Hace algún tiempo escribía de algunos de nuestros días soleados caribeños con noches sin estrellas, de la celebración de la abundancia frente a la real inequidad, con verdades que son mentiras en traición a la razón, y todo en un actuar absurdo contrario al sentido común al cual lo volcamos al llegar al menos común de los sentidos.
De vivir en un mundo democrático del cual ya pocos confían y se asoman a participar. Ello excepto algunos que integran la nueva secta «Nuestra Señora de la Inmaculada Corrupción», a la cual muchos se aproximan en forma perdularia a tareas en el gobierno. Incluso algunos realizan operaciones gubernamentales viciosas, chafarotas y corruptas.
Todo ello en contundente porrazo a los poco más de tres millones de habitantes en una sociedad que alega ver, pero está ciega, que dice oír, pero está sorda. En un país que ya grita por la inmensidad del número de ciudadanos ciegos y sordos. Es poca la chispa que, en ese cuadro, faltaría para la protesta en la calle.
Hemos elegido a científicos vestidos de políticos y nunca hemos sabido dónde fulgura sus talentos, si en la ciencia o en la política. Igual hemos esperado más por la celebración del juicio que el tiempo de escoltas asignadas a una exgobernadora que se declara culpable y luego exenta de culpa criminal por palancas políticas que se emiten hasta desde la Casa Blanca.
En otros casos, cuelgan en ramilletes hasta familiares los defraudadores. En otros, muchos se sienten ejemplo de retórica y elocuencia, engalanando discursos en rebuscado y falso deleite de ideas, intentando tomar por desprevenida la razón.
Muchos se consideran maestros en el camino de convencer de que estamos bien cuando estamos mal, en menosprecio a la inteligencia; incluso intentan infundir el miedo a la verdad. Increíble parece ser para algunos que afirman que son terceros los que violan conceptos éticos en funciones de gobierno, cuando los denunciantes se lavan las manos y no sale lo sucio.
Llueven los contratos, algunos millonarios, para muchos, frente a la patente injusticia social para los que son más. Contratos, algunos objetos de sobornos políticos. Incluso ya salen informes de contratos de agencias otorgados a residentes fuera de Puerto Rico por lazos legislativos cuyo objetivo es el enriquecimiento de campañas políticas. Lo peor es que facturan sin rendir labores.
Debe ser mejor camino la verdad, y decir la forma correcta de resolver el agobiante problema de corrupción de gobierno. Antes, con menos se hacía más. Fue la era de la visión y la misión, cubiertas ahora por la mentira de la anexión, cuyo camino nace y se niega a borbotones. Nunca antes habíamos visto a un director de campaña política a cargo de la Secretaría de la Gobernación; gigante error la mezcla de la estrategia electoral política por sobre la estrategia de gobierno. Costoso error.
Se nos llena el mundo de fantasías creyendo que tenemos la razón por lo simple de querer tenerla, ya que pronto puede llegar el momento en que no podemos ocultar lo evidente, cuando lo cierto es que la razón no se oculta.
Vivir contrario a la razón tiene sus límites; es sencillo conocerlos y con todas nuestras fuerzas debemos impedir seguir viviendo en una sociedad dominada por el absurdo. Para algunos políticos es la estrategia nacional seguir en el absurdo. Para nosotros no lo es.
Puerto Rico es una sociedad que anhela una vida democrática, incluyente, equitativa, libre, amorosa, segura, con mejor calidad y esperanza de vida, lejos de palabras que nos rapten en una forma de gobernar en el caos y la mentira.
Tenemos la voluntad de poner fin al absurdo; es imposible seguir dejando pasar al político al que se le probó ser un delincuente, mentiroso, defraudador y traidor a los principios éticos. Ahora más que nunca debemos respetar la solvencia política moral que tenga de norte el interés del ciudadano a una vida en libertad, trabajo y felicidad.
No merecemos vivir en el absurdo. Es imposible continuar con la represión a la razón.
Compartir esta nota