Uno
Siempre me he considerado una persona de amigos. Le he rendido culto toda la vida a la amistad. La considero como uno de esos dones de las relaciones humanas que, por más que se le pondere con el papel y la hoja en blanco, no dan para nombrar sus beneficios; pero, al ir la vida consumiendo el vivir, las amistades cambian de rumbo, se pierden las afinidades en el olvido y nadie se pregunta por qué ya no somos amigos de tal o cual persona si éramos como uña y carne (como resalta la sabiduría popular). Pienso que la verdadera amistad es cultivarla permanentemente; ahí es donde radica su mérito: tener la suficiente aura para crear amigos y, así mismo, soltarlos.
En el mismo orden, el encuentro entre amigos se hace un drama cuando somos oriundos de provincia. Soy de esos y el momento más propicio para esos encuentros es ante la muerte de un conocido, familiar, madre, padre o el mismo amigo. Me vi recientemente en la muerte de la madre de unos amigos. En aquella casa, más de un miembro de esa familia y yo nos estimábamos (nos estimamos todavía). Me encontré con amigos que tenía veinte y tantos años sin verlos. Se ha envejecido, que no es lo peor. Se es otro, que no es el mal menor. Tiene que ser así, no hay de otra; pero lo peor de mi encuentro fue el encuentro con el pueblo o un sector de ese pueblo. Palpé con horror la falta de espiritualidad de la gente; en su afán de llamar la atención se era caricatura de gente, muecas. Somos caricaturas por alardear el bienestar material, casi enrostrándoselo al otro en la cara, y eso nos hace ver como cosas sin nada dentro. Si al joven le luce todo lo que se pone, al viejo, cuando no sabe lo que se pone, es cualquier cosa menos lo que tiene que ser. Somos lo que nos ponemos, lo que creemos, lo que comemos, nuestros enfermos. La salud que aparentamos.
Dos
Estoy por creer que solo se escribe aceptable de lo que siempre le ha obsesionado a uno o de lo que siempre se anda pensando, desde la primera edad, y no del viento. En poesía, las primeras pautas las marcan las influencias; en prosa, conocerse a sí mismo, tener experiencias y traquetear el dolor de estar vivo y superarlo con honorabilidad. Después sabemos que ese dolor, bien sondeado, nos sirve para uno que otro verso que se pueda leer con cierto respeto. Como se llega fragmentado a la eternidad, hay que empezar a rogar temprano porque sobrevivan un par de versos, con los que un lector ocasional y de antologías se emocione.
Con los llamados ensayos, ahí sí la puerca retuerce el rabo. Cualquiera habla o escribe sobre lo que piensa o reúne una que otra línea sobre lo que piensan los demás, y a estirar el pechito se ha dicho. Si en un momento determinado se habla de la desaparición del libro, callaos; no digamos nada de lo que escrito está en él. Para suerte de ese ensayista enjundioso, él solo aspira al tiempo presente. En poesía, para dar con un acercamiento a la poesía del colega, hay que ser un buen poeta. Esto no quiere decir que los únicos que tienen juicios válidos sobre otros poetas son los que han escrito buenos poemas, pero sí, lo creo así. Las novelas, los cuentos y un largo etcétera de prosas están más cerca de parecerse a un mitin de un partido populista que de los que ahora mismo, o sea, las inteligencias superiores (sin comillas), quieran salvar el país y decidieron reunirse para ello.
Qué es de lo único que he pensado yo, como garabateador de páginas amarillas y blancas, es, quizás, tener una línea que pueda leerse con emoción o rechazo, que también es una forma de emoción. ¡Oh, sapiente lector, espero que sobrevivas una línea mía, para que me maldigas con causa!
Tres
Mientras más ilimitada es la brecha entre el buen proceder y el mal proceder, menos vulnerables somos, no lo contrario. Mientras más humanos somos, menos lo seremos para con nosotros mismos. Somos débiles porque conocemos nuestras limitaciones respecto a nuestro proceder. Lo justo sería medir las consecuencias de un proceder determinado cuando sobrepasa o pone en riesgo nuestra condición moral o humana, es decir, la vida.
Si no hay pudor a la hora de sopesar lo que favorece mediante un proceder y lo contrario fue que, en la fase de la educación de los valores, de las relaciones para con nosotros mismos y nuestros semejantes, falló, y todo lo entendemos como una agresión a las cosas que aspiramos a tener, entonces el otro es el culpable. No se es uno mismo por el hecho de serlo, sino por el otro. El otro define nuestros límites y viceversa. Entender las propias limitaciones debería ser el primer elemento a tomar en cuenta ante cualquier decisión que tenga que ver con la palabra: emprender.
Cuatro
Solo la mención de la palabra dolor nos sobrecoge y volamos hacia el dolor último o al que aún permanece y no se ha ido del todo. La memoria del dolor nunca se va. Se transforma, se oculta ante una vaga sonrisa que, más que un gesto de alegría, es una mueca; de ahí que hay sonrisas que se asemejan más a una mueca que a lo que supuestamente significa que transitamos en ese instante de alegría. Solo el dolor es verdadero y ondea la condición humana, de que solo a partir del dolor nos hacemos más comprensivos, aunque sea una comprensión para la muerte.
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