Aunque se conocen numerosos textos sobre la Revolución de Abril, Lilas sobre tierra árida (1965), publicado bajo el auspicio de la Comisión Permanente de Efemérides Patrias que dirige Juan Pablo Uribe, se aleja de la mera crónica de hechos ocurridos hace más de seis décadas, para contar esa misma historia desde una nueva perspectiva. Su autor, César Augusto Zapata (Puerto Plata, 1959) es poeta, narrador, ensayista y psicólogo, con una sólida formación que le ha permitido ahondar con buenos resultados en la intrahistoria de personajes comunes del pueblo, y en el drama colectivo provocado por aquel conflicto armado, desigual e inicuo. Por otro lado, el narrador establece un elocuente contrapunto entre la guerra de abril del 65 y el movimiento gavillero de 1916, liderado por Gregorio Urbano Gilbert durante la Primera Ocupación Norteamericana.
Pero lo importante de esta ficción histórica son las vidas y tribulaciones de esos héroes y antihéroes anónimos del Barrio Obrero de la capital, que intentaban sobrevivir al miedo provocado por la conflagración entre militares que buscaban mantener en el Palacio Nacional al Triunvirato golpista y los grupos rebeldes que luchaban a brazo partido, bajo la égida del coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó.
La guerra de abril está ahí, como trágico telón de fondo, con datos objetivos que pueden comprobarse en los periódicos de la época, y que ahora son detallados por el narrador en breves capítulos que rescatan los pormenores y los nombres de los protagonistas de aquella tragedia nacional que estalló el sábado 24 de abril, cuando el líder popular José Francisco Peña Gómez, a través de la radio, exhortaba al pueblo al levantamiento armado para restablecer la constitucionalidad pisoteada por el golpe de Estado aquel amargo 25 de septiembre de 1963.
Mediante el empleo de una prosa decantada y precisa, con atisbos poéticos, que elude toda grandilocuencia y sentimentalismo, el narrador se sumerge en el drama personal de Soriano Batista, un gigantón de origen campesino, enamorado de Lidia de los Santos, la muchacha finalmente conquistada, misteriosa y taciturna, aunque ella, siendo cristiana y virtuosa, "nunca abandonó su puerto imaginario" y "él no halló orden para su vida, escuchando siempre la secreta voz de otros deseos".
En torno a ese "simple obrero de la construcción" se mueve un enjambre de individuos, unificado por el espanto y los recursos para compensar la angustia. Están la maipiola Margarita –obsesión de Soriano, que la codicia sin éxito–; Rafael Guzman o Fellito el Fabulador, al mando de su Austin Morris del 59, en el que los desventurados amigos, sus mujeres e hijos tratan de escapar de los disparos en una ciudad sitiada, a merced del crimen; también Vizcaíno, el enemigo de Soriano; el guardia a quien éste le alquila en su casa una habitación; o Príamo, con sus tribulaciones y sus manías, y su mujer Ernestinita, anestesiada por los ritos de la superstición.
Cada capítulo es un mazazo a la conciencia nacional. Y los últimos segmentos del relato, fatídicos y tristes, presentan un cuadro previsible: la instauración de un nuevo orden político al año siguiente. Solo quedan cadáveres de sujetos anónimos, destrucción y escombros. Son, en suma, los instantes finales de un réquiem de la derrota, el anuncio de una larga etapa de persecución y muerte que exterminaría a los mejores valores de toda una generación. "Lilas sobre tierra árida (1965)", obra cuya lectura recomiendo, es una metáfora del dolor causado por heridas que, más de seis décadas después, no tienen visos de cicatrizar.
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