En distintos ámbitos de la vida —educativo, profesional, institucional— suele suponerse que las fallas responden, ante todo, a una falta de conocimiento. Sin embargo, la experiencia muestra algo más complejo: el problema no siempre radica en no saber, sino en no sostener lo que ya se sabe. No se trata de errores aislados, sino de formas en que el sujeto deja de sostenerse.

La filosofía ha advertido esta fractura como pérdida de unidad interior; la psicología la describe como disonancia, defensa y evitación; la ética la reconoce como una falla en la responsabilidad frente a lo conocido. En todos los casos, el punto crítico no es la ausencia de información, sino la ruptura entre saber, decir y hacer. Como señaló Edgar Morin, el conocimiento por sí solo no transforma si no se integra en la conciencia y en la acción.

Lo que sigue no constituye una lista de conductas, sino una secuencia. No son categorías independientes, sino momentos de un mismo proceso: formas en que el sujeto, de manera progresiva, se distancia de aquello que ya reconoce como verdadero. A partir de aquí, no se describen errores visibles, sino decisiones silenciosas: cada forma señala un punto en el que el sujeto, aun sabiendo, deja de sostener lo que ya ha reconocido como verdadero.

A pesar de saber, no actúa. Reconoce lo que debe hacer, pero no responde: la verdad está presente, pero no se traduce en acción. Como advirtió Aristóteles, el ser humano puede conocer el bien y aun así no realizarlo.

Lo que no enfrenta, lo oculta. Aparecen justificaciones, silencios y desplazamientos, y el problema no desaparece, sino que se mantiene fuera del alcance inmediato. Sigmund Freud describió este movimiento como parte de los mecanismos que permiten evitar el conflicto sin resolverlo.

Sabiendo, se divide. Lo que dice no coincide con lo que hace y se instala una fractura entre discurso y conciencia. Leon Festinger mostró cómo esta incoherencia genera una tensión que el sujeto busca reducir sin corregir necesariamente la acción.

No asume lo que sabe: proyecta. Aquello que no reconoce en sí mismo lo ubica en el otro; la responsabilidad se desplaza y la revisión interna se debilita. De nuevo, Sigmund Freud había señalado cómo el conflicto interno puede externalizarse sin resolverse.

En lugar de sostener lo que sabe, simula. La forma ocupa el lugar de la verdad, y la palabra deja de expresar para sostener una imagen. Erving Goffman advirtió que cuando la representación sustituye la autenticidad, el sujeto deja de sostenerse desde dentro.

Reconociéndolo, evita. El problema está identificado, pero no se enfrenta; se posterga lo que exige corrección. Steven C. Hayes ha descrito esta tendencia como evitación: apartarse de aquello que incomoda, aun cuando enfrentarlo resulta necesario.

Cuando deja de sostener lo que sabe, se vacía. La repetición de estas rupturas produce una pérdida de densidad interior: la palabra permanece, pero deja de sostener; la acción continúa, pero pierde consistencia. Viktor Frankl advirtió que cuando el ser humano deja de responder a lo que la vida le demanda, emerge un vacío interior.

Estas formas no describen simplemente fallas; describen trayectorias. No comienzan en el error visible, sino en la decisión —a veces imperceptible— de no sostener lo que ya se sabe. Como insistió Edgar Morin, el desafío no está solo en conocer, sino en integrar, asumir y responder desde lo que se conoce. El problema no es que el sujeto no vea, sino que, habiendo visto, decide no responder. Ahí ocurre la ruptura. Y cuando no se corrige, no solo afecta una acción: termina definiendo al sujeto.

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno

Educador

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno es académico, investigador y servidor público. Doctor en Educación por Nova Southeastern University (EE. UU.), ha desarrollado una trayectoria orientada al fortalecimiento de la calidad educativa, la formación docente y la articulación de iniciativas nacionales vinculadas a la educación técnico-profesional. Posee una sólida experiencia en procesos de gestión académica, diseño y actualización curricular, así como en proyectos de desarrollo institucional y en la mejora continua. Su pensamiento integra una mirada ético-espiritual centrada en la responsabilidad pública, la esperanza y la dignidad humana. También escribe bajo el seudónimo literario Benjamín Amathís, desde el cual desarrolla poesía, narrativa y textos de sensibilidad espiritual. Es columnista del diario Acento, donde aborda temas de ética, ciudadanía, vida pública y educación en la columna El Grano de Mostaza.

Ver más