Hablar de identidad supone formular una de las preguntas fundamentales de la filosofía: ¿quiénes somos? Cuando esa interrogante se traslada del individuo a una sociedad adquiere una dimensión histórica, cultural y axiológica: ¿de dónde venimos?, ¿qué experiencias nos han constituido como pueblo?, ¿qué memoria compartimos?, ¿cuáles valores reconocemos como propios?, ¿cómo nos estamos relacionando?, ¿qué formas de convivencia nos distinguen y cuáles deseamos transmitir a las generaciones futuras?
La identidad no puede reducirse a una suma de costumbres, símbolos, tradiciones o manifestaciones artísticas. Es también una manera de estar en el mundo y, especialmente, una manera de relacionarnos con los demás.
Hegel permitió comprender la importancia del reconocimiento del otro en la formación de la conciencia de sí. Ortega y Gasset situó al individuo dentro de una circunstancia histórica inseparable de su existencia. Paul Ricoeur profundizó en la dimensión narrativa de la identidad: somos también la historia que construimos y contamos de nosotros mismos a través del tiempo.
La identidad aparece así como memoria, reconocimiento, pertenencia, diferencia, continuidad y transformación. No es una esencia inmóvil recibida definitivamente del pasado. Se construye históricamente, se transmite y se recrea.
Identidad, cultura y valores
La UNESCO ha contribuido decisivamente a ampliar el concepto de cultura más allá de las artes y las letras, incorporando los modos de vida, las maneras de vivir juntos, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias. Esta perspectiva resulta fundamental para la reflexión que aquí desarrollo: los valores y las formas de convivencia también forman parte de la cultura.
La Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI) vincula cultura, educación, ciudadanía, diversidad y pertenencia. La Organización de Estados de África, el Caribe y el Pacífico (OEACP), desde otra dimensión, relaciona cultura, diversidad, creatividad y desarrollo.
Estas perspectivas permiten situar la identidad dentro de una concepción amplia de la cultura en la cual memoria, valores y formas de convivencia adquieren especial significación.
Los valores trinitarios: solidaridad, sacrificio y bien común
Pensar la identidad dominicana exige remontarnos al momento fundacional de la República y al universo ético que acompañó el proyecto de los trinitarios.
La independencia no fue solamente un acontecimiento político y territorial. Supuso una idea de nación sostenida por principios y valores.
Al reflexionar sobre su vigencia contemporánea, la profesora Nelia Ramírez, coordinadora del área de Ciencias Sociales de la Universidad Iberoamericana (Unibe), destaca tres valores del movimiento independentista y de los trinitarios: solidaridad, compromiso social y fortaleza.
La solidaridad resulta particularmente significativa para el tema que nos ocupa.
La experiencia trinitaria ofrece ejemplos concretos. Juan Isidro Pérez puso la casa materna al servicio de la fundación de La Trinitaria en circunstancias de persecución y control político; acompañó a Duarte cuando fue acusado de traición y enviado al exilio; y la familia Duarte puso sus bienes patrimoniales al servicio de la causa independentista.
La solidaridad no aparece aquí como un concepto abstracto. Significa estar presente cuando el otro nos necesita, acompañar, compartir, ayudar y colocar, en determinadas circunstancias, el bienestar colectivo por encima de la conveniencia individual.
Ramírez afirma que «la solidaridad, el compromiso y la fortaleza que caracterizaron a los trinitarios deben manifestarse y hacerse visibles en cada dominicano, en nuestras acciones cotidianas».
La referencia a las acciones cotidianas resulta especialmente importante porque los valores de una nación adquieren verdadera significación cuando se convierten en conducta.
Junto a la solidaridad encontramos el sacrificio.
Entendido desde una perspectiva humana, el sacrificio no significa desvalorización personal ni renuncia irracional a uno mismo. Es el acto voluntario de postergar un beneficio propio en favor del bienestar de los demás o de una causa que trasciende el interés individual.
En él convergen la empatía, el altruismo, la autodisciplina, la madurez y la fortaleza. Desde la amabilidad se expresa como compasión, generosidad, cuidado y disposición a ceder parte de nuestra comodidad en consideración hacia los demás. Desde la solidaridad adquiere una dimensión colectiva mediante la fraternidad, la corresponsabilidad, la reciprocidad y el compromiso con el bien común.
Existe, por tanto, una relación profunda entre amabilidad, solidaridad y sacrificio.
La amabilidad reconoce al otro; la solidaridad responde ante su necesidad; el sacrificio supone estar dispuesto, cuando las circunstancias lo requieren, a postergar algo propio por un bien que trasciende al individuo.
Esta relación permite comprender que la amabilidad no es solamente cortesía o urbanidad. En su dimensión más profunda pertenece a una ética del reconocimiento del otro.
Los valores institucionales del Ministerio de Cultura
Esta relación entre identidad y valores encuentra una expresión contemporánea en los valores asumidos por el Ministerio de Cultura de la República Dominicana:
Honestidad.
Excelencia.
Lealtad.
Ética.
Patriotismo.
Cooperación.
Respeto a la identidad nacional.
Equidad.
Para nuestra reflexión resultan particularmente significativos la ética, la cooperación, la equidad y el respeto a la identidad nacional.
Su presencia recuerda que una política cultural no se limita a preservar bienes o promover expresiones artísticas. También debe preguntarse por aquellos valores y formas de convivencia que una sociedad considera dignos de transmitir.
Pensar la identidad dominicana
Nuestra tradición intelectual ofrece herramientas fundamentales para profundizar esta reflexión.
Pedro Henríquez Ureña permite pensar la identidad desde la cultura, la lengua, el humanismo y la aspiración colectiva, sin convertir lo propio en una frontera frente a lo universal.
Juan Bosch incorpora una dimensión histórica y social: el pueblo dominicano aparece a través de sus relaciones concretas, sus condiciones de vida, sus solidaridades, conflictos y formas de comportamiento.
Marcio Veloz Maggiolo, desde la literatura, la antropología y la arqueología, permite comprender la identidad dominicana como resultado de sucesivas sedimentaciones culturales, encuentros, intercambios y transformaciones.
Podemos aproximarnos entonces a una definición:
La identidad dominicana es una construcción histórica y cultural dinámica, constituida por memorias, valores, lenguajes, experiencias, prácticas y formas de convivencia mediante las cuales el pueblo dominicano se reconoce como comunidad y proyecta hacia el futuro aquello que considera digno de preservar, transformar y transmitir.
Identidad y convivencia
Esta afirmación requiere una precisión: defender una identidad no significa convertirla en una frontera contra el otro.
El Dr. Manuel Matos Moquete lo expresa así:
«La identidad como ideología.
La identidad no puede tratarse solo desde la perspectiva del campo de batalla: los amigos contra los enemigos y al ataque… En contra de eso, hay múltiples factores medianeros.
La identidad implica solidaridad, convivencia, historia común de vida y lucha, experiencias y valores humanos. Las emociones y los sueños de cada individuo y de los pueblos juegan un rol fundamental.
A no ser que se haga de la identidad un esencialismo y por vía de consecuencia una ideología. Y aquí surge la figura que permite a Teun van Dijk (1999) definir lo que es una ideología: Nosotros contra Ellos. Ellos contra Nosotros». Dr. Manuel Matos Moquete
La reflexión resulta fundamental: la identidad puede significar memoria, pertenencia, historia compartida y proyecto común sin convertirse en una ideología de exclusión.
Reconocer lo propio no exige negar lo diferente.
La identidad puede ser pertenencia sin exclusión, valoración de lo propio sin desprecio del otro y continuidad sin negación del cambio.
Y, sobre todo, puede ser convivencia.
La amabilidad como valor de la identidad dominicana
Cuando hablamos de identidad dominicana pensamos habitualmente en el merengue y la bachata, el carnaval, la gastronomía, las tradiciones populares, nuestra lengua, el patrimonio y las expresiones artísticas.
Pero una cultura también se expresa en cómo las personas se tratan unas a otras.
La hospitalidad, la cercanía humana, el saludo, la conversación espontánea, el sentido del humor, la disposición a orientar, ayudar y recibir al desconocido han sido reconocidos durante generaciones como características de determinadas formas dominicanas de convivencia.
Aquí aparece la amabilidad.
La amabilidad es el reconocimiento del otro como alguien digno de respeto, consideración y cuidado.
No es un valor aislado. En ella convergen respeto, empatía, solidaridad, generosidad, cooperación, hospitalidad, cortesía y compasión.
Su relación con la solidaridad resulta especialmente significativa:
Ser amable es reconocer al otro.
Ser solidario es actuar ante su necesidad.
Un gesto cotidiano —escuchar, orientar, ceder, acompañar, ayudar— puede expresar una concepción más profunda de la convivencia.
Por eso cabe preguntarnos si, cuando se debilitan determinadas formas de amabilidad, estamos perdiendo solamente normas de cortesía o si también se deterioran vínculos de solidaridad y consideración hacia los demás.
Una reflexión de Juan Lladó que permaneció en mi memoria
Recuerdo una reflexión del economista dominicano Juan Lladó durante un conversatorio con estudiantes de Economía del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC), grupo del cual yo formaba parte.
Al referirse a las fortalezas de la República Dominicana frente a otros destinos turísticos, Lladó señaló algo que permaneció en mi memoria: la amabilidad del dominicano constituía un valor agregado de nuestro destino turístico.
Muchos años después, aquella observación económica adquiere para mí una significación diferente.
Hoy la interpreto desde la filosofía, la cultura y el desarrollo humano.
Si la amabilidad constituye una característica cultural y, al mismo tiempo, produce una experiencia diferenciadora para quienes visitan nuestro país, estamos ante un valor con una doble dimensión: humana y económica.
De valor humano y cultural a valor económico
Un destino turístico puede competir mediante playas, infraestructura hotelera, conectividad aérea, gastronomía, patrimonio, seguridad, entretenimiento y calidad de sus servicios.
Muchas de esas ventajas pueden ser reproducidas por otros destinos.
Existe, sin embargo, algo mucho más difícil de copiar: la cultura de un pueblo y la experiencia humana que proporciona.
La hospitalidad, la conversación, la disposición a ayudar y el trato cercano pueden transformar la experiencia de un visitante y convertirse en un elemento diferenciador del destino.
La relación puede expresarse de manera sencilla:
Identidad → valores → convivencia → hospitalidad → experiencia turística → diferenciación → valor económico.
Pero el orden es importante.
No debemos preservar la amabilidad porque resulte económicamente rentable.
La amabilidad tiene valor económico porque primero posee valor humano y cultural.
¿Estamos perdiendo la amabilidad?
No pretendo idealizar el pasado ni sostener que todos los dominicanos hayan sido siempre amables, solidarios u hospitalarios. Ninguna sociedad es homogénea.
La pregunta es otra:
¿Se están debilitando determinadas formas de convivencia que durante generaciones hemos reconocido como valiosas?
La agresividad en el tránsito, la intolerancia, la pérdida de determinadas normas de cortesía, la indiferencia frente al otro, la violencia verbal y el debilitamiento de algunas relaciones comunitarias deberían invitarnos, al menos, a investigar.
Y no se manifiesta solamente en el tránsito. Se percibe también en la atención y el servicio al ciudadano en instituciones públicas y privadas, en los comercios, en las redes sociales, en las relaciones familiares y en otros espacios de nuestra vida cotidiana.
La impaciencia, el trato descortés, la indiferencia, la agresividad verbal, la incapacidad de escuchar y la pérdida de consideración hacia el otro atraviesan ámbitos muy distintos de la convivencia.
No se trata de generalizar ni de afirmar que estas conductas definan a toda la sociedad dominicana, sino de reconocer señales que merecen ser observadas y estudiadas porque podrían indicar transformaciones en nuestras maneras de relacionarnos.
Las causas pueden ser múltiples: crecimiento urbano, desigualdad, inseguridad, presiones económicas, transformaciones familiares y comunitarias, individualismo, nuevas tecnologías y cambios en las formas de comunicación.
Por eso no basta afirmar que hemos perdido la amabilidad.
Hay que estudiarlo.
¿Cómo ha cambiado el trato entre los dominicanos? ¿Cómo lo perciben las distintas generaciones? ¿Cómo nos perciben quienes nos visitan? ¿Qué ha ocurrido con la confianza interpersonal, la solidaridad y la convivencia comunitaria?
Investigar estas transformaciones permitiría pasar de la nostalgia a la comprensión.
Educación de calidad: una ausencia que debemos considerar
Esta reflexión conduce necesariamente a la educación.
Cuando hablamos de educación de calidad solemos considerar el rendimiento académico, las competencias, la formación científica y técnica, las tecnologías, la infraestructura y la preparación para el mundo laboral.
Todos estos elementos son necesarios.
Pero es igualmente necesario tomar en cuenta la ausencia o el debilitamiento del humanismo y del pensamiento crítico, complejo y profundo.
Esta ausencia no es secundaria ni puede considerarse exterior a la propia calidad educativa.
Hablar de educación de calidad exige ampliar los criterios con los que la evaluamos. No puede medirse únicamente por resultados académicos, competencias técnicas, infraestructura, acceso a tecnologías o capacidad de inserción laboral. Debe considerar también la formación humanística, el desarrollo del pensamiento crítico, complejo y profundo, la conciencia histórica, la sensibilidad cultural, la capacidad de convivir, el ejercicio responsable de la ciudadanía y el reconocimiento de la dignidad del otro.
Una educación verdaderamente de calidad debe formar integralmente a la persona. Debe proporcionarle conocimientos y competencias, pero también herramientas para comprender su tiempo, interpretar su realidad, formular preguntas, discernir frente a la información, reconocer la complejidad de los problemas y ejercer un juicio propio.
El humanismo coloca en el centro a la persona, su dignidad, libertad y responsabilidad frente a los demás. El pensamiento crítico, complejo y profundo permite examinar, relacionar, discernir y comprender una realidad que no admite respuestas simples.
Por eso, cuando hablamos de calidad educativa, no deberíamos preguntarnos solamente qué saben nuestros estudiantes, sino también cómo piensan, cómo comprenden, cómo se relacionan y qué clase de ciudadanos estamos formando.
Debemos preguntarnos:
¿Estamos formando seres humanos capaces de pensar crítica, compleja y profundamente?
¿Qué lugar ocupan el humanismo, la filosofía, la historia, la literatura, las artes, la ética y la cultura dentro de aquello que denominamos educación de calidad?
Una cosa es formar capital humano y otra, mucho más amplia, formar seres humanos capaces también de producir, crear e innovar.
Esta distinción encuentra un antecedente fundamental en el pensamiento de Eugenio María de Hostos. Al reflexionar sobre su concepción de la moral social, el Dr. Manuel Matos Moquete señala:
«Aunque para Hostos siempre es posible encontrar equilibrio y armonía entre el progreso material del individuo y el desarrollo moral de la sociedad, la fuente del bienestar del profesional no reside en la satisfacción individual sino en el cumplimiento del deber general.
En la moral social así concebida, se destacan, como pilares de la felicidad del ser humano, estas ideas clave del pensamiento hostosiano: todos tenemos deberes y no basta con tener pan. El pan debe acompañarse de la conciencia del bien común, la verdad y la razón». Dr. Manuel Matos Moquete
La reflexión hostosiana adquiere una extraordinaria actualidad. No se trata de oponer el progreso material al desarrollo moral, ni la formación profesional a la formación humanística. Se trata de encontrar entre ellos el equilibrio del que habla Hostos y, sobre todo, de comprender que el conocimiento y la preparación profesional adquieren una dimensión plenamente humana cuando se vinculan con la responsabilidad hacia los demás.
«No basta con tener pan» podría expresar, en este sentido, una de las ideas centrales de esta reflexión. Una sociedad necesita producir riqueza, formar profesionales, desarrollar la ciencia, incorporar tecnologías y generar oportunidades; pero necesita también formar conciencia. El pan representa una condición necesaria para una vida digna, pero el bienestar individual no puede desvincularse del bien común, de la verdad, de la razón y del cumplimiento de nuestros deberes hacia la sociedad.
Esta concepción permite superar una falsa oposición entre desarrollo económico y humanismo. El problema no consiste en formar personas capaces de producir, crear e innovar, sino en reducir la educación a esa finalidad. La formación profesional debe acompañarse de una formación ética que permita comprender para qué, para quién y bajo qué principios ponemos nuestros conocimientos y capacidades al servicio de la sociedad.
No se trata de rechazar la formación científica, tecnológica o profesional. Se trata de impedir que la persona sea reducida a su futura utilidad económica.
La ausencia o el debilitamiento del humanismo y del pensamiento crítico, complejo y profundo deben ser considerados, por tanto, como una deficiencia de la propia calidad educativa y no como asuntos complementarios.
Y aquí la educación vuelve a encontrarse con el tema central de esta reflexión.
El respeto, la empatía, la solidaridad, la cooperación y la amabilidad requieren también formación.
Los valores no se aprenden solamente mediante definiciones. Se aprenden en la experiencia cotidiana: en cómo se relacionan profesores y estudiantes, en cómo se resuelven los conflictos, en cómo se respeta la diferencia, en cómo se cuida lo común y en cómo respondemos ante la necesidad del otro.
También la identidad debe ser comprendida críticamente. Conocer a los trinitarios no debería significar solamente aprender fechas, nombres y acontecimientos, sino comprender el significado de la solidaridad, el compromiso, la fortaleza y el sacrificio dentro de la construcción de un proyecto colectivo.
La educación puede convertir así la memoria histórica en conciencia ética.
La identidad se recuerda, pero también se piensa, se educa, se practica y se transmite.
Desarrollo económico y desarrollo humano
Esta concepción de la educación nos conduce a una distinción igualmente importante entre crecimiento económico y desarrollo humano.
Una sociedad puede aumentar su Producto Interno Bruto, recibir más turistas, construir infraestructuras y atraer inversiones y, sin embargo, presentar deterioros importantes en la convivencia, la confianza y la solidaridad.
El desarrollo humano exige preguntarnos también por la educación, la cultura, la dignidad y la calidad de nuestras relaciones sociales.
Podemos tener:
Más bienes y menos confianza.
Más comunicaciones y menos conversación.
Más conectividad y menos encuentro.
Más educación formal y menos ciudadanía.
Más turistas y menos hospitalidad.
En este punto, la advertencia hostosiana vuelve a adquirir toda su fuerza: no basta con tener pan.
El desarrollo de una sociedad no puede medirse solamente por aquello que produce, sino también por las capacidades humanas que desarrolla y por la calidad de la convivencia que construye.
¿Qué República Dominicana queremos seguir siendo?
Los valores trinitarios de solidaridad, compromiso, fortaleza y sacrificio permiten descubrir una dimensión ética en los orígenes de nuestra República.
Nuestra tradición intelectual nos ayuda a comprender que la identidad no es una esencia inmóvil, sino memoria, convivencia, transformación y proyecto.
Y aquella reflexión de Juan Lladó sobre la amabilidad del dominicano como valor agregado del destino turístico regresa ahora con una significación mucho más profunda.
Porque la amabilidad no es solamente una ventaja turística.
Es reconocimiento del otro.
Es consideración, empatía, generosidad, hospitalidad y solidaridad.
Existe un hilo que atraviesa esta reflexión desde los valores fundacionales de la República hasta nuestros gestos más cotidianos: reconocer al otro, respetarlo, considerarlo, ayudarlo y comprender que nuestra existencia individual forma parte de una comunidad.
Por eso una posible pérdida de la amabilidad debe preocuparnos mucho más allá de sus consecuencias económicas.
Lo que podría estar en juego es la calidad de nuestras relaciones humanas y una parte de ese patrimonio ético mediante el cual hemos aprendido históricamente a convivir.
Una nación no pierde parte de su identidad solamente cuando desaparece una tradición, se destruye un monumento o se olvida una expresión cultural.
También puede perderla cuando se debilitan los valores mediante los cuales sus ciudadanos aprendieron a reconocerse, respetarse, ayudarse y recibir al otro.
La educación tiene aquí una responsabilidad decisiva. Una educación verdaderamente de calidad debe formar seres humanos capaces de pensar crítica, compleja y profundamente y, al mismo tiempo, capaces de convivir desde la dignidad, la responsabilidad, la solidaridad y el reconocimiento del otro.
Quizás, entonces, antes de preguntarnos qué República Dominicana queremos mostrar al mundo, deberíamos formularnos una pregunta más esencial:
¿Qué República Dominicana queremos seguir siendo?
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