La historia del cuento dominicano tiene una impronta costumbrista, cuya figura indiscutible y señera es Juan Bosch. Evoluciona, como se ve, de manera tardía, pero logra su repunte de renovación moderna en la década del sesenta, cuando sus cultores exploran otras vertientes expresivas, técnicas y temáticas, distanciándose del criollismo plano. Sus balbuceos se inician en la década de los años veinte, y Bosch, con su vertiente socio-realista y didáctica, logra su mayor proyección y hallazgos estéticos. En el cuento se resume el imaginario y la sabiduría de un pueblo; por su brevedad, se asemeja al poema, pero en el cuento hay más concentración y condensación, ya que posee el aliento narrativo y la fantasía descriptiva, tan caras al relato breve de ficción.

La atención por parte de la crítica hacia el cuento ha sido más discreta porque la poesía ha tenido más espacio de promoción y receptividad. Basta decir que la primera antología de poesía que se publica en el país, en 1874, fue La lira de Quisqueya, de Juan de Castellanos, y, en cambio, la de cuento se remonta a 1957, de la autoría de Sócrates Nolasco, aunque Max Henríquez hizo una en 1938, pero no se publicó sino en 1995, póstumamente, pues se había quedado en archivos cubanos.

Nuestra tradición narrativa tiene deudas con la poesía de voces paradigmáticas como las de Tomás Hernández Franco, Pedro Mir, Otilio Vigil Díaz, Domingo Moreno Jimenes, Franklin Mieses Burgos, Héctor Incháustegui Cabral, Manuel Rueda, Freddy Gatón Arce o Aída Cartagena Portalatín, cuyo fenómeno es insoslayable, y parangonable al mismo que se dio con el Boom de la narrativa hispanoamericana y los poetas que le sirvieron de acicate y estímulo, y que fueron precursores, como Darío, Neruda, Borges, Huidobro, Vallejo y Paz, al decir de Carlos Fuentes. Muchos de los cuentistas dominicanos han venido de la poesía, y otros, de la novela, o han ido de la novela al cuento.

Con Bosch la cuentística local funda una Era, cuyo estilo, dominio del oficio y de la lengua, siembra la semilla de una tradición, que tiene sus dioses tutelares y sus epígonos. Y este hecho mismo lo coloca en un lugar especial, en el concierto de los maestros del relato breve en Hispanoamérica, y en uno de los pocos teóricos del cuento. Su opúsculo, Apuntes sobre el arte de escribir cuentos, representa una poética, un documento de consulta y de lectura en círculos académicos y en talleres literarios. Del imperio de la poesía sobre el cuento, y del predominio del costumbrismo, el cuento nacional, que se alimentó de los frutos telúricos, ha alcanzado ribetes vanguardistas (o experimentales) con Efraim Castillo, Marcio Veloz Maggiolo, Pedro Peix, Roberto Marcalle Abreu o René Rodríguez Soriano, desde la década del setenta. Como se puede apreciar, en esta antología, los cuentistas que aparecen forman parte de una tribu de narradores, cuyas técnicas, recursos y facturas los hacen acreedores de un imaginario de usos y símbolos capaces de navegar en las aguas de lo fantástico, el horror, la angustia existencial, la sordidez de lo real y la magia cotidiana. O desde la nostalgia del pasado y el desarraigo del presente, pasando por las fluctuaciones del cosmopolitismo a la tierra nativa, en tanto decorado de la imaginación y el paisaje.

A partir de la década del sesenta, el cuento pasa de lo rural a lo urbano y, en la década del ochenta, este rasgo se acentúa aún más hasta llegar a lo posmoderno con la incorporación, a un tiempo, de lo lírico, lo lúdico y lo sórdido, poniendo en crisis la tradición socio-realista, y en deudas con García Márquez, Borges y Cortázar, por su tono fantástico. Los cuentistas del sesenta rompen con el costumbrismo criollizante y pintoresco, y el coloquialismo plano de los cuentistas sociales precedentes: adoptan una conciencia del oficio realmente renovadora. Y lo hacen postulando nuevos códigos narrativos, alejados del pintoresquismo y del tema de la tierra, y apelando a presupuestos técnicos que provienen del cine, la música popular o los mitos cotidianos de la cultura urbana. Muchos de ellos transforman la anécdota en recurso narrativo, y la historia, en ficción mítica. El cuento nuestro se estanca en la década del treinta, se abisma en una arritmia y se congela en el criollismo más anacrónico. Sin embargo, a partir de la década del sesenta, toma aire de modernidad y asume nuevo impulso, a partir de las premiaciones del Concurso La Máscara, y en las décadas sucesivas, con el Concurso de Casa de Teatro, del Premio Nacional de Cuentos del Ministerio de Cultura, de los premios de cuentos de Radio Santa María, de La Vega, de la Fundación Global, Democracia & Desarrollo, de la Fundación Cultural Renovación, de Puerto Plata, de la Alianza Cibaeña, de Santiago, de la Universidad Central del Este (UCE) y del Arzobispado de Higüey. Estos certámenes han dinamizado la práctica del cuento en el país, y dado un notable impulso creativo, cuyos frutos son tangibles.

René del Risco Bermúdez

La oleada de cuentistas de la actualidad constituye una verdadera tradición con matices propios, que le han inyectado nueva sangre al torrente de la ficción, fortaleciendo sus cimientos formales y su factura expresiva. Los cuentistas del presente están muy lejos del didactismo social y del estilo diáfano, conciso y lineal de Bosch, y, en cambio, asumen un rosario de técnicas, puntos de vista, recursos intertextuales y prosodia lúdica que los aleja de nuestro maestro por antonomasia del género en las letras dominicanas. El vacío dejado por René del Risco Bermúdez y Miguel Alfonseca a principios de la década del setenta (el primero porque muere a destiempo y el segundo porque abdica del oficio) lo ocupan Armando Almánzar, José Alcántara Almánzar, Efraim Castillo, Enriquillo Sánchez, Arturo Rodríguez Fernández, Pedro Peix o Roberto Marcallé Abreu, hasta finales de la misma década y bien entrada la década del ochenta.

De la Seine au Camú. Une siécle de nouvelles dominicaines —con selección del cuentista dominicano René Rodríguez Soriano y traducción del canadiense André Charland— nos presenta una radiografía vertiginosa de la evolución del cuento dominicano donde descuellan figuras consagradas y otras que acusan visos de madurez, y que van de Bosch a Marcio Veloz Maggiolo, de Tomás Hernández Franco a Manuel Rueda, de José Rijo a José Alcántara Almánzar, de Sanz Lajara a René del Risco, de Virgilio Díaz Grullón a Pedro Peix, de Jeannette Miller y René Rodríguez Soriano a Ángela Hernández, y de Roberto Marcallé Abréu a Pedro Antonio Valdez, muchos de los cuales son traducidos por primera vez a la lengua de Montaigne, Victor Hugo y Rabelais.

Virgilio Díaz Grullón.

Felicito a René Rodríguez Soriano por la atinada selección de los cuentos y los cuentistas y, de manera especial, a André Charland, por la traducción de los cuentos, en ocasión de celebrarse, en 2009, la XII Feria Internacional del Libro, evento propicio para dar a conocer en la lengua francesa los textos que conforman esta antología. Como en toda, esta es una muestra que habla muy bien de la salud de la narrativa corta del país, pero que, de ningún modo, constituye la totalidad de nuestra tradición; sí refleja el espíritu de la misma y los ecos de la poesía, que le ha servido de empuje y sustancia. Cabe destacar que esta muestra representa estilos, tendencias, generaciones, vertientes y técnicas, que van desde la criollista de Bosch a la fantástica de Peix, de la urbana a la rural, de la psicológica de Díaz Grullón a la policíaca de Marcallé Abréu, y del criollismo al cosmopolitismo.

Prólogo a De la Seine au Camu. Un siécle de nouvelles dominicaines, de René Rodriguez Soriano y André Charland. Ministerio de Cultura, Santo Domingo, 2009.

Basilio Belliard

Poeta, crítico

Poeta, ensayista y crítico literario. Doctor en filosofía por la Universidad del País Vasco. Es miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua y Premio Nacional de Poesía, 2002. Tiene más de una docena de libros publicados y más de 20 años como profesor de la UASD. En 2015 fue profesor invitado por la Universidad de Orleans, Francia, donde le fue publicada en edición bilingüe la antología poética Revés insulaires. Fue director-fundador de la revista País Cultural, director del Libro y la Lectura y de Gestión Literaria del Ministerio de Cultura, y director del Centro Cultural de las Telecomunicaciones.

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