Sabía que tarde o temprano metería la pata. Lo sabía aunque nadie se adelantó a mis pronósticos. Solo observé sus formas y el modo en el que se presentó, una tarde cualquiera, en la última Feria del Libro de Santo Domingo. Le observaba a cierta distancia y casi me parecía estar viendo su imagen frente al televisor. Vestía con estilo y de forma impecable: saco de color gris, camisa blanca, zapatos bien lustrados y lucía un peinado discreto y en perfecto orden. Unas jóvenes, muy alejadas al menos en apariencia de aquel ambiente, al reconocerlo le pidieron una foto y él, sonriente y atento, accedió a su deseo. Después, discreto y con paso comedido, se fue acercando a las casetas de las distintas editoriales que fue encontrando en su camino. Llamó mi atención la manera calculada en la que se situaba a prudente distancia de los libros, como si uno de ellos pudiera brincarle repentinamente y arruinar su indumentaria. Se sabía —o se rumoreaba más bien entre los corrillos del ámbito literario— que su estrella despuntaría un día de estos, fruto de un decreto presidencial, en medio del firmamento con rutilante incandescencia. No era casual su presencia en aquel espacio al que, todo sea dicho, nunca en su vida había asistido ni por asomo.

Desde hacía un tiempo el enorme hongo de superficialidad, que se expande imparable desde la pantalla chica y las redes sociales, se había desparramado por el mundo invadiéndolo todo y se estaba cobrando su peaje en foros internacionales, colocando a menudo a nuestro país en una posición de vergonzoso hazmerreír. Si he de ser sincero, ese mismo mal se extendía por cualquier lugar, mirase uno por donde mirase. Y lo más trágico de todo esto, a mi modo de entender, no es solo que el principal activo en materia cultural de un estado, sea el que sea, lance al mar al lugar que representa con insólitas y sorprendentes declaraciones, sino que desde hace unos años el concepto mismo de cultura está, salvo honrosas excepciones, en manos de mercenarios en demasiadas ocasiones ignorantes hasta el insulto.

Hoy en día estos cargos, que dirigen el transcurrir de eventos y promociones de este tipo, son asumidos por personajes de egos hinchados que compiten, unos con otros como buenos arribistas del medio, por la primera plana de los diarios. Si a todo ello se suma la complicidad manifiesta de intelectuales de consolidado prestigio y mayor bagaje en el mundo de las letras que introducen sus cabezas en el estrecho agujero del avestruz, bien por indiferencia o por temor a ser señalados y evitar que esa bala les toque, obtenemos como resultado un caldo de cultivo cada vez más vacío y desolador. Los tiempos del pensamiento crítico y comprometido con el devenir histórico, social y cultural de una nación parecen haber pasado de largo. Escritores, pensadores, eruditos, hombres y mujeres como Albert Camus, Hannah Arendt, Juan Goytisolo y tantos otros, son especímenes hoy raros y en claro peligro de extinción. Pocos, actualmente, son capaces de rozar con la palabra ni tocar, nada ni a nadie, siquiera con el pétalo de una rosa. La desfachatez y el descaro con el que de la noche a la mañana surgen de la nada individuos que asumen, por derecho propio, el título de poeta y obtienen por ello el favor de un público que carece del menor recorrido lector, constituyen el efímero y débil patrimonio de este y otros muchos lugares del mundo. Galardones de corte internacional, que ninguno de los magníficos autores y poetas de la generación del 48 en República Dominicana soñó siquiera alcanzar, configuran hoy un universo de nuestras letras cada vez más prescindible y estéril. Y lo más sorprendente de todo este asunto es que se promueven unos a otros, se retroalimentan sin el menor rigor literario y sin la menor exigencia mientras vuelan con el pecho henchido de fatua gloria.

Vivimos —y es penoso decirlo— en una complicidad peligrosa, tanto aquellos que nos representan institucionalmente como muchos que desde la bancada contraria no se inmutan ante un mundo repleto de trepadores, traficantes de silencios y oportunistas sin pudor alguno.

Considero por tanto pura hipocresía y ruido innecesario por parte de cierta gente la alarma producida por un despropósito torpe y ocasional del ministro de turno, dentro o fuera de nuestras fronteras. Todo cuanto sucede en nuestro medio es exactamente igual de deprimente que cualquier metedura de pata que hoy se critica con la boca llena de adjetivos. Muchos pescan estos días en río revuelto, pero me pregunto hasta qué punto los que hoy critican, este o cualquier otro disparate, no hacen tanto o más daño con su indiferencia hacia el resto de atrocidades que a diario se cometen en nombre de la poesía, las artes o el pensamiento. Por otro lado, no dejo de cuestionarme al mismo tiempo hasta dónde están dispuestos a llegar aquellos que utilizan la lisonja, tan unida al ADN de esta isla, cuando de alcanzar algo se trata. Por fortuna, nos quedará siempre el hecho de pensar con autonomía y criterio propio para ver más allá de una sola cara del cuadrante.

Todas estas líneas me recuerdan las palabras de Octavio Paz cuando afirma que a veces uno ha de arriesgarse a ser impopular y a no decir cosas solo para ser agradable a oídos del auditorio. Por otro lado y dicho sea de paso, Paz suele ser uno de esos autores citado de modo recurrente por muchos, como quien exhibe una monedita de oro, muy alejada sin embargo del espíritu crítico que poseía el mexicano. Este, a diferencia de algunas de las personas que mencionan con reverencia su nombre en cualquier foro posible, jamás aparecería en el centro de una foto con quienes Roberto Juarroz denomina «parásitos de la literatura», esos líquenes que viven en los manglares chupando la sangre de los artistas. Vivimos —y es penoso decirlo— en una complicidad peligrosa, tanto aquellos que nos representan institucionalmente como muchos que desde la bancada contraria no se inmutan ante un mundo repleto de trepadores, traficantes de silencios y oportunistas sin pudor alguno. Estamos sumergidos en el centro mismo de una hecatombe cultural y asumir distancias, expresando abiertamente posiciones críticas, es una responsabilidad que no se puede delegar en los demás.

David Pérez Núñez

Escritor

Poeta, narrador y ensayista. El autor está situado desde siempre al margen de movimientos literarios. De difícil ubicación nunca formó parte de ningún taller de literatura y poesía, no se unió a grupos ni a corriente alguna. Independiente, escritor desde la periferia, se le puede describir como un punto tangencial en el universo de las letras de su país.

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