Juan Bosch nos educó sobre la industria de las armas y Noam Chomsky acerca de la manipulación mediática. Los poderes políticos y económicos fabrican armas que se utilizarán para hacer guerras y asesinar seres humanos. Sin embargo, la industria armamentista genera enormes beneficios que impactan financieramente sobre dicho sector.
En el caso del uso de la manipulación mediática, que debería ser para ofrecer bienestar y arrojar luz sobre los acontecimientos en los que intervienen nuestros ciudadanos, solo sirve para manipular a las personas. Se desacredita o acredita perversamente con fines espúreos.
La palabra no es usada para construir hombres y mujeres justos y comprometidos con el bien común y la paz, sino para engañar, de la manera más burda, a los ciudadanos desde la niñez hasta su muerte. Personas, lideres, sistemas, empresas e instituciones son sus principales blancos.
Es la venta sutil de la mentira como verdad. En otras palabras, es una acción subliminal, que como propaganda publicitaria política interesada y maliciosa, está prohibida legalmente por sus efectos dañinos.
En ninguno de los casos anteriores, los actores realizan acciones que beneficien a la humanidad. Los intereses económicos y políticos se sostienen bajo determinadas ideologías, las cuales se utilizan para impactar sobre las emociones de los sujetos sociales; sin embargo, los asuntos ideológicos no son recetas humanísticas, sino intereses económicos, políticos, sociales y religiosos.
Nunca he podido estar en los extremos políticos. Siempre busco el centro y amo la democracia real. Reconozco, como lo han reconocido los grandes líderes mundiales, que el pueblo norteamericano es uno de los más gloriosos y nobles sobre la tierra, como lo es también el venezolano. Sin embargo, se podría estar de acuerdo o no con Donald Trump o Nicolás Maduro, pero lo que no puede estar en juego en este momento son la integridad y la soberanía de Venezuela.
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