Cada peso mal utilizado del erario no es solo una cifra que se pierde en una cuenta pública, es una oportunidad que se le arrebata a la ciudadanía. El manejo de los fondos públicos impacta directamente la calidad de vida de las personas y la credibilidad del Estado. Por eso, el control y la vigilancia de estos recursos no pueden ser entendidos como una función secundaria, sino como un componente esencial de la gobernabilidad democrática.

El modelo tradicional de control, centrado en auditorías posteriores, resulta insuficiente frente a los desafíos actuales. Se requiere un enfoque preventivo, estratégico y en tiempo real, donde el control no solo sancione, sino que oriente la gestión pública. En este nuevo escenario, la participación ciudadana deja de ser complementaria y se convierte en un elemento estructural del sistema de control.

Sin embargo, esta participación enfrenta obstáculos reales. Bajos niveles de organización social y la persistencia del clientelismo político en muchas comunidades debilitan la capacidad de la ciudadanía para ejercer un control efectivo. Estas prácticas no solo inhiben la vigilancia social, sino que también distorsionan su propósito, al subordinar el interés colectivo a relaciones de dependencia y beneficios particulares. Cuando la participación se condiciona, el control pierde independencia o autonomía y, con ello, su capacidad transformadora.

Superar estas limitaciones implica fortalecer la ciudadanía como sujeto activo del control público. No basta con garantizar acceso a la información, es necesario promover capacidades, organización y una cultura cívica orientada a la exigencia de resultados. La transparencia solo se convierte en control real cuando la ciudadanía puede comprenderla, utilizarla y actuar en consecuencia.

Administrar correctamente los fondos públicos no solo evita pérdidas, también genera rentabilidad social. Cada recurso bien invertido se traduce en servicios más eficientes, mayor equidad y mejores condiciones de vida. Por el contrario, la mala gestión no solo afecta las finanzas del Estado, sino que produce costos sociales profundos, deteriora la confianza institucional y limita las oportunidades de desarrollo.

Un sistema de control con visión de Estado debe integrar institucionalidad, cumplimiento regulatorio, tecnología y participación ciudadana en un mismo marco. No se trata solo de vigilar el gasto, sino de garantizar que este produzca el mayor valor posible para la sociedad. En ese proceso, una ciudadanía activa, libre de ataduras clientelares y con capacidad de organización, es tan importante como cualquier órgano de control.

Fortalecer el control del uso de los fondos públicos es, en esencia, fortalecer la democracia. Porque cuando los recursos se administran con transparencia y bajo vigilancia social efectiva, el Estado no solo protege lo que tiene, sino que multiplica lo que puede lograr.

Bernardo Matías

Antropólogo Social

Bernardo Matías es antropólogo social y cultural, Master en Gestión Pública y estudios especializados en filosofía. Durante 15 años ha estado vinculado al proceso de reformas del sector salud. Alta experiencia en el desarrollo e implementación de iniciativas dirigidas a reformar y descentralizar el Estado y los gobiernos locales. Comprometido en los movimientos sociales de los barrios. Profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, la Universidad Autónoma de Santo Domingo –UASD- y de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales –FLACSO-. Educador popular, escritor, educador y conferencista nacional e internacional. Nació en el municipio de Castañuelas, provincia Monte Cristi.

Ver más