Hablar del arte estético de Wifredo García es extenderse largamente conversando con su obra y sus motivos. Lo conocí por su arte y tuve el privilegio de conocerle en lo personal, fuimos vecinos en mis años de juventud. Sus fotografías son un catálogo diverso de paisajes, formas, personas y hasta las concavidades eran objeto de su interés.
Le encantaba fotografíar las entradas de las cuevas, roca, ríos y flora en toda la geografía nacional, para no dejar escapar la imagen en el latir de lo cotidiano. Es un artista que arropa en sus diversas instancias una complejidad de imágenes, intereses y posturas, a través del lente y de sus escritos.
Yo lo considero como un hilandero de imágenes que mira inocente el telar y que trenza, a través de la luz, los escenarios de espacios realistas que, a los ojos de los humanos comunes parecieran retratos cotidianos, en la que ve la naturaleza, rostros, cielos, rocas y cuerpos con atributos de racionalidad.
Es él un hombre que potencia reflexiones a través de su fotografía de la naturaleza ontológica de las cosas, tal como un juego de espejos que se miran parpadeando los instantes, tras el clic de la cámara. Su obra es la afirmación de ese estar “ahí” en la temporalidad presente, cual gusto de retener memorias manifestadas en los resquicios de la luz y las formas.
Él es el ojo que busca los fundamentos de una verdad interior propia de una metafísica creyente en la posibilidad de la denuncia, de la conformación del ser. Es una vista atrevida, radicalizada en una corporeidad metafísica del arraigo. En la obra de Wifredo García hay más que puras formas para modelar en galerías, museos, o pasarelas que humanizan el oficio del fotógrafo.
Toda búsqueda es esencial y también una actitud de postura filosófica que sigue el sentido de la pregunta y de realizar actos para mantener un diálogo que permita descifrar a ese ser atemático que, en principio que, es interrogado por los simples sentidos. Afanosamente Wifredo García buscó encontrarse a sí mismo.
Como todo filósofo de la vida, este hombre sintió las formas y paisajes como su propia corporeidad. Es él un Heideggeriano del lente, un faenador que busca encontrar la verdad, tras el conocimiento profundo del ser y su sentido.
En el campo de la mirada de Heidegger cobra importancia el arraigo, la vuelta a la casa prístina. Wifredo va rebuscando en la naturaleza exuberante de las montañas, de las altas colinas de la Cordillera Central para encontrar ese clamor de identidades vulnerables de paisajes que se pierden por la deforestación y la contaminación de los afluentes.
Esos paisajes son deslegitimados por las élites blancas por la necesidad de abultar sus capitales. La naturaleza vulnerable de los campesinos y de la gente isleña son captados por la cámara de Wifredo García. Es un verdadero arqueólogo del ser, pues investiga las tópicas de su propio yo, el cual se convierte en un marco escindido entre lo peninsular (España) y ese estar en la isla. La dualidad de esos dos mundos se apropió de su psique. Esto abrió una geografía psíquica que aperturó los nuevos universos de significantes que lo fijan en el lugar, en un piso, una escultura y a un estar colonizado entre el mar/ océano.
A Wifredo García, lo impulsa ese atributo del arraigo y preservar memorias, bajo el principio de la repetición, una y otra vez, capta con su cámara fotográfica el mismo objeto para lograr, como todos los modernos, el reconocimiento de verdad interior, la cual objetiva tras complejos procesos técnicos en su laboratorio psíquico y físico.
La destreza del arte se subjetiva con la persona, pero da tanta importancia a la técnica y al reconocimiento del proceso como camino hacía la obtención de un lugar, de una explicitación mecánica, como si desconfiará de la cualidad del sujeto creador.
A Wifredo García, lo impulsa ese atributo del arraigo y preservar memorias, bajo el principio de la repetición, una y otra vez, capta con su cámara fotográfica el mismo objeto para lograr, como todos los modernos, el reconocimiento de verdad interior, la cual objetiva, tras complejos procesos técnicos en su laboratorio psíquico y físico.
La destreza del arte se subjetiva con la persona, pero da tanta importancia a la técnica y al reconocimiento del proceso como camino para la obtención de un lugar, de una explicitación mecánica, como si desconfiara de la cualidad del sujeto creador.
Esta instancia de repetición de imágenes es propia de un pensamiento de la modernidad. Como buen químico, formado en los avatares de una ciencia fáctica, da una marca, a todo objeto elegido por sus sentidos. Una de ella es la impecabilidad de sacar la esencia de lo que se ve y que pueda ser diluido en el marco de su saber técnico y científico. La segunda es el arrojo que, en el campo del psiquismo, sigue lo que presiente, buscando esencia de origen como Heidegger en la mismidad.
Esta instancia de repetición de imágenes es propia de un pensamiento de la modernidad. Como buen químico, formado en los avatares de una ciencia fáctica, da una marca, a todo objeto elegido por sus sentidos. Una de ella es la impecabilidad de sacar la esencia de lo que se ve y que pueda ser diluido en el marco de su saber técnico y científico. La segunda es el arrojo que, en el campo del psiquismo, sigue lo que presiente, buscando esencia de origen como Heidegger en la mismidad.
La mirada de arraigo implica ponerse en el camino para el reconocimiento del entorno no conocido. Es quizás por eso que se apresuró su marcha hacía las montañas y recovecos de la isla, a partir de un reconocimiento del Otro, ya sea la flora, la fauna, los campesinos, entre otros.
Cuando leí su libro qué tituló “La Catedral del Bosque” me recordó las viejas etnografías que deleitaron mis años de juventud, porque iba recogiendo día a día, lo que iba mirando.
Esa literatura antropológica siempre me sobrecoge, así como lo consigue en la escritura que forjó buscando esas imágenes que va conociendo e identificando y con las cuales establece lazos amorosos de respeto, admiración y comprensión con lo va mirando, a través de su lente y que describió en su diario de campo.
Wifredo García se involucra en un tipo de observación in situ, compartiendo experiencia, quedándose en la casa y heredades de los nuevos amigos que iba conociendo, tras sus escapadas por las colinas y valles de la isla.
El fotógrafo usó los diálogos y conversaciones para recoger la data que él usará para la comprensión de los significados e interpretaciones de la gente, a fin de desentrañar situaciones, mitos, y ese orden cosmogónico que, para Wifredo García, serían los elementos para la reflexión del científico o del artista. Lo miro como un viejo etnógrafo que conecta vidas.
Él solo usa herramientas de campo, tales como libretas de notas, un par de lentes y sus cámaras. Esto para mí es un medio necesario para que se de ese justo saber que, ontológicamente, implica el ser ahí presente, en el lugar en las cosas en sí y en la relación entre el observador y su lente.
Wifredo García tiene la habilidad de un buen etnógrafo, ya que hace las preguntas necesarias para que aflore eso que todo artista busca para captar las imágenes. Observa el color, la silueta, lo dramático del vendaval, de la lluvia, lo torrencial y del saber cotidiano.
Él se mueve denunciando sobre la merma de la correntía de las aguas, el avance de las fronteras agrícolas que afectan los valles por la ampliación de los cultivos que van destruyendo bosques y frondas.
De igual manera, observa los cortes de los árboles, los suelos, y florestas destruidas por los fuegos y la vulnerabilidad de la gente por la falta de alimento y de su exclusión de la tenencia de la tierra.
Durante las noches en esos viajes a la ruralía dominicana, con su lente capta las sombras, y esos claroscuros del paisaje, bajo el deleite de una taza de café por esos viejos rincones olvidados de la isla.
Es Wifredo García el que capta el vacío vibrante de posibilidades que se manifiestan en la naturaleza y en los entornos culturales. Wifredo se aferra a la posibilidad del instante, para potenciar el futuro. Es su obra un acto real puesto en escena del imaginario de la mismidad.
Por igual, con su lente capta las imágenes de opresión y dolor. Él vivió en una época donde se asfixiaba por la dictadura. El pueblo dominicano estaba atrapado bajo un contrato social desleal. La era de Joaquín Balaguer Ricardo es captada por la lente de éste hombre de silencio. Realizó retratos de lo popular, obreros, trabajadores del campo, pescadores, gente de la calle, las manifestaciones y lucha social de resistencia. Un verdadero etnógrafo de lo popular.
Es impresionante como su lente captaba todo lo que entendía que era la fuerza de lo isleño. Se interesó por todo lo que la gente común iba y venía haciendo por siglos, bajo el estandarte de no tener privilegios, libertades y de pertenecer a una clase social despreciada por las élites. Esa gente que retrató estaba asustada, faenaba y mostró desafíos para emanciparse. Gracias a Wifredo García tenemos una colección de fotos que refleja una época de terror y angustia para la clase trabajadora dominicana.
Es él, un retratista de un pueblo y sus calamidades. En su colección de fotografía tenemos los detalles de los cuerpos de los trabajadores faenando y de la juventud que se levantaba para enfrentar el desierto de la vida, en un espacio de exclusión.
Recoge su lente un contexto histórico de lugares, y representación. Cuando miro la obra de Wifredo García, me pregunto, ¿qué intentaba hacer Wifredo?
En mi humilde entender, en su obra encontramos una apuesta por desenmascarar la cotidianidad de la gente, sus luchas, así como en lo social mostrarnos las diferencias horrendas de clases y de exclusión. Sus retratos son denuncias a voces altas de cómo vivían los invisibilizados de la historia.
Elabora una obra para destapar las imágenes de los excluidos, esos hombres y mujeres que no van aparecer en los libros de textos que promueve la historia oficial.
Su arte es tan ético y valioso, que uno no puede imaginarse a un hombre blanco, como Wifredo que vivió en Santiago, era empresario y que se codeaba con una clase que mantenía muy a raya su estatus diferenciador y su jerarquía frente las otras clases sociales.
Se interesó por esas diferencias, la retrataba para decir que el otro sí existe. Ese otro estaba ahí trabajando en las fábricas, sembrando en los campos, vendiendo y existiendo como podía para buscarse el pan de cada día.
Él vivió en Santiago, con los hombres y mujeres de abolengo y tradiciones que excluyen a mucho de la propiedad y del acceso a recursos. No obstante, Wifredo se marcha de Santiago, pero no dejó nunca de retratar sobre ese saber popular, a esos hombres y mujeres que sostienen la sociedad en su espalda. Podría ser contradictorio por su condición de clase, pero sus lentes eran radicales y críticas, porque no dejó de reclamar mediante su arte esos espacios de exclusión y silencio.
A mi entender, sus viajes a distintos puntos de la isla fue motivado por un deseo. No quería que se escapara nada de lo que iba ocurriendo frente a él. Wifredo necesitó en lo personal darle presencia, a esas memorias invisibles. Mantuvo un diálogo interior y realizó reflexiones como persona para entender su propio ser artista.
Con el clic de su cámara cosquilleo los cielos y analizó el sujeto que observó para perpetuar lo que para él tenía validez histórica. Se hace evidente un actuar de su psiquismo, una forma de pensar y reflexionar con una hermenéutica de la imagen. Wifredo García logra con su lente retratar, la tarea de su ontología.
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