Hay un momento, cada vez que bajo por la ciudad, en que siento que estoy cambiando de país sin moverme demasiado. Paso por una calle de la Zona Colonial de Santo Domingo donde las sombras todavía tienen peso, donde los muros respiran historia y proporción. Camino unos minutos más y me encuentro frente a una torre de vidrio que refleja un sol que no perdona. Más adelante, una plaza comercial que podría estar en cualquier ciudad del Caribe —o peor, en cualquier catálogo inmobiliario— y luego, casi sin transición, una hilera de casas en una urbanización cerrada, todas iguales, como si la repetición fuera sinónimo de orden.

Todo eso coexiste.

Pero no dialoga.

Y entonces la pregunta aparece, inevitable:

¿existe realmente una arquitectura dominicana contemporánea?

Durante años hemos asumido que sí, que el simple hecho de construir en el presente ya nos convierte en contemporáneos. Pero la contemporaneidad no es una fecha; es una postura. El historiador de la arquitectura Kenneth Frampton lo plantea con claridad al hablar del regionalismo crítico: una arquitectura que logra ser moderna sin perder su arraigo, que responde a su contexto sin caer en la copia.

Ese matiz es clave.

Porque en República Dominicana construimos mucho, pero diseñamos poco desde el lugar.

Lo que vemos en nuestras ciudades —y esto no es una exageración— es una acumulación de referencias. Edificios que parecen pensados para otro clima, otras dinámicas, otros cuerpos. Fachadas de vidrio que convierten el Caribe en un invernadero. Espacios cerrados que dependen del aire acondicionado como si la ventilación natural fuera un recuerdo incómodo.

No hay traducción.

Hay importación.

El arquitecto dominicano Teófilo Carbonell lo decía sin rodeos:

"La arquitectura dominicana ha vivido más de la imitación que de la reflexión sobre su propio contexto" (Carbonell, T., 2002).

Y esa frase, aunque escrita hace más de dos décadas, sigue pesando.

Porque lo que vemos hoy no es muy distinto: una arquitectura que responde más al deseo de parecer que a la necesidad de ser.

Hay algo profundamente aspiracional en nuestro paisaje urbano. Las torres quieren parecerse a Miami. Las plazas comerciales a Orlando. Las urbanizaciones a cualquier suburbio genérico donde la idea de seguridad se vende en forma de muro.

Pero en ese proceso, el contexto desaparece.

El Caribe desaparece.

Y no hablo solo de estética. Hablo de clima, de luz, de viento, de cómo habitamos el espacio. El arquitecto dominicano Eugenio Pérez Montás insistía en que la arquitectura caribeña debía entenderse desde su relación con el entorno, afirmando que

"el espacio arquitectónico en el Caribe no se cierra: se filtra, se adapta, se protege sin aislarse" (Pérez Montás, E., 1998).

Sin embargo, hoy diseñamos como si el exterior fuera una amenaza.

Nos encerramos.

Nos climatizamos.

Nos desconectamos.

La ciudad dominicana, entonces, no es una narrativa. Es un collage.

Un ensamblaje de piezas que no necesariamente encajan, pero que conviven porque no hay un discurso que las ordene. Lo colonial se mantiene como postal. Lo contemporáneo se disfraza de global. Lo informal crece en los márgenes, resolviendo lo que la planificación no alcanza.

No hay continuidad.

Hay superposición.

Y en medio de ese collage, el mercado tiene un rol determinante. Porque si algo define la arquitectura dominicana contemporánea no es una escuela estética ni un manifiesto cultural, sino la rentabilidad.

Se construye rápido.

Se vende rápido.

Se ocupa rápido.

Pero rara vez se piensa a largo plazo.

El arquitecto y urbanista dominicano Omar Rancier lo ha señalado en múltiples ocasiones al hablar del desarrollo urbano del país:

"La ciudad dominicana ha crecido sin una visión integral, guiada más por intereses económicos que por un proyecto de nación" (Rancier, O., 2015).

Y eso se nota.

Se siente en la fragmentación, en la falta de espacios públicos de calidad, en la ausencia de una identidad que no dependa del decorado.

Entonces, ¿dónde está lo dominicano?

Esa es la pregunta incómoda.

Porque si lo buscamos en la arquitectura formal —la que aparece en revistas, en renders, en proyectos inmobiliarios— encontramos más referencias externas que internas.

Pero si cambiamos el foco, si miramos hacia lo cotidiano, hacia lo intervenido, hacia lo que no fue diseñado para ser admirado, la cosa cambia.

En los barrios, en los márgenes, en los espacios donde la arquitectura no pasa por planos sino por decisiones urgentes, aparece otra lógica. Una lógica que ya exploré en otra columna: la estética del resolver.

Ahí sí hay adaptación.

Ahí sí hay respuesta al clima.

Ahí sí hay uso real del espacio.

Pero esa arquitectura no se legitima.

No entra al museo.

No se estudia como modelo.

No se reconoce como discurso.

Y sin embargo, ahí podría estar la clave.

No en copiar lo informal, no en romantizar la precariedad —ese sería otro error—, sino en entender que la identidad no se impone desde arriba, se construye desde la relación entre espacio y vida.

Porque la arquitectura, al final, no es solo construcción. Es cultura. Es una forma de pensar el mundo, de organizarlo, de habitarlo.

Y en ese sentido, la gran pregunta no es si tenemos edificios modernos.

La pregunta es si tenemos una idea de país.

El Ministerio de Cultura de la República Dominicana y las instituciones académicas han hecho esfuerzos por preservar el patrimonio, por estudiar lo vernáculo, por formar profesionales. Pero hay una desconexión evidente entre ese discurso y la práctica cotidiana de la construcción.

Como si la cultura estuviera en los libros… y la ciudad en otra parte.

Esa fractura es peligrosa.

Porque produce espacios que no nos representan del todo. Lugares que habitamos, pero que no terminamos de sentir como propios. Escenarios que funcionan, sí, pero que no cuentan nada sobre quiénes somos.

Tal vez por eso, cuando uno camina por la ciudad, hay momentos en que todo se siente ligeramente ajeno. Familiar, pero no del todo.

Como si estuviéramos viviendo en una versión traducida de nosotros mismos.

No digo que no exista arquitectura dominicana contemporánea. Sería injusto. Hay proyectos, hay arquitectos, hay intentos serios de pensar el contexto, de trabajar con el clima, de dialogar con la tradición sin copiarla.

Pero no es lo dominante.

No es lo que define el paisaje.

Y ahí está el problema.

Porque la identidad no se construye con excepciones.

Se construye con lo que se repite.

Tal vez el verdadero desafío no sea diseñar edificios más modernos, ni más altos, ni más llamativos.

Tal vez el desafío sea más incómodo:

pensar qué significa construir en República Dominicana hoy.

Y aceptar que, mientras sigamos diseñando desde la imitación, seguiremos habitando espacios que no terminan de pertenecernos.

Espacios que funcionan.

Pero que no dicen nada.

Gustavo A. Ricart

Cineasta y gestor cultural

Soy cineasta, gestor cultural y crítico en formación. Desarrolló mi carrera entre la creación audiovisual y el pensamiento crítico, combinando la práctica artística con estudios universitarios en Historia y Crítica del Arte. Actualmente cursa una maestría en Gestión Cultural, con el firme propósito de contribuir a la vida pública desde la reflexión estética y el análisis sociocultural. En paralelo, colabora activamente en proyectos que buscan descentralizar el acceso a la cultura y revalorizar nuestro patrimonio.

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