Hay poemas, testimonios vivenciales, que advienen como una intuición temporal, que no se conforman con mirar el pasado,  atravesándolo hasta alcanzan la certeza del porvenir. ‘Coral sombrío para invasores’, de Miguel Alfonseca (al cual he vuelto en gratos diálogos con Noé Zayas), contado entre textos en los que la poesía deja de ser solamente contemplación para convertirse en memoria, rebeldía, advertencia y profecía. Escrito desde la herida histórica de la invasión estadounidense de 1965, el poema no se limita a registrar el dolor dominicano ante la presencia de un ejército extranjero; levanta, desde la trinchera de la palabra, una suerte de tribunal moral donde el poderoso termina contemplándose a sí mismo desde la fragilidad de su condición humana.  Miguel Alfonseca realiza una operación poética de extraordinaria fuerza, en la que no sólo describe la muerte de los soldados invasores, en ella también imagina lo que perderán al morir lejos de su patria, lejos de sus árboles, de sus ríos, de sus madres, de sus amadas y de sus hijos. La muerte, entonces, adquiere una dimensión doble: es destino para quien invade y condena para quien destruye. Y en esa inversión reside buena parte de la certeza profética del poema: quienes llegan creyéndose dueños de la vida ajena descubrirán, tarde o temprano, que ninguna fuerza militar puede vencer la memoria, la respiración de la tierra ni el derecho de un pueblo de amanecer hacia la suerte anhelada, el sueño que se empina hacia la otra historia.

La primera palabra del poema ya contiene su desenlace: “Morirán”. No dice morirían, ni acaso morirán, ni quizás morirán: dice “Morirán”, con la seguridad de quien pronuncia una sentencia que parece haber sido escrita antes de entrar en combate. La repetición de ese futuro convierte el poema en una especie de campana fúnebre que suena desde el comienzo hasta el final. Pero lo extraordinario es que Alfonseca no empieza hablando de las armas, de las estratagemas ni de los campos de batalla: habla de los paisajes que los soldados dejarán atrás: Vermont, California, la Cordillera del Oeste. El poeta comienza por aquello que hace humano al enemigo: su pertenencia a una geografía, a una infancia, a una memoria. Y precisamente por eso la condena adquiere mayor profundidad; porque no se trata de deshumanizar al invasor, su propósito es recordarle que también es humano y que, por serlo, debería comprender el dolor del hombre cuya tierra ha venido a ocupar. Y sin que importe el harto tiempo transcurrido, el poema sigue siendo leído como una de las expresiones más intensas de la poesía dominicana vinculada a la invasión y a la resistencia de 1965… Y, para que nuestra mirada sobre la biología de ‘Coral sombrío para invasores’ sea en lealtad textual, digámoslo primero en todo su paisaje:

Morirán sin los abetos de Vermont. / Morirán sin los grandes pastos rizados por el viento, / sin los frescos terrones de California / ni la Cordillera del Oeste,  / donde el cielo es un pálido patriarca en mansedumbre. / Morirán sobre una tierra que no es suya, / entre unos hombres de distinta lengua, / ojos diferentes / y distinto corazón. / Porque son invasores. /Destrozan nuestros niños / y aúllan las raíces del planeta. / Matan nuestras madres / y el mundo gime pateado en los ovarios. / Morirán sin la sana harina del labriego / cocida en el fuego saludable de los árboles. / Morirán sin los cánticos de la campiña, / sin la ronda amorosa de la escuela, / sin el jubileo de los pájaros en la ventana / cuando la edad sitúa el mundo lejos, / en el marco de madera tibia labrada con las manos. / Morirán sin el cedro, sin el olmo, sin el roble, / que escucharon el vagido de su nacimiento. / Porque son invasores. / Porque matan al hombre que defiende su heredad, / la tierra en que nacieron sus padres y murieron, / la tierra en que nacieron sus hijos y morirán. / Porque vienen sin el amplio corazón de Lincoln. / Morirán lejos de los grandes bosques de Oregón / donde el aire es una canción silvestre. / Morirán sin los dulces brazos de sus ríos, / sin las cálidas palmas de sus madres, / sin los besos temblorosos de la amada, / sin la risa de sus hijos. / Porque son invasores. / Porque no defienden su patria / sino que agreden la nuestra. / Patria pequeña de tierra. / Patria inmensa de hombres. / Porque vienen a enterrar / el alba que subimos con huesos y con sangre / con pólvora y con llanto / y con amor. /

Miguel Alfonseca.

Transitado en su extensión el poema, reconocemos que su primera gran revelación está contenida en estos versos: “Morirán sobre una tierra que no es suya, / entre unos hombres de distinta lengua, / ojos diferentes / y distinto corazón”. Alfonseca coloca frente a frente dos geografías y dos rebaños humanos, pero no para establecer una diferencia absoluta entre ellos; lo hace para mostrar la violencia que se produce cuando una patria cruza sus fronteras para imponer su voluntad sobre otra. La tierra ajena se convierte en el escenario de una muerte que carece de arraigo, porque el invasor podrá ocupar físicamente un territorio, pero nunca podrá convertirlo en memoria propia. Aquí comienza a revelarse lo irremediable: el ejército puede dominar calles, plazas y posiciones estratégicas, pero no puede apropiarse del vínculo espiritual entre un pueblo y su tierra. El invasor está condenado a permanecer extranjero. Su poder es exterior; la pertenencia del otro es interior. Por eso el verso (que parece emerger de un fondo coral) “Porque son invasores” funciona como un estribillo moral: vuelve una y otra vez para impedir que la violencia sea confundida con heroísmo. El poema no permite que la guerra se disfrace de gloria. Detrás del uniforme descubre al hombre, pero detrás del hombre descubre también la responsabilidad de quien participa en una maquinaria que agrede a otros hombres.

Después aparece una de las imágenes más violentas y, al mismo tiempo, más profundamente simbólicas del poema: “Destrozan nuestros niños / y aúllan las raíces del planeta. / Matan nuestras madres / y el mundo gime pateado en los ovarios”. La violencia deja de ser solamente hacia un pueblo, y comienza a golpear toda la humanidad. Las raíces, los ovarios, la maternidad, los niños: todo aquello que representa origen, fecundidad y continuidad aparece herido. Alfonseca convierte así la invasión en una agresión contra la capacidad misma de la vida para reproducirse y continuar. La imagen del mundo pateado en los ovarios es brutal porque desplaza el campo de batalla hacia el cuerpo primordial de la existencia. No es solamente una ciudad la que recibe los atropellos; es la posibilidad de que la dignidad comunitaria siga naciendo, amando, trabajando y soñando sobre su propia tierra. Por eso la poesía de Alfonseca posee esa intensidad profética: advierte que cuando la violencia militar alcanza a los niños y a las madres, no está simplemente derrotando a un enemigo circunstancial, sino atacando las raíces de la naturaleza humana. El poema se vuelve entonces una denuncia universal contra toda guerra que pretenda justificar la destrucción de los inocentes en nombre de intereses que los propios soldados quizá ni siquiera comprenden.

Pero el poeta vuelve a los invasores y los coloca ante una ausencia todavía más dolorosa: “Morirán sin los dulces brazos de sus ríos, / sin las cálidas palmas de sus madres, / sin los besos temblorosos de la amada, / sin la risa de sus hijos”. Aquí ocurre una transformación fundamental. El enemigo abstracto desaparece y queda el ser humano. Ya no vemos al soldado como una pieza de una fuerza militar, sino como hijo, amante y padre. Esa humanización hace más poderosa la condena, porque Alfonseca parece decir que precisamente aquello que ellos están destruyendo en una tierra extranjera, la familia, la infancia, la pertenencia, el amor,  es aquello que también han dejado atrás en su propia tierra. Hay una especie de espejo moral: quien mata a la madre de otro se aleja de la suya; quien destruye el hogar ajeno abandona el suyo; quien interrumpe la risa de los hijos de otro, silencia la risa de sus propios hijos. La guerra aparece así como una terrible inversión del amor. Y por eso el poema no necesita recurrir al insulto para condenar: le basta con recordar. Recordar es aquí una forma superior de justicia. El soldado invasor puede llevar consigo un arma, pero el poeta le coloca sobre los hombros algo mucho más pesado: la conciencia de todo lo que ha dejado atrás y de todo lo que está ayudando a destruir. 

Hay, además, una frase de enorme importancia simbólica: “Porque vienen sin el amplio corazón de Lincoln”. La referencia a Abraham Lincoln introduce dentro del poema una posibilidad ética que trasciende la geografía estadounidense. Alfonseca no rechaza la cultura ni al pueblo norteamericano; por el contrario, rescata de su propia historia una figura asociada con la defensa, la libertad y la dignidad humana. El invasor, entonces, aparece como alguien que ha traicionado incluso los valores que su propia patria debería representar. El problema no es ser norteamericano; el problema es convertirse en instrumento de una violencia imperial que contradice la grandeza moral que el poeta simboliza en Lincoln. Esta es una de las sutilezas mayores del poema. En ella no construye una oposición simplista entre dominicanos buenos y norteamericanos malos, sino entre una ética de la libertad y una práctica de dominación. Por eso la patria verdadera termina siendo mucho más grande que una frontera. Cuando Alfonseca escribe “Patria pequeña de tierra. / Patria inmensa de hombres”, transforma la patria dominicana en una categoría humana. La tierra es pequeña; la dignidad que la habita es inmensa.

Miguel Alfonseca.

Pero, y de modo singular, la profecía alcanza su máxima altura en el cierre que se abre como un loto que exhala un susurro: “Porque vienen a enterrar / el alba que subimos con huesos y con sangre / con pólvora y con llanto / y con amor”. Aquí aparece el núcleo secreto de todo el poema: el alba. El alba es la revolución, pero también es la esperanza (la anhelada esperanza referida en ‘El viento frío, de René del Risco, el cual nos ocupó en la anterior entrega), la posibilidad de un país diferente, el nacimiento de una conciencia histórica. No se trata simplemente de defender un territorio; se trata de defender un amanecer. Y ese amanecer ha sido construido con una mezcla estremecedora de sacrificio y ternura: huesos, sangre, pólvora, llanto y amor. Miguel Alfonseca reúne elementos que aparentemente se contradicen, porque una revolución auténticamente humana no está hecha solamente de violencia: está hecha también de dolor, esperanza y amor por la tierra y por los hombres que la habitan. Los invasores llegan, entonces, no solamente para ocupar una ciudad, llegan para intentar apagar ese amanecer. La palabra “enterrar” es decisiva: el invasor quiere sepultar el futuro antes de que nazca. Pero justamente allí se produce la paradoja profética del poema: un alba verdadera no puede ser enterrada definitivamente. Puede ser golpeada, retrasada, ensangrentada, cubierta momentáneamente por la oscuridad; pero permanece debajo de la tierra como una semilla, como algo inevitable que sabe esperar.

Por eso ‘Coral sombrío para invasores’ no es únicamente un poema de guerra, ni siquiera solamente un poema patriótico. Es un poema sobre la condición humana frente al poder. Su grandeza consiste en que convierte un episodio histórico concreto en una meditación sobre la inutilidad final de toda dominación que pretenda imponerse contra la memoria y la voluntad de un pueblo. El tono sombrío no significa desesperanza absoluta; debajo de esa oscuridad circula una corriente luminosa que desemboca en la última palabra: “amor”. Y esa palabra cambia retrospectivamente todo lo anterior. El poema comenzó con la muerte y termina con el amor; comenzó anunciando el destino del invasor y termina afirmando el origen espiritual de quienes resistieron. De ahí su dimensión profética: Alfonseca no solamente vio la violencia de su presente, también comprendió que ningún ejército puede apropiarse para siempre de aquello que un pueblo ha levantado con sacrificio, memoria y esperanza. La poesía queda entonces como testimonio de lo que las armas no pueden borrar. La historia puede ser escrita por los vencedores durante un tiempo, pero hay una memoria más profunda que termina escribiéndose a sí misma en la conciencia de los pueblos.

Y quizá por eso el “coral sombrío” de Alfonseca continúa resonando mucho después de aquella primavera de 1965. El poema no envejece porque su verdadera materia no es la fecha, sino el conflicto eterno entre la fuerza y la dignidad, entre la ocupación y la pertenencia, entre quien pretende imponer la muerte y quien lucha por preservar el derecho de la vida a levantarse sobre su propia tierra. Su profecía no consiste únicamente en anunciar que morirán los invasores; consiste, sobre todo, en anunciar que ninguna invasión puede matar definitivamente el alba de un pueblo cuando ese alba ha sido levantada “con huesos y con sangre / con pólvora y con llanto / y con amor”. Allí reside lo irremediable: el invasor puede entrar armado, puede herir, puede destruir, puede sembrar miedo y muerte, pero no puede convertirse en dueño de aquello que no le pertenece. Puede ocupar la tierra, pero no su memoria; puede herir el cuerpo, pero no necesariamente su esperanza; puede intentar enterrar el alba, pero debajo de la tierra permanecerá siempre la semilla de otro amanecer… Y por eso, tantos años después, ‘Coral sombrío para invasores’ no se escucha solamente como un canto fúnebre: se escucha también como una voz que, desde la oscuridad de la historia, continúa anunciando que ninguna noche tiene la última palabra cuando un pueblo ha aprendido a levantar su luz con la sangre, el dolor y el amor.

Ramón Antonio Jiménez

Poeta

Ramón Antonio Jiménez, natural de Valparaíso, San Francisco de (RD). Creador del ideario estético taocuántico cofundador y director de La Comunidad Literaria Taocuántica.

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