Para sumergirnos en el peregrinar de Alexis Gómez Rosa por el universo del haiku, conviene precisar primero la naturaleza de este género. Para Matsuo Bashō, el haiku es una instantánea poética que captura un momento fugaz: «el aquí y el ahora». Masaoka Shiki lo asume como un «boceto de la vida», mientras que Octavio Paz lo define como una cápsula lírica capaz de significar mucho diciendo lo mínimo. Guiados por estas visiones, caminamos junto al poeta dominicano por la senda del asombro.
Alexis Gómez Rosa (1950-2019) —escritor, ensayista y poeta— se licenció en Letras por la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y obtuvo una maestría en Literatura Hispanoamericana en New York University. En 2013 publicó su muestrario de haikus, Trueno robado. Explorar su obra desde la contemplación resulta fundamental: Gómez Rosa fue el primer autor de nuestra isla en abrevar sin reservas en la fuente del lirismo japonés.
En sus ensayos sobre la materia, la escritora estadounidense Lorraine Ellis Harr rescata conceptos clave como la «simplicidad sin lucha ni antagonismo», rasgo presente en este haiku del autor:
Boronas de pan reúno,
sobre el tablón,
senda de hormigas.
Aquí el poeta no juzga; presenta. Aparece un «yo» no invasivo donde el autor no protagoniza la escena, sino que se integra como un elemento más del acto contemplativo. Al carecer de una temporalidad explícita o kigo (palabra estacional), el poema se inserta en la tradición muki (haiku sin kigo estacional). También podemos notar en esta pieza, como el poeta desde su isla abreva de la fuente del Haiku-dô, haiku de lo sagrado.
En estos versos, Gómez Rosa se revela como heredero de Kobayashi Issa: quiebra la estructura purista para conservar el alma (haimi) y enaltece la grandeza de lo insignificante (wabi-sabi). ¿Dónde habita el aware de esta pieza? Aunque solo el poeta conoce el asombro exacto de ese instante, la experiencia estética vibra en la vida organizada de las hormigas, en la laboriosidad y los lazos de esa pequeña comunidad a la que el autor acompaña reuniendo migajas. Solo un alma sensible alcanza semejante estado de presencia.
Por su parte, el ensayista español Vicente Haya precisa en su obra Aware que la única condición que exige el mundo para concebir un haiku es haber experimentado precisamente eso: un aware, una emoción profunda ante un suceso vivido. El haiku no nace del cálculo intelectual, sino de la contemplación; no es un trabajo de escritorio, sino un camino de peregrinaje. Gómez Rosa nos lo muestra a continuación:
Olor a membrillo.
En la cesta dormida
estalla el sol.
El poeta nos conduce ahora por la sugerencia y la yuxtaposición, evocando el universo de Taneda Santōka: aquello que no se ve, pero permanece. Volvemos a la «eternidad de un momento» de Ellis Harr o a «lo fugaz perpetuo» de Oliverio Girondo. Diez palabras y un abismo de sensaciones.
Emerge aquí la dimensión sensorial: el aroma del membrillo que inunda la vereda. Se percibe además un tiempo implícito —el mediodía, hora de máxima intensidad solar—, pero el verdadero aware reside en la cesta. ¿Qué guarda que impacta al poeta justo cuando el sol estalla sobre ella? Es lo tácito; el instante inmortalizado en un destello de iluminación o satori. La pieza está impregnada de silencio: el kireji (pausa o cesura) marca el primer verso, mientras el segundo funciona como «verso almohada». Si invertimos la lectura (Estalla el sol / en la cesta dormida / olor a membrillo), la composición conserva su musicalidad, su espiritualidad y esa mirada zen nacida desde la sensibilidad caribeña.
El haiku echó a volar por el mundo gracias a maestros como Masaoka Shiki, Taneda Santōka y la poeta Suzuki Shizuko, echando raíces en diversas latitudes bajo una sola premisa: mantener viva su esencia (haimi). Gómez Rosa dotó a esa perplejidad de una identidad caribeña. Entre pinceladas urbanas y rurales, sus versos se alimentan de la flora, la fauna, la identidad dominicana y la memoria de su propio caminar por Estados Unidos.
Duerme la ciudad.
Un farol lo anuncia
mientras sucumbe.
Alexis Gómez Rosa dejó sembrada en las letras dominicanas su ruta por el haiku para que futuros cultivadores continúen el trazo. Su obra es fuente viva de la voz insular en este género: en él floreció el lirismo oriental para desplazar al «yo» occidental y dar paso a la epifanía contemplativa en Quisqueya.
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