La noche del 14 de junio, la Sala Carlos Piantini del Teatro Nacional Eduardo Brito acogió una de las citas musicales memorables de la presente temporada. Ante un público que prácticamente llenó el aforo y demostró una extraordinaria receptividad, el Trío VibrArt ofreció un concierto de excepcional calidad interpretativa que confirmó el prestigio internacional de esta agrupación española, fundada en Berlín en 2015.
Integrado por el pianista Juan Floristán, el violinista Miguel Colom y el violonchelista Fernando Arias, el conjunto presentó un programa de gran atractivo que reunió obras de Ludwig van Beethoven, Felix Mendelssohn y Manuel de Falla. La propuesta articuló un viaje estético que transitó desde el clasicismo y el romanticismo alemán hasta los colores, pasiones y leyendas de la tradición musical española.
Uno de los aspectos más afortunados de la noche ocurrió incluso antes de que sonara la primera nota. Con sencillez, simpatía y una evidente vocación pedagógica, Juan Floristán dirigió unas palabras al público para introducir el repertorio. Lejos de cualquier formalismo académico, sus comentarios permitieron acercar a los asistentes al universo emocional de los compositores, generando una inmediata empatía en la sala.
Al referirse al célebre Trío Op. 70 No. 1 de Beethoven, conocido como "El fantasma", el pianista evocó la atmósfera oscura y misteriosa de su movimiento lento, comparándola con una escena espectral surgida del teatro de Shakespeare. La observación resultó especialmente pertinente: la interpretación posterior del conjunto logró transmitir con rigor ese clima sombrío y casi sobrenatural que ha convertido a esta obra en una de las páginas más fascinantes de la música de cámara.
Desde los primeros compases fue evidente la compenetración de los tres instrumentistas. Más allá de sus brillantes trayectorias individuales, VibrArt actúa como un organismo musical único, donde cada integrante conserva su identidad mientras contribuye a un discurso colectivo de admirable equilibrio. La ejecución de la pieza beethoveniana destacó por la claridad de sus líneas, la riqueza de matices y la inteligencia de su construcción dramática, coronada por un movimiento final (Presto) abordado con una energía y precisión que provocó los primeros grandes aplausos de la noche.
Floristán anunció también una pequeña modificación respecto al orden inicialmente previsto, colocando la Danza ritual del fuego entre Beethoven y Mendelssohn, una decisión que aportó variedad y balance a la estructura del concierto. Esta célebre página de Manuel de Falla se integró además a las celebraciones por el 150 aniversario del nacimiento del compositor. El pianista explicó que la versión correspondía a un arreglo propio para trío, inspirado en la escena de conjuros y hechizos de El amor brujo. El relato previo sobre la joven gitana atormentada por el espíritu de un antiguo amante preparó admirablemente al público para la intensidad de la obra. La interpretación fue sencillamente magistral; los músicos desplegaron una fuerza expresiva que recreó con brillantez los ritmos y tensiones de la emblemática pieza, convirtiendo sus páginas finales en uno de los momentos culminantes de la función.
La segunda parte estuvo dedicada al Trío No. 1 en Re menor, Op. 49 de Felix Mendelssohn, obra cumbre del repertorio romántico. En su introducción, Floristán había destacado el carácter casi sinfónico de la partitura, una advertencia que la audiencia pudo constatar en la ejecución: por momentos, la opulencia sonora y la amplitud expresiva parecían desbordar las posibilidades de solo tres instrumentos en el escenario. El Finale: Allegro assai appassionato fue interpretado con una combinación idónea de lirismo y virtuosismo. La comunicación entre los músicos alcanzó aquí su cenit, sosteniendo la tensión dramática hasta la última nota.
En el plano individual, Miguel Colom ofreció un sonido elegante y luminoso, dotado de refinamiento y precisión, mientras que Fernando Arias aportó profundidad, nobleza y una cálida riqueza tímbrica desde el violonchelo. Por su parte, la actuación de Juan Floristán confirmó la presencia de un artista excepcional. Su dominio técnico, sensibilidad, capacidad comunicativa y liderazgo interpretativo revelaron a un pianista de categoría extraordinaria, capaz de dotar a cada frase de intención y significado.
La acústica de la Sala Carlos Piantini permitió apreciar con nitidez la gama de matices del conjunto, favoreciendo una escucha detallada. Al concluir el programa, el público respondió con una prolongada ovación de pie y entusiastas gritos de ¡Bravo!, que obligaron a los artistas a regresar al escenario. Como agradecimiento, ofrecieron un regalo musical que propició el instante más emotivo de la noche: una entrañable interpretación de Por amor, del maestro Rafael Solano. El gesto fue acogido con emoción desbordante; los asistentes acompañaron la melodía cantando suavemente, creando una comunión perfecta que cerró el encuentro con un hermoso homenaje a la sensibilidad musical dominicana.
Tras bastidores: una alianza de excelencia y un esfuerzo titánico
Detrás del impecable resultado estético que el público disfrutó sobre las tablas, existió un engranaje institucional y técnico que merece ser puesto en valor. Esta presentación de VibrArt es el fruto de un sólido compromiso anual que la Unión Europea mantiene con la Fundación Sinfonía. Desde el año 2021, en plena salida de la pandemia, esta delegación internacional ha respaldado de manera ininterrumpida proyectos de altísimo valor que dinamizan la oferta cultural de la República Dominicana. Este continuo apoyo, consolidado bajo la gestión actual del embajador Raúl Fuentes Milani y el valioso impulso de Stefaan Pauwels, desde la segunda jefatura de la misión, reafirma los lazos de cooperación y el compromiso de la UE con la excelencia artística en el país.
Para articular este esfuerzo sostenido, ha sido fundamental la labor de Margarita Miranda de Mitrov, quien desde la Fundación Sinfonía asumió la coordinación general del proyecto. Su entrega y su rol como ente moderador entre los distintos actores institucionales permitieron canalizar con éxito las voluntades de esta gran alianza cultural, asegurando la continuidad de un evento que ya es un esperado aporte anual al desarrollo artístico nacional.
Asimismo, es de rigurosa justicia rendir un alto reconocimiento al Teatro Nacional Eduardo Brito y a la impronta de su director general y artístico, Carlos Veitía. Bajo su gestión, la principal sala del país no solo opera como un recinto de acogida, sino como un coautor del éxito de cada propuesta gracias a un liderazgo marcado por la generosidad, el criterio estético y una profunda sensibilidad hacia los creadores. El sello de su dirección se manifiesta en dos columnas fundamentales. Por un lado, su competente personal ejecutivo, cuya solvencia administrativa, receptividad y fina planificación estratégica ofrecieron desde las primeras reuniones una total tranquilidad y seguridad organizativa a los promotores del evento.
Por el otro, ese liderazgo se derrama en una mística de trabajo extraordinaria en el personal de piso. Sabiendo que los tiempos jugaban en contra debido a una producción de gran envergadura que ocupó la sala hasta la noche del sábado, los técnicos del escenario —el experimentado cuerpo de regidores, luminotécnicos, sonidistas y tramoyas— se entregaron a un maratón logístico ejemplar, trabajando de manera ininterrumpida hasta el amanecer. Su labor especializada no solo abarcó el complejo desmontaje del montaje anterior y el riguroso ensamblaje para VibrArt, sino también el reacondicionamiento estético minucioso de la escena, llegando incluso a pintar por completo el piso del escenario para que luciera impecable. Este esfuerzo titánico del equipo técnico y ejecutivo evidencia la excelencia y la profesionalidad que caracterizan la actual etapa del Teatro Nacional de la mano de Carlos Veitía.
Más que un concierto, la presencia de VibrArt se transformó en un testimonio vivo de lo que es posible cuando la voluntad institucional y la pasión por el arte se conjugan en un mismo propósito. El cuerpo diplomático de la Unión Europea, la Fundación Sinfonía y la dirección del Teatro Nacional Eduardo Brito fundieron sus esfuerzos en una hermosa complicidad para ofrendar una experiencia de primer nivel internacional, con el único y noble fin de conmover el alma del gran público que llenó la sala y disfrutó a plenitud de esta gran entrega. En tiempos donde la prisa suele imponerse a la contemplación, jornadas tan luminosas como esta nos recuerdan que, cuando los liderazgos se unen alrededor de la belleza, la música tiene el poder absoluto de elevar el espíritu, sanar las distancias y hermanar a los seres humanos a través de la emoción compartida.
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