Hay días en la historia que parecen normales mientras ocurren, pero que con el tiempo se revelan como momentos decisivos, casi secretos, en los que un país estuvo a punto de tomar un rumbo distinto. El 18 de mayo de 1990, en Santo Domingo, fue uno de esos días.

La portada de El Siglo amanecía con un titular que parecía claro y definitivo: “Balaguer mantiene ventaja sobre Bosch”.

Los números bailaban entre actas, boletines y centros de cómputos.

Unos decían una cosa, otros otra. La Junta Central Electoral daba una diferencia estrecha a favor de Joaquín Balaguer; el Partido de la Liberación Dominicana afirmaba lo contrario.

En medio de esa tensión, como un árbitro llegado desde fuera del drama nacional, el ex presidente Jimmy Carter declaraba que no veía evidencia de fraude y llamaba a la calma.

Era la República Dominicana en su estado más reconocible: dividida, expectante, aferrada a los números como si en ellos estuviera contenida toda la verdad.

Pero la verdad —la verdadera— no estaba en los números.

Esa verdad no aparecería sino diez años después, en otra página de periódico, en otro contexto, en otra voz.

El 14 de julio del año 2000, en el periódico HOY, Miguel Cocco dejó caer una afirmación que, leída con atención, desarmaba toda la narrativa de aquella elección:

Juan Bosch sabía que no podía gobernar en 1990.

No era una interpretación. Era una confesión transmitida.

Cocco relató que dos días antes de las elecciones, Bosch le había dicho con serenidad que no estaba en condiciones de asumir el poder.

Y cuando él, como tantos otros, le insistió en que debía intentarlo, Bosch respondió con una frase que no pertenece a la política corriente, sino a la conciencia de los hombres que entienden el peso de la historia:

“Yo no tengo vocación de hacer el ridículo.”

Esa frase, que en otro contexto podría parecer una renuncia, era en realidad una declaración de responsabilidad.

Porque Bosch no hablaba solo de sí mismo. Hablaba del país.

Para entenderlo hay que retroceder más atrás, a 1966.

A la República Dominicana recién salida de una guerra civil, con tropas extranjeras todavía presentes, con heridas abiertas y con una sociedad atravesada por tensiones ideológicas que podían, en cualquier momento, volver a estallar. En ese escenario, Bosch —según el propio Cocco— tomó una decisión que desafía toda lógica electoral: estructuró una estrategia para perder.

Cuando años después le preguntaron cómo el hombre lúcido de 1963 había podido actuar de manera tan aparentemente errática en 1966, su respuesta fue de una claridad brutal:

“Eso era lo que buscaba.”

Perder para evitar algo peor.

Perder para impedir que el país se precipitara nuevamente en el caos.

Perder, incluso, para preservar la idea misma de nación en un momento en que —como él mismo razonaba— una victoria electoral no significaría el ejercicio real del poder, sino la prolongación de una intervención extranjera y el riesgo de un nuevo desangramiento.

Esa es la clave que ilumina 1990.

Mientras el país discutía si hubo fraude o no, mientras los partidos se atrincheraban en sus versiones, mientras la prensa recogía cifras y declaraciones, Bosch ya estaba en otro plano. Había cruzado la frontera invisible que separa al político del hombre de Estado. Sabía que ganar, en esas condiciones, podía ser una forma de perderlo todo.

Por eso la escena que relata Cocco tiene algo de íntimo y de trágico a la vez: al día siguiente de las elecciones, él y Pedro Bergés descorcharon una botella de vino para celebrar la derrota. No celebraban un fracaso. Celebraban una coherencia.

Celebraban que Bosch había sido fiel a su lectura del país, incluso a costa de sí mismo.

Hoy, con la perspectiva que dan los años, aquella elección de 1990 sigue siendo objeto de debate. Se discute si hubo fraude, si no lo hubo, si las cifras fueron manipuladas o si respondieron a la realidad de las urnas. Pero hay una pregunta más profunda, más incómoda, que rara vez se formula:

¿Y si el resultado, cualquiera que haya sido, coincidía con lo que Bosch ya había decidido?

Esa posibilidad cambia todo.

Porque entonces la historia no sería simplemente la de una elección disputada, sino la de un líder que entendió que el poder, en determinadas circunstancias, no se ejerce conquistándolo, sino renunciando a él.

Miguel Cocco lo dijo sin adornos: aquello fue lucidez.

Y la lucidez, en política, es una virtud escasa. Es la capacidad de ver más allá del momento, de anticipar las consecuencias, de resistir la tentación inmediata del poder cuando ese poder no puede traducirse en bien para la nación.

Bosch entendía algo que hoy parece olvidado: que el poder no es un trofeo. Es un instrumento. Y si ese instrumento no sirve para transformar, si no puede ser ejercido plenamente, entonces se convierte en una ilusión peligrosa.

En tiempos como los actuales, donde la política se mide en victorias rápidas, en percepciones mediáticas y en ambiciones personales, aquella actitud resulta casi incomprensible. ¿Quién renuncia hoy a la posibilidad de ganar? ¿Quién sería capaz de perder a propósito para evitar un daño mayor?

La respuesta, como tantas veces en la historia dominicana, es el silencio.

Pero los documentos hablan. Las portadas amarillentas de los periódicos, las declaraciones olvidadas, las confesiones tardías, todo termina encajando como piezas de un rompecabezas que solo el tiempo permite armar.

El 18 de mayo de 1990 el país creyó estar decidiendo su futuro en las urnas.

Diez años después, el 14 de julio del 2000, supimos que uno de sus protagonistas ya había tomado su decisión.

Y tal vez esa sea la lección más dura —y más necesaria— de toda esta historia:

Que la verdadera política no siempre se ve.

Que hay decisiones que no se anuncian.

Y que, a veces, la mayor responsabilidad de un líder no es ganar, sino saber cuándo no debe hacerlo.

Porque al final, como tantas veces en nuestra historia, muere el hombre… pero el sistema se recicla.

Y la estabilidad —esa palabra tan usada y tan poco comprendida— no llega de afuera, ni se impone por decreto, ni se compra en las urnas.

La estabilidad no se importa; se fabrica.

Anexo:

Transcripción textual íntegra de las declaraciones de Miguel Cocco, tal como aparecen en HOY, viernes 14 de julio del 2000 (portada y continuación en página 6), sin selección ni síntesis:

MIGUEL COCCO

Bosch buscó perder en el 66, y en el 90 sabía no podía gobernar

POR ELÍAS RUIZ MATUK
Redactor de Hoy

El profesor Juan Bosch elaboró en 1966 una estrategia que fundamentó en perder las elecciones presidenciales de ese mismo año; tenía claro que en el año 1990 no estaba listo para gobernar y en el 1994 fue advertido por Miguel Cocco de que “el calendario no le permitía ser candidato a la Presidencia”.

Esas revelaciones fueron hechas por Cocco al participar como invitado especial en el Encuentro Almuerzo de las empresas de comunicación del Grupo Corripio, que se llevó a cabo en el salón de conferencias del periódico HOY.

Cocco se definió como amigo personal de Bosch, a quien conoció durante un viaje que hizo en el año 1968, “y nunca me he apeado del barco, ni lo he traicionado, ni siquiera en el año 1994, cuando yo lo enfrenté y le dije que no estaba en condiciones de ser candidato a la presidencia”.

VIENE DE LA PRIMERA PÁGINA

Bosch…

Dijo que en el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) se registraron dos posiciones, cuyas razones, a su juicio, “todo el mundo las conoce”.

“Incluso, hubo un distanciamiento con algunos compañeros del PLD, porque yo le insistía a don Juan que el calendario no le permitía a él ser candidato a la Presidencia”, dijo.

Afirmó que en el año 1990 ya el profesor Bosch no estaba en condiciones de gobernar.

Narró que durante una conversación con Bosch, dos días antes de las elecciones, el líder político admitió que él no estaba en condiciones de gobernar en el mismo año 1990.

Ante la insistencia de Cocco de que el máximo líder peledeísta tenía que hacer el esfuerzo, Bosch respondió diciendo que él no tenía vocación de hacer el ridículo. “Yo no tengo vocación de hacer el ridículo”, narró Cocco que fueron las expresiones de Bosch y cuya versión suplió hasta ahora. Dijo tener testigos de su aseveración.

Sostuvo que un día después de las elecciones presidenciales del año 1990, “cuando todavía estaban diciendo ¡Que se vaya ya!”, brindó Pedro Bergés una botella de vino con el fin de celebrar “que al viejo se le dio la cosa, de perder las elecciones”.

“Pedro Bergés y yo celebramos la pérdida de las elecciones en la estricta intimidad”, dijo.

Manifestó que el amor al profesor Bosch era más grande que cualquier otra cosa. “Y lo sigue siendo”, indicó.

Otra de las anécdotas contadas por Cocco en su comparecencia en el Encuentro Almuerzo es la de que en una ocasión que el profesor Bosch se encontraba en su plena lucidez y encanto, le expresó: “Usted sabe que no me explico cómo un hombre tan certero en el año 1963, fue tan errático en el año 1966. Un hombre que supo conducir a las masas por el camino que iría y sin embargo, en el año 1966, hizo todo lo posible para perder las elecciones”, a lo que Bosch respondió: “Eso era lo que buscaba”.

Cocco afirmó que el actual presidente del PLD produjo esas declaraciones en el año 1969.

Narró que Bosch explicó su posición: “¿Ustedes creen, entre su visión de izquierda, que el país hubiese recuperado su soberanía?”. A lo que él mismo respondió: “Se pierde el concepto de patria y de nación, porque no se iban los norteamericanos del país”.

Cocco afirmó que la posición del profesor Bosch en el año 1966 estuvo fundamentada en una estrategia de pérdida de unas elecciones.

Indicó que posteriormente el profesor Bosch se reunió con el ex presidente Joaquín Balaguer, a quien le manifestó: “Joaquín, yo sé lo que viene para el país después de una guerra civil; es inmanejable y yo no puedo quedarme a defender todas las causas, porque lo que viene es el desangramiento, no solo por tu parte, sino por todos”.

Definió esta posición del máximo líder peledeísta como una lucidez. “Eso es avizorar el futuro y actuar con inteligencia”, expresó.

Dijo que ha aprendido bastante del profesor Bosch, entre cuyas enseñanzas citó: “El poder es importante si usted va a hacer cosas, y si no va a plasmar cosas positivas, ¿ahora qué sirve el poder? ¿Para vanagloriarse y salir con resentimientos inmanejables?”.

“El poder”, agregó, “es para que se ejerza y si usted no lo puede ejercer tiene que trascender a ese ejercicio”.

Dijo que no se trataba de que el profesor Bosch no quería ganar las elecciones, sino de que en las circunstancias del año 1966, el país quedaba en pérdidas. “Y eso es un renunciamiento pleno a crear una crisis y desencadenar una tragedia”, expresó.

Dijo que al momento de ocurrir esos hechos, existían efervescencias de la izquierda y los reflejos de una Cuba revolucionada, triunfante, por lo que en esos instantes “no se podía hacer nada”.

Bosch fue trasladado el 28 de junio pasado desde el hospital Ramón de Lara, de la Fuerza Aérea Dominicana (FAD), ubicado en la Base Aérea de San Isidro, al Centro de Restauración Neurológica (CIREN) de La Habana, Cuba, donde es atendido por trastornos en su salud.

Víctor Grimaldi

Víctor Manuel Grimaldi Céspedes (Santo Domingo, 22 de diciembre de 1949) periodista, historiador, político y diplomático dominicano.

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