Para nuestro querido profesor Sotolongo. Nunca podremos agradecerte tanto…
Antes de adentrarnos en el artículo, resulta necesario destacar la contribución del profesor Pedro Luis Sotolongo a la difusión del pensamiento complejo en la República Dominicana. Aunque estas ideas ya eran conocidas por algunas académicos e intelectuales, fue Sotolongo quien, a través de los programas de formación en pensamiento y teoría de la complejidad impartidos generosamente durante varios años en FUNGLODE, contribuyó a la formación de una masa crítica de interesados de estas ideas, que dejaron de ser patrimonio de voces aisladas.
El profesor Sotolongo conoció a Edgar Morin. Le profesaba un gran respeto. En varias ocasiones intentó traerlo al país, aunque esos esfuerzos no prosperaron debido a limitaciones propias de su avanzada edad, cercana ya a el centenario.
Para Sotolongo, Morin representaba no solo una fuente de ideas innovadoras y vanguardistas, sino también un modelo de compromiso intelectual y humano. Encarnaba el pensar con claridad y honestidad en tiempos convulsos, alguien que sostuvo posiciones éticas frente a las presiones del poder y que nunca cedió a la comodidad de las certezas.
Esa admiración, fundada tanto en la riqueza de sus aportes teóricos como en la coherencia de su trayectoria intelectual y política, se hacía evidente en sus intercambios personales y en las sesiones que impartía.
Una biografía forjada en el fuego de la historia
Edgar Nahoum, quien adoptaría el seudónimo de Edgar Morin durante la Resistencia francesa, nació en París el 8 de julio de 1921, en el seno de una familia judía de origen sefardí, y falleció a los 104 años el pasado 29 de mayo. Creció en una ciudad marcada por las tensiones de entreguerras, entre el ascenso del fascismo y la intensa efervescencia política de la primera mitad del siglo pasado.
Desde muy joven se sintió atraído por las ideas de izquierda y, durante la Segunda Guerra Mundial, se incorporó a la Resistencia francesa contra la ocupación nazi. Concluido el conflicto, ingresó al Partido Comunista Francés, del que fue expulsado en 1951 debido a sus críticas y a su rechazo de la ortodoxia estalinista.
Aunque nunca abandonó su compromiso con los ideales progresistas, se negó a sacrificar la autonomía del pensamiento crítico en nombre del dogmatismo doctrinario o la disciplina partidaria. Tras la Guerra desarrolló una intensa actividad intelectual y periodística, participando activamente en los grandes debates ideológicos, políticos y culturales de su tiempo.
Vivió el Mayo del 68 con entusiasmo y lucidez, interpretando el movimiento estudiantil no solo como una protesta política, sino también como el síntoma de una crisis civilizatoria derivada del desfase entre las promesas de la modernidad y sus resultados concretos.
A lo largo de las décadas siguientes, Morin participó en debates de alcance global. Se opuso a guerras como la de Irak, defendió la causa palestina, abogó por una política mundial de carácter civilizatorio, denunció las lógicas excluyentes y extractivas del neoliberalismo, defendió la necesidad de reformar la educación y el pensamiento como condición indispensable para transformar la sociedad, y promovió la solidaridad global frente a las crisis ecológicas, migratorias y sanitarias.
Se interesó profundamente por América Latina y el Sur Global, cuestionando el eurocentrismo y promoviendo un humanismo planetario capaz de integrar tradiciones, saberes y experiencias diversas, por lo que se entusiasmó con los principios y la cosmovisión andina de la corriente del Buen Vivir.
Su compromiso ético y político se mantuvo intacto hasta el final de sus días, fiel a la figura del intelectual comprometido que encarnó a lo largo de toda su vida.
Un pensador sin fronteras
Edgar Morin es reconocido como un intelectual prolífico y multidisciplinario. Incursionó en campos muy diversos del conocimiento, convirtiéndose en una figura singular entre los grandes pensadores del siglo XX. Aunque cursó estudios formales de Derecho, Historia y Geografía, fue un gran autodidacta. La amplitud, profundidad y originalidad de su pensamiento le permitieron transitar con solvencia y autoridad entre distintas disciplinas y ámbitos de reflexión.
Sus principales aportes estuvieron orientados a comprender los fenómenos en sus contextos e interrelaciones, evitando las simplificaciones que fragmentan y oscurecen la realidad. Concebía al ser humano como una unidad compleja, integrada por dimensiones biológicas, sociales, culturales psicológicas y espirituales, inseparables entre sí.
En Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, obra auspiciada por la UNESCO y promovida por la querida Inmaculada Madera, Morin propone una educación que vaya más allá de la simple transmisión de información.
Critica la enseñanza fragmentada, aquella que divide el saber en compartimentos estancos e incomunicados. Un estudiante puede aprender biología sin comprender la vida, historia sin comprender el presente, economía sin comprender la sociedad o tecnología sin comprender sus consecuencias humanas. Esa fragmentación produce especialistas competentes, pero ciudadanos desorientados.
Morin considera fundamental promover el diálogo, la empatía y el respeto a la diversidad, así como una ética orientada a fortalecer la solidaridad, la responsabilidad y el compromiso con el bien común. Se trata de formar personas capaces de pensar críticamente, comprender la complejidad del mundo, actuar con responsabilidad y afrontar los desafíos de una realidad cada vez más cambiante e interconectada.
En el plano político defendió una visión centrada en el desarrollo humano, la solidaridad y la sostenibilidad. Durante sus últimas décadas prestó una atención creciente a la cuestión ecológica. Como parte de su enfoque holístico, sostenía que la humanidad enfrenta una crisis planetaria que exige el desarrollo de una conciencia de especie, capaz de superar las visiones exclusivamente nacionales o culturales. A su juicio, solo una comprensión más amplia de nuestro destino común, como una Tierra Patria, permitiría afrontar los desafíos de la supervivencia humana.
Un pensamiento para tiempos inciertos
La contribución más original y duradera de Edgar Morin al pensamiento contemporáneo reside en lo que denominó el paradigma de la complejidad. Se trata de una propuesta epistemológica que cuestiona los fundamentos sobre los cuales las ciencias de la modernidad han organizado las formas de conocer y comprender la realidad.
Según Morin, el pensamiento científico heredado del racionalismo cartesiano, aunque extraordinariamente eficaz para explicar numerosos procesos técnicos y productivos, tiende a simplificar y aislar los fenómenos, separándolos de los contextos, interrelaciones y dinámicas que les otorgan sentido, para reducirlos a sus componentes más simples.
Esta forma de conocimiento da lugar a lo que denominó inteligencia ciega. Una racionalidad altamente competente dentro de ámbitos especializados del saber y responsable de grandes avances científicos y tecnológicos, pero que conoce el mundo fragmentándolo, lo que dificulta comprender las interrelaciones entre fenómenos distintos, la emergencia de lo nuevo y los procesos de retroalimentación que caracterizan a los sistemas vivos y sociales.
En este sentido, el biólogo puede conocer con gran precisión el funcionamiento de un árbol sin comprender plenamente la dinámica del ecosistema del que forma parte. Del mismo modo, el economista puede dominar los modelos de crecimiento sin conectar sus efectos con el calentamiento global, la degradación ambiental y la desigualdad social.
Una distinción fundamental en la obra de Morin es la diferencia entre lo complicado y lo complejo. Un sistema complicado, como un avión, posee numerosas piezas y mecanismos, sus componentes pueden separarse y conocerse de forma exhaustiva y su funcionamiento es muy predecible.
Un sistema complejo, en cambio, como un organismo vivo, una ciudad, una sociedad o un ecosistema, presenta propiedades emergentes que ninguna de sus partes tiene por sí sola. Además, opera mediante interacciones y retroalimentaciones no lineales que modifican continuamente su comportamiento de forma que no es predecible siempre y completamente. Esto distingue el paradigma de la simplificación del paradigma de la complejidad. No se trata de una diferencia de grado o tamaño, sino de naturaleza epistemológica.
El pensamiento complejo no constituye una teoría más de la filosofía académica, según Morin es una manera diferente de pensar que reconoce la realidad como contradictoria, incierta y enred-dada, como gustaba repetir al profesor Sotolongo; subrayando con ese juego de palabras el carácter entrelazado de los fenómenos que la conforman.
Pero Morin no propone abandonar la racionalidad clásica, sino reformarla, haciéndola más amplia, profunda y verdadera. Su pensamiento descansa en varios principios fundamentales, entre los que destacan el dialógico, el de recursividad y el hologramático.
El dialógico sostiene que conceptos que parecen antagónicos, como materia y energía, naturaleza y sociedad, o vida y muerte, no se excluyen mutuamente. Por el contrario, coexisten en una relación de tensión y complementariedad que no puede resolverse mediante una síntesis superior, como en la dialéctica hegeliana. Para Morin, los antagonismo y contradicciones de la realidad se preservan y deben ser pensados conjuntamente.
El principio de recursividad rompe con la concepción lineal de la causalidad, según la cual una causa produce directamente un resultado, sin ningún tipo de retroalimentación o retorno. En los sistemas complejos, las causas producen efectos y los efectos retroalimentan las causas. Así, la sociedad genera individuos y los individuos generan la sociedad. De forma similar, las abejas dependen de las flores para alimentarse, mientras las flores dependen de las abejas para su polinización y reproducción. La causalidad es un bucle, no una flecha.
El principio hologramático modifica la relación clásica entre las partes y el todo. En los sistemas complejos, el todo está presente en cada parte, y cada parte contiene al todo, similar a un fractal que reproduce la imagen completa, aunque a otra escala y nitidez.
La realidad no es una suma mecánica de partes aisladas. Las partes no pueden conocerse adecuadamente sin conocer el todo, como tampoco el todo puede conocerse sin el conocimiento de las partes. Este principio convirtió a Morin en uno de los grandes defensores del pensamiento transdisciplinario, orientado a articular saberes diversos para alcanzar una comprensión más integral de los fenómenos. Por ello, la separación estricta entre lo micro y lo macro, entre las partes y el todo, deja de ser epistemológicamente sostenible.
Dos conceptos adicionales merecen destacarse: la autoorganización y la emergencia. El primero sostiene que los sistemas complejos generan continuamente formas de organización a partir de sus interacciones internas y de su relación con el entorno.
Factores como el desorden y la perturbación no son simples obstáculos que deban eliminarse, sino condiciones que pueden impulsar procesos de reorganización y transformación. Idea que contradice uno de los supuestos del pensamiento científico clásico: que el orden solo puede surgir mediante la supresión del desorden.
Para Morin, orden y desorden son inseparables y mantienen una relación dinámica. El desorden no es únicamente una fuerza de desorganización y disolución, sino también un factor coproductor del orden, indispensable para la evolución y transformación de los sistemas.
Asimismo, rechaza la idea positivista de que la incertidumbre constituye un defecto a ser eliminado por el avance científico. La considera una condición permanente, que imposibilita el conocimiento completo y definitivo de los fenómenos complejos. Todo sistema complejo tiene cierto grado de indeterminación, más allá de un horizonte temporal limitado, al que Sotolongo denominaba “el adyacente inmediato”.
La noción de emergencia designa la aparición de propiedades o cualidades que surgen de las interacciones entre los componentes de un sistema y que no están presentes en ninguno de ellos por separado. La consciencia no se encuentra en ninguna neurona, el lenguaje no se halla en ninguna palabra aislada y la vida no reside en ninguno órgano individual ni puede reducirse a los procesos físicos y químicos que la sustentan.
Los fenómenos emergentes resultan de la organización y de las interacciones entre las partes y su entorno. En este sentido, el todo es más que la suma de sus partes, pues genera propiedades nuevas que no pueden explicarse únicamente a partir de los elementos que lo componen ni de sus comportamientos particulares.
Lo complejo es aquello que no puede reducirse a una sola lógica, a una sola causa o a un único nivel de análisis. Para comprenderlo se requiere lo que Morin denomina racionalidad abierta: una aproximación epistemológica que establece un diálogo con lo real en lugar de imponerle un esquema preconcebido. Se trata de una perspectiva que acepta la incertidumbre y la contradicción como condiciones estructurales de la realidad y no como errores que la ciencia eventualmente resolverá. Además, reconoce que todo conocimiento es parcial, puntual e incompleto, sin que esto signifique abandonar los esfuerzos de comprensión.
La realidad se organiza en niveles crecientes de complejidad cuyas propiedades no pueden deducirse mecánicamente de los niveles inferiores. Cada nivel posee cualidades emergentes y creativas acorde con su especificidad. De ahí que los sistemas complejos presenten siempre un margen de incertidumbre e imprevisibilidad que dificulta pronosticar con certeza.
Los planteamientos anteriores son antideterministas y contrarios a concepciones teleológicas de cualquier tipo. Invitan a pensar con libertad y apertura, entendiendo que el futuro está abierto a múltiples posibilidades, por lo que debe considerarse como “una página en blanco”; como repetía con frecuencia el profesor Sotolongo, parafraseando a Morin.
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