Las elecciones dominicanas de 2028 podrían terminar siendo mucho menos impredecibles de lo que hoy parecen.
Mientras gran parte de la atención pública continúa concentrada en las posibilidades de alianzas, reunificaciones o entendimientos entre las principales fuerzas de oposición, comienza a perfilarse un escenario que merece una reflexión más profunda: la posibilidad de que el Partido Revolucionario Moderno llegue a la próxima contienda presidencial con una fórmula unificada, sin conflictos internos significativos y encabezada por dos figuras que representan una nueva generación política.
Si ese escenario llegara a materializarse con David Collado como candidato presidencial y Carolina Mejía como candidata vicepresidencial, el oficialismo podría encontrarse ante una oportunidad histórica de prolongar su permanencia en el poder más allá de los ocho años que completará el presidente Luis Abinader en 2028.
La hipótesis no puede ser analizada únicamente desde la realidad presente. La historia dominicana enseña que los partidos rara vez son derrotados por sus adversarios cuando logran administrar correctamente los procesos de sucesión interna. Por el contrario, comienzan a debilitarse cuando las luchas por el liderazgo terminan erosionando la confianza, fragmentando las estructuras y convirtiendo las diferencias políticas en conflictos irreconciliables.
Precisamente por eso resulta útil volver la mirada hacia la experiencia más importante de las últimas décadas: la historia de la división que terminó fracturando al Partido de la Liberación Dominicana.
Muchos dominicanos creen que la ruptura entre Danilo Medina y Leonel Fernández comenzó en octubre de 2019, cuando Leonel abandonó la organización fundada por Juan Bosch para crear la Fuerza del Pueblo.
Otros sitúan el origen del conflicto en 2007, cuando Danilo Medina denunció que había sido derrotado mediante el uso de los recursos del Estado en favor de la reelección de Leonel Fernández.
Sin embargo, los documentos históricos cuentan una historia diferente.
Más larga.
Más compleja.
Más humana.
La fractura que terminó dividiendo al PLD no nació de una candidatura específica ni de una disputa electoral aislada.
Fue el resultado de décadas de transformaciones internas, ascensos, desplazamientos, pactos, desconfianzas acumuladas y luchas sucesorias dentro de una organización que había sido concebida precisamente para evitar ese tipo de conflictos.
Y es precisamente ahí donde la historia del PLD adquiere relevancia para comprender el desafío que enfrenta hoy el PRM.
Porque la verdadera prueba de madurez de un partido no ocurre cuando conquista el poder.
Ocurre cuando debe transferirlo dentro de sus propias filas sin destruir la unidad que lo llevó a alcanzarlo.
Para comprender el verdadero intríngulis hay que regresar al origen mismo del PLD.
En diciembre de 1973, Juan Bosch, decepcionado por el rumbo que había tomado el Partido Revolucionario Dominicano, decidió fundar una nueva organización política.
No imaginó un partido electoral convencional.
Su proyecto era mucho más ambicioso.
Aspiraba a construir una organización de cuadros, disciplinada, doctrinaria, jerárquica y rigurosamente estructurada.
Bosch desconfiaba profundamente del caudillismo, del personalismo y de la improvisación política que, a su juicio, habían debilitado las experiencias democráticas latinoamericanas.
Durante años el PLD fue exactamente ese proyecto.
Pero el poder transforma a los partidos tanto como los partidos intentan transformar al poder.
La primera señal importante de los cambios futuros apareció mucho antes de que Leonel Fernández se convirtiera en una figura nacional.
El 23 de diciembre de 1983, El Nacional publicó una noticia que entonces pareció una simple reorganización administrativa.
Vista desde la distancia histórica, constituye uno de los episodios más importantes en la evolución interna del partido.
«Sacan Albuquerque Secretaría PLD; Comité lo reemplaza por Lidio Cadet».
La información, ofrecida por Euclides Gutiérrez Félix, explicaba que el Comité Central, reunido bajo la presidencia de Juan Bosch, había sustituido a Rafael Alburquerque como secretario general.
Aquella decisión no fue menor.
Alburquerque había acompañado a Bosch desde el regreso del exilio en 1961. Formaba parte del núcleo fundador y, para muchos, aparecía como uno de los dirigentes mejor posicionados para convertirse eventualmente en heredero político del líder histórico.
Sin embargo, fue sustituido.
Junto con él fueron removidos Juan de la Cruz Buret y Casimiro Montilla como vicesecretarios generales.
En sus lugares fueron escogidos Lidio Cadet, Danilo Medina y Gustavo Montalvo.
Formalmente era una reestructuración.
Políticamente era un relevo generacional.
Aquella noche comenzó a modificarse el equilibrio interno del partido.
Mirado desde la perspectiva de más de cuarenta años, aquel episodio aparece como uno de los primeros movimientos decisivos en la construcción de una nueva generación dirigente.
Entre sus integrantes se encontraba un joven llamado Danilo Medina.
Leonel Fernández todavía no figuraba entre los principales cuadros nacionales.
Ese dato resulta esencial. Porque demuestra que las sucesiones políticas no suelen comenzar cuando aparecen ante la opinión pública. Comienzan mucho antes, silenciosamente, dentro de las estructuras partidarias.
En enero de 1987 Leonel ingresó al Comité Central. En 1991 pasó al Comité Político junto con Danilo Medina.
En 1994 Juan Bosch lo escogió como compañero de boleta.
Y en 1996 alcanzó la Presidencia de la República.
Con Leonel comenzó una etapa completamente nueva. Por primera vez el partido doctrinario creado por Bosch accedía plenamente al poder estatal.
Los ministerios, los presupuestos, los nombramientos y las responsabilidades de gobierno comenzaron a crear nuevas estructuras de influencia.
El partido de cuadros empezó a transformarse en partido de gobierno.
Y allí comenzaron también las tensiones que décadas después terminarían produciendo la fractura.
Durante años las diferencias permanecieron contenidas.
El danilismo vio con resquemor la escogencia del doctor Rafael Alburquerque como vicepresidente en 2004.
Las diferencias se profundizaron y Danilo se retiró del Gobierno.
Hasta que el 17 de abril de 2007 las diferencias se hicieron públicas.
«Danilo acusa Leonel usar recursos forma descarada», tituló entonces El Nacional.
La competencia por la candidatura presidencial de 2008 se convirtió en una confrontación abierta.
Leonel resultó vencedor.
Y Danilo Medina pronunció la frase que marcaría para siempre aquella etapa:
«Me venció el Estado».
Por primera vez las diferencias aparecían expuestas ante toda la nación.
Muchos pensaron que la ruptura era inevitable.
No ocurrió.
Todavía no.
En julio de 2011 Leonel Fernández y Danilo Medina se abrazaron públicamente durante una reunión del Comité Central en el hotel Dominican Fiesta.
El partido se reunificó.
Danilo ganó las elecciones de 2012.
Muchos interpretaron aquella imagen como el final del conflicto.
La historia demostraría que apenas era una tregua.
Una vez instalado en el poder, Danilo consolidó una influencia creciente sobre el Gobierno y sobre el partido.
La reforma constitucional de 2015 permitió su repostulación.
La victoria de 2016 fortaleció todavía más su liderazgo.
Pero la distancia política entre leonelistas y danilistas continuó ampliándose.
El llamado Pacto de Juan Dolio permitió una convivencia temporal.
No resolvió el problema de fondo.
Era una paz sostenida más por la conveniencia que por la confianza.
Cuando llegó 2019 todas las heridas acumuladas reaparecieron simultáneamente.
La disputa por la candidatura presidencial terminó enfrentando a Leonel Fernández y Gonzalo Castillo, respaldado por Danilo Medina.
Los resultados otorgaron la victoria a Gonzalo por una diferencia de apenas 26,694 votos.
Leonel denunció fraude.
Habló de manipulación informática.
Introdujo una palabra que se convertiría en símbolo de aquella crisis: «algoritmo».
Nunca logró demostrar judicialmente la acusación.
Pero para entonces el daño ya estaba hecho.
La confianza había desaparecido.
La legitimidad compartida se había derrumbado.
Y cuando dos grupos dejan de reconocer la misma legitimidad interna, la convivencia se vuelve imposible.
El 20 de octubre de 2019 Leonel Fernández abandonó el PLD.
Con él se marchó una parte significativa de la estructura partidaria.
Nació la Fuerza del Pueblo.
Y murió el PLD que había dominado la política dominicana durante casi veinte años.
Lo ocurrido fue mucho más que una pelea entre dirigentes.
Fue el fracaso de un mecanismo de sucesión.
Fue la incapacidad de administrar el relevo interno.
Fue la consecuencia de convertir el control del Estado en el principal escenario de la lucha partidaria.
Y fue también el resultado de una ruptura irreversible de confianza.
La ironía histórica resulta extraordinaria.
Juan Bosch fundó el PLD para escapar precisamente de los personalismos que habían caracterizado a buena parte de la política latinoamericana.
Sin embargo, décadas después, el partido terminó fracturado por uno de los conflictos más antiguos de la historia política: liderazgo, poder y sucesión.
La historia terminó reproduciendo exactamente aquello que Bosch había querido evitar.
La derrota electoral de 2020 fue la consecuencia visible.
La fractura de 2019 fue la causa profunda.
La encrucijada de 2028
Y es precisamente ahí donde aparece la verdadera interrogante de 2028.
Porque mientras Leonel Fernández y Danilo Medina continúan enfrentando el desafío de reconstruir una alternativa política capaz de competir con éxito por el poder, el PRM parece transitar por una ruta completamente distinta.
Por primera vez desde su llegada al Gobierno, la posibilidad de una sucesión ordenada comienza a adquirir forma concreta.
David Collado representa una generación política posterior a los grandes enfrentamientos que marcaron la transición democrática dominicana.
Carolina Mejía simboliza, al mismo tiempo, renovación y continuidad dentro de una tradición política que ha tenido enorme influencia en la historia contemporánea del país.
Una fórmula integrada por ambos podría ofrecer al oficialismo algo que resulta extraordinariamente difícil en la política dominicana: renovación sin ruptura.
Y esa diferencia podría terminar siendo decisiva.
Porque la historia reciente demuestra que los partidos suelen perder el poder mucho antes de perder las elecciones.
Lo pierden cuando comienzan a dividirse internamente.
Lo pierden cuando las ambiciones personales sustituyen los proyectos colectivos.
Lo pierden cuando la sucesión deja de ser un proceso organizado y se convierte en una guerra interna.
Eso fue exactamente lo que ocurrió en el PLD.
Y es precisamente lo que el PRM parece intentar evitar.
Faltan todavía dos años para las elecciones.
La política siempre conserva capacidad de sorpresa.
Pueden surgir nuevas alianzas.
Pueden aparecer nuevos liderazgos.
Pueden cambiar las circunstancias nacionales e internacionales.
Pero si el PRM logra llegar unido a 2028 alrededor de una fórmula encabezada por David Collado y Carolina Mejía, el partido oficialista podría encontrarse ante la posibilidad real de extender su permanencia en el poder durante ocho años más.
La historia del PLD constituye una advertencia.
La historia que comienza a escribirse dentro del PRM podría convertirse en una lección.
Las próximas elecciones no decidirán solamente quién gobernará la República Dominicana.
También determinarán si el principal partido gobernante de la actualidad aprendió o no la enseñanza más importante que dejó la caída del partido construido por Juan Bosch: que la sucesión mal administrada destruye incluso a las organizaciones más poderosas, mientras que la unidad alrededor de un relevo aceptado por todos puede prolongar durante años la permanencia de un proyecto político.
La pregunta continúa abierta.
Pero la encrucijada del 2028 ya comenzó.

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