Resumen
El castellano no nació en una fecha determinada, en un documento específico ni dentro de un único monasterio. Su formación fue resultado de la transformación gradual del latín hablado en Hispania y de la diferenciación de los romances peninsulares. Este artículo analiza la relación entre lengua y escritura, la importancia histórica de las Glosas Emilianenses y Silenses y el proceso mediante el cual el romance castellano amplió sus funciones documentales durante los reinados de Fernando III y Alfonso X. La investigación cuestiona la identificación del primer testimonio conservado con el nacimiento de la lengua y sostiene que, cuando el castellano comenzó a aparecer por escrito, ya poseía una trayectoria oral anterior. Asimismo, se destaca el carácter dinámico del cambio lingüístico y la necesidad de interpretar con prudencia los documentos medievales, frecuentemente redactados en un latín que dejaba aflorar estructuras romances.
Introducción
La pregunta acerca de cuándo y dónde nació el castellano suele recibir respuestas aparentemente sencillas: San Millán de la Cogolla, las Glosas Emilianenses o algún momento comprendido entre los siglos X y XI. Sin embargo, esas respuestas confunden dos fenómenos diferentes: el origen histórico de una lengua y la conservación de sus primeros testimonios escritos.
Una lengua no comienza cuando alguien la escribe. Antes de aparecer en documentos, vive en la pronunciación, el vocabulario, las estructuras gramaticales y las prácticas comunicativas de sus hablantes. Por esa razón, la historia del castellano no puede reducirse a la búsqueda de una partida de nacimiento documental.
El castellano se formó dentro del proceso de diferenciación de los romances derivados del latín utilizado en Hispania. Su surgimiento fue progresivo y estuvo condicionado por la diversidad territorial, los contactos entre comunidades, la expansión de los núcleos cristianos y la persistencia del latín como principal lengua.
Desarrollo
Del latín al romance
La romanización peninsular extendió el latín; pero, esa lengua no se mantuvo uniforme. Su utilización en territorios diversos, por poblaciones con historias lingüísticas distintas y bajo condiciones sociales cambiantes favoreció el desarrollo de variedades regionales.
Con el paso del tiempo, las formas habladas se alejaron de los modelos latinos cultos. Las transformaciones afectaron la pronunciación, la morfología, la sintaxis y el léxico. No hubo un momento único en que el latín desapareciera y fuera reemplazado súbitamente por las lenguas romances. Existió, más bien, una prolongada transición durante la cual la escritura continuó siendo predominantemente latina, mientras la comunicación cotidiana se realizaba mediante variedades cada vez más diferenciadas.
Los núcleos cristianos del norte peninsular llevaron consigo sus romances cuando comenzaron a extenderse hacia nuevos territorios. Frago Gracia explica que cada grupo reconquistador implantó su correspondiente variedad romance dentro de su área de influencia, aunque esa expansión no se produjo de manera uniforme ni conservó intactas las normas lingüísticas anteriores.
Por consiguiente, el castellano no debe entenderse como una forma lingüística aislada. Se desarrolló en relación con los romances leonés, navarroaragonés, gallegoportugués, catalán y otras variedades peninsulares, de las cuales recibió influencias y frente a las cuales fue diferenciándose.
La escasez de testimonios
Reconstruir la etapa más antigua del castellano plantea dificultades considerables. La lengua no dejó grabaciones y durante siglos los documentos continuaron redactándose principalmente en latín.
Frago Gracia (1992) advierte que, hasta finales del siglo XII, los datos disponibles para reconstruir los romances hispánicos son “escasos y dispersos” y, en ocasiones, poco fiables (p. 46).
Esta escasez documental no significa que las variedades romances no existieran. Demuestra que todavía no habían adquirido un uso escrito amplio y estable. Muchos escribientes conocían el latín como lengua aprendida y lo empleaban en documentos jurídicos, administrativos y religiosos, aunque su lengua materna fuese romance.
Por eso aparecen textos híbridos: documentos aparentemente latinos en los que afloran palabras, construcciones y rasgos fonéticos propios de la lengua. En algunos casos, el latín funciona como un revestimiento gráfico que apenas oculta la expresión romance subyacente.
¿Dónde nació el castellano?
La identificación de San Millán de la Cogolla como «cuna del castellano» posee un gran valor cultural y simbólico; pero, no puede interpretarse literalmente como una conclusión lingüística.
Frago Gracia (1992) considera que afirmar que determinado monasterio riojano fue la “cuna” del castellano constituye un “juguetón escorzo” o una “fioritura imaginativa” aceptable en celebraciones conmemorativas; pero, insuficiente como explicación histórica (p. 46).
Una lengua no nace dentro de un edificio. Tampoco surge por la decisión individual del escribiente que introduce una palabra romance en un texto latino. El monasterio puede ser el lugar donde se escribió o conservó un testimonio; pero, no necesariamente el espacio exclusivo donde se originaron las formas lingüísticas representadas.
La formación del castellano debió abarcar diferentes comunidades y territorios. Sus límites primitivos tampoco pueden trazarse como fronteras perfectamente definidas, pues las variedades romances constituían continuos dialectales y mantenían numerosos contactos entre sí.
Las Glosas y la diferencia entre hablar y escribir
Las Glosas Emilianenses y las Glosas Silenses constituyen documentos esenciales para la historia de los romances peninsulares. En ellas aparecen expresiones que permiten observar cómo determinados escribientes intentaban aclarar pasajes latinos mediante formas más cercanas a la lengua que utilizaban cotidianamente.
Sin embargo, no deben considerarse el nacimiento absoluto del castellano. Frago Gracia (1992) señala que llamarlas el “primer vagido” del idioma representa una percepción lírica de la historia que solo puede aceptarse si no se confunde «lo escrito con lo hablado» (p. 46).
La advertencia es decisiva. Las primeras palabras conservadas no son necesariamente las primeras palabras pronunciadas. Cuando un fenómeno lingüístico se registra por escrito, puede llevar décadas o siglos existiendo en la oralidad.
Además, las Glosas presentan rasgos que no corresponden exclusivamente al castellano posterior. Reflejan un espacio de contacto lingüístico y una realidad romance todavía caracterizada por la variación. Su valor reside, por tanto, en documentar una etapa temprana y compleja, no en ofrecer una partida de nacimiento inequívoca.
Una lengua anterior a sus documentos
Las vacilaciones gráficas de los textos medievales no demuestran que el romance estuviera apenas comenzando a formarse. Con frecuencia muestran las dificultades que experimentaban los escribientes al intentar representar sonidos romances mediante un sistema gráfico heredado del latín.
Frago Gracia (1992) rechaza la idea de que el castellano estuviera dando sus primeros pasos en los siglos X y XI. Según su interpretación, el sistema latino había desaparecido de la comunicación oral mucho antes y el castellano llevaba ya “largo tiempo de vida autónoma” (p. 47).
De esta consideración se deriva un principio metodológico fundamental:
El primer documento conservado de una lengua no coincide necesariamente con el comienzo de su existencia.
La documentación permite conocer parcialmente una realidad anterior; pero, no determina por sí sola el momento en que comenzó el proceso lingüístico.
Fernando III y la escritura romance
El castellano amplió progresivamente sus funciones escritas durante el siglo XIII. En el reinado de Fernando III comenzó a asentarse con mayor vigor una tradición documental en romance.
Frago menciona, entre otros ejemplos, el fuero de Córdoba, cuya primera redacción romance fue fechada el 3 de marzo de 1241, aunque poco después se preparó una versión latina. También señala el romanceamiento del privilegio foral de Sevilla, concluido en junio de 1251.
Los documentos revelan la coexistencia de los dos idiomas. El latín no fue eliminado de inmediato; pero, el romance comenzó a desempeñar funciones que antes habían estado reservadas principalmente a aquel.
Por ello, resulta más preciso hablar de fortalecimiento y ampliación del uso escrito del castellano que de una oficialización repentina o decretada en un único momento.
Alfonso X y la consolidación escrita
La expansión funcional del romance se intensificó durante el reinado de Alfonso X. Desde su entronización en 1252, numerosas disposiciones alfonsíes continuaron concediendo protagonismo a la lengua vulgar en la documentación.
La importancia de Alfonso X no consiste en haber creado el castellano ni en haberlo convertido mediante un solo decreto en lengua oficial. Su aportación fue promover su utilización sistemática y favorecer su elaboración para expresar conocimientos jurídicos, históricos, científicos y culturales.
El castellano necesitó ampliar su vocabulario, desarrollar mecanismos sintácticos y adaptar recursos discursivos para desempeñar esas nuevas funciones. La actividad alfonsí contribuyó así a convertir una lengua ya existente en un instrumento escrito con una capacidad cultural considerablemente mayor.
Las lenguas no se detienen
El tránsito del latín al romance demuestra que las lenguas cambian continuamente. Esa transformación no constituye una corrupción ni una anomalía; sino, una propiedad de toda lengua histórica.
Andrés Bello lo expresó al afirmar: “Las lenguas no paran nunca; i alternando continuamente en su movimiento las formas de las palabras, es necesario que estas alteraciones se reflejen en la escritura”.
Conclusión
El castellano no nació en una fecha exacta ni en un lugar único. Surgió mediante un proceso prolongado de transformación del latín hablado y de diferenciación de los romances hispánicos.
Las Glosas Emilianenses y Silenses son testimonios documentales de extraordinario valor; pero, no constituyen el comienzo absoluto de la lengua. Cuando las primeras formas romances aparecieron por escrito, la oralidad llevaba ya mucho tiempo desarrollándose de manera autónoma.
Durante los reinados de Fernando III y Alfonso X, el castellano amplió sus funciones escritas. Primero ganó presencia en determinados documentos jurídicos y administrativos; luego alcanzó una elaboración cultural más amplia, capaz de expresar materias científicas, históricas y legales.
La historia del castellano es, por tanto, la historia de una transformación gradual: del latín hablado a los romances; de la oralidad romance a sus primeros testimonios; y de una lengua vernácula a un instrumento escrito de creciente extensión y complejidad.
Referencias
Bello, A. (1844, 10 de mayo). Ortografía. El Araucano, (716), 2. Referencia primaria identificada mediante fuente secundaria.
Frago Gracia, J. A. (1992). El castellano hasta su expansión americana. Cuadernos Hispanoamericanos, (500), 41–52.
Lapesa, R. (1981). Historia de la lengua española (9.ª ed. corregida y aumentada). Gredos.
Menéndez Pidal, R. (1980). Orígenes del español: Estado lingüístico de la Península Ibérica hasta el siglo XI (9.ª ed., vol. 8 de Obras completas). Espasa-Calpe.
Glosario
Castellano preliterario: etapa del castellano anterior a la existencia de una tradición literaria y documental amplia y estable.
Continuo dialectal: espacio en el que las variedades lingüísticas vecinas comparten rasgos y cambian gradualmente, sin fronteras absolutas entre ellas.
Latín hispánico: conjunto de variedades del latín desarrolladas históricamente en Hispania.
Lengua vernácula: lengua utilizada habitualmente por una comunidad, en oposición a una lengua aprendida principalmente para fines cultos, religiosos o administrativos.
Romance: variedad lingüística formada históricamente a partir de la transformación del latín.
Romanceamiento: traducción, adaptación o redacción en lengua romance de un texto originalmente escrito o concebido en latín.
Testimonio lingüístico: documento que proporciona evidencias sobre la existencia, las características o el uso de una lengua en determinado período.
Trazabilidad documental: posibilidad de comprobar una cita o afirmación mediante la identificación exacta de su fuente, edición y página.
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