigren constantemente a estos grupos. Trump, quien es un genio de la comunicación, utiliza el lenguaje y los elementos audiovisuales sencillos para estos fines todos los días. Por ejemplo, cuando insulta a las mujeres como hace con las periodistas que le hacen preguntas incómodas o a los grupos raciales que considera inferiores como acaba de hacer compartiendo un video en el que se muestra a Barak y Michelle Obama como monos. Las redes sociales amplifican exponencialmente el impacto de estos discursos de odio y de desinformación y la extrema derecha fue de los primeros actores políticos en aprender a utilizar ese poder amplificador.

Algunos líderes progresistas como Zohran Mamdani y el gobernador de California Gavin Newsom también entienden esta lógica de prestar atención a los símbolos y la comunicación y han tenido mucho éxito usándola. Pero, en general, muchas personas y grupos progresistas cometemos el error de asumir que no mentir y tener los datos o los argumentos correctos es suficiente para convencer a la gente. Artistas como Bad Bunny han llevado ese cuidado de los símbolos a otro nivel. El espectáculo del domingo en la noche fue como una muñeca rusa en la que cada vez que abrimos hay más y más muñecas. Pero todos los símbolos conectaban con el mensaje central de la alegría como resistencia. Como dijo la analista Katty Kay, en un panel sobre el contenido político del show de Bad Bunny, “the politics was the joy” (“la política era la alegría”). Como explicó Kay, la parte más contundente del mensaje del artista fue la celebración de la cultura y el legado de toda la gente de Latinoamérica.

Ese planteamiento de Kay y publicaciones similares de múltiples analistas e influencers, me recordaron el trabajo de la antropóloga Kate Crehan en base a los aportes del político y teórico Antonio Gramsci. Para Crehan dos de las formas en que los grupos marginados luchan contra la opresión de grupos más poderosos es mostrando su propia historia y su propia definición de lo que son. Frente a un gobierno y una ultraderecha envalentonada que hacen todo lo posible por deshumanizar a la comunidad latina y otras minorías, el acto más revolucionario es mostrar la historia y la fuerza de la comunidad y de toda la región. Como dijo el periódico New York Times, el espectáculo de Bad Bunny fue “una lección de historia”. De manera similar a lo que hizo el rapero Kendrick Lamar el año anterior con la comunidad afroamericana, Bad Bunny humaniza y pone en el centro a Latinoamérica y su diáspora en EEUU. Por eso nombró, uno por uno, los países que conforman el hemisferio recordándonos que América no es solo Estados Unidos como erróneamente cree su población sino todo el continente. Y por momentos como ese es que Trump y sus seguidores odian y descalifican tanto a Bad Bunny porque el artista desafía su deshumanización.

Desde los cañaverales que representaban la explotación económica de Puerto Rico (y de Latinoamérica) por parte de EEUU hasta la casita y las sillas plásticas simbolizando la forma de vida de nuestra gente en los barrios y campos, cada detalle tenía su razón de ser. Los cañaverales con trabajadores agrícolas y los puestos de comida icónicos de Los Ángeles y Nueva York también representan el trabajo digno de los millones de personas latinas que literalmente alimentan el país. El niño al que el artista entregó uno de sus Grammy mientras veía el momento en que Bad Bunny los recibe en la televisión era un actor pero se parecía a Liam Conejo Ramos, el niño de cinco años que se volvió un símbolo de la violencia de ICE en Minneapolis. Para otras personas, este momento también simbolizaba el cuidado de la infancia, el paso de la antorcha a las nuevas generaciones y la inspiración que sentimos cuando vemos en la palestra pública a gente que se nos parece.

La boda real que tuvo lugar durante el espectáculo, al igual que los hombres mayores jugando dominó y las mujeres jóvenes en el salón mostraban el sentido de pertenencia de las comunidades latinas tanto en Latinoamérica como en EEUU. Esas escenas mostraban la alegría de vivir que caracteriza a nuestra gente y también el sentido de cuidado y de inclusión que tenemos con las personas mayores, niños y niñas como comentaba mi amigo del colegio Alejandro Montás. Además, la boda fue de una latina con un estadounidense blanco anglosajón enfatizando la diversidad y las conexiones entre culturas que ya caracterizan a la sociedad estadounidense por más que lo quieran negar Trump y su gente.

Más de 133 millones de personas alrededor del mundo vieron esta demostración de la alegría como resistencia que nos regaló Bad Bunny. En mi próxima entrega abordaré más lecciones que podemos aprender del primer año de Trump y cómo Bad Bunny las ilustró en ese show histórico.

Esther Hernández-Medina

Doctora en sociología

Es una académica, experta en políticas públicas, activista y artista feminista apasionada por buscar alternativas para garantizar el ejercicio de los derechos de las mujeres y de los grupos marginados de todo tipo en la construcción de políticas públicas y sociedades más inclusivas. Es Doctora en Sociología de la Universidad de Brown, egresada de la Maestría en Políticas Públicas de la Universidad de Harvard y egresada de la Licenciatura en Economía (Summa Cum Laude) y de la Maestría en Género y Desarrollo del INTEC universidad donde también fue seleccionada como parte del Programa de Estudiantes Sobresalientes (PIES). Su interés en poner las instituciones y políticas públicas al servicio de la ciudadanía, la llevó a colaborar en procesos innovadores como el Diálogo Nacional, la II Consulta del Poder Judicial y el Programa de Igualdad de Oportunidades para las Mujeres (PIOM) en la década de los ’90 y principios de la siguiente década. Años después la llevaría a los Estados Unidos a estudiar la participación ciudadana en políticas urbanas en la República Dominicana, México y Brasil y a continuar investigando la participación de las mujeres y otros grupos excluidos en la economía y la política dominicana y latinoamericana.

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