Hay pueblos que se explican en sus constituciones, en sus guerras, en sus grandes líderes o en sus ciclos económicos. Y hay otros que se revelan con igual claridad en sus rituales más típicos e íntimos.

La habichuela con dulce pertenece a esa segunda categoría.

No es solo un postre que hacemos en Semana Santa. Es el resultado de la memoria colectiva, una síntesis cultural y metáfora de nación. En ella hay historia, mestizaje y sentido de comunidad. Nos recuerda que somos un pueblo que mezcla, transforma y comparte, y que ha convertido la combinación improbable (habichuelas, leche, coco, batata, azúcar, pasas, galletitas, canela, clavo dulce) en identidad irrenunciable.

Y hay algo más que merece atención: se cocina para dar. No para guardar. Se entrega al vecino, al conocido, al extraño que toca la puerta. En ese gesto hay una pedagogía silenciosa que ningún programa de gobierno ha logrado superar: la práctica espontánea de la solidaridad.

Esa es la metáfora país que más me interesa. No la que celebramos en los discursos. La que vivimos sin pensarlo. Pero vivir sin pensarlo tiene dos caras. Una produce solidaridad. La otra, normalización.

La Semana Santa nos llama a distinguir entre ambas. La tradición cristiana nos muestra a Jesús entrando al templo el Lunes Santo y confrontando aquello que había perdido su sentido. No fue un gesto menor. Fue la acción más incómoda posible: decir la verdad en un espacio que había aprendido a vivir sin ella. Eso hizo: nombrar la distorsión, ordenar lo desviado, restituir la coherencia donde se había perdido.

Vista desde hoy, esa escena interpela.

Y mientras compartimos esa olla de habichuela, la escena del templo nos plantea una pregunta incómoda: ¿qué estamos normalizando que no deberíamos aceptar? Ese deslizamiento no llega de golpe. Llega disfrazado de pragmatismo, de realismo, de "así son las cosas". Llega cuando nadie lo está mirando. Y cuando nos damos cuenta, hemos cedido terreno que jurábamos inamovible.

Lo vemos en las cifras de feminicidios, que continúan en ascenso, colocándonos en el segundo lugar de América Latina en muertes de mujeres, solo después de Honduras. Lo vemos en un sistema de emergencias y seguridad concebido para proteger vidas, que hoy opera por debajo de los estándares de calidad y rapidez que una vez tuvo. Lo vemos en un presupuesto educativo que se ejecuta de manera incompleta, sin que exista rendición de cuentas sobre las brechas.

Lo vemos en hospitales cuyos servicios se deterioran entre promesas y resultados insuficientes; en el crecimiento de la nómina pública sin criterios claros de calidad del gasto; en un endeudamiento que no se traduce en bienestar tangible para la ciudadanía; y en irregularidades administrativas que persisten sin consecuencias.

Pero también lo vemos en lo cotidiano: en la imprudencia al conducir, cuando se irrespeta un semáforo en rojo, se invade la vía contraria o se exceden los límites de velocidad. Porque el deterioro institucional no es solo un problema del Estado; es, también, un reflejo de las prácticas que como sociedad toleramos.

Un pueblo que aprende a vivir con la distancia entre lo que exige y lo que tolera, tarde o temprano pierde la capacidad de exigirse a sí mismo. Y esa pérdida no se recupera con discursos. Se recupera con decisiones.

El Lunes Santo no es un día para señalar a otros. Es un día para mirarnos. Para preguntarnos qué tipo de país estamos construyendo no solo con las políticas que aceptamos sin cuestionar, sino también con lo que toleramos en la calle y consentimos en el poder. La respuesta, curiosamente, ya la sabemos. La demostramos cada año en cada olla de habichuelas con dulce que compartimos sin que nadie lo ordene. Somos capaces de transformar ingredientes simples en algo extraordinario. Somos capaces de dar sin que nos lo pidan.

Esa misma capacidad es la que le debemos a nuestras instituciones. La identidad también se construye en eso: en lo que decidimos no normalizar.

Compartir nos une. Revisarnos nos transforma.

Zoraima Cuello

Doctora en Educación

Doctorada en Educación con especialidad en Liderazgo Organizacional; con Maestrías en Transformación Digital y en Alta gerencia. Postgrado en Dirección de Operaciones. Licenciada en Contabilidad, certificada internacionalmente en programas de liderazgo y mentoría. Con más de 25 años de experiencia gerencial en los sectores público y privado. Ocupó la posición de Viceministra de Seguimiento y Coordinación Gubernamental en el Ministerio de la Presidencia, implementando el sistema nacional de atención a emergencias y seguridad (911), el programa República Digital, el sistema de seguimiento de las metas presidenciales, la estrategia de ciberseguridad, y la implementación del Centro Nacional de Ciberseguridad, entre otros. Actualmente se desempeña como Vicerrectora Ejecutiva de la Universidad del Caribe, función que conjuga con la Presidencia del Círculo de Cultura Democrática, entidad sin fines de lucro dedica al análisis y la elaboración de propuestas que impulsen el bienestar de la sociedad, fortalezcan la democracia y el desarrollo de la República Dominicana. La doctora Cuello es escritora e investigadora. Ha publicado diferentes artículos en numerosas revistas académicas y periódicos de circulación nacional. Es autora del libro 7 Riesgos de las Redes Sociales, ser Ciudadanos en un mundo tecnológico, y coautora del libro El desarrollo municipal, factor estratégico en el posicionamiento de México en los escenarios políticos y sociales del siglo XXI, entre otros.

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