El 28 de febrero de 2026, tras el ataque militar conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán, Teherán respondió amenazando con restringir el tránsito marítimo en el estrecho de Ormuz, la principal arteria energética del planeta. Desde entonces, el mercado petrolero global ha operado bajo alta volatilidad.
El estrecho de Ormuz es un canal marítimo de apenas 54 kilómetros de ancho, ubicado entre Irán y Omán, que conecta el Golfo Pérsico con el mar de Omán y el resto del mundo. Por ese corredor transita cerca del 20% del petróleo mundial: entre 17 y 21 millones de barriles diarios procedentes de Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak e Irán.
Aunque existen oleoductos alternativos, su capacidad es insuficiente para reemplazar completamente el flujo marítimo de Ormuz. Por eso, cualquier amenaza de interrupción en esa vía estratégica provoca tensión inmediata en los mercados y presiona al alza los precios internacionales del crudo.
Cronología del conflicto: del 28 de febrero al presente
El cierre —o la amenaza permanente de cierre— de esa vía marítima desencadenó una crisis de suministro que, según confirmaron el Banco Mundial y la Agencia Internacional de Energía (AIE) en su Informe del Mercado del Petróleo de abril de 2026, alcanzó una pérdida inicial de aproximadamente 10 millones de barriles diarios —una magnitud sin precedentes históricos comparables.
El barril de Brent superó los 126 dólares a finales de abril, su nivel más alto desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania en 2022. La escalada obligó a Washington a lanzar el "Proyecto Libertad", una operación militar para escoltar buques mercantes varados en el estrecho. Irán lo interpretó como una violación del alto el fuego —pactado el 8 de abril— y respondió con ataques contra tres buques estadounidenses en tránsito.
El 5 de mayo, Trump suspendió la operación alegando "grandes avances" hacia un acuerdo. Irán lo celebró como una victoria. Dos días después, el 7 de mayo, Trump amenazó a Teherán con represalias "violentas" si no firmaba un acuerdo "rápido". El alto el fuego, en palabras del propio analista José Lois Malkún, se mantiene en un hilo.
Hoy, 25 de mayo, la situación sigue siendo volátil. No hay acuerdo firmado. No hay reapertura plena del estrecho. Y el precio del crudo sigue presionando hacia arriba.
Cómo llega ese petróleo a República Dominicana
República Dominicana no produce ni una gota del petróleo que consume. Importa el 100% de sus hidrocarburos.
En 2014, Venezuela era el principal proveedor de hidrocarburos del país, bajo el paraguas del acuerdo PetroCaribe: condiciones de pago diferidas, tasas preferenciales y una relación que hacía de Caracas el socio energético indispensable del Caribe. Ese ciclo se cerró en 2016, cuando el deterioro político y económico de Venezuela —y la posterior detención de Nicolás Maduro bajo acusaciones de narcoterrorismo— reconfiguró por completo el mapa energético regional.
Hoy, según datos del Ministerio de Energía y Minas, los tres pilares del abastecimiento dominicano son Estados Unidos —que concentra más del 80% de las importaciones—, Países Bajos y Colombia. Solo en el tercer trimestre de 2025, el país importó hidrocarburos por un valor de US$ 1,163 millones. En el año completo 2025, la factura energética total ascendió a US$ 4,662.1 millones.
Esa concentración en tres proveedores —todos occidentales, ninguno del Golfo Pérsico— podría parecer una ventaja en el contexto actual. Y en parte lo es. Pero hay un dato que matiza esa lectura: el petróleo es un mercado global con precio único. Cuando el crudo sube en el Golfo Pérsico, sube en Houston, en Rotterdam y en Barranquilla. No importa de dónde venga el barril que llega a las refinerías que abastecen a República Dominicana: su precio de referencia es el mercado internacional. Y ese mercado está determinado, en buena medida, por lo que ocurre en esos 54 kilómetros de agua.
Lo que sí ofrece cierta protección es el creciente peso de la producción regional. Según el primer reporte mensual de Petróleo y Gas de la Organización Latinoamericana y Caribeña de Energía (OLACDE), correspondiente a enero de 2026, América Latina y el Caribe produjo 361 millones de barriles ese mes —un 11% más que en enero de 2025—, con Brasil, México y Venezuela concentrando el 70% del total. En gas natural, la región produjo 28,000 millones de metros cúbicos, con Argentina liderando gracias al desarrollo de Vaca Muerta (21%), seguida por Trinidad y Tobago (20%) y Brasil (13%).
El dato más relevante para el debate sobre vulnerabilidad regional: el 56% de las importaciones de petróleo y el 59% de las adquisiciones de gas natural en la región provienen de mercados intrarregionales. La integración energética latinoamericana avanza —aunque República Dominicana, como economía insular, enfrenta barreras logísticas que limitan su acceso a esa red continental.
El resultado concreto para los dominicanos es visible en la bomba: la semana del 2 al 8 de mayo, el Ministerio de Industria, Comercio y Mipymes (MICM) dispuso un aumento de hasta RD$ 9.00 por galón en gasolina premium y gasoil óptimo. La gasolina premium llegó a RD$ 323.10 y el gasoil óptimo a RD$ 275.10. La causa declarada: los aumentos en los precios internacionales del crudo impulsados por la crisis en Medio Oriente.
US$ 900 millones más en la factura energética y un subsidio que no para
El conflicto en Ormuz ya tiene precio en dólares para República Dominicana. El Banco Central (BCRD) proyecta que la guerra le costará al país US$ 900 millones adicionales en su factura energética durante 2026 —electricidad y combustibles— lo que elevaría el gasto total en energía a cerca de US$ 5,400 millones al cierre del año, frente a los US$ 4,662.1 millones registrados en 2025. Es el mayor choque energético que enfrenta la economía dominicana en décadas.
El impacto no se limita a la factura de importación. El BCRD advierte que la inflación superará el 5% entre el segundo y el tercer trimestre de 2026, alcanzando su mayor pico en ese último período. Los precios de bienes y servicios ya comenzaron a subir desde abril, empujados por el encarecimiento de los combustibles y su efecto en cadena sobre el transporte, la logística y la producción de alimentos.
Para contener el golpe, el Gobierno ha optado por absorber la mayor parte del aumento. El ministro de Hacienda y Economía, Magín Díaz, confirmó que el Estado destina entre RD$ 1,500 y RD$ 1,600 millones semanales al subsidio de combustibles —una cifra que el propio funcionario calificó como uno de los choques externos de oferta más severos registrados. La estrategia: absorber el 80% del aumento del precio internacional y trasladar solo el 20% al consumidor final.
Ante la crisis de 2022 —la guerra entre Rusia y Ucrania—, el gobierno de Abinader respondió con subsidios directos y reducción de aranceles. Esta vez, la escala es mayor. Abinader se dirigió a la nación para advertir que el impacto sería significativo en combustibles, electricidad y alimentos, y anunció la reasignación de RD$ 10,000 millones del presupuesto para enfrentar la crisis.
El debate sobre la sostenibilidad de ese modelo está abierto. Para el economista José Lois Malkún, esa es la decisión correcta en un contexto de alta incertidumbre. Para otros, el ciudadano termina financiando su propio alivio.
¿Tiene República Dominicana un plan B si el conflicto se prolonga?
El ministro de Energía y Minas, Joel Santos, aseguró en marzo que los principales contratos de suministro de gas —base de la matriz energética dominicana— tienen precios fijados, por lo que no habría impacto inmediato. Pero él mismo advirtió que una prolongación del conflicto podría afectar el abastecimiento a través del estrecho de Ormuz.
Esa es la pregunta que el país no ha respondido con claridad: ¿Qué ocurre si el conflicto se extiende más allá del "mediano plazo"?
La matriz energética dominicana ha cambiado sustancialmente en los últimos años de acuerdo con el exministro de Energía y Minas, Antonio Almonte . Entre 2020 y 2025, la participación de los derivados del petróleo en la generación eléctrica cayó de 45% a aproximadamente 10%, mientras el gas natural se consolidó como la principal fuente con un 41.4%, seguido por el carbón mineral con 29.7%. Esa diversificación reduce —pero no elimina— la exposición directa al precio del crudo.
El problema es que el gas natural tampoco es inmune a la geopolítica del Golfo Pérsico. Una parte del gas natural licuado (GNL) que se transa en los mercados internacionales proviene de la misma región que rodea el estrecho de Ormuz. Si el conflicto escala y los contratos actuales vencen sin renovación en condiciones favorables, el colchón de protección que hoy tiene el país podría adelgazarse de forma significativa.
En ese escenario, la producción regional emerge como una variable estratégica. El reporte de OLACDE muestra que América Latina y el Caribe tiene capacidad productiva creciente —especialmente en gas natural, donde Argentina, Trinidad y Tobago y Brasil concentran más del 50% de la producción regional. Trinidad y Tobago, en particular, se consolida como uno de los principales exportadores de GNL del hemisferio, con una posición geográfica que lo convierte en proveedor natural para el Caribe. Para República Dominicana, fortalecer vínculos de suministro con esa región —en lugar de depender exclusivamente de mercados transatlánticos— podría ser parte de una respuesta estructural a la vulnerabilidad actual.
El conflicto en Ormuz ha puesto sobre la mesa una discusión que en República Dominicana lleva décadas postergada: la soberanía energética.
El país avanza en la elaboración de su Política Energética Nacional 2050, una estrategia que busca diversificar la generación, ampliar el acceso a la energía y consolidar las fuentes renovables. La viceministra de Innovación y Transición Energética, Betty Soto, destacó el potencial del país para liderar un modelo energético sostenible en la región.
El argumento es sólido: la energía solar, eólica e hidroeléctrica no depende de ningún estrecho, de ningún conflicto bélico en el Golfo Pérsico ni de ninguna decisión de la OPEP. Un kilowatt generado por un panel solar en Azua o por un aerogenerador en Pedernales es un kilowatt que no está sujeto a la volatilidad del crudo internacional.
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