La muerte nunca me resultó simpática. Me comeré dulces de calaveras, pero seguramente reventarán como el hongo atómico en algún lugar de mis sueños.
He visto en sus ataúdes a seres esenciales de mi vida: a mi padre, cuando tenía 8 años, con un hoyo en un sitio que no recuerdo y después sabiendo que era un balazo; a mi madre de crianza también la vi y le pasé la mano por su hermoso pelo apenas minutos después de su viaje al más allá, en la Clínica Abreu. Gabina se me murió casi en mis brazos, a mi lado, y no sabrás lo que es cuando alguien se te está deshojando en minutos luego de cientos, miles de horas de espanto esperando ese instante.
Ahora que los familiares de Marjane Satrapi han dicho que “se murió de tristeza”, vuelvo a ese tema de las ausencias. Vuelvo y me revuelvo. Encuentro un marcador en este libro de mi vida: me sigo muriendo de asco por esa Era de la Mediocridad y el Abuso que nos ha tocado vivir, sobre todo en Santo Domingo.
Sin haberme prometido nada, he abandonado la escritura en los últimos meses, por cierto hartazgo, por saber que no diré nada nuevo, que ya pila de cosas no me importan. Sigo trabajando, naturalmente, porque eso sí que me alegra: leyendo fieramente, editando, ampliando esta Biblioteca, que es como mi jardín particular y no tanto aquel de “senderos que se bifurcan”, aunque todo cabrá en la Villa del Señor, ¡oh, Santo!
La palabra “asco” es feísima. Es caliente, sí, calientísima, porque si algo te asquea es porque estás seguramente en alguna zona VIP de lo mejor-más bonito, lo cual evidentemente no será mi caso. Si te asqueas de alguien, también alguien se asqueará de ti y, por lo tanto, la vida es una tómbola, tómbola de colores, ¡tón!
Me asquea la doble moral, los malditos cuentos que medio mundo me hace cuando los llamo, que sí, “que estaban pensando en mí” el otro día.
Me cansan las monas y los monos celebrando y solamente celebrando, sin que se les cuelen los otros días del año para actuar un chin como Nietzsche, de manera inactual. Es como si solo pudiésemos operar en función de esa presión que, por lo visto, serán los aniversarios, los muertos y la muerte. Yo mismo estoy ahora siendo sacudido por “morirse de tristeza”, cuando ya hace añales Pedro Henríquez Ureña había subrayado la muerte de Hostos como de “asfixia moral”. Y sí, “todo pasa y todo queda”, como diría el poeta que todos ustedes habrán conocido por Serrat. “Pasar haciendo caminos, caminos hacia la mar”, o algo así, que nunca se sabe.
Y ahora, ¿quién podrá defendernos?
Más que preguntarme de qué nos moriremos —porque ya sabremos la respuesta—, tal vez sería mejor invertir la lógica y disponer sobre la mesa la indumentaria del “para qué viviremos”.
Por mi parte no tengo una respuesta sino cientos de ellas. Valdría la pena seguir viviendo para seguir con tantas lecturas bajo el brazo: desde la Pizarnik hasta Josefina Báez, o estirando ese hilo tejido por René del Risco, Rita Indiana, Homero Pumarol. También trataremos de seguir viviendo para renovar la Biblioteca de Don Pedro, para pedirles a Jaime Guerra que nos traiga un agüita mineral del colmado mientras seguimos encantándonos con su trabajo, al tiempo que Maurice y el Míster y Oscar estarían haciendo de las suyas en alguna azotea cercana. Valdrá la pena abrir Facebook para curiosear la música que pondrá José Madera, para la foto del día, esa que siempre abre nuevas y viejas puertas.
También valdrá la pena estar aquí para seguir fiestando con el libro, recibiendo el sol o la lluvia, dará lo mismo, en La Zona o fuera de La Zona; igual, dará igual.
Viviremos por los encantos de la amistad, lo único que nos queda, ese mínimo techo y bosque y mar que contendrán tantos abrazos que nos faltan. ¡Espero que me des el tuyo, y con manecita tocando la espalda como si se tratara de una puerta donde estará Alicia en su país de maravillas!
¡Salud, por las tardes y noches que nos quedan!
Vale la pena vivir la vida así, a pesar del asco, la tristeza, los saltos por los aires, ecuajei, que aquí habrá de todo, como en botica.
Compartir esta nota